Tómbola- Empanada con ají, Tostacos y gaseosa. retweetledi

La conversación entre Sergio Fajardo y Paloma Valencia dejó una escena política reveladora. No porque Paloma sea una víctima (no lo es) sino porque devela cómo opera el poder masculino incluso entre figuras de la misma élite política, del mismo origen de clase y del mismo establecimiento blanco que ha gobernado este país.
Fajardo, teniendo hoy menos fuerza electoral que Paloma, convirtió la conversación en una plataforma para sí mismo y para una candidatura que parece haber firmado ya su propia irrelevancia política. Pero si como político dejó hace tiempo de representar una posibilidad real de transformación, como hombre tampoco dejó nada bueno que desear en esa conversación.
Usó el espacio de ella, su audiencia y su presencia política para hablar de él, de su “centro”, de su superioridad moral y de por qué los demás hacen todo mal.
Fajardo interrumpe constantemente a Paloma, le da lecciones, le explica el país, le explica su propia campaña y ocupa casi todo el espacio discursivo. Hay una misoginia que no se puede ocultar detrás de la fachada de un buenista, porque difícilmente ese tono paternalista, profesoral y condescendiente aparecería frente a un hombre de poder equivalente. Fajardo sentado en esa silla del oligárquico Hotel del Prado, se autodefine como un hombre racional, infalible, científico, que viene a corregir a una mujer que parece que no tuviera una carrera política propia.
Además, mientras él habla de superar a Álvaro Uribe Vélez y presenta el uribismo como un extremo del que hay que salir, Paloma queda atrapada defendiendo permanentemente a Uribe. Ella misma dice que es “la de Uribe”, y termina siendo incapaz de hablar desde sí misma. La conversación la absorbe tanto la figura masculina de Uribe como la figura masculina de Fajardo.
Paloma lo llama “doctor Fajardo”, le da reconocimiento, le dice que lo quiere mucho, le insiste en que esto no debería ser un punto final sino un “continuará”. Mientras tanto él la vapulea políticamente y deja claro que no va a unirse a ella ni caminar juntos políticamente.
No es un secreto para nadie que Sergio Fajardo necesita ser permanentemente admirado, validado y orbitado. Ha sido un explotador de mujeres brillantes, talentosas y políticamente potentes (aunque el feminismo centrista quiera venderlo como un feminista) pero a las que les absorbe la energía, el reconocimiento y su propia potencia política.
Mujeres que han pasado por su vida han hablado (directa o indirectamente) de su narcisismo, y eso fue lo que se vio en la conversación con Paloma Valencia.
La imagen de un hombre que se para sobre el poder de las mujeres para ser visto y que, estando allí, las subordina sin mayor esfuerzo.
Dicho esto, el feminismo que tan incómodo está con la izquierda y que pensó que Fajardo sería el hombre feministo que estaban esperando, se quedó con los crespos hechos. Si Paloma fuera feminista, habría reconocido lo que le estaba haciendo Fajardo y se habría parado de inmediato.
Ni Paloma feminista ni Fajardo feminista.
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