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Una pica de Tercio medía más de cinco metros y sin una sola torcedura. ¿Cómo se conseguían palos así sin tornos industriales ni serrerías mecánicas?
La madera por excelencia para astas era el fresno (Fraxinus excelsior y angustifolia). Fibra recta, elasticidad alta, densidad media, absorbe el golpe sin astillarse. El roble crecía con más nudos y era más quebradizo en flexión, el haya se astillaba en lascas peligrosas y el fresno era el equilibrio justo para un arma que tenía que blandirse durante horas sin partir las manos de quien la sostenía. En la cornisa cantábrica, en el Pirineo navarro y aragonés crecían las mejores fresnedas peninsulares, y de allí salían astas para todo el imperio.
La clave estaba en la silvicultura. Los fresnos no se dejaban crecer como árboles altos, se gestionaban en monte tallar (coppice en inglés, taillis en francés). Se cortaba el árbol a ras de tierra y el tocón rebrotaba con decenas de varas verticales que competían por la luz, rectas como husos y sin ramas bajas. A los diez o quince años se cosechaban las más rectas y se reiniciaba el ciclo. Una misma fresneda podía producir varas durante siglos sin replantarse.
Una variante para piezas más largas era el trasmoche o desmoche alto, donde se cortaba el árbol a dos o tres metros del suelo, fuera del alcance del ganado, y las varas resultantes podían alcanzar seis metros o más.
Cosechadas las varas, empezaba el procesado. Se pelaba la corteza nada más cortar para evitar carcomas. Se ataban en haces y se secaban de pie en cobertizos ventilados durante uno a tres años. El secado lento evitaba deformaciones y grietas internas. Las varas que se torcían se enderezaban con calor seco o vapor en bancos de carpintero, sujetas con cuñas hasta enfriar. Luego se cepillaban, se torneaban si la pieza lo exigía y se aceitaban con linaza para impermeabilizar la fibra.
El oficio era el del astero, en castellano antiguo también haztero o astilero. Era un oficio gremial especializado, con maestros, oficiales y aprendices, organizado en cofradía en muchas ciudades. Los Tercios contaban con asteros y carpinteros de armería en sus alojamientos y arsenales para reparar y reponer picas. Las ordenanzas del XVI especifican longitud, sección, peso y especie (el fresno era obligatorio para la pica de combate) con precisión casi industrial. El piquero del Tercio castellano, valón o lombardo recibía picas hechas según un estándar reglado.
El sistema funcionaba a escala industrial preindustrial. Solo los Tercios necesitaron decenas de miles de picas en circulación entre el XVI y el XVII, más reposiciones tras cada campaña. La logística silvícola, el procesado artesanal y el gremio astero sostuvieron durante dos siglos uno de los aparatos militares más eficaces de la historia, y nada de eso fue posible sin un manejo forestal de varios siglos detrás. El bosque era una cosecha planificada, con turnos de varias décadas y conocimiento transmitido durante generaciones. La pica que un piquero llevaba al hombro en Rocroi en 1643 venía de árboles cortados cuando sus abuelos no habían nacido todavía.
Bibliografía recomendada:
– Oliver Rackham, Ancient Woodland: Its History, Vegetation and Uses in England, Edward Arnold, 1980.
– Tom Williamson, Coppice Management and the Medieval Landscape, Oxbow, 2017.
– René Quatrefages, Los Tercios Españoles 1567-1577, Fundación Universitaria Española, 1979.