Miren Bilbao
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¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA GUERRA DE UCRANIA? La “operación militar especial” de Rusia en Ucrania (un eufemismo concebido para mitigar la incomodidad que producen términos como “guerra” o “invasión”) no puede interpretarse como una simple agresión imperialista. Putin actuó movido por dos razones bastante comprensibles: garantizar la seguridad de Rusia y proteger sus intereses comerciales. La expansión de la OTAN hacia el Este desde la caída del Muro de Berlín siempre constituyó una provocación, pero el desafío se volvió intolerable cuando Ucrania aprobó en 2019 reformas constitucionales bajo la presidencia de Petró Poroshenko para lograr la plena integración en la Unión Europea y en el Tratado del Atlántico Norte, una la alianza militar históricamente liderada por Estados Unidos. La presencia de la OTAN en Ucrania hubiera representado un grave riesgo para la seguridad rusa, pues es un pasillo estratégico sin obstáculos naturales situado a pocos cientos de kilómetros de Moscú. La posibilidad de una invasión terrestre similar a la que llevó a cabo la Alemania nazi con la “Operación Barbarroja” es poco realista, pues implicaría bajas masivas que la opinión pública occidental no soportaría. En cambio, instalar en suelo ucraniano misiles balísticos de corto o medio alcance habría destruido el “equilibrio del terror” basado en la destrucción mutua asegurada. En el caso hipotético de que la OTAN hubiera lanzado un ataque, Moscú no habría tenido tiempo de reaccionar, pues los misiles solo habrían tardado cinco o siete minutos en alcanzar la sede del estado mayor, decapitando al ejército ruso. Es cierto que aparentemente no había planes de instalar misiles y que los submarinos nucleares rusos podrían haber lanzado un contrataque letal, pero lo que estaba en juego no era solo una cuestión militar, sino una exhibición de poder capaz de influir decisivamente en aspectos políticos y comerciales. La presencia de la OTAN en Ucrania habría representado una intolerable humillación para Moscú. A estas alturas, no es un secreto que Estados Unidos y la UE promovieron el Euromaidán, un golpe de estado diseñado para alinear a Ucrania con Occidente, alejarla de Rusia y expandir la influencia de la OTAN. Washington apoyó activamente a los manifestantes enviando a destacados políticos estadounidenses, como el senador republicano John McCain, el senador demócrata Chris Murphy, Victoria Nuland, subsecretaria de Estado, y John Kerry, secretario de Estado. Nuland repartió galletas y pan entre los manifestantes que desafiaban al gobierno de Viktor Yanukóvich. Yanukóvich era un corrupto y un déspota, pero eso no es lo que molestaba a Estados Unidos, sino su alianza estratégica con Putin, que protegía las exportaciones rusas de gas a la Unión Europea. Durante décadas, Ucrania fue la principal puerta de entrada de este comercio mediante una gigantesca red de tuberías construida en la época de la Unión Soviética. Suministraba el 45% del gas y era un gas barato y con muy pocas impurezas. Actualmente, esa cifra ha caído al 12% y está previsto que en 2027 se interrumpa definitivamente el comercio. En cambio, Estados Unidos ha incrementado sus exportaciones en un 400%. El gas licuado que exporta procede del fracking, un procedimiento que consiste en romper capas de pizarra a gran profundidad, lo cual libera más metano a la atmósfera que la extracción convencional, agravando el efecto invernadero. El gas licuado estadounidense es un 23% más caro que el ruso y mucho más contaminante. Sin embargo, se ha apoderado del mercado europeo. Putin intentó frenar este fenómeno mediante la ocupación militar de Ucrania, pero ha fracasado. Sin embargo, pretende conservar el Donbás, con un subsuelo rico en carbón, hierro, litio y gas. No es extraño que Trump no se muestre tan beligerante como Joe Biden en la guerra de Ucrania. Uno de los objetivos principales de la presión ejercida en la región se ha conseguido. Además, el conflicto debilita a Rusia, que pierde entre 800 y 1.200 soldados al día, soporta un asfixiante aislamiento económico y tecnológico y ha perdido uno de sus principales mercados energéticos. No importa demasiado que Ucrania sufra unas 400 bajas diarias. El coste humano es irrelevante desde el punto de vista geopolítico. Estados Unidos ahora concentra sus esfuerzos en afianzar su control del hemisferio occidental (América del Norte y América del Sur) y dominar las rutas comerciales y marítimas en el hemisferio oriental, evitando que China se convierta en la potencia hegemónica en Asia. Eso no significa que Ucrania ya no le interese. Trump no ha ocultado su pretensión de que un acuerdo de paz esté subordinado al control estadounidense de las tierras raras, ricas en litio y titanio, dos recursos esenciales para la fabricación de baterías de coches eléctricos y aviones de combate. De momento, el fin de la guerra en Ucrania no es una prioridad. Estados Unidos envía material bélico anticuado a Ucrania, sin dejar otra opción a la Unión Europea que comprar material nuevo (F-35, tanques Abrams, sistemas Patriot) fabricado por empresas como Lockheed Martin o Raytheon. Esas ventas le permiten reponer su stock bélico e incrementar los beneficios del complejo industrial-militar. La guerra es un gran negocio, pero la Administración Trump ha cometido un grave error al atacar a Irán. Su intención no era democratizar el país, sino proteger el sistema de petrodólares. Desde los años 70, el petróleo mundial se vende casi exclusivamente en dólares, lo cual obliga a todos los países a disponer de grandes reservas de esa moneda. Gracias a eso, el dólar es la moneda internacional de reserva y Estados Unidos puede continuar imprimiendo dinero para financiar su gigantesca deuda nacional. Sin esa posibilidad, su economía ya habría colapsado. Irán y Rusia trabajan conjuntamente para promover la venta de petróleo en yuanes chinos y rupias indias, pues aspiran a romper el monopolio del dólar. Estados Unidos ha recurrido a una guerra desde el cielo para frustrar esta maniobra, especulando ingenuamente que conseguiría un éxito rápido e incruento, pero ha calculado mal y no sabe cómo salir del atolladero. Saddam Hussein y Gadafi ya intentaron acabar con la hegemonía del dólar y les costó la vida. Evidentemente, se ocultó a la opinión pública mundial por qué se destruyeron Irak y Libia. La prensa se ocupó de vender lo sucedido como la guerra del “mundo libre” contra el “eje del mal”. El capitalismo seguirá impulsando guerras mientras no surjan modelos políticos alternativos. No es fácil construir un orden mundial distinto, pero hasta que no se consiga, el ser humano solo será una mercancía explotada y maltratada por los intereses económicos de las grandes multinacionales. La guerra de Ucrania ejemplifica con nitidez cómo funciona la política internacional. El materialismo histórico no se equivoca al señalar que las claves de los acontecimientos hay que buscarlas en las fuerzas y relaciones de producción. Las ideas -o superestructura- solo son el barniz retórico que se utiliza para manipular a las masas. ¿Saldremos algún día de este círculo infernal? Pienso que sí, pero no lo lograremos sin una ciudadanía que conozca las causas últimas de los conflictos. Hay que ir al fondo, a la raíz, ser radical en el mejor sentido de la palabra. Si nos quedamos en la superficie, seremos presa fácil para la manipulación y el engaño. RAFAEL NARBONA Publicado en la página de la Asociación Pilar Bardem instagram.com/p/DXzqSJ6DOuZ/…

religiondigital.org/blogs/el-princ… La prioridad nacional de la que hoy habla la ultraderecha es profundamente anticristiana, pues la prioridad no es el vecino o la familia, sino el prójimo en su sentido más amplio. La prioridad del cristiano es abrir las puertas al otro, compartir la mesa con él, poner el corazón al servicio del que huye de la pobreza o la guerra. Solo los que opinan que todos los seres humanos son iguales, pero hay algunos más iguales que otros, parodiando la famosa frase de George Orwell en Rebelión en la granja, pueden justificar la prioridad nacional, una medida política que vulnera uno de los principales signos de identidad de la tradición cristiana: la hospitalidad, la acogida, el amparo. María y José tuvieron que refugiarse en un establo para dar a la luz al Salvador del mundo. Cerrar la puerta a un extranjero no es un simple gesto de egoísmo o insolidaridad. Es cerrar la puerta a Dios, aunque a muchos cristianos les cueste trabajo comprenderlo.








NADA ES COMPARABLE A A LA DICHA DE AMAR Historia del erizo Descartes Descartes era un erizo y vivió en mi jardín durante ocho años. Durante uno de mis paseos por la estepa castellana, me interné en un pequeño barranco. Ese día, las nubes parecían brevas incendiadas en un cielo nazareno y un verde melancólico subía y bajaba por los valles, levemente ondulado por un viento frío. Al fondo del barranco, serpenteaba un arroyo, con fresnos, chopos y sauces muertos que se quemaron durante un incendio acaecido hacía una década. Los troncos ya no estaban carbonizados. Ahora exhibían una palidez fantasmal, casi de osario. Atisbé el agujero en un tronco y me pregunté si era el hogar de un búho, una lechuza o un autillo. Bella, una perrita fiel y afectuosa que a veces me acompañaba durante mis paseos, comenzó a ladrar junto al agujero. No cesaba de mover la cola y escarbar, pero el árbol —muerto y petrificado— era una barrera infranqueable para sus uñas. Intrigado, me aproximé y, no sin cierto miedo, exploré el tronco con la luz de un teléfono móvil. Descubrí un bulto de color marrón que bufaba lastimosamente. Parecía un erizo, pero muy pequeño. Me había cruzado muchas veces con ejemplares adultos, especialmente en las noches de verano, cuando la oscuridad marca el inicio de su travesía diaria para buscar alimento. Siempre me había sorprendido su tamaño y su ruidosa respiración, que raramente pasa desapercibida. Es difícil no simpatizar con un erizo, con sus ojos negros, su vientre blanco y su morro afilado. Cuando levantan la cara, descubres una mirada curiosa y sin malicia. Schopenhauer explicó las relaciones humanas, empleando el símil de un grupo de erizos que combaten el frío, aproximándose unos a otros. Las púas les obligan a mantener cierta distancia, pero el calor que desprenden los cuerpos actúa como un imán. La metáfora no reproduce un comportamiento real, pues los erizos son solitarios, al igual que el filósofo alemán, cascarrabias notable y solterón empedernido. Sin embargo, la fábula expresa el miedo a la soledad y el temor de sufrir por un exceso de cercanía con los otros. El equilibrio es la solución, pero el justo medio representa la perfección y la perfección no es una meta humana, sino un sueño. Pensé en alejarme, pero los gemidos me inspiraron lástima e introduje el brazo en el tronco. Noté las púas con la punta de los dedos, pero no se erizaron ni opusieron resistencia. Cuando al fin pude agarrarlo, el erizo se estiró en las palmas de mis manos, casi como si fuera a desmayarse. Siempre he convivido con animales y advertí que sufría un agudo cuadro de deshidratación: piel seca y arrugada, respiración agitada, fuertes latidos cardíacos, ojos hundidos, confusión. Era un cuadro de shock que reflejaba falta de flujo sanguíneo. Si lo dejaba allí, moriría en pocas horas. Lo envolví en mi gorro de lana y regresé a casa apresuradamente, mientras Bella ladraba sin parar. Una deshidratación es reversible, si actúas con rapidez. Abrí la puerta del garaje y busqué el biberón que había utilizado para alimentar a Bella, abandonada con solo unos días de vida. No sé si es el síntoma de un incipiente síndrome de Diógenes, pero tiendo a conservar los objetos con cierto valor sentimental, por muy insignificantes que sean. Cuando recogí a Bella, el veterinario me advirtió que sus posibilidades de sobrevivir eran escasas y que solo se salvaría alimentándola cada dos horas, lo cual me obligó a interrumpir mi sueño durante semanas con un despertador y a utilizar como guardería el departamento del instituto donde impartía filosofía, aprovechando los huecos entre clase y clase para darle el biberón. Si no hubiera obrado de ese modo, Bella habría muerto de hipoglucemia. El director del centro y el inspector de zona eran buenas personas y no pusieron ningún inconveniente. Los padres no se molestaron y los alumnos me ayudaron encantados. Bella salió adelante, pero ahora me enfrentaba a un nuevo reto y ya no se trataba de un perro, sino de un erizo. El destino y mis manías se habían aliado para salvar al biberón de su previsible condena al cubo de la basura. Era una buena señal. El pequeño erizo colaboró desde el principio, mordisqueando el chupete. Dos días más tarde, se hallaba totalmente recuperado y se paseaba por la cocina, buscando algo que comer. Bella aceptó su presencia, sin molestarle, salvo para intentar jugar, algo que nunca consiguió. El veterinario me dijo que podía alimentarlo con pienso de gato pequeño, pero me advirtió que era un animal salvaje y que la ley prohibía conservarlo como mascota. El erizo aceptó el pienso encantado. En menos de una semana, su volumen y su peso se habían incrementado notablemente. Lo saqué al jardín y le abrí la puerta invitándole a regresar a la naturaleza, pero no mostraba ningún interés por alejarse. No sin mala conciencia, lo llevé al campo y lo dejé en libertad, pero a las pocas horas lo encontré de nuevo en el jardín. Había empujado una precaria alambrada con el hocico, levantándola unos centímetros. Era un hueco insignificante, pero suficiente para su cuerpo elástico y menudo. Bella ladraba encantada, con la alegría del que recupera a un amigo. A los pocos minutos, el erizo comía otra vez pienso de gato. Me acosté y por la mañana comprobé que seguía en el jardín. Con unas hojas y unas ramas, se había construido una especie de nido y dormía tranquilamente, roncando a pierna suelta. Compré un bebedero para conejos y lo sujeté en la pared de la casa con un clavo. El erizo aprendió a usarlo enseguida, demostrando una inteligencia despierta y un agudo sentido de la supervivencia. Pasaron las semanas y, salvo algunas escapadas, se pasaba la mayor parte del tiempo en mi jardín. De día, dormía; de noche, husmeaba por los rincones y se comía su ración de pienso. Hablé con el padre de un alumno, que era guardia civil, y le expliqué la situación. Se rio y me comentó que debería avisar a Seprona, pero me aclaró que yo no retenía al erizo, por lo cual no me podían acusar de mantener en cautividad a un animal salvaje. —Tienes un okupa en tu jardín —comentó, divertido—. A ver qué haces. No hice nada. Cuando llegó el invierno, compré una caseta para perros y coloqué hojas secas en su interior. El erizo entendió que era el lugar idóneo para hibernar y se enterró entre las hojas, iniciando su período de letargo. Durante ocho años, comió, paseó, dormitó e hibernó en mi jardín. Comía de mi mano, aceptaba mis caricias, y si me sentaba a su lado, trepaba por mis rodillas, alzando el hocico para mirarme a los ojos. Yo pensaba en el zorro domesticado de El principito, explicándole al joven de pelo rubio y ojos soñadores que domesticar significaba en realidad «crear vínculos». «Si tú me domesticas —explicaba el zorro—, tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo… Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol». Cuando entendí que el erizo no se marcharía de mi jardín, salvo para breves excursiones en época de celo, decidí ponerle un nombre. Era un macho y Descartes me pareció una buena opción. Hegel escribió: «la lechuza de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo». Desde entonces, la lechuza es el animal emblemático de la filosofía, pero yo creo que el erizo, solitario y ensimismado, dubitativo y profundo, expresa mejor el espíritu filosófico. Me atrevería a decir que el erizo es un ermitaño, aficionado a la contemplación y al silencio. Hace casi nueve años, Descartes hibernó al llegar el invierno, pero por causas que desconozco abandonó la caseta a los pocos días, se ovilló al pie de una acacia y se le paró el corazón. Enterré a Descartes al pie de la acacia y, a la primavera siguiente, sus flores brotaron más blancas y más luminosas. De vez en cuando, me acerco al barranco donde encontré a Descartes. Durante las noches de verano, las estrellas tiemblan en lo alto, como hojas agitadas por el viento, y pienso que Descartes se encuentra en una de ellas, no muy lejos del planeta del principito. Algunos darán un respingo al escuchar esto, esbozando una mueca de escepticismo. Su incomprensión me recuerda a Doña Domitila, que no aceptó a Platero en la escuela, alegando que no sabía nada de gramática ni de aritmética. Es cierto, pero el problema no era de Platero, «el borriquillo niño que también entendía a los niños», sino de la maestra, que «se había dejado secar el corazón y no sabía nada de ternura, ni de amistad». Sé que Francisco, juglar de Dios, le habría abierto la puerta —del aula y del cielo— a Platero, a Descartes, al zorro de El principito y a todos los que son capaces de «crear vínculos», pues donde hay amor, hay sabiduría. Fragmento de Elogio del amor, @RocaEditorial



¿QUÉ HABRÍA DICHO HOY PILAR BARDEM SOBRE EL NUEVO FASCISMO QUE RECORRE EL MUNDO? Texto publicado en instagram.com/labardem/ Pilar Bardem nos dejó en 2021, pero su espíritu inconformista perdura en sus hijos y en todos los que la admiramos como actriz y como ciudadana comprometida. En 2003, Pilar fue una de las caras más visibles en las protestas contra la invasión de Irak. Nunca se cansó de denunciar la ocupación ilegal de Gaza y Cisjordania y de subrayar el sufrimiento de los niños de la franja, las principales víctimas del bloqueo aéreo, terrestre y marítimo impuesto por Israel desde 2007 con el objetivo de estrangular económicamente un exiguo territorio de cuarenta y cinco kilómetros, donde malviven hacinados dos millones de personas, soportando una escasez crónica de agua, alimentos y medicinas. Pilar afirmó que la causa palestina era una "herida abierta en la conciencia de la humanidad" y Gaza, “una cárcel al aire libre”. ¿Qué palabras habría añadido hoy tras el asesinato de 73.000 palestinos -la mayoría mujeres y niños- por las Fuerzas de Defensa de Israel? 73.000 es una cifra improbable, pues hay miles de cadáveres bajo los escombros y el número real de víctimas podría ascender hasta el medio millón, según ha advertido Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas. El alto en fuego no ha significado el fin de la violencia. Desde el 10 de octubre de 2025, 611 palestinos han perdido la vida en bombardeos o tiroteos y el 92% de los edificios continúan destruidos. Gaza hoy es un lugar inhabitable, un paisaje de ruinas, con el 40% del territorio ocupado por el ejército israelí. El suministro de agua, alimentos y medicinas es deliberadamente insuficiente. La intención del gobierno de Netanyahu es provocar la emigración forzosa para anexionarse la franja, una región con un gran potencial por su posición estratégica como ruta comercial y sus reservas de gas natural y petróleo. En Cisjordania, se aplica una estrategia similar para materializar el proyecto del Gran Israel, un Estado judío que funcionaría como un gran portaviones estadounidense, garantizando el control occidental de Oriente Medio. En los últimos meses, ochenta palestinos han muerto tiroteados o quemados en Judea y Samaria (los nombres bíblicos de Cisjordania) por los colonos o los soldados israelíes, que ya actúan con la misma crueldad e impunidad que los efectivos de la Wehrmacht y las SS en la liquidación del gueto de Varsovia. Esta política solo puede calificarse de “genocidio” y “limpieza étnica”. No es una analogía hiperbólica. Paradójicamente, el pueblo que más sufrió bajo la bota nazi hoy aplasta sin piedad a otro pueblo. Algunos insensatos pensarán que lo sucedido en Palestina no nos afecta, pero lo cierto es que Gaza, Cisjordania y ahora el sur del Líbano son el laboratorio de un nuevo orden mundial concebido para destruir el derecho internacional, las libertades democráticas y la soberanía de los pueblos. Donald Trump no se habría atrevido a secuestrar a Nicolás Maduro y atacar a Irán, si no hubiera comprobado que la “santa indignación” de la que hablaba Pilar Bardem carece del poder movilizador para frenar esta nueva forma de fascismo. De hecho, muchas personas ya parecen resignadas a perder derechos y libertades. En Estados Unidos, los agentes del infame Servicio de Inmigración y control de Aduanas (ICE) asesina a sangre fría a los valientes ciudadanos -como Renée Good y Alex Pretti- que intentan proteger a los inmigrantes. Encapuchados y armados hasta los dientes, no es posible contemplar su despliegue de brutalidad sin pensar en la Gestapo o las SS y sus deportaciones masivas. Según Hannah Arendt, el totalitarismo es un fenómeno diferente del fascismo. El fascismo emplea el terror para eliminar a los opositores. El totalitarismo va más allá. Extiende el terror a todos los ciudadanos para asegurarse una dominación total. Dado que el genocidio prosigue en Gaza y en Estados Unidos se intenta controlar hasta el lenguaje, prohibiendo en los espacios públicos palabras como “diversidad” o “inclusión”, quizás hayamos traspasado el umbral del totalitarismo sin advertirlo y nos consolamos pensando que vivimos una etapa de oscuridad transitoria. Es indudable que Pilar Bardem, que siempre reivindicó el optimismo, alzaría hoy la voz para pedir que abriéramos los ojos y lucháramos contra esta involución histórica. No podemos observar en silencio el sufrimiento de las familias deportadas por el ICE o el dolor de los inocentes en Gaza, Cisjordania o Líbano. En nuestros días, Pilar Bardem estaría en la calle portando una pancarta y prestando su voz a las víctimas. Sus hijos han recogido el testigo de ese compromiso ético y no lo han hecho para atraer la atención del público, sino porque han comprendido la importancia de los gestos. Los gestos transmiten esperanza y la esperanza, como advirtió Ernst Bloch, es el motor del cambio histórico. No es suficiente indignarse con las políticas de Trump, Netanyahu y sus socios europeos. Hay que apostar por la esperanza, es decir, por la posibilidad de un mundo mejor, sin ignorar que ese porvenir no se gesta en despachos o instituciones, sino en las calles y las plazas de los barrios, con ciudadanos solidarios y sin miedo que conciertan sus fuerzas para defender los derechos de los más vulnerables. Aún estamos a tiempo de abortar este nuevo totalitarismo antes de que se cumpla la advertencia de Martin Niemöller y algún día ya no quedé nadie para acudir en nuestro auxilio cuando la violencia llame a nuestra puerta. Al poder, como apuntó Pilar Bardem, “les gustamos más en el plano ovino que en el rabiosamente humano”. Es decir, domesticados y asustados. Sin duda pueden quitarnos muchas cosas, pero mientras sigamos luchando contra los abusos y nos emocionemos ante las injusticas, continuaremos siendo humanos, fieramente humanos y, por tanto, dignos y libres. RAFAEL NARBONA

¿QUÉ HABRÍA DICHO HOY PILAR BARDEM SOBRE EL NUEVO FASCISMO QUE RECORRE EL MUNDO? Texto publicado en instagram.com/labardem/ Pilar Bardem nos dejó en 2021, pero su espíritu inconformista perdura en sus hijos y en todos los que la admiramos como actriz y como ciudadana comprometida. En 2003, Pilar fue una de las caras más visibles en las protestas contra la invasión de Irak. Nunca se cansó de denunciar la ocupación ilegal de Gaza y Cisjordania y de subrayar el sufrimiento de los niños de la franja, las principales víctimas del bloqueo aéreo, terrestre y marítimo impuesto por Israel desde 2007 con el objetivo de estrangular económicamente un exiguo territorio de cuarenta y cinco kilómetros, donde malviven hacinados dos millones de personas, soportando una escasez crónica de agua, alimentos y medicinas. Pilar afirmó que la causa palestina era una "herida abierta en la conciencia de la humanidad" y Gaza, “una cárcel al aire libre”. ¿Qué palabras habría añadido hoy tras el asesinato de 73.000 palestinos -la mayoría mujeres y niños- por las Fuerzas de Defensa de Israel? 73.000 es una cifra improbable, pues hay miles de cadáveres bajo los escombros y el número real de víctimas podría ascender hasta el medio millón, según ha advertido Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas. El alto en fuego no ha significado el fin de la violencia. Desde el 10 de octubre de 2025, 611 palestinos han perdido la vida en bombardeos o tiroteos y el 92% de los edificios continúan destruidos. Gaza hoy es un lugar inhabitable, un paisaje de ruinas, con el 40% del territorio ocupado por el ejército israelí. El suministro de agua, alimentos y medicinas es deliberadamente insuficiente. La intención del gobierno de Netanyahu es provocar la emigración forzosa para anexionarse la franja, una región con un gran potencial por su posición estratégica como ruta comercial y sus reservas de gas natural y petróleo. En Cisjordania, se aplica una estrategia similar para materializar el proyecto del Gran Israel, un Estado judío que funcionaría como un gran portaviones estadounidense, garantizando el control occidental de Oriente Medio. En los últimos meses, ochenta palestinos han muerto tiroteados o quemados en Judea y Samaria (los nombres bíblicos de Cisjordania) por los colonos o los soldados israelíes, que ya actúan con la misma crueldad e impunidad que los efectivos de la Wehrmacht y las SS en la liquidación del gueto de Varsovia. Esta política solo puede calificarse de “genocidio” y “limpieza étnica”. No es una analogía hiperbólica. Paradójicamente, el pueblo que más sufrió bajo la bota nazi hoy aplasta sin piedad a otro pueblo. Algunos insensatos pensarán que lo sucedido en Palestina no nos afecta, pero lo cierto es que Gaza, Cisjordania y ahora el sur del Líbano son el laboratorio de un nuevo orden mundial concebido para destruir el derecho internacional, las libertades democráticas y la soberanía de los pueblos. Donald Trump no se habría atrevido a secuestrar a Nicolás Maduro y atacar a Irán, si no hubiera comprobado que la “santa indignación” de la que hablaba Pilar Bardem carece del poder movilizador para frenar esta nueva forma de fascismo. De hecho, muchas personas ya parecen resignadas a perder derechos y libertades. En Estados Unidos, los agentes del infame Servicio de Inmigración y control de Aduanas (ICE) asesina a sangre fría a los valientes ciudadanos -como Renée Good y Alex Pretti- que intentan proteger a los inmigrantes. Encapuchados y armados hasta los dientes, no es posible contemplar su despliegue de brutalidad sin pensar en la Gestapo o las SS y sus deportaciones masivas. Según Hannah Arendt, el totalitarismo es un fenómeno diferente del fascismo. El fascismo emplea el terror para eliminar a los opositores. El totalitarismo va más allá. Extiende el terror a todos los ciudadanos para asegurarse una dominación total. Dado que el genocidio prosigue en Gaza y en Estados Unidos se intenta controlar hasta el lenguaje, prohibiendo en los espacios públicos palabras como “diversidad” o “inclusión”, quizás hayamos traspasado el umbral del totalitarismo sin advertirlo y nos consolamos pensando que vivimos una etapa de oscuridad transitoria. Es indudable que Pilar Bardem, que siempre reivindicó el optimismo, alzaría hoy la voz para pedir que abriéramos los ojos y lucháramos contra esta involución histórica. No podemos observar en silencio el sufrimiento de las familias deportadas por el ICE o el dolor de los inocentes en Gaza, Cisjordania o Líbano. En nuestros días, Pilar Bardem estaría en la calle portando una pancarta y prestando su voz a las víctimas. Sus hijos han recogido el testigo de ese compromiso ético y no lo han hecho para atraer la atención del público, sino porque han comprendido la importancia de los gestos. Los gestos transmiten esperanza y la esperanza, como advirtió Ernst Bloch, es el motor del cambio histórico. No es suficiente indignarse con las políticas de Trump, Netanyahu y sus socios europeos. Hay que apostar por la esperanza, es decir, por la posibilidad de un mundo mejor, sin ignorar que ese porvenir no se gesta en despachos o instituciones, sino en las calles y las plazas de los barrios, con ciudadanos solidarios y sin miedo que conciertan sus fuerzas para defender los derechos de los más vulnerables. Aún estamos a tiempo de abortar este nuevo totalitarismo antes de que se cumpla la advertencia de Martin Niemöller y algún día ya no quedé nadie para acudir en nuestro auxilio cuando la violencia llame a nuestra puerta. Al poder, como apuntó Pilar Bardem, “les gustamos más en el plano ovino que en el rabiosamente humano”. Es decir, domesticados y asustados. Sin duda pueden quitarnos muchas cosas, pero mientras sigamos luchando contra los abusos y nos emocionemos ante las injusticas, continuaremos siendo humanos, fieramente humanos y, por tanto, dignos y libres. RAFAEL NARBONA



Es una imagen histórica de lo que fue el origen de la comisiones obreras. Militantes que se jugaban su libertad, su integridad física o la vida. Marcelino Camacho, su compañera Josefina e Ignacio, esperando al bús 34 para ir a Carabanchel. Los echaron en 1996 ¡Vergüenza! #1DeMayo





¿QUÉ HAY DETRÁS DE LA GUERRA DE UCRANIA? La “operación militar especial” de Rusia en Ucrania (un eufemismo concebido para mitigar la incomodidad que producen términos como “guerra” o “invasión”) no puede interpretarse como una simple agresión imperialista. Putin actuó movido por dos razones bastante comprensibles: garantizar la seguridad de Rusia y proteger sus intereses comerciales. La expansión de la OTAN hacia el Este desde la caída del Muro de Berlín siempre constituyó una provocación, pero el desafío se volvió intolerable cuando Ucrania aprobó en 2019 reformas constitucionales bajo la presidencia de Petró Poroshenko para lograr la plena integración en la Unión Europea y en el Tratado del Atlántico Norte, una la alianza militar históricamente liderada por Estados Unidos. La presencia de la OTAN en Ucrania hubiera representado un grave riesgo para la seguridad rusa, pues es un pasillo estratégico sin obstáculos naturales situado a pocos cientos de kilómetros de Moscú. La posibilidad de una invasión terrestre similar a la que llevó a cabo la Alemania nazi con la “Operación Barbarroja” es poco realista, pues implicaría bajas masivas que la opinión pública occidental no soportaría. En cambio, instalar en suelo ucraniano misiles balísticos de corto o medio alcance habría destruido el “equilibrio del terror” basado en la destrucción mutua asegurada. En el caso hipotético de que la OTAN hubiera lanzado un ataque, Moscú no habría tenido tiempo de reaccionar, pues los misiles solo habrían tardado cinco o siete minutos en alcanzar la sede del estado mayor, decapitando al ejército ruso. Es cierto que aparentemente no había planes de instalar misiles y que los submarinos nucleares rusos podrían haber lanzado un contrataque letal, pero lo que estaba en juego no era solo una cuestión militar, sino una exhibición de poder capaz de influir decisivamente en aspectos políticos y comerciales. La presencia de la OTAN en Ucrania habría representado una intolerable humillación para Moscú. A estas alturas, no es un secreto que Estados Unidos y la UE promovieron el Euromaidán, un golpe de estado diseñado para alinear a Ucrania con Occidente, alejarla de Rusia y expandir la influencia de la OTAN. Washington apoyó activamente a los manifestantes enviando a destacados políticos estadounidenses, como el senador republicano John McCain, el senador demócrata Chris Murphy, Victoria Nuland, subsecretaria de Estado, y John Kerry, secretario de Estado. Nuland repartió galletas y pan entre los manifestantes que desafiaban al gobierno de Viktor Yanukóvich. Yanukóvich era un corrupto y un déspota, pero eso no es lo que molestaba a Estados Unidos, sino su alianza estratégica con Putin, que protegía las exportaciones rusas de gas a la Unión Europea. Durante décadas, Ucrania fue la principal puerta de entrada de este comercio mediante una gigantesca red de tuberías construida en la época de la Unión Soviética. Suministraba el 45% del gas y era un gas barato y con muy pocas impurezas. Actualmente, esa cifra ha caído al 12% y está previsto que en 2027 se interrumpa definitivamente el comercio. En cambio, Estados Unidos ha incrementado sus exportaciones en un 400%. El gas licuado que exporta procede del fracking, un procedimiento que consiste en romper capas de pizarra a gran profundidad, lo cual libera más metano a la atmósfera que la extracción convencional, agravando el efecto invernadero. El gas licuado estadounidense es un 23% más caro que el ruso y mucho más contaminante. Sin embargo, se ha apoderado del mercado europeo. Putin intentó frenar este fenómeno mediante la ocupación militar de Ucrania, pero ha fracasado. Sin embargo, pretende conservar el Donbás, con un subsuelo rico en carbón, hierro, litio y gas. No es extraño que Trump no se muestre tan beligerante como Joe Biden en la guerra de Ucrania. Uno de los objetivos principales de la presión ejercida en la región se ha conseguido. Además, el conflicto debilita a Rusia, que pierde entre 800 y 1.200 soldados al día, soporta un asfixiante aislamiento económico y tecnológico y ha perdido uno de sus principales mercados energéticos. No importa demasiado que Ucrania sufra unas 400 bajas diarias. El coste humano es irrelevante desde el punto de vista geopolítico. Estados Unidos ahora concentra sus esfuerzos en afianzar su control del hemisferio occidental (América del Norte y América del Sur) y dominar las rutas comerciales y marítimas en el hemisferio oriental, evitando que China se convierta en la potencia hegemónica en Asia. Eso no significa que Ucrania ya no le interese. Trump no ha ocultado su pretensión de que un acuerdo de paz esté subordinado al control estadounidense de las tierras raras, ricas en litio y titanio, dos recursos esenciales para la fabricación de baterías de coches eléctricos y aviones de combate. De momento, el fin de la guerra en Ucrania no es una prioridad. Estados Unidos envía material bélico anticuado a Ucrania, sin dejar otra opción a la Unión Europea que comprar material nuevo (F-35, tanques Abrams, sistemas Patriot) fabricado por empresas como Lockheed Martin o Raytheon. Esas ventas le permiten reponer su stock bélico e incrementar los beneficios del complejo industrial-militar. La guerra es un gran negocio, pero la Administración Trump ha cometido un grave error al atacar a Irán. Su intención no era democratizar el país, sino proteger el sistema de petrodólares. Desde los años 70, el petróleo mundial se vende casi exclusivamente en dólares, lo cual obliga a todos los países a disponer de grandes reservas de esa moneda. Gracias a eso, el dólar es la moneda internacional de reserva y Estados Unidos puede continuar imprimiendo dinero para financiar su gigantesca deuda nacional. Sin esa posibilidad, su economía ya habría colapsado. Irán y Rusia trabajan conjuntamente para promover la venta de petróleo en yuanes chinos y rupias indias, pues aspiran a romper el monopolio del dólar. Estados Unidos ha recurrido a una guerra desde el cielo para frustrar esta maniobra, especulando ingenuamente que conseguiría un éxito rápido e incruento, pero ha calculado mal y no sabe cómo salir del atolladero. Saddam Hussein y Gadafi ya intentaron acabar con la hegemonía del dólar y les costó la vida. Evidentemente, se ocultó a la opinión pública mundial por qué se destruyeron Irak y Libia. La prensa se ocupó de vender lo sucedido como la guerra del “mundo libre” contra el “eje del mal”. El capitalismo seguirá impulsando guerras mientras no surjan modelos políticos alternativos. No es fácil construir un orden mundial distinto, pero hasta que no se consiga, el ser humano solo será una mercancía explotada y maltratada por los intereses económicos de las grandes multinacionales. La guerra de Ucrania ejemplifica con nitidez cómo funciona la política internacional. El materialismo histórico no se equivoca al señalar que las claves de los acontecimientos hay que buscarlas en las fuerzas y relaciones de producción. Las ideas -o superestructura- solo son el barniz retórico que se utiliza para manipular a las masas. ¿Saldremos algún día de este círculo infernal? Pienso que sí, pero no lo lograremos sin una ciudadanía que conozca las causas últimas de los conflictos. Hay que ir al fondo, a la raíz, ser radical en el mejor sentido de la palabra. Si nos quedamos en la superficie, seremos presa fácil para la manipulación y el engaño. RAFAEL NARBONA Publicado en la página de la Asociación Pilar Bardem instagram.com/p/DXzqSJ6DOuZ/…






