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EL ARTE DE AUDITAR LA SOSPECHA
Cuando la búsqueda de la verdad también cultiva la semilla de la duda.
Hay palabras que, al pronunciarse, no solo describen una acción, sino que despliegan un clima. “Auditar” es una de ellas. Su sola invocación no se limita al rigor técnico ni a la sobriedad contable; trae consigo una atmósfera, una insinuación, un gesto de ceja levantada frente al pasado reciente. Auditar no es únicamente revisar cifras: es interrogar la memoria, poner bajo la luz aquello que hasta ayer se daba por legítimo, y someterlo al escrutinio de una nueva mirada.
En apariencia, nada más razonable. La probidad es una aspiración ineludible en toda democracia que se respete a sí misma. Transparentar el uso de los recursos públicos no solo es deseable, sino necesario. Sin embargo, bajo esa superficie incuestionable, se desliza una pulsión más profunda, menos confesada: la voluntad de encontrar. No de revisar, sino de hallar; no de esclarecer, sino de revelar una falta, una grieta, una mancha que justifique la sospecha previa.
Porque auditar, en su dimensión más humana, no es un acto neutro. Es una búsqueda orientada, una expedición donde el mapa ya sugiere un destino. Se audita con la expectativa —a veces silenciosa, a veces estridente— de que algo emergerá. Y en esa expectativa habita una tensión delicada: la frontera entre la justicia y la caza.
La historia democrática reciente ha sabido, en su madurez, evitar esa frontera. Durante décadas, el tránsito entre gobiernos se sostuvo sobre una tácita prudencia: la conciencia de que la estabilidad institucional también se construye sobre ciertos silencios, o al menos, sobre ciertas formas. No por complacencia, sino por una comprensión más amplia del equilibrio democrático, donde la alternancia no implica necesariamente la demolición moral del antecesor.
Por eso, cuando la auditoría se anuncia como estandarte político, el gesto no es inocente. Es, al mismo tiempo, una declaración de principios y una insinuación de culpa. Se instala así una narrativa donde el pasado reciente queda bajo sospecha, aun antes de que el primer documento sea revisado. La auditoría deja entonces de ser un instrumento técnico y se convierte en un acto simbólico: un juicio en ciernes, una escena que se prepara incluso antes de que existan pruebas.
Y, sin embargo, ¿quién podría oponerse? Nadie sensato rechazaría la transparencia ni la rendición de cuentas. Pero es precisamente en esa imposibilidad de oponerse donde radica su potencia política. La auditoría, en su forma más estratégica, no solo busca esclarecer; busca también instalar una duda que, aun si no encuentra sustento, ya ha cumplido su cometido.
Porque la duda, una vez sembrada, tiene una persistencia que la verdad no siempre logra disipar. Si la auditoría no encuentra nada, el daño puede haber sido ya infligido: la sospecha habrá erosionado la confianza, habrá dejado un residuo intangible en la percepción ciudadana. Y si encuentra algo, por mínimo que sea, confirmará la narrativa inicial con una fuerza desproporcionada.
Así, la auditoría se mueve en un terreno ambiguo, donde la nobleza del propósito convive con la tentación del juicio anticipado. Es un instrumento necesario, pero también un arma delicada. Su uso exige no solo rigor técnico, sino una ética de la mesura, una conciencia de sus efectos más allá de los balances y los informes.
Porque, al final, auditar no es solo buscar la verdad: es también decidir qué tipo de democracia queremos habitar. Una donde la transparencia ilumine sin destruir, o una donde la sospecha, aun infundada, se convierta en un método.
Y es que en el fondo, como en toda búsqueda humana, subyace una certeza tan antigua como inquietante: quien busca, inevitablemente, encuentra. Aunque a veces lo que encuentre no sea más que el reflejo de su propia intención. @MisColumnas

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