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@MariaA59650

@DelMely0 ¡ NO A LA GUERRA 🇪🇸! casada. no DM.

Beigetreten Eylül 2023
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⭕️Círculø del Escribä📜 Sábado es. Y el sábado no viene a perdonarnos la semana, sino a levantar acta con rúbrica sellada con tinta cielo azul de Berna. Hay días que no empiezan con ruido de campanas, sino con ruido de cubo, de agua, de cuchara contra taza, de persiana medio enferma subiendo como puede. El sábado tiene algo de mujer obrera: no presume, no hace discursos, no pide permiso. Se arremanga y hace. Mientras otros escriben grandes teorías sobre el mundo, alguien coloca el primer ladrillo. Mientras otros firman manifiestos con tinta solemne, alguien pulsa una tecla y deja constancia de lo que luego nadie podrá negar. La civilización no la sostienen solo los mármoles, los cargos y los grandes nombres. La sostienen también una albañil con las manos ásperas y una mecanógrafa con la espalda recta. Una levanta muros. La otra levanta memoria. Y entre ambas hay una verdad antigua como la escuadra y el compás: lo que no se construye con precisión se cae; lo que no se escribe con valor se pierde. Hoy, queridos y amadísimas, conviene no correr demasiado. Conviene mirar la casa. La mesa. El café. La libreta. Las pequeñas grietas. Y preguntarse, sin solemnidad de tertuliano ni perfume de despacho caro: ¿qué ladrillo pongo hoy? ¿qué frase dejo escrita? ¿qué parte de mi vida necesita cemento, paciencia y plomada? Porque la hondura no siempre entra vestida de oro. A veces entra con mono azul. Con dedos manchados de tinta. Con la dignidad humilde de quien sabe que el futuro se fabrica en silencio, antes de que los demás aprendan a aplaudirlo. El diálogo improbable que les traigo hoy es un cruce: ladrillo y tecla, cal y carbono. 🧱⌨️ Margot Zachert, albañil del siglo XX Judith Auer, nacida en Zúrich en 1905, mecanógrafa del tiempo que vendría. La escena ocurre en una obra suspendida fuera del calendario que tengo sobre la pared. Hay andamios, una mesa de madera, una cafetera esmaltada y una máquina de escribir negra, pesada, hermosa como un animal doméstico del siglo pasado. Margot Zachert limpia una paleta contra el borde de un cubo. Judith Auer coloca una hoja en la máquina. —¿Tú también construyes? —pregunta Margot. Judith sonríe apenas. —Con letras. Es más frágil, pero a veces dura más. Margot mira sus manos. —A mí me dijeron que una mujer no debía subir a un andamio. —A mí me dijeron que una mujer debía copiar lo que otros pensaban. —¿Y copiaste? —No. Aprendí el ruido de las teclas para que el mundo creyera que obedecía. Margot se ríe. —Buena técnica. En la obra pasa igual. Si colocas bien el primer ladrillo, nadie sospecha que estás cambiando el edificio entero. Judith golpea una tecla. Tac. —Cada letra también es un ladrillo. Margot asiente. —Y cada muro necesita junta. Si no, se abre. —Como las ideas —dice Judith—. Si no tienen unión, se agrietan. Margot mira hacia arriba. Hay una pared a medio levantar. El sol entra por donde todavía no hay ventana. —Lo difícil no es cargar peso. Lo difícil es que te miren como si el peso no fuera tuyo. Judith baja los ojos hacia el papel. —Lo difícil no es escribir rápido. Lo difícil es escribir sabiendo que algún día pueden pedirte cuentas por haber recordado demasiado. Margot deja la paleta sobre la mesa. —Entonces tú no eras mecanógrafa. —Era testigo. —Y yo no era albañil. —Eras arquitecta de lo posible. Margot se limpia el polvo del antebrazo. —Los hombres creen que construyen la historia porque ponen su nombre en la fachada. Judith sonríe con una tristeza afilada. —Pero muchas veces la historia la sostienen mujeres sin placa, sin retrato y sin estatua. —Mujeres con cal en las uñas. —Mujeres con tinta en los dedos. —Mujeres que no pidieron entrar. —Porque ya estaban dentro. Durante unos segundos no dicen nada. Se oye el café hervir. Se oye una tecla quedar suspendida. Se oye, quizá, el mundo aprendiendo algo tarde, como siempre. Margot sirve dos tazas. —¿Qué vas a escribir? Judith mira el muro. —Que ninguna casa se levanta sola. —Eso ya lo sabe cualquiera. —No. Cualquiera vive dentro. Pocos preguntan quién cargó los ladrillos. Margot levanta su taza. —Por las que levantaron paredes. Judith levanta la suya. —Por las que dejaron prueba. Y en ese brindis mínimo, sin himnos ni banderas, el sábado adquiere una gravedad hermosa entre la cotidianidad femenina. No la gravedad triste de los cementerios. La gravedad fértil de las obras. Esa en la que todavía falta una planta, una ventana, una escalera. Esa en la que alguien, con el cuerpo cansado y el alma despierta, decide seguir. Y ustedes, ¿qué están construyendo en silencio que mañana otros creerán que apareció por arte de magia? A veces basta con sostener la plomada cuando todos han perdido el eje. Disfruten de forma canalla la hondura con plomada. Salud, fuerza y rectitud. Sello del Escriba. ⚖️△ [✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]

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⚔️A Filo y Arcabuz🔥 🪶Picotazo|👁️ Consideraciones extemporáneas sobre la moción que Feijóo lloriquea No me equivoco de verbo. Digo lloriquear y no proponer, porque una moción de censura se presenta con espada, número, candidato, proyecto y mayoría. Lo otro —lo de Feijóo— es poner cara de seminarista ofendido en la puerta del casino y preguntar, con voz de misa mal cantada, si alguien tiene a bien prestarle un Gobierno usado para devolverlo luego con olor a alcanfor. Extemporáneo, decía el maestro, puede ser lo impropio del tiempo o lo inoportuno. Voy a tomar otro trago de café negro y editar el aire que esto se pone serio. ¡Pardiez! Ya estoy, prosigo con esta prédica con p de picotazo. Pues bien: la moción de Feijóo no es extemporánea por llegar tarde. Es extemporánea porque nació vieja y con mohín. Nació con reuma parlamentario, con calcetines de ejecutivo provincial con tomates en los dedos gordos y con esa tristeza de opositor que ha comprado todos los manuales de liderazgo menos el primero: para mandar hay que atreverse a existir entre los tuyos. Eso para empezar. El "líder" del PP ha hecho una cosa prodigiosa: después de llamar ilegítimos, peligrosos, golpistas, chantajistas y poco menos que antropófagos con barretina a los socios de Sánchez, ahora les mira con ojitos de novia abandonada y les susurra: —Anda, venid conmigo. Sólo será una moción instrumental y te lo pasarás bien. Instrumental, sí. Como el triángulo en una orquesta desafinada. Como la pandereta en un velatorio. Como el kazoo de Waterloo. Porque Junts le contestó con una de esas bromas históricas que deberían estudiarse en las escuelas de consultoría política: si quiere hablar en serio, que vaya a Waterloo. Y Feijóo, que llevaba meses invocando el trueno patriótico, respondió que había que hablar de cosas serias. Cosas serias, en su dialecto, significa: dame tus votos, pero no me obligues a reconocer que existes y que te mandamos allí en el interior de un maletero. Ahí está el prodigio de este niño que se pasaba horas viendo procrear a los conejos. El PP lleva años diciendo que Sánchez gobierna con Frankenstein y ahora pretende que Frankenstein le preste el tornillo, la grapa y media pierna para echar a Sánchez. Lleva años haciendo hogueras con el pluralismo territorial y ahora aparece con una cestita de mimbre pidiendo a los nacionalistas vascos y catalanes que le firmen una moción de alquiler con opción a Moncloa. Lleva años gritando “traición” y ahora pregunta si la traición tiene horario de oficina o se han ido a echar un piti. Esto no es una moción de censura. Esto es un rosario de impotencia que ni el Jes Extender del Teletienda en la madrugada soluciona. Una procesión sin santo. Un golpe de abanico dado por un señor que no sabe si está en Génova, en Santiago, en el Senado o en el diván de una terapeuta especializada en liderazgos diferidos en Buenos Aires, ¡che, boludo!. Feijóo no quiere derribar al Gobierno. Quiere que otros lo derriben por él porque es tan inepto, insulto e incapaz de dar un paso más allá de la conejera. Quiere que Junts haga de palanca, el PNV de sacristán, Vox de ruido de fondo y él de notario del milagro dando fe. Pero la política, ay, tiene esa mala costumbre de exigir anatomía: columna vertebral, pulso, mandíbula y una cierta capacidad de soportar el ridículo sin llamar al ujier para que te traiga corriendo el vaso de agua para pasar el mal trago. Sánchez, que de esto sabe más que el hambre, le ha devuelto el golpe con sonrisa de esgrimista: ha dicho que Feijóo, al buscar a Junts y al PNV, termina dándole la razón a su propia política de interlocución territorial. Es decir: el PP ha pasado de llamar apestados a ciertos actores políticos a pedirles que sujeten la escalera mientras Feijóo intenta asomarse al balcón del poder sin despeinarse el miedo, aunque tenga su propio "Peinado". Y eso, en política, tiene nombre. No se llama estrategia. Se llama contradicción con corbata y lamparón de sobremesa. Durante años, la derecha ha querido convertir España en una fotografía rígida: una bandera quieta, un himno congelado con cara al sol, una patria sin acentos, sin periferias, sin lenguas, sin memoria y sin vecinos molestos ni mujeres rebeldes. Una España como salón de abuela autoritaria: sofá plastificado, crucifijo en la pared orientado a la puerta, retrato de algún prócer que jamás pagó el café y el toro con la flamenca como monumento habitacional. Pero la España real es otra. Es plurinacional aunque les dé urticaria como una procesionaria. Es mestiza aunque recen contra el calendario. Es incómoda, viva, ruidosa, contradictoria, pactada, discutida, parlamentaria y tremendamente hermosa. España no cabe en el puño cerrado de Génova ni en la nostalgia de quienes confunden gobernar con heredar. Por eso la moción de Feijóo hace tanta gracia triste en un circo que ni los payaso de la tele podrían imaginar. Porque no nace de una mayoría alternativa. Nace de una pataleta. No nace de un proyecto de país. Nace de una rabieta de tertulianos. No nace del Parlamento. Nace del runrún judicial, del editorial ansioso, del café frío de ciertos despachos donde todavía creen que la democracia es un portero automático: se llama, se presiona, se abre y se sube al noveno b. Pero la puerta no se abre. Y entonces Feijóo gimotea cual correo comercial. Dice que no busca atajos, mientras pregunta por el atajo. Dice que no pide favores, mientras tantea favores. Dice que devolverá la decencia al país, con ayuda o sin ella, pero no explica por qué demonios la decencia necesita que Puigdemont le haga de celestina parlamentaria a este Romeo sin letra. El problema de Feijóo no es Sánchez. El problema de Feijóo es Feijóo. Él mismo. Tiene el poder cerca en las encuestas y lejos en la sangre. Tiene partido, Senado, barones, periódicos, jueces de tertulia, empresarios nerviosos, obispos de sobremesa y un ejército de opinadores con gomina moral que dejan residuos casposos. Pero le falta lo único que no se compra: instinto de época. Sánchez entendió que la política española ya no se juega en el tablero de mármol de 1996. Se juega en un ajedrezado más áspero: territorios, identidades, economía, memoria, Europa, periferias, algoritmos, relato y resistencia. Feijóo sigue moviendo fichas como quien busca sitio para aparcar en Pontevedra un domingo de comuniones. Y mientras tanto, la plomada de la realidad cae. Una moción de censura no es una vela a Santa Rita. No es una carta a los Reyes Magos. No es un “a ver si cuela solo diciendo que la puntita”. Es el instrumento más solemne del parlamentarismo: se presenta para construir una mayoría alternativa, no para hacer teatro de sombras chinescas ante los tuyos y salir luego diciendo que los demás no han querido salvar España mientras Cuca Gamarra va lanzando bocados como una excavadora de Dragados. España no necesita salvadores que lloran porque nadie les presta la espada ni el florete. España necesita adultos con agallas como mujeres que no piden permiso. Y Feijóo, de momento, no ha presentado una moción aunque pretenda hacerla a la vuelta del verano. Ha presentado una queja con membrete. Ha llamado a la puerta de quienes demonizó ayer, les ha pedido auxilio hoy y mañana volverá a llamarles enemigos de la nación si no le hacen el recado. Esa es la derecha de la contradicción permanente: besa la mano que insulta, insulta la mano que necesita y necesita la mano que prometió amputar. Todo muy edificante. Muy institucional. Muy edificio Windsor en llamas con sus sombras en las ventanas. Muy “sentido de Estado”, si por Estado entendemos esa finca donde algunos señoritos creen que la Constitución viene con servidumbre incluida y una chacha en edad fértil. La frase-núcleo que les traigo es sencilla: Feijóo no quiere una moción de censura contra Sánchez; quiere que otros le escriban la valentía que él no se atreve a firmar. Y ahí queda el estrambote. Si de verdad quiere censurar al Gobierno, que suba a la tribuna, cuente los votos, ponga el cuello, enseñe el proyecto y mire al país a los ojos antes de caer la guillotina de la pluralidad. Pero que deje de gimotear por los pasillos como alma en pena de mayoría absoluta frustrada y del no soy presidente porque no quiero. Porque en política, querido Alberto que susurra a los conejos y a los caballos de carreras bien peinados, hay dos clases de hombres: los que cruzan el Rubicón y los que preguntan si hay puente, barandilla, seguro de responsabilidad civil y merienda al otro lado. Tú, de momento, estás en la orilla. Con los zapatos secos. Y el pañuelo mojado. Salud, fuerza y rectitud. Sello del Escriba. ⚖️△ [✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]

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