Sturzenegger como el Min de Nepal أُعيد تغريده

Voy paseando con mi perrito por una calle vacía de San Telmo. Es de noche y casi ni pasan autos. La gente ya está en casa porque la noche es fresca.
No toda la gente está en casa. A media cuadra escucho a dos hombres ¿hablando, gritando, peleando? Es un murmullo estruendoso.
Uno de los hombres (ambos tienen aproximadamente 30 años o poco menos) solloza conteniendo las lágrimas y hablando muy bajito -no se le entiende casi nada- pero ese lamento parte el alma, pareciera que está roto, que el mundo entero se derrumba. Dice algo así como: "¿Cómo seguimos, hermano? Yo no puedo seguir. No sé qué hacer. Así no quiero vivir".
Cada letra de cada palabra sale lenta, trágica, gutural, cuesta comprender. El otro lo zarandea y le dice: "Me tenés a mí, algo vamos a poder hacer juntos".
Están vestidos como si fueran de clase media. Como si hasta hace dos horas hubieran estado en uno de los departamentos de los alrededores preparando algo para comer y comentando un partido de fútbol que vieron juntos.
Pero ahora están en la calle. No habrá jamás un departamento o un techo que los cobije. Alrededor de ellos, como si Dios fuera un cineasta neorrealista brutal, hay dos bolsitos y unas prendas -no muchas- esparcidas por el piso. Quizá volaron de los bolsos cuando el que parece más sereno lo agarraba al que se derrumbaba entre sollozos. Junto a las pocas ropas esparcidas por la vereda hay una ollita. Una ollita, chiquita. Lo único que parece que rescataron de la casa en la que alguna vez vivieron.
Cualquiera que sepa algo de lo terrible que es ir a parar a la calle sabe que en pocas horas o, como mucho, en una semana ya no tendrán esa ollita, ni bolsos ni otra ropa que la puesta. Les habrán robado todo. Habrán perdido hasta las zapatillas que aun tienen puestas.
Se abrazan y el que llora despacio (casi ni se nota que llora, pero ese lamento callado es más terrible que el rugido de un león) vuelve a decir: "¿Qué hacemos ahora, hermano?" Y a mí y al mundo se nos parte el alma.
Sabemos que en la terrible, brutal, malvada Argentina que se está construyendo ante nuestros ojos anonadados, ya no hay ningún futuro para estos dos muchachos.
Esto lo vi anoche.
Quise escribirlo pero cada vez que me sentaba para hacerlo se me volvía a hacer un nudo en la garganta y me largaba yo también a llorar, con ese llanto mudo, propio de la lucidez horrible que surge luego de haber perdido toda esperanza.
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