Daniel Kiper

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@kiperdaniel

Abogado. Socio y simpatizante de River. “Yo soy yo y mi circunstancia”. Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. 1914

Nuñez, Buenos Aires, Argentina انضم Haziran 2011
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Daniel Kiper@kiperdaniel·
Préstamo de USD 100 millones. Cerca de USD 200 millones a devolver. La obra es necesaria. También lo es la razonabilidad de sus condiciones. Comparto nota al Presidente del Club Atlético River Plate solicitando información completa sobre tasa, costo total, garantías y esquema de repago. No es solo una obra. Es el futuro de River.
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🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍 Muchos cargos. Ninguna idea. La dirigencia de River suma nombres, funciones y cargos importados, pero diluye responsabilidades y evita definir un rumbo. La llegada de Pablo Longoria no ordena: profundiza un modelo donde el organigrama reemplaza al proyecto y la estructura encubre la falta de conducción. Hay una antigua tentación —que acaso sea una de las formas más discretas del extravío—: creer que la complejidad se resuelve agregando capas. La actual dirigencia de River, en sintonía con la anterior y en su aparente vocación por el fracaso futbolístico, parece haber sucumbido an ella con una perseverancia digna de mejores causas. Ya no alcanza con un responsable del fútbol. Ahora tenemos varios. Un manager de fútbol: Francescoli. Un secretario técnico: Ponzio. Un embajador del club: Trezeguet.. Y, para que la arquitectura no carezca de solemnidad ni de acento internacional, ahora se incorpora un Director Deportivo: Pablo Longoria. La multiplicación de cargos sugiere orden. Como los laberintos. Y los laberintos, se sabe, no están hechos para salir, sino para perderse. Se dirá —y ya se dice— que se trata de profesionalizar la estructura. Que el fútbol moderno exige especialización, jerarquías claras, funciones definidas. Que el organigrama, por sí solo, produce lucidez. Sin embargo, hay en esa acumulación algo que inquieta: la sospecha que, cuanto más se reparte la responsabilidad, más se diluye. Porque cuando se superponen cargos, ya no queda del todo claro quién tiene una idea. Ni quién responde cuando esa idea no aparece. Longoria llega desde el Olympique de Marseille, donde ejerció —según se afirma— un poder considerable. El resultado de esa experiencia, si se lo despoja de toda cortesía retórica, ofrece una secuencia bastante reconocible: entrenadores que se suceden sin afirmarse, planteles que se renuevan, decisiones que se multiplican y una idea que nunca termina de fijarse. No es necesario exagerar. Basta con observar. En Olympique designó a seis entrenadores en cinco años —Jorge Sampaoli, Igor Tudor, Marcelino, Gennaro Gattuso, Jean-Louis Gasset y Roberto De Zerbi— sin contar interinatos. Eso no constituye una teoría. Constituye una evidencia. En el Vélodrome, los hinchas no estaban fascinados con la modernización. Había pancartas. Había protestas. Cuando Longoria se fue, no hubo duelo. Hubo alivio. Y las evidencias, a diferencia de los powerpoints, tienen la mala costumbre de no poder maquillarse. Hay una ironía que la dirigencia parece no advertir: mientras más se invoca la palabra “estructura”, menos visible se vuelve la idea. Se habla de mercado, de scouting, de redes, de modelos. Se habla —mucho—. Pero el fútbol, que es un lenguaje más antiguo que sus burócratas, exige algo bastante más simple y bastante más difícil: una dirección. No una sumatoria. Porque una cosa es organizar funciones. Otra, muy distinta, es tener rumbo. Y la directiva de River parece convencida de que el problema es de estructura, cuando en realidad es de orientación. Como si el desconcierto pudiera corregirse agregando cargos. Como si la falta de proyecto se resolviera sumando oficinas. O, peor aún, sumando fusibles. Se pueden acumular nombres, cargos y términos en inglés. Se puede hablar de scouting, de mercados y de redes globales. Se puede importar léxico, manuales y presentaciones. Pero hay algo que no se compra en Europa. Ni en cuotas. Ni con powerpoint. La identidad. Y cuando una dirigencia deja de pensar el fútbol desde la identidad para pensarlo desde el organigrama, el problema ya no es estético. Es institucional. Porque nuestro club empieza a parecerse menos a su historia… y más a una estructura que se administra a sí misma. River no necesita solemnidad administrativa. Necesita rumbo futbolístico. Porque un club puede sobrevivir a una mala racha. Pero no debe naturalizar nunca la sustitución del proyecto por la burocracia.
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//continuación No son gestos aislados. Son un síntoma. El síntoma de una política exterior que, en nombre de alineamientos ideológicos, comienza a relativizar aquello que durante décadas fue sostenido como política de Estado. Y en Malvinas, relativizar es retroceder. Porque Malvinas no admite ambigüedades. No admite neutralidades aparentes. No admite una diplomacia que, por omisión o por cálculo, termine convalidando lo que dice cuestionar. No se trata de retórica. Se trata de soberanía. Porque cuando un país duda sobre aquello que le pertenece en el plano del derecho y de la historia, empieza a ceder antes incluso de negociar. Y Malvinas no es una causa para administrar. Es una causa para sostener. Con firmeza. Con coherencia. Con memoria. Porque Malvinas no es sólo un territorio. Es una medida. Una medida de lo que fuimos capaces de hacer mal, cuando la dictadura confundió soberanía con oportunismo. Y una medida de lo que fuimos capaces de hacer bien, cuando la democracia reconstruyó el reclamo en términos de derecho, diplomacia y memoria. Es la suma de los nombres que no volvieron. Es la vida marcada de los que regresaron. Es el silencio de las familias. Es la persistencia de un pueblo que no olvida. A 44 años de aquel 2 de abril, la Argentina no recuerda para quedarse en el pasado. Recuerda para no repetir. Recuerda para honrar. Recuerda para sostener. Y en ese gesto —íntimo y colectivo— hay una definición. No es la guerra lo que permanece. Es la causa. Son ellos. Los que quedaron. Los que volvieron. Los que siguen ahí, en la memoria de todos. Porque hay derrotas que no clausuran una historia. Y hay muertos que no se van nunca. Siguen en el viento del sur. Siguen en la tierra áspera. Siguen en cada nombre pronunciado. Y mientras eso ocurra —mientras haya memoria, mientras haya pueblo, mientras haya una voz que diga “Malvinas”— la historia no estará cerrada. Estará viva. Como una incomodidad para el poder. Como una deuda para el mundo. Como una certeza para la Argentina. Y como una memoria que no se rinde.
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Malvinas: cuando la memoria incomoda al poder. Por Daniel Kiper. Hay fechas que no pasan. El tiempo puede rodearlas, puede intentar domesticarlas con la rutina de los calendarios, puede repetirlas hasta volverlas costumbre. Pero hay fechas que resisten. Quedan suspendidas, como una respiración contenida en la historia de un pueblo que todavía no terminó de decir lo que tiene que decir. El 2 de abril es una de ellas. Antes de ser día, fue despojo. Antes de ser conmemoración, fue herida. Antes de ser memoria, fue injusticia. Porque mucho antes de 1982 —mucho antes de la guerra, del frío y de los nombres que ya no volvieron— la Argentina llevaba dentro de sí una historia inconclusa: la de unas islas arrebatadas en 1833, cuando una potencia colonial decidió que la geografía podía imponerse por la fuerza y que la legalidad podía ser desplazada por la ocupación. Desde entonces, la historia no avanzó: insistió. Volvió una y otra vez, como vuelven las deudas que no se saldan y las preguntas que no encuentran respuesta. Porque Malvinas nunca fue sólo un territorio. Fue —y es— una causa. Una causa histórica. Una causa jurídica. Y, sobre todo, una causa nacional. La Organización de las Naciones Unidas la llamó “disputa de soberanía”. Pero incluso esa fórmula —precisa, diplomática— resulta insuficiente. Porque hay palabras que ordenan los hechos, pero no alcanzan a contener su espesor. Malvinas no es una discusión técnica. Es una pregunta incómoda para el mundo: ¿puede sostenerse en pleno siglo XXI una situación colonial heredada del siglo XIX? En 1982, esa pregunta fue respondida de la peor manera. No por el pueblo argentino, sino por una dictadura que había perdido toda legitimidad y que intentó usar la causa Malvinas como tabla de salvación política. El Proceso de Reorganización Nacional convirtió una causa justa en una aventura irresponsable. Y cuando las causas justas se subordinan a proyectos injustos, el resultado no es épica. Es tragedia. Entonces llegaron ellos. No los discursos. No las estrategias. No los comunicados oficiales. Ellos. Los soldados. Los jóvenes. Los que dejaron atrás una vida que recién empezaba para enfrentar una guerra que no habían decidido. Los que fueron enviados a combatir en condiciones precarias, con más coraje que recursos, con más dignidad que respaldo. No fueron a defender una dictadura. Fueron a defender algo más profundo: una idea de país que no se negocia, incluso cuando quienes gobiernan la traicionan. En el barro, en el hambre, en la intemperie, en ese frío que era también abandono, se volvieron otra cosa. Se volvieron memoria. Muchos no volvieron. Quedaron en esas islas donde el viento borra las huellas pero no los nombres. Quedaron en una geografía donde la patria dejó de ser consigna para volverse cuerpo, ausencia, historia. El Cementerio de Darwin no es sólo un lugar. Es la prueba. La prueba de que la soberanía no es una abstracción. La prueba de que hubo vidas concretas entregadas a esa causa. La prueba de que el costo fue real, profundo, irreversible. Durante años, incluso hubo tumbas sin nombre. Y sin embargo, estaban. Porque hay identidades que no dependen de una inscripción. Hay pertenencias que no se borran. Hay memorias que persisten aun cuando el mundo mire hacia otro lado. Pero la guerra terminó. Y con ella terminó —o debió terminar— la ilusión de que la fuerza podía reemplazar al derecho. La democracia argentina construyó entonces una distinción decisiva: separar la causa Malvinas de la dictadura que la utilizó. Entender que una cosa es el derecho soberano y otra, su manipulación política. Esa claridad no fue menor. Fue una conquista ética. Por eso inquietan —y debe decirse con claridad— las señales contradictorias del gobierno, ciertas ambigüedades discursivas respecto del principio de autodeterminación y la ausencia de una condena firme al colonialismo en Malvinas. //continúa
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El fallecimiento de Alberto Finger deja un vacío que excede al básquet. Se va un formador, un constructor silencioso de generaciones, de esos que no sólo dirigen equipos, sino que moldean trayectorias y siembran cultura deportiva. Entendió el deporte en su dimensión más profunda: como escuela, como comunidad, como espacio de crecimiento. Su paso por nuestro Club (1973 al 1976 y 1984 al 1987) dejó una huella profunda y duradera. Impulsó la llegada de los primeros extranjeros a nuestro club, en una etapa en la que se tomó la decisión de apoyar y desarrollar este magnífico deporte de larga trayectoria en River. También llevó su conocimiento a la selección nacional y a otros clubes, incluyendo a nuestros primos, siempre con la misma vocación formadora y el mismo compromiso con el juego. Mis condolencias a su familia, amigos, colegas y a toda la comunidad del básquet argentino. Se va un maestro. Queda su legado.
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//continuación Los sistemas serios no absuelven antes de investigar. No explican antes de verificar. No minimizan lo que no comprenden. Actúan. Este episodio exige algo más que prudencia. Exige rigor. Exige método. Exige responsabilidad. Porque si no se responde a esas preguntas, el problema no será el pasado —un embarque rechazado— sino el porvenir. La sospecha de que puede repetirse. En otro envío. En otro destino. O acaso más cerca, en tu mesa o en la mía. Y en ese punto, ya no se discute un lote. Se discute algo más grave: si el sistema está preparado para prevenir o apenas para reaccionar cuando el daño ya está hecho. La salud pública exige investigar y esclarecer.
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Cloranfenicol en carne argentina: una investigación necesaria Por Daniel Kiper Un embarque de 22 toneladas fue rechazado por China tras detectar una sustancia prohibida. El caso no puede agotarse en un sumario administrativo: exige una investigación penal para determinar responsabilidades y restablecer la confianza en el sistema de control alimentario. No es un error menor. No es una irregularidad administrativa. No es una divergencia entre laboratorios. Es un hecho. Un país lejano —que, sin embargo, forma parte de nuestra íntima economía— detectó en un embarque de veintidós toneladas de carne argentina una sustancia prohibida y, fiel a la lógica de sus normas, lo rechazó y suspendió a la planta de origen. El nombre de esa sustancia es cloranfenicol. No es un nombre inocente. Pertenece a esa antigua biblioteca de remedios que alguna vez prometieron la victoria sobre la enfermedad y que luego, como tantos desarrollos humanos, revelaron un costado más oscuro. Por esa razón —y no por capricho— su uso en animales destinados al consumo humano está prohibido desde hace décadas. La ley, en este punto, no duda. Establece una forma de pureza. Absoluta. Y lo absoluto, como en ciertas geometrías, no admite aproximaciones. Por eso, cuando la sustancia aparece, el problema no es la magnitud. El problema es la presencia. En las horas que siguieron al rechazo, comenzaron a proliferar explicaciones. No es extraño. Todo sistema tiende a explicarse antes de examinarse. Se habló de contaminación cruzada, de errores analíticos, de falsos positivos. Hipótesis, todas ellas, que acaso merezcan ser consideradas, pero que no pueden preceder al hecho ni reemplazarlo. Porque hay un hecho. Y todo lo demás, por ahora, es conjetura. En algún punto de la cadena productiva y de control —desde la producción hasta la exportación— algo ocurrió. Tal vez un acto, tal vez una omisión, tal vez una negligencia. Lo cierto es que ese algo atravesó controles que debían impedirlo y llegó hasta un puerto extranjero donde fue advertido. Esa trayectoria —ese recorrido invisible— es el verdadero problema. No se trata sólo de comercio. Es un grave problema sanitario. Y no sólo externo. La Argentina no sólo exporta carne: la consume. Forma parte de su dieta, de su cultura y de su vida cotidiana. Por eso, cualquier falla en los controles no impacta únicamente en un mercado lejano: interpela también la seguridad alimentaria interna. La Argentina exporta carne, pero sobre todo exporta la presunción de que esa carne cumple con reglas que son, a la vez, técnicas y morales. Cuando esa presunción se resquebraja, no cae únicamente un embarque: se altera una forma de fe que sostiene todo el sistema. No sabemos —y acaso no sepamos nunca— cuál fue la magnitud exacta de la sustancia detectada ni su origen preciso. Pero esa incertidumbre no atenúa el problema. Lo agrava. Porque obliga a preguntarse cómo algo que no debía estar pudo atravesar todos los controles y llegar hasta su destino. Y esa pregunta remite, inevitablemente, al sistema. A sus controles. A su trazabilidad. A su capacidad real de prevención. Aquí aparece el derecho. El derecho administrativo podrá ordenar sumarios, revisar procedimientos y aplicar sanciones. Pero su lógica —necesaria, aunque limitada— no alcanza para este caso. Porque lo que está en juego no es sólo una infracción, sino la posible configuración de conductas que, de verificarse, comprometen la salud pública. Por eso la investigación penal no es una opción. Es una exigencia. No como castigo anticipado —que sería otra forma de error— sino como método para transformar la conjetura en conocimiento. Sólo el proceso penal, con su rigor probatorio, puede reconstruir ese recorrido invisible: determinar qué ocurrió, dónde ocurrió, cómo ocurrió y quién es responsable. En otras palabras, puede sustituir la sospecha por la verdad. //continúa
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Decir que “expropiar es robar” no es una provocación ingeniosa. Es un error conceptual grave. La expropiación no es un delito: es una facultad constitucional. Negarla es negar al propio Estado. El fallo que hoy celebramos los argentinos, todos los argentinos, no declara ilegal la expropiación. Declara algo que resulta más incómodo para algunos: que el derecho no se subordina a consignas. Confundir soberanía con “nacionalismo barato” puede ser un recurso discursivo. Pero en términos jurídicos es otra cosa: es abdicar. Porque si cada decisión estatal es tratada como un ilícito, entonces el problema ya no es YPF. Es si la Argentina conserva —o no— el derecho de decidir.
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YPF: la soberanía no se justifica en el mercado. Por Daniel Kiper. Durante meses, la cifra circuló como circulan ciertas creencias: sin necesidad de prueba. Dieciséis mil cien millones de dólares. No era un cálculo. Era una convicción. Una de esas formas contemporáneas de la fe, donde el número reemplaza al argumento y la repetición adquiere la apariencia de verdad. Se la pronunciaba con una serenidad que no provenía del conocimiento, sino de la costumbre. Como si el desenlace ya hubiera ocurrido y el derecho —ese antiguo arte de demorar lo inevitable— sólo pudiera llegar para registrarlo. Pero toda cifra encierra una ficción. Y toda ficción, tarde o temprano, encuentra su límite. El 27 de marzo, en una sala de Nueva York, ese límite adoptó la forma discreta de una negativa. No fue un gesto heroico. Ni siquiera fue un gesto enfático. Fue, apenas, un “no”. Pero en ese “no” —breve, casi invisible— se insinuó algo más inquietante que una decisión: la posibilidad de que lo inevitable no lo fuera. Porque lo que se había naturalizado no era una deuda. Era una interpretación. Se había decidido —antes de toda sentencia— que un acto debía ser leído como infracción. Que una decisión estatal, por el solo hecho de afectar intereses privados, debía traducirse en responsabilidad económica. Que el poder, cuando se ejerce, incurre. Pero hay una antigua certeza, anterior incluso al derecho moderno: que la soberanía no se justifica en el mercado. La expropiación pertenece al orden de la decisión soberana. No es un error del sistema ni una anomalía a corregir. Es, acaso, una de sus expresiones más nítidas. El momento en que el Estado —esa entidad que existe porque las demás no alcanzan— interrumpe la lógica de lo disponible y afirma, sin intermediarios, una prioridad. Se la puede discutir. Se la puede criticar. Incluso se la puede lamentar. Lo que no puede hacerse, sin alterar su sentido, es reducirla. Porque la expropiación no es una transacción fallida. Es una decisión sobre el orden de las cosas. En el caso de YPF, esa decisión no ocurrió en el vacío. Se inscribe en una historia donde la energía no es un bien cualquiera, sino una materia estratégica de la vida nacional. Y donde, por eso mismo, reaparece la pregunta decisiva: quién resuelve, en última instancia, sobre lo necesario. Responder que decide el mercado es una opción. Responder que decide el Estado es otra. Confundir ambas respuestas —o peor aún, subordinarlas sin decirlo— es, tal vez, la forma más sutil de renuncia. Durante meses, la cifra cumplió una función precisa: no describir un resultado, sino volverlo inevitable. Convertir una discusión en una conclusión. Sustituir el litigio por su desenlace anticipado. El derecho, sin embargo, persiste en una obstinación que a veces parece anacrónica: la de exigir que las cosas sean probadas antes de ser creídas. El fallo del Segundo Circuito no resuelve esa tensión. La restituye. Devuelve el conflicto a un terreno menos cómodo, donde las palabras aún no han sido fijadas y donde las categorías —soberanía, propiedad, interés público— recuperan su antigua ambigüedad. Esa ambigüedad no es un defecto. Es una forma de la libertad. Porque allí donde toda decisión estatal es traducida automáticamente en incumplimiento, lo que se pierde no es una causa judicial. Es algo más elemental: la posibilidad misma de que exista un Estado. La historia de YPF no se decide en una cifra. Se decide —si es que alguna vez se decide— en esa pregunta más difícil y más persistente: si todavía creemos que hay decisiones soberanas que no se compran.
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La soberbia, (El poder no rinde cuentas, las exige). Por Daniel Kiper La mañana en la Casa Rosada amaneció con ese aire espeso que tienen los días en que algo está por desbordar, aunque nadie se atreva todavía a nombrarlo. Los periodistas llegaron temprano, con libretas abiertas y preguntas que ya no eran nuevas, pero sí inevitables. En los pasillos, como un murmullo que venía de lejos, circulaban las mismas palabras: patrimonio, avión privado, Punta del Este, declaraciones juradas, avión presidencial. No eran rumores. Eran preguntas. Y las preguntas, como las gotas de lluvia, pueden tardar en llegar; pero cuando llegan, lo hacen todas juntas. Manuel Adorni entró a la sala con la rigidez de quien sabe que no viene a explicar, sino a defender una versión de sí mismo. Porque en la política de estos tiempos ya no se disputa la verdad, sino el modo en que esa verdad será instalada. Durante unos minutos que parecieron largos, aunque en realidad fueron breves, habló de todo sin decir casi nada. Las respuestas giraban sobre sí mismas como esas puertas antiguas que crujen pero no se abren. Cada intento de precisión encontraba una pared. Cada repregunta, un gesto de fastidio. Como en ciertos laberintos, todo conducía al mismo lugar: la soberbia. Y los laberintos, se sabe, no están hechos para salir, sino para perderse. Entonces ocurrió. Un periodista —uno entre tantos, pero en ese instante el único que importaba— había escrito que nadie lo había respaldado, que estaba solo. La reacción fue inmediata, desproporcionada, casi reveladora, como si esas palabras hubieran tocado una cuerda demasiado tensa. La voz se elevó. El gesto se endureció. La escena cambió. “¿Puedo recibir unas disculpas?”, inquirió desde el púlpito, desde el poder. Y en ese instante la conferencia dejó de ser una conferencia. Se convirtió en otra cosa: en un duelo desigual entre la pregunta y el poder. En una escena donde el funcionario, en vez de responder, reclamaba. Donde el periodista, en vez de indagar, debía justificarse. Donde la verdad —esa criatura siempre escurridiza— quedaba atrapada en un intercambio que ya no buscaba esclarecer, sino imponerse. Nadie aplaudió. Nadie intervino. Pero todos comprendieron que algo se había roto. Las explicaciones que no llegaron. Las cifras que no se precisaron. La salida abrupta, como la de quien abandona una habitación donde el aire ya no se puede respirar. Afuera, la ciudad seguía igual. Los autos, los cafés, las conversaciones distraídas. Pero la escena ya había hecho su trabajo: había dejado sembrada una certeza incómoda. Que la soberbia no es un exceso pasajero. Es una forma de ejercer el poder. Se la reconoce con facilidad, aunque a veces se disfrace de firmeza. Está en el tono que no admite preguntas, en la mirada que desconfía de quien indaga, en la palabra que no explica, sino que acusa. Y, sobre todo, en esa convicción peligrosa de que el poder no debe rendir cuentas, sino exigirlas. Porque la soberbia en política no consiste solamente en alzar la voz. Consiste en algo más profundo: en olvidar. Olvidar que el poder no es propio. Que es prestado. Que es transitorio. Que es, en esencia, efímero. Pero el poder —conviene recordarlo— no es una propiedad. Es una delegación. Y toda delegación implica una deuda concreta: la de explicar, la de responder, la de someterse al escrutinio público de quienes, a través de otros, preguntan. Cuando esa deuda se niega, no desaparece. Se acumula. Y todo lo que se acumula en política —las dudas, las preguntas, las cuentas pendientes— termina, tarde o temprano, por volver. Porque hay algo que la soberbia nunca logra entender: que el poder pasa. Pero las preguntas no.
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LOS HINCHAS DEL CHELSEA Y STRASBOURG RECHAZAN A BLUECO. Las alertas que ignoran los directivos de River Por Daniel Kiper. En febrero de 2025, hinchas del Chelsea se manifestaron cerca de Stamford Bridge con una consigna clara: “BlueCo deja de matar al Chelsea. Sal de nuestro club”. (Ver foto) No fue un hecho aislado. En marzo de 2026, grupos de hinchas del Chelsea y del Strasbourg anunciaron una protesta conjunta en Londres contra el mismo modelo de gestión. No discuten solamente resultados. Discuten algo más profundo. Discuten identidad. Discuten para qué se usa el club. Discuten quién toma las decisiones y en función de qué intereses. Y mientras eso pasa, los dirigentes de River negocian con BlueCo. Un acuerdo que le daría ventajas a un grupo empresario extranjero sobre nuestros jugadores. No es un detalle. Es una señal de alarma. Porque el modelo multiclub ya está en marcha. Clubes convertidos en piezas de una red. Jugadores convertidos en activos que circulan. Decisiones deportivas condicionadas por una estructura empresaria que supera a cada institución. Eso es, precisamente, lo que hoy rechazan los hinchas en Europa. River no necesita eso. No necesita intermediarios. No necesita integrarse a ninguna red para existir en el mundo. No necesita que otro tenga ventajas sobre su proyecto futbolístico. River ya es mundial. River ya es el más grande de Argentina. Por eso, lo que algunos presentan como modernización es otra cosa: subordinación. No es cooperación. Es dependencia. Los hinchas del Chelsea ya salieron a la calle. Los del Strasbourg también. Defienden algo básico: que su club no se convierta en una pieza más de un tablero financiero. Y esa advertencia no debe ser ignorada en River. Porque cuando un grupo empresario empieza a tener ventajas sobre tus jugadores, también empieza a ganar influencia sobre decisiones que deberían seguir siendo propias. Esto no aparece de la nada. Llega después de años de: • ventas anticipadas, • proyectos deportivos inconclusos, • una dependencia creciente del mercado. Y ahora, en lugar de corregir ese rumbo, algunos quieren institucionalizarlo. Hay, además, otro dato que no puede pasarse por alto. El GAFI ha advertido que el fútbol es un sector vulnerable por la complejidad de sus estructuras, la multiplicidad de intermediarios, la dificultad para valorar activos y la circulación internacional de dinero. Eso no implica que este acuerdo sea ilícito. Pero sí obliga a algo básico: máxima transparencia. Y este tipo de esquemas la vuelve más difícil. River no puede entrar en esto con ingenuidad. Porque River no es una sucursal. River no está para servir una red. River está para decidir su propio camino. Y cuando un club resigna poder sobre sus jugadores, empieza a resignar algo más importante: su destino. No es cooperación. Es entrega. 🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍
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//continuación Y en esa elección hay algo que persiste más allá del tiempo: una dignidad que no pudo ser borrada. Tal vez no haya palabras suficientes para abarcar lo ocurrido. Tal vez toda escritura sea, en este punto, insuficiente. Pero hay una que permanece. No como consigna. No como fórmula. Como compromiso. Nunca más.
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NUNCA MÁS. Por Daniel Kiper Hay fechas que no se dejan archivar. Persisten —como un rumor en la sangre, como una lluvia que no termina de caer— y vuelven, no para ser recordadas, sino para ser pensadas otra vez. El 24 de marzo de 1976 es una de ellas. No ocurrió de golpe. Ocurrió, como casi todo lo decisivo, en una lenta acumulación de signos: el lenguaje que empezó a volverse prudente, las miradas que aprendieron a evitarse, la sospecha que se instaló como una forma de convivencia. Y una madrugada —que fue todas las madrugadas— el país despertó distinto, aunque las cosas siguieran en su sitio. Las calles estaban ahí. Los árboles seguían dando sombra. El mundo, en apariencia, no se había movido. Pero algo esencial había sido desplazado. No se trató únicamente de un cambio de gobierno. Fue la instauración de un método. Un orden que no buscaba sólo ejercer el poder, sino administrar la realidad mediante la supresión. No ya prohibir, sino borrar. No ya castigar, sino sustraer. La desaparición —ese término que la lengua apenas alcanza— introdujo una anomalía en el tiempo: la suspensión de la existencia sin final ni explicación. No era la muerte, que al menos concede un límite. Era una ausencia sin clausura, una pregunta sin respuesta. Y las preguntas comenzaron a repetirse. En las casas donde un plato quedaba servido. En las noches donde el sueño se interrumpía con un llamado que nadie más oía. En la obstinación de una palabra que no encontraba destino: ¿Dónde está? Esa pregunta —breve, infinita— recorrió el país como una corriente subterránea. Y, como ocurre con lo subterráneo, terminó por emerger. Algunas mujeres —sin más poder que su insistencia y sin más argumento que el amor— decidieron no aceptar el silencio como respuesta. Caminaron cuando no se podía. Nombraron cuando nombrar implicaba riesgo. Repitieron un gesto mínimo hasta convertirlo en símbolo. Y en ese símbolo empezó a resquebrajarse el sistema del olvido. Porque ningún poder ha logrado jamás gobernar del todo la memoria: lo que una época manda callar reaparece, con otros nombres, en la conciencia de los hombres. Ese resto fueron los nombres. Nombres que no estaban en registros, pero sí en la memoria. Nombres que no podían decirse en voz alta, pero persistían. Nombres que, con el tiempo, volvieron a ocupar su lugar. Cincuenta años después, la tentación es creer que todo ha sido resuelto. Que la historia ya ha sido escrita, que los hechos han sido fijados, que el pasado ha quedado atrás como una página cerrada. Esa tentación es una forma de olvido. Porque la historia no es un objeto inmóvil. Es, más bien, un espejo incómodo. Y en ese espejo no vemos sólo lo que fuimos, sino lo que podríamos volver a ser. El “Nunca Más” no es una frase. Es una frontera. No describe el pasado: delimita el futuro. No es memoria inerte: es conciencia activa. Implica reconocer que hay límites que no se cruzan. Que ninguna razón —política, ideológica, de seguridad— puede justificar la desaparición de una persona. Que el poder, cuando no encuentra freno, tiende a olvidar aquello que debería proteger. Pero también implica algo más sutil y más exigente: no reducir la memoria a consigna, no convertir el horror en rutina verbal, no repetir sin pensar. Porque el riesgo no es sólo el olvido. Es la trivialización. La barbarie —lo sabemos— no siempre se anuncia como tal. A veces se presenta como orden. A veces se legitima en nombre de urgencias. A veces se instala cuando la sociedad decide que es preferible no mirar. Por eso recordar no es un acto ceremonial. Es una forma de vigilancia. Una vigilancia que no se ejerce sólo sobre el pasado, sino sobre el presente. Sobre cada decisión, cada discurso, cada gesto que define el modo en que convivimos. Hay países que olvidan para aliviarse. Y hay países que recuerdan para no perderse. La Argentina —con sus contradicciones, sus tensiones y su memoria siempre en disputa— eligió recordar. //continúa
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Del Locarno al Chelsea: otra vez quieren quedarse con nuestros pibes River no está discutiendo un acuerdo. Está discutiendo su identidad. Antes fue Locarno. Un club desconocido donde pasaban los mejores jugadores… sin jugar. River formaba. Otros hacían el negocio. Hoy el nombre es Chelsea. Suena mejor. Más moderno. Más elegante. Pero la lógica es la misma. ¿Qué se está negociando? Que Chelsea tenga prioridad para comprar a nuestros juveniles. Que pueda igualar cualquier oferta. Que algunos chicos pasen por Strasbourg —otro club del mismo grupo— antes de llegar a Inglaterra. Traducido: empiezan a decidir ellos. No River. Nuestras inferiores quedarían subordinadas a la voracidad de un grupo económico que no viene a invertir en River, sino a apropiarse de su mayor riqueza: sus pibes. Nos dicen que esto “facilita” las operaciones. Claro que facilita. Facilita que se los lleven antes. Facilita sortear restricciones, tiempos y exigencias del mercado internacional. Facilita que haya menos competencia. Facilita que River pierda poder de decisión. River no necesita un atajo para vender jugadores. Necesita que los jugadores jueguen en River. Que ganen en River. Que crezcan en River. Que se queden el tiempo suficiente para hacer historia. Porque cuando eso pasa, River deja de formar para sí mismo y empieza a formar para otros. Antes se llamaba triangulación. Hoy le dicen alianza estratégica. El nombre cambió. El riesgo no. River ya lo vivió. Y River ya sabe cómo termina. Nuestros pibes no son mercancía. Son identidad. Son futuro. Son River. River tiene una de las inferiores más prestigiosas del mundo. No necesita un atajo hacia Europa. Necesita un proyecto que las proteja, las potencie y las mantenga al servicio del club. Todo lo demás —por más moderno, sofisticado o global que parezca— puede terminar siendo, como fue con el Locarno, una forma de perder lo propio. Locarno fue el laboratorio de una época. Chelsea puede ser su versión perfeccionada. Y hay un dato que no puede pasarse por alto: Chelsea llega a esta negociación bajo el impacto de sanciones recientes por irregularidades históricas y con investigaciones aún abiertas en Inglaterra. Eso no invalida por sí solo un acuerdo. Pero obliga a una pregunta incómoda: ¿es este el socio al que River quiere entregar el destino de sus inferiores? Porque acá no se discute un pase. Se discute un modelo. Si entregamos eso, no estamos modernizando el club. Lo estamos vaciando. Porque River no se vende. River se defiende. 🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍
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Falleció Ernesto Cherquis Bialo. Y con él se apaga una de esas voces que no sólo contaban el deporte: lo interpretaban. Cherquis no describía el deporte: lo narraba con una sensibilidad poco frecuente, especialmente en el boxeo, donde supo encontrar humanidad incluso en la dureza del ring. Su trayectoria en El Gráfico, en radio, televisión y en la AFA deja una huella profunda en varias generaciones de periodistas y de hinchas. Tuve la oportunidad de compartir con él diversos momentos: conversaciones con alguien que entendía el juego más allá del resultado, y todo lo que rodea al deporte, con mirada, con historia y con oficio. Mis condolencias a su familia, amigos y colegas. Se va un referente. Queda su palabra.
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Daniel Kiper
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Mucho anuncio, pocos papeles. Por Daniel Kiper. Queremos ver los números. Queremos ver los contratos. Queremos poder evaluar. No nos preocupa la obra. Al contrario: la apoyamos. Nos preocupa lo que no cuentan, lo que no explican, los documentos que no exhiben. Nos dicen que hay un crédito. Pero no cuánto cuesta realmente. Nos dicen que habrá una gran obra. Pero no sus características precisas ni su precio final. Nos dicen que hubo un “proceso transparente”. Pero no hubo una licitación pública abierta: hubo empresas invitadas. ¿Con qué criterio fueron elegidas? ¿Con qué criterio se comparan sus propuestas? No lo sabemos. Se habla de transparencia y, al mismo tiempo, se invoca la confidencialidad. Ambas cosas pueden convivir, pero no en el mismo plano. En un club como River —una asociación civil— la transparencia debe ser la regla y la confidencialidad la excepción. Cuando la excepción se agranda, la transparencia se achica. La confianza no se construye con nombres rimbombantes, ni con términos en inglés, ni con explicaciones técnicas. Se construye con información clara, concreta y accesible. Y hoy esa información no está. Además, hay un problema de tiempos. Nos informan cuando el proceso ya está muy avanzado, cuando las decisiones principales parecen tomadas y cuando el margen para opinar o controlar es mínimo. Pero la transparencia no es algo que se comunica al final. Es algo que debe existir desde el principio. Hoy, como socios, hay muchas cosas que no sabemos y que deberíamos saber: si el costo de la obra es razonable; si el crédito es conveniente o simplemente el que se consiguió; qué pasa si los ingresos previstos no se cumplen o si el dólar se dispara; qué recursos del club quedan comprometidos; y bajo qué condiciones. Se trata de algo muy simple: poder verificar. Poder controlar. Porque River no es una empresa donde decide un dueño. Es una asociación civil, y los socios somos parte. Y en una asociación civil, el derecho a conocer no es un favor: es un derecho. Por eso, es necesario que se publiquen los datos y documentos esenciales de esta operación. Recién entonces vamos a poder entender, opinar, acompañar o cuestionar con fundamento. Y hay, además, un punto decisivo. Se dice que el contrato será “llave en mano”, como si esa sola expresión alcanzara para despejar los riesgos. Pero el riesgo no desaparece por nombrarlo. Si la empresa cobra y no cumple, el problema vuelve al club. La verdadera pregunta es otra: ¿Con qué garantías? ¿Con qué esquema de pagos? ¿Con qué penalidades? ¿Con qué respaldo patrimonial? ¿Con qué mecanismo de reemplazo si falla? Si esas respuestas no están, no hay verdadera protección. Hay relato. Porque las instituciones no se honran sólo por la magnitud de lo que anuncian, sino también por la claridad de lo que muestran.
River Plate@RiverPlate

El Club Atlético River Plate ha logrado la aprobación de un financiamiento internacional por hasta US$100.000.000 destinado al desarrollo de infraestructura social, educativa y deportiva y la obra de ampliación y remodelación del Estadio Mâs Monumental. El financiamiento será estructurado en conjunto con BID Invest —el brazo de financiamiento al sector privado del Grupo Banco Interamericano de Desarrollo (Grupo BID)— y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), los principales organismos multilaterales de crédito para el desarrollo de la región. Ambos organismos contribuirán en partes iguales al monto total del financiamiento. El proyecto apoyará la ampliación del nuevo edificio del Instituto River Plate y la residencia juvenil Casa River. La ampliación del estadio contribuirá a mejorar la comodidad de los asistentes, aumentar y diversificar las fuentes de ingresos, incrementar la capacidad para eventos, reducir el ruido y aumentar su uso durante todo el año. El Club destinará al menos el 25 % de los ingresos adicionales provenientes de la ampliación del estadio a becas adicionales y al desarrollo de infraestructura deportiva y social adicional a través de Fondo de Reinversión Social. En Latinoamérica y el Caribe, el fútbol es un poderoso elemento de unión y una herramienta para la integración y transformación social. Las inversiones en clubes deportivos cuyas actividades van más allá del deporte profesional e incluyen el deporte amateur y las iniciativas comunitarias pueden generar importantes beneficios sociales. Las inversiones en infraestructura deportiva y cultural pueden impulsar la actividad económica en el área de influencia del proyecto. Los ingresos comerciales de este proyecto están contractualmente vinculados a educación, becas, deporte femenino e infraestructura comunitaria. A través de la ampliación y modernización del estadio, se busca generar nuevos ingresos privados que serán parcialmente destinados —mediante un esquema contractual— a programas educativos, de inclusión social y desarrollo comunitario. La iniciativa, impulsada junto a CAF y IDB Invest, no apunta al financiamiento del rendimiento deportivo, sino a consolidar un modelo sostenible en el que la actividad del club contribuya directamente a objetivos sociales. El financiamiento contempla un plazo total de 10 años, con un período de gracia de tres, lo que permitirá al Club comenzar a repagar el crédito una vez que la obra empiece a generar los recursos previstos. En este sentido, el esquema de repago se sustenta en los ingresos incrementales que generará la ampliación del Estadio -tanto a través de ticketing como de nuevos acuerdos comerciales vinculados a la mayor capacidad y a las mejoras en la infraestructura- y en el contrato de recitales y el naming. En términos financieros, el crédito está denominado en dólares y se encuentra referenciado a la Secured Overnight Financing Rate (SOFR) —la tasa de interés de corto plazo publicada por la Reserva Federal de los Estados Unidos— más un margen preferencial acorde a las condiciones de mercado, un logro que demuestra la confianza y la solidez financiera de nuestra institución. La aprobación de este financiamiento por es el resultado de meses de trabajo, durante el cual el Club atravesó un exhaustivo proceso de análisis y due diligence por parte de ambas entidades. La rigurosidad de esta evaluación y su resultado favorable constituyen una validación externa de la solidez del proyecto y de la responsabilidad con la que ha sido diseñado el esquema de financiamiento. River Plate se presenta como un socio estratégico por su escala, gobernanza y trayectoria institucional. Como asociación civil sin fines de lucro, con más de 350.000 socios y una extensa red de programas educativos y sociales —incluyendo Casa River, el Colegio River y la Fundación River—, el club ya cuenta con un ecosistema consolidado de impacto en jóvenes y comunidades vulnerables. Desde el punto de vista financiero, la operación introduce condiciones de largo plazo y mecanismos de disciplina que no están disponibles en el mercado local. Se espera que la iniciativa genere empleo, dinamice la actividad económica local y amplíe el acceso a oportunidades educativas y deportivas. En conjunto, el proyecto busca demostrar que las instituciones deportivas pueden funcionar como vehículos efectivos de desarrollo sostenible y replicable en América Latina. Este logro no solo garantiza el avance de una obra estratégica para el crecimiento institucional, sino que también posiciona a River Plate como un referente en materia de gestión, transparencia y acceso al financiamiento internacional dentro del deporte.

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Daniel Kiper
Daniel Kiper@kiperdaniel·
@boletin_oficial @CPACF Gestión de pago de avisos judiciales se encuentra caída. Estimados, Desde la mañana del día de hoy intento gestionar la publicación de un aviso en el Boletín Oficial, sin éxito, debido a que el sistema de gestión de pagos se encuentra inoperativo, arrojando de manera reiterada la leyenda “temporalmente fuera de servicio”. La situación descripta impide completar el trámite dentro de los plazos previstos, generando un perjuicio concreto en una gestión que reviste carácter judicial. En tal sentido, solicito tengan a bien:    •   Informar el estado actual del sistema y el tiempo estimado de restablecimiento;    •   Indicar, en su caso, si existe un canal alternativo para efectuar el pago y avanzar con la publicación. Quedo a la espera de una pronta respuesta. Atentamente,
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//continuación 2 Y acaso ese sea el mayor de sus triunfos: no haber convencido a sus ciudadanos, sino haber corregido el modo en que perciben. Porque en esa república no sólo se administran los hechos: se administra la mirada. He pensado —ya lejos de sus costas— que tal vez no se trate de un país, sino de un método. Un método que no exige ocultar, sino ordenar; que no prohíbe, sino traduce; que no niega, sino reescribe. Al fin y al cabo, toda realidad necesita de quien la narre. Y toda narración, de quien esté dispuesto a creerla. Quizá por eso, en esa isla ejemplar, los hechos no desaparecen: aprenden a esperar. Esperan su versión. Esperan su sentido. Esperan, con una paciencia que en otros lugares sería intolerable, a convertirse en algo que no incomode. No sé si ese mundo es posible. Sospecho, sin embargo, que es perfectamente verosímil. Y como toda ficción verosímil, tiene una ventaja sobre la verdad: no necesita ser demostrada. Basta con que sea repetida.
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//continuación 1 En cuanto al financiamiento de tales virtudes, la república ha preferido una fórmula poética: la hospitalidad cívica. A veces contribuye un amigo; a veces, un admirador; a veces, alguien cuya generosidad prefiere no distraerse con la publicidad. No es opacidad: es discreción. Y la discreción —como saben los diplomáticos, los benefactores y ciertos viajeros— suele ser la forma más refinada de la transparencia. Los jueces encargados de custodiar la probidad han logrado, por su parte, un equilibrio admirable entre la vigilancia y la serenidad. Observan sin molestar, registran sin perturbar y dejan que el tiempo, ese gran jurista, haga el resto. Sus resoluciones tienen la sobriedad de los buenos cuentos y la eficacia de los talismanes: tranquilizan. Algún malicioso los tildó de literarios. No es un reproche: en esa república, la literatura cumple desde hace años funciones de gobierno. Las investigaciones, por lo demás, avanzan con una elegancia desconocida en otras latitudes. Lo hacen sin estridencias, sin sobresaltos, sin la grosería de alterar el descanso de quienes cargan sobre sus hombros el peso del Estado y, a veces, el de ciertas habitaciones demasiado confortables. Algunos espíritus vulgares hablan de quietud. No comprenden que el mayor deber institucional no es esclarecer, sino no alarmar. Los ciudadanos, lejos de inquietarse, han perfeccionado el arte de la interpretación. Ya no preguntan “qué pasó”, sino “cómo conviene contarlo”. Han aprendido que la realidad es un borrador susceptible de correcciones de estilo. Cuando oyen la palabra “transparencia”, no buscan ver a través: examinan con atención el marco, que suele ser magnífico. Un filósofo local —hombre que cobraba por dudar y cobraba mejor por confirmar— me explicó la clave del sistema: “Aquí no negamos los hechos; los elevamos”. Le pedí un ejemplo. Sonrió con modestia profesional: “Si algo parece demasiado bueno para ser verdad, lo declaramos pedagógico. Si algo parece demasiado caro, lo declaramos solidario. Si algo parece demasiado conveniente, lo declaramos casual. Y si todo coincide, celebramos la armonía institucional”. Quise saber si no había excepciones. Me dijeron que sí: a veces el lenguaje se demora. Entonces ocurre lo indecoroso: un hecho aparece antes que su explicación. Son instantes breves, incómodos, casi obscenos, que la república corrige con diligencia. La demora nunca es larga: siempre llega la palabra justa, que allí no sólo nombra las cosas, sino que las reemplaza. También la prensa ha sabido adaptarse a esa cortesía general. No siempre interroga: a veces acompaña. No siempre indaga: a veces comprende. Y si alguna voz principal incurre en una grosería, no falta quien la traduzca en franqueza, autenticidad o temperamento. El idioma, cuando se administra bien, absuelve. No afirmaré que todo sea perfecto. Aun en esa isla se registran fenómenos curiosos: promesas que adelgazan con el uso, cifras que engordan con el trámite, voces que saben más de lo que dicen y silencios que dicen más de lo que convendría. Pero sería injusto llamarlos anomalías. Son, en rigor, ejercicios de estilo; y, a veces, también de contabilidad imaginativa. He abandonado aquella república con una convicción que acaso no comparta el lector: no han eliminado la tentación; la han vuelto elegante. No han prohibido el exceso; lo han vuelto abstracto. No han desterrado la ventaja; la han vuelto narrable. Y así prospera ese país donde nadie engaña, nadie favorece, nadie sobrepaga, nadie interviene y nadie se beneficia. Sólo ocurren, de vez en cuando, pequeñas coincidencias: que una promesa se vuelva liviana después de ser celebrada; que lo indispensable resulte siempre algo más oneroso de lo previsto; que la cercanía no deje huellas, aunque sí consecuencias; y que la austeridad —esa vieja santa— haya descubierto, al fin, que medita mejor con buen espacio para las piernas. No es poca cosa. Han logrado que todo parezca normal. //continúa 2
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Absolución previa. Por Daniel Kiper. Refieren los cartógrafos —gente inclinada a dibujar certidumbres donde sólo hay agua y conjetura— la existencia de una república cuya mayor conquista no ha sido la justicia, ni la prosperidad, ni siquiera la verdad, sino algo más modesto y, por ello mismo, más útil: la abolición del escándalo. No debe inferirse de ello que en esa isla no ocurran hechos dignos de perplejidad. Ocurren. Pero han sido domesticados por la narrativa, que allí funciona como un servicio público: todo lo traduce, todo lo atenúa, todo lo vuelve presentable. Donde otros pueblos creen ver corrupción, ellos descubren apenas un inconveniente de comunicación. Así, por ejemplo, ciertas fortunas no se producen: se anuncian. Nacen en una frase oportuna, se multiplican en el fervor ajeno y, tras una breve existencia especulativa, se desvanecen con la discreción de los buenos modales. Quienes participan de ese ciclo —llamémoslo liturgia, para no ofender a la técnica— no pierden dinero ni son víctimas: adquieren experiencia. Y en esa república la experiencia conserva una curiosa ventaja sobre el dinero: nunca se devalúa, aun cuando todo lo demás se derrumbe con fervor pedagógico. Aunque cierren talleres, se apaguen comercios y los hombres descubran de pronto que ya no tienen trabajo, o que han confiado con entusiasmo excesivo, siempre comparece una explicación que los corrige. La realidad, allí, no incurre en la torpeza de ser inmediata: espera su versión autorizada. Sólo entonces merece existir. Un cronista insistente me confió que algunas de esas aventuras conocen de antemano el camino de regreso a la nada. No supe si hablaba de metafísica o de administración. En cualquier caso, la distinción carece de importancia: allí los mercados no se alteran; se entusiasman y luego se arrepienten, como ciertos lectores después de elogiar un libro que no entendieron. Los remedios, por su parte, gozan de una salud admirable. No siempre alivian cuerpos, pero reconfortan balances, ordenan gratitudes y estimulan una circulación de gentilezas que asciende, con notable disciplina, hacia las alturas. El precio de esos bienes —objeción frecuente de los extranjeros— no debe medirse en moneda, sino en virtudes. Cuanto más alto, más edificante. Pagar de más no es un error: es una forma delicada de reconocimiento. Pregunté si esa generosidad no podía derivar en abusos. Me respondieron con paciencia casi escolar: “Abuso es una palabra ingrata; aquí preferimos decir entusiasmo presupuestario”. Comprendí entonces que la economía de esa isla no se rige por la escasez, sino por la cortesía. Y es sabido que la cortesía, cuando se administra con largueza, puede resultar onerosa. En materia de parentescos han alcanzado una elegancia que envidiaría cualquier genealogista. Nadie interviene en nada; sin embargo, todo se ordena con una puntualidad casi familiar. Es un sistema de influencias sin contacto, una especie de gravedad doméstica: los cuerpos no se tocan, pero se reconocen. Si alguna voz indiscreta insinuara que ciertos vínculos orientan decisiones, sería refutada por la mejor evidencia disponible: no hay firmas, sólo afinidades. Y las afinidades —lo enseñan los moralistas y los notarios— son inocentes hasta que producen efectos. El capítulo de los viajes merece mención aparte. Los funcionarios de esa república profesan una austeridad tan rigurosa que han resuelto ejercerla desde cierta altura y con las debidas comodidades. No por lujo, desde luego, sino por perspectiva. Desde arriba, explican, la patria se contempla mejor, aun cuando se la contemple desde lejos. Los desplazamientos, amplios y silenciosos, permiten pensar con mayor nitidez en la modestia que conviene a los demás. Hay quien ha insinuado que tales trayectos implican costos considerables; ignora que allí los costos son nociones relativas. Lo absoluto es la comodidad de la virtud. //continúa 1
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