
Fede Garrone
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💬👉 "La palabrita 'kuka' es lo mismo que hicieron los nazis con los judíos. Les decían 'rata', los personificaban en una rata". Fuerte definición del streamer Gerónimo "Momo" Benavides acerca del discurso del gobierno libertario.











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Yo argumento mejor de lo que vos comprendés textos, me parece. Sí, lo describiste, pero no quedó claro si estabas de acuerdo o no. Te lo digo para que afines el discurso, porque por momentos lo que se lee suena más a una impugnación de la existencia misma del Estado que a una crítica a su ineficiencia o voracidad fiscal. Luego, en ningún momento defendí que el agro tenga que tributar 70, 80 o 100% de su ganancia ni dije que eso me parezca razonable. De hecho, varias veces reconocí que en Argentina hubo períodos de presión fiscal distorsiva, arbitrariedad e intervenciones muy discutibles. Lo que planteé es otra cosa: que reconocer la existencia de rentas diferenciales y discutir cómo parte de la riqueza generada por sectores estratégicos se integra al desarrollo general del país no convierte automáticamente a alguien en comunista ni en defensor del saqueo.



El problema de tu relato es que presenta a la industrialización y al mercado interno como una especie de desviación patológica, cuando prácticamente todos los países desarrollados protegieron sectores estratégicos mientras se desarrollaban. Además, hay una trampa conceptual: se habla del “campo” como si fuera una entidad abstracta y altruista a la que el país le “robó” recursos, pero la discusión real siempre fue otra: cómo distribuir la renta extraordinaria que produce, como pomposamente aludís, uno de los suelos más fértiles del planeta. Porque si Argentina puede producir alimentos para cientos o miles de millones de personas, también resulta razonable preguntarse por qué una parte importante de su población tiene dificultades para acceder a esos alimentos. Por último: crecer exportando es importante, claro. Pero ningún país serio organiza toda su economía únicamente alrededor de vender materias primas mientras importa valor agregado. Eso también es una forma de subdesarrollo.



Hay algo interesante en la relación entre los países y sus alimentos emblemáticos. Francia produce algunos de los quesos más deseados del mundo. Podrían exportar muchísimo más. Sin embargo, gran parte —70/80%— se consume puertas adentro. No es casualidad: hay una cultura alimentaria profundamente arraigada, políticas de protección de origen, subsidios agrícolas y, sobre todo, una sociedad que todavía puede pagar aquello que produce. El francés promedio no siente que un buen queso sea un lujo obsceno o una extravagancia aspiracional: forma parte de su vida cotidiana y de su identidad cultural. Acá pasa algo dolorosamente distinto con la carne. Argentina produce carne de excelente calidad, históricamente asociada incluso a cierta idea de abundancia nacional. Sin embargo, para una enorme parte de la población, comer un buen corte se volvió algo excepcional, casi culposo. Y eso produce un cambio psicológico profundo: la gente empieza a convencerse de que no merece aquello que su propio país produce. Entonces aparecen discursos que romantizan la privación. Que te explican que desear un bife, un salmón ahumado o un queso importado es frivolidad, exceso o falta de conciencia social. Como si el problema fuera el deseo y no la pérdida de poder adquisitivo. Ese pensamiento, aunque a menudo bien recibido, entraña un peligro: cuando una sociedad naturaliza que sus bienes identitarios ya no son para ella misma, empieza lentamente a resignar también parte de su autoestima cultural. El problema no es que exportemos carne. El problema es que el argentino promedio empiece a sentir que la carne dejó de pertenecerle.












