Cósmico retweetet

Hay un pasaje en Confesiones de San Agustín que lleva quince siglos incomodando a quien lo lee despacio.
Agustín roba unas peras. No tiene hambre. No las quiere. Las tira a los cerdos. Y en lugar de pasar página se obliga a entender por qué lo hizo.
La respuesta que encuentra es peor que cualquier excusa: lo hizo porque sí. Por el placer de saltarse la línea. Sin premio, sin motivo, sin hambre. El acto puro de hacer lo que no debía solo porque podía.
Lo interesante es que no se perdona con una explicación cómoda. Se sienta delante del hecho hasta que le devuelve algo útil.
La mayoría hacemos lo contrario. Actuamos, justificamos y archivamos. El gasto que no tocaba, la palabra que sobraba, la decisión que sabíamos mala antes de tomarla. Pasamos página rápido porque mirar de frente lo que hicimos sin motivo tiene un coste que preferimos no pagar.
Agustín convirtió unas peras robadas en una de las páginas más lúcidas que se han escrito sobre el autoengaño. Todo porque se hizo la pregunta que casi nadie se hace: ¿para qué hice esto, si no lo necesitaba?

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