Mis Columnas

704 posts

Mis Columnas banner
Mis Columnas

Mis Columnas

@MisColumnas

Aquí encuentras el resumen de mis columnas… @Eneatipo7

Algún lugar Katılım Ocak 2025
1 Takip Edilen3.2K Takipçiler
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA A LA DIPUTADA XIMENA OSSANDÓN Diputada: @nonaossandon En política existen errores graves, errores imperdonables y, finalmente, aquellos que revelan una manera de entender el cargo. Su reciente confesión en CNN Chile, donde reconoció haber apoyado y votado un proyecto de ley que nunca leyó, pertenece a esta última categoría. No fue un lapsus. No fue una confusión. Fue una declaración espontánea de una forma de ejercer la representación parlamentaria. Miles de ciudadanos le entregaron su voto para que estudiara, analizara y decidiera sobre las leyes que rigen la vida de millones de chilenos. No la eligieron para firmar documentos como quien acepta los términos y condiciones de una aplicación sin leer una sola línea. Porque eso es exactamente lo que usted reconoció haber hecho. Y no se trataba de un proyecto cualquiera. Era una iniciativa impulsada por el diputado Cristóbal Urruticoechea que pretendía imponer, a mujeres que ya enfrentan el dramático escenario de un aborto permitido por las tres causales legales, la obligación de escuchar previamente los latidos del feto. Una propuesta ampliamente cuestionada por médicos, juristas y organizaciones de derechos humanos por añadir sufrimiento psicológico a mujeres que ya viven una tragedia. Un proyecto cuya dimensión ética exigía precisamente lo contrario de la improvisación: exigía lectura, estudio, reflexión y convicción. Sin embargo, usted estampó su respaldo sin conocer su contenido. Y sólo cuando la crítica pública hizo evidente la magnitud del error decidió retirar su firma, reconociendo que jamás había leído aquello que apoyó. Resulta difícil imaginar una confesión más preocupante para quien ejerce funciones legislativas. Porque si un parlamentario puede votar sin leer, entonces la deliberación democrática deja de ser un ejercicio intelectual para transformarse en una simple rutina administrativa. No legisla la conciencia. Legisla la inercia. Hace algunos años, siendo vicepresidenta de la JUNJI, usted calificó un sueldo cercano a cuatro millones de pesos mensuales como “bastante reguleque”. La frase quedó grabada en la memoria colectiva porque revelaba una desconexión evidente con la realidad de millones de chilenos. Hoy la historia parece regalarle una curiosa ironía. Su remuneración parlamentaria supera los ocho millones de pesos mensuales, acompañada de asignaciones que bordean los dieciséis millones adicionales destinados al ejercicio de su función. Es decir, el país financia generosamente el trabajo legislativo esperando rigor, responsabilidad y dedicación. Lo mínimo que un ciudadano podría esperar es que ese trabajo incluya leer los proyectos antes de apoyarlos. No parece una exigencia desproporcionada. De hecho, constituye la descripción básica del cargo. Porque las leyes no son formularios. No son invitaciones. No son cartas de saludo. Cada firma parlamentaria tiene consecuencias concretas sobre la vida de las personas. Por eso su explicación no tranquiliza. La agrava. No basta con retirar una firma después del escándalo. El daño ya está hecho, porque quedó instalada una duda infinitamente más profunda: ¿cuántos otros proyectos fueron respaldados con el mismo nivel de atención? La democracia funciona sobre una premisa elemental: los representantes deben actuar con mayor diligencia que los representados. No con menos. Los ciudadanos pueden equivocarse al votar una vez cada cuatro años. Los parlamentarios tienen la obligación de no equivocarse cada vez que votan. Quizás, diputada, hoy ya no corresponda hablar de un sueldo “reguleque”. Porque el problema nunca fue la remuneración. El problema aparece cuando el nivel de responsabilidad resulta muy inferior al privilegio de representar a un país. Y en ese aspecto, lamentablemente, lo verdaderamente reguleque no ha sido el sueldo. Ha sido el estándar con que usted decidió ejercer una de las responsabilidades más importantes que puede otorgar la democracia. @MisColumnas
Español
73
506
819
16.4K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA ODISEA El viaje más largo jamás escrito. Con el estreno de la versión fílmica de: La Odisea, dirigida por Christopher Nolan, millones volverán la mirada hacia Homero. Y es una excelente noticia. Pocas obras han influido tanto en la literatura, la filosofía e incluso en la psicología moderna como este poema compuesto hace casi tres mil años. Existe, sin embargo, una paradoja. Todos creemos conocer La Odisea, pero en realidad sólo recordamos algunas escenas. Muchos atribuyen a ella el caballo de Troya, aunque ese episodio pertenece al ciclo de la guerra y no al poema de Homero. La historia comienza cuando Troya ha caído. Los héroes regresan a sus hogares. Sólo uno parece condenado a no hacerlo: Odiseo, rey de Ítaca. Su viaje de regreso, que debía durar semanas, se prolonga por diez años. Poseidón ha jurado impedirlo después de que el héroe cegara a su hijo, el cíclope Polifemo. Desde entonces, el mar deja de ser un camino y se convierte en un examen permanente. Cada episodio representa una prueba distinta de la naturaleza humana. Los lotófagos ofrecen el olvido. Quien prueba su fruto pierde el deseo de regresar. Homero parece advertir que sólo la memoria mantiene vivo nuestro propósito. Polifemo encarna la fuerza sin inteligencia. Odiseo no lo derrota con violencia, sino mediante el ingenio. Es una de las primeras grandes reivindicaciones de la inteligencia estratégica sobre la fuerza bruta. Luego aparece Eolo, dios de los vientos, quien entrega al héroe una bolsa que contiene todas las tormentas. Sus propios hombres, dominados por la codicia, la abren creyendo encontrar riquezas cuando el puerto ya estaba a la vista. Bastó un instante de desconfianza para perderlo todo. Hay pocas metáforas más actuales sobre la incapacidad humana para administrar el éxito. Después llegan los gigantes lestrigones, la hechicera Circe, capaz de convertir hombres en animales, y el descenso al inframundo de Hades, donde Odiseo comprende que nadie alcanza la madurez sin mirar alguna vez a la muerte de frente. Más adelante aparecen las sirenas. Odiseo entiende que existen tentaciones imposibles de eliminar. La única forma de vencerlas consiste en reconocer primero su poder. Ordena a sus marineros taparse los oídos con cera y pide ser atado al mástil para escuchar su canto sin sucumbir. Comprende que la verdadera fortaleza no consiste en creerse invulnerable, sino en conocer las propias debilidades. Luego atraviesa el estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde cualquier decisión implica pérdidas. Homero parece enseñarnos que la sabiduría no siempre consiste en elegir entre el bien y el mal, sino entre dos males inevitables. Finalmente llega a la isla de Calipso. Ella le ofrece lo que cualquier hombre desearía: juventud eterna, inmortalidad y una existencia sin sufrimiento. Y Odiseo pronuncia uno de los “no” más extraordinarios de toda la literatura. Rechaza convertirse en dios para seguir siendo hombre. Prefiere envejecer junto a Penélope antes que vivir eternamente sin ella. “Comprende que la vida adquiere sentido precisamente porque es finita”. Veinte años después de haber partido regresa finalmente a Ítaca disfrazado de mendigo. Recupera a su familia, su hogar y su reino. Pero la verdadera victoria no consiste en derrotar a los pretendientes de Penélope, sino en haber sobrevivido sin perder aquello que definía su identidad. Ésa es la grandeza de La Odisea. Nunca fue un libro sobre monstruos. Los monstruos son apenas el decorado. La verdadera historia habla de la nostalgia, la identidad, el amor, la inteligencia, la tentación, la perseverancia y la esperanza de regresar a ese lugar —real o simbólico— que llamamos hogar. Quizá por eso treinta siglos después, sigue viva. Porque todos tenemos una Ítaca. Todos escuchamos alguna vez cantos de sirenas. Y todos descubrimos, tarde o temprano, que el viaje más largo no es el que separa dos costas, sino, el que nos devuelve transformados hacia nosotros mismos. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
9
44
75
3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
B O O G I E La apalabra que envejeció perfecto, que hacía mover los pies antes que el cerebro, y que movió a toda una generación. Cuando un simple término bastaba para encender una pista de baile y hoy sobrevive como un eco de una época que todavía late en la memoria colectiva de muchos, que hoy son padres, y algunos, también abuelos… Hubo un tiempo en que con sólo escuchar o pronunciar una sola palabra, el cuerpo reaccionaba antes que la razón. No hacía falta una explicación, un contexto ni una invitación demasiado elaborada. Bastaba decir boogie y, casi por reflejo, alguien comenzaba a marcar el ritmo con un pie, mover los hombros o sonreír con esa complicidad que sólo otorgan los recuerdos compartidos. Hay palabras que pertenecen al diccionario. Y hay otras que pertenecen a una generación. Boogie, es una de ellas. Hoy muchos jóvenes la escuchan apenas como un término curioso, el nombre de una canción antigua o, peor aún, la confunden quizá con el bogie ferroviario, ese bastidor sobre el que descansan vagones y locomotoras. Nada más lejano. El boogie que conquistó al mundo no corría sobre rieles. Corría por las venas. Su historia comenzó mucho antes de las bolas de espejos y las camisas de cuello enorme. Nació en el boogie-woogie, aquel vibrante estilo de piano surgido en las comunidades afroamericanas a fines del siglo XIX. Era un blues acelerado, repetitivo y contagioso, construido para que los dedos golpearan el teclado con la misma intensidad con que los pies golpeaban el suelo. Con el tiempo, el apellido desapareció y quedó simplemente boogie. Ya no era un género musical. Era una actitud. Durante los años setenta la palabra alcanzó una categoría casi mágica. “Let’s boogie!” significaba mucho más que “vamos a bailar”. También quería decir “vámonos”, “pongámonos en marcha”, “dejemos atrás la rutina”. Era un verbo, una invitación y, en cierto modo, una filosofía. Los compositores comprendieron inmediatamente el poder que escondían esas dos sílabas. Sonaban bien, tenían ritmo propio y transmitían alegría incluso antes de escuchar la primera nota. Así llegaron himnos que hoy forman parte del patrimonio sentimental de varias generaciones: Boogie Wonderland, de Earth, Wind & Fire; Blame It on the Boogie, de The Jacksons; Boogie Oogie Oogie, de A Taste of Honey; Get Up and Boogie, de Silver Convention; o aquella inolvidable I’m Your Boogie Man, de KC and the Sunshine Band. Esta última escondía además un ingenioso juego de palabras. En inglés existe el Boogeyman, el monstruo imaginario que asusta a los niños, o algo como el hombre del saco. Pero KC transformó al monstruo en exactamente lo contrario: un personaje dispuesto a aparecer a cualquier hora… para hacerte bailar. El miedo fue reemplazado por la música. Una metáfora brillante que sólo la cultura popular podía convertir en un éxito mundial. Y como ocurre con las buenas ideas, el término finalizó sobreviviendo incluso a la música que lo hizo famoso. Cuando la fiebre disco comenzó a extinguirse, el nuevo sonido electrónico heredó oficialmente el nombre de boogie, demostrando que algunas palabras son demasiado poderosas para desaparecer. Tal vez por eso quienes vivieron los setenta y los ochenta experimentan una reacción casi involuntaria cuando la escuchan. No evocan únicamente canciones. Regresan las luces de neón, las pistas iluminadas, los lentos que si eran lentos, las amistades, los primeros amores, la ropa imposible y esa maravillosa sensación de que un sábado por la noche podía durar para siempre. Las generaciones actuales poseen playlists infinitas, algoritmos capaces de adivinar sus gustos y millones de canciones disponibles con un toque de pantalla. Nosotros teníamos algo mucho más sencillo: una palabra. Boogie. Y bastaba escucharla para saber exactamente qué había que hacer. Mover los pies. Sonreír. Y dejar que, por algunos minutos, el ritmo tuviera la última palabra. Y tú…¿La recuerdas? @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
4
12
33
1.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
700 COLUMNAS Hace poco más de un año y medio —570 días, para ser precisos— comencé la aventura de escribir y compartir, al menos, una columna diaria. Un ejercicio nacido de la inquietud intelectual, de la curiosidad por comprender la realidad y de la convicción de que la reflexión también puede tener un espacio en una red social construida sobre la inmediatez, la brevedad y, muchas veces, la fugacidad. Confieso que nunca imaginé que textos cuya extensión desafiaban la lógica de una publicación habitual encontrarían tantos lectores. Menos aún que, en medio de una plataforma que puede ser tan áspera como generosa, esas columnas darían origen a conversaciones, acuerdos, discrepancias y valiosos intercambios de ideas. Y en algunos virtuosos casos, charlas en cafés y conversaciones en el mundo presencial más allá y fuera del ámbito virtual. Casi sin advertirlo, hoy he publicado la columna N.º 700. Cuando inicié este camino, me parecía un desafío enorme alcanzar las cien. Era una meta que consideraba ambiciosa. Sin embargo, la constancia tiene esa silenciosa virtud de convertir lo extraordinario en cotidiano y, antes de darme cuenta, aquel objetivo quedó atrás siete veces. Quiero aprovechar este pequeño hito para expresar mi más sincero agradecimiento a quienes han dedicado parte de su tiempo —ese bien cada día más escaso— a leer estas columnas, a comentarlas y difundirlas. A quienes han coincidido, cuestionado o debatido con respeto. Cada reacción, cada observación y cada diferencia de opinión han enriquecido este ejercicio mucho más de lo que imaginan. Escribir deja de ser un acto solitario cuando al otro lado hay personas dispuestas a pensar, a disentir y a dialogar. Gracias por acompañarme durante estas primeras setecientas columnas. Espero seguir escribiendo sobre aquellos temas que nos convocan, que despiertan preguntas, que invitan a reflexionar o que, incluso desde la discrepancia respetuosa, nos permiten comprender mejor al otro y, de paso, comprendernos un poco más a nosotros mismos. No puedo dejar fuera de estas letras, a los amigos y amigas que este espacio me ha regalado, gracias por sus palabras, por sus abrazos, por sus tiempos, sus sonrisas, y por abrir el cerrojo de la puerta de aquella confianza sincera. Gracias a todos. Nos seguimos leyendo. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
91
113
375
5.8K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
¿Quién es el diputado Cristóbal Urruticoechea? Cristóbal Ignacio de Loyola Urruticoechea Ríos, cursó su enseñanza básica y media en el Colegio Tabancura de Santiago, egresando en 1993. Luego estudió Derecho en la Universidad del Desarrollo, carrera que no concluyó, para titularse posteriormente como diseñador gráfico publicitario en Inacap. Es padre de siete hijos y, tras separarse de Tamara Küpfer Moller, contrajo matrimonio en febrero de 2026 con Vanessa Kaiser (Senadora), hermana del excandidato libertario Johannes Kaiser. Su carrera política ha estado marcada por una sucesión de controversias que han puesto en cuestionamiento su criterio, su conducta pública y la consistencia de sus posiciones. En 2015 apareció entre los 74 personeros de la UDI y RN investigados por el Servicio de Impuestos Internos en el Caso SQM. Un año después, durante las elecciones municipales de 2016, rompió con su sector y respaldó públicamente al candidato de centroizquierda Esteban Krause en Los Ángeles, decisión atribuida a un conflicto con la derecha que, según él, no lo había apoyado, lo que evidencia una precariedad valórica no menor. En agosto de 2020 difundió en Twitter una fotografía asegurando que mostraba una “trampa vietnamita” instalada por integrantes de la CAM contra Carabineros. La imagen era falsa y provenía de un sitio web español. El episodio motivó el anuncio de su citación a la Comisión de Ética de la Cámara por difundir información falsa. Durante 2021 impulsó, junto al diputado Harry Jürgensen, una reforma constitucional para prohibir el lenguaje inclusivo en los establecimientos educacionales, argumentando que determinadas ideologías contaminaban la educación. Ese mismo año ambos solicitaron antecedentes a las universidades de Chile y de Santiago sobre cursos y programas vinculados con estudios de género, feminismo, diversidad sexual y perspectiva de género. Las instituciones cuestionaron la iniciativa por afectar la libertad de cátedra y estigmatizar dichas áreas académicas. En septiembre de 2022 ambos presentaron un proyecto para eliminar dos de las tres causales legales de aborto. Durante la discusión, Urruticoechea afirmó que una mujer violada que aborta —no se desviola—, expresión que generó amplio rechazo por considerarse ofensiva e ignorante respecto de la violencia sexual. Pese a las críticas de parlamentarios y del Ministerio de la Mujer, reafirmó sus declaraciones. Ese mismo año, un reportaje de CIPER reveló un uso improcedente de recursos públicos asociados a tarjetas de combustible del Congreso. Según la investigación, su entonces y hoy exesposa, realizó al menos 38 cargas y uno de sus hijos otras dos, pese a que el beneficio está limitado al ejercicio de funciones parlamentarias. Posteriormente, su exesposa declaró que las cargas fueron efectuadas por instrucción del diputado, quien habría prometido restituir los fondos, situación que, según información de la Cámara, permanecía sin regularizar. En julio de 2024 fue registrado, junto a la diputada Chiara Barchiesi, viendo el tráiler de la película Joker: Folie à Deux durante una sesión en que se debatía un proyecto para endurecer las sanciones por delitos contra la vida. El episodio también motivó una vez más su derivación a la Comisión de Ética. Este es el mismo parlamentario que hoy impulsa una iniciativa destinada a obligar a las mujeres que soliciten un aborto dentro de las tres causales legales, a escuchar previamente los latidos del corazón del feto antes de confirmar su decisión. Su historial público —marcado por investigaciones, difusión de información falsa, proyectos cuestionados, declaraciones polémicas, observaciones éticas y cuestionamientos por el uso de recursos fiscales— constituye un antecedente que cada ciudadano puede ponderar al evaluar la autoridad moral y política desde la cual promueve iniciativas que afectan derechos tan sensibles. Las conclusiones, por cierto, quedan naturalmente en manos de cada lector. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
288
1.6K
1.9K
99.7K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA AL SENADOR ARTURO SQUELLA Cuando la política se basa en un eslogan, el debate público termina pagando el costo. Senador @arturo_squella En democracia, un parlamentario tiene el deber de fiscalizar. Es parte esencial del equilibrio institucional. Pero existe una diferencia sustancial entre fiscalizar y simplificar la realidad hasta deformarla. Esa frontera, lamentablemente, usted la ha cruzado al instalar un relato sobre el desempleo que podrá ser eficaz para un titular, pero resulta extraordinariamente pobre desde la economía laboral. Usted ha insistido en presentar el aumento de la tasa de desempleo como una prueba inequívoca del fracaso del gobierno anterior y, particularmente, de la gestión de la entonces ministra del Trabajo. Es una afirmación categórica. El problema es que los datos deben interpretarse con conocimiento y sin sesgo, pues usted pretende instalar un relato tendencioso. Entre marzo de 2022 y marzo de 2026 la tasa de desempleo aumentó de 7,8% a 8,3%. Ese dato es cierto. Lo que usted omite es igualmente cierto, pero mucho más relevante: durante ese mismo período la fuerza laboral creció en más de 650.000 personas producto de la inmigración y del ingreso de nuevos trabajadores connacionales al mercado laboral. Ese detalle cambia completamente el análisis. Porque en marzo de este año había más personas trabajando que en marzo de 2022. Había más empleo en términos absolutos. Lo que también existía era una cantidad todavía mayor de personas buscando una oportunidad laboral. Es matemática sencilla. Cuando la oferta de mano de obra crece más rápido que la capacidad de un país para generar nuevos empleos, la tasa de desempleo puede aumentar incluso cuando el número de ocupados también aumenta. Ese fenómeno se estudia en cualquier curso básico de economía laboral. Por eso sorprende que un senador de la República ignore esa diferencia. O, peor aún, decida omitirla para construir un relato políticamente conveniente. Los países no fabrican empleos por decreto ni disponen de una fuente inagotable de puestos de trabajo. La demanda laboral depende por cierto del crecimiento, pero también de la inversión, de la productividad, de la innovación, de la estabilidad institucional y también de —una política migratoria coherente con la capacidad de absorción del mercado—. Cuando la población económicamente activa aumenta a un ritmo superior al crecimiento de la economía, las tensiones laborales aparecen inevitablemente. No sólo en la tasa de desempleo, sino también en la informalidad, el subempleo, la precarización y el estancamiento de los salarios. Eso ocurre aquí, en Europa y en cualquier economía desarrollada, así lo evidencian los países de mayor desempleo de la OCDE, España (11,4%) y Colombia (10,2%) Sin embargo, reducir toda esa complejidad a cinco décimas de una tasa es una forma extraordinariamente eficiente de empobrecer el debate público. La política necesita adversarios; la economía necesita evidencia. Confundir ambas disciplinas tiene consecuencias. Porque cuando un dirigente instala diagnósticos técnicamente incorrectos, la ciudadanía termina creyendo que basta cambiar un gobierno para que aparezcan miles de empleos. Así no funciona ninguna economía seria. La inteligencia artificial, la automatización y la transformación tecnológica ya están modificando estructuralmente el mercado laboral. Discutir sobre empleo con herramientas conceptuales del siglo pasado es totalmente improductivo. Chile necesita un debate laboral serio, sustentado en datos completos y no en cifras aisladas. Necesita dirigentes capaces de explicar la realidad, no de seleccionar únicamente aquellos números que respaldan una consigna. La política puede sobrevivir gracias a un buen eslogan. La economía, en cambio, siempre termina pasando la cuenta. Cuando los discursos reemplazan al análisis, el desempleo deja de ser un problema que debe resolverse para transformarse en un instrumento de propaganda. @MisColumnas
Español
9
237
383
7.5K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL MITO DEL PLENO EMPLEO Comparar la tasa de desempleo, sin considerar el crecimiento de la fuerza laboral, conduce a conclusiones equivocadas. El desempleo se ha convertido en uno de los indicadores favoritos de la política. Cuando baja algunas décimas, el gobierno celebra. Cuando sube, la oposición acusa incompetencia. Sin embargo, pocas veces se explica que una tasa, por sí sola, no dice absolutamente nada si cambia el tamaño del universo sobre el cual se calcula. Ese es precisamente el error que domina el debate actual. En marzo de 2022, cuando asumió el gobierno anterior, la tasa de desempleo alcanzaba un 7,8%. Cuatro años después, en marzo de 2026, llegaba al 8,3%. La diferencia, cercana a cincuenta mil personas, ha sido utilizada como prueba irrefutable del supuesto fracaso del mercado laboral exagerando la realidad. Pero esa conclusión ignora un hecho esencial. Entre ambos períodos, la fuerza laboral potencial aumentó en más de 650.000 personas, producto de la inmigración y de miles de chilenos que ingresaron por primera vez al mercado del trabajo. Es decir, la economía no enfrentó la misma cantidad de personas buscando empleo. Competía contra un universo considerablemente mayor. La consecuencia es evidente: en marzo de 2026 había más personas trabajando que en marzo de 2022. Había más empleos en términos absolutos. Lo que también había era una cantidad aún mayor de personas intentando acceder a ellos. Ésa es la diferencia que muchos omiten, otros desconocen y algunos simplemente prefieren ocultar. Porque una economía no sólo debe crear empleos; debería hacerlo a una velocidad igual o superior al crecimiento de su fuerza laboral. Cuando ésta aumenta más rápido que la capacidad de generar nuevos puestos de trabajo, la tasa de desempleo puede subir incluso cuando existe un mayor número de personas ocupadas. Es simple matemática económica. Los países no producen empleo de manera ilimitada. La creación de trabajo depende del crecimiento, la inversión, la productividad, la innovación, la estabilidad institucional y sobretodo —de una inmigración compatible— con la capacidad de absorción del mercado. Ninguna economía puede expandir indefinidamente su demanda por trabajadores mientras la oferta de ellos crece aceleradamente. Esto resulta evidente al analizar los dos países con mayor tasa de desempleo de la OCDE: España (11,4%) y Colombia (10,2%), ambos con excesivas tasas de inmigración. Pensar lo contrario equivale a creer que un país puede duplicar su población activa sin modificar su estructura productiva. Eso simplemente no ocurre. Más aún, cuando la oferta de mano de obra supera persistentemente la demanda, el efecto no sólo aparece en la tasa de desempleo. También se manifiesta en salarios estancados, informalidad, subempleo y empleos de menor calidad. La competencia por una vacante aumenta y el poder de negociación de los trabajadores disminuye. A este escenario se suma una transformación histórica. La automatización, la inteligencia artificial y la digitalización están reduciendo la demanda por numerosas ocupaciones tradicionales, haciendo todavía más complejo absorber una fuerza laboral que continúa creciendo. Por eso resulta preocupante que parte importante del debate político reduzca toda esta complejidad a una cifra aislada. No es una discusión técnica; es una simplificación conveniente. Y cuando esa simplificación se utiliza para construir relatos políticos, deja de ser ignorancia para transformarse en desinformación. El mercado laboral no se entiende comparando porcentajes sobre bases distintas. Se comprende analizando cuántas personas ingresan a la fuerza de trabajo, cuántos empleos se crean y si la economía tiene capacidad para absorber ese crecimiento. Mientras esa diferencia no forme parte del debate público, seguiremos escuchando discursos sobre el desempleo que podrán ser políticamente rentables, pero que económicamente no resisten el menor análisis. @MisColumnas
Español
3
85
106
1.9K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA AL DIPUTADO CRISTÓBAL URRUTICOECHEA Sobre la peligrosa tentación de convertir la crueldad en política pública. Diputado @DipCristobal Uno esperaría que un parlamentario dedicara su tiempo a combatir la delincuencia, mejorar la salud pública, fortalecer la educación o generar condiciones para que los chilenos vivan mejor. Sin embargo, usted ha preferido invertir el suyo en diseñar mecanismos para aumentar el sufrimiento de mujeres que ya atraviesan una de las situaciones más dramáticas que una persona puede enfrentar. Hay prioridades. Y luego está usted. Su proyecto para obligar a una mujer a escuchar los latidos del feto antes de acceder a un aborto permitido por la ley no constituye una propuesta sanitaria, ni científica, ni jurídica. Es un ejercicio de escenificación del dolor. Una liturgia del castigo. Una pedagogía de la culpa administrada desde el Estado. Y eso merece ser dicho con absoluta claridad. No estamos discutiendo aquí la legitimidad del aborto. Ese debate existe desde hace décadas y continuará existiendo. Personas inteligentes, honestas y profundamente morales sostienen posiciones completamente opuestas sobre esa materia. Esa discusión es propia de una democracia. Lo que no pertenece a una democracia es utilizar la ley para humillar deliberadamente a quien ya está sufriendo. Porque usted no pretende salvar una vida mediante ese procedimiento. Sabe perfectamente que, en los casos contemplados por la legislación chilena, la decisión ya está determinada por circunstancias extremas: una violación, una inviabilidad fetal o un grave riesgo para la madre. Su proyecto no modifica ninguna de esas realidades. Sólo agrega dolor. Y cuando el único efecto práctico de una ley consiste en aumentar el sufrimiento humano, deja de ser una norma para convertirse en una forma de violencia. Resulta inevitable preguntarse qué concepción ética del poder lleva a un legislador a imaginar semejante iniciativa. ¿Qué clase de sensibilidad considera aceptable convertir una tragedia personal en un ritual obligatorio? ¿En qué momento la compasión dejó de ser una virtud para transformarse en una debilidad? Quizás el problema sea precisamente ese. Hay quienes confunden convicciones con superioridad moral. Creen que la función del Estado consiste en disciplinar conciencias, castigar emociones y administrar culpas. Se sienten propietarios de la verdad y, desde esa cómoda altura, terminan perdiendo algo infinitamente más valioso: la humanidad. La historia está llena de personas convencidas de obrar correctamente mientras infligían sufrimiento a otros. Casi nunca comenzaron justificando atrocidades. Empezaron convencidas de que un poco más de dolor serviría para enseñar una lección moral. Siempre hubo una buena causa. Siempre existió una explicación. Y siempre terminaron degradando la dignidad humana. Lo más inquietante de su proyecto no es que probablemente fracase. Es que haya nacido. Que alguien investido de representación popular haya considerado razonable presentar una iniciativa cuya esencia consiste en hacer sufrir un poco más a quien ya está devastada. Eso revela un problema infinitamente mayor que una mala técnica legislativa. Revela una preocupante comprensión de la condición humana. La política exige inteligencia, pero también exige empatía. Exige firmeza, pero igualmente compasión. Sin esas virtudes, el poder deja de servir a las personas y comienza a servirse de ellas. Usted tiene pleno derecho a oponerse al aborto. Lo que no tiene es derecho a utilizar el aparato del Estado para satisfacer una necesidad de castigo revestida de moralidad. Porque la civilización no se mide por la intensidad de nuestras convicciones, sino por los límites que somos capaces de imponerles cuando éstas amenazan la dignidad de otros. Y en ese examen, diputado, su proyecto no sólo fracasa, reprueba. Lea esta carta, luego mírese al espejo, y díganos que se siente encarnar un ser deleznable. @MisColumnas
ReneX tweet media
BioBioChile@biobio

"Aberrante": duras críticas a proyecto que exige a mujeres oír latidos antes de abortar en 3 causales biobiochile.cl/noticias/socie…

Español
37
241
313
13.2K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA CRUELDAD COMO PROYECTO DE LEY Cuando el poder deja de legislar para comenzar a castigar y luego torturar. Las sociedades democráticas discuten ideas. Incluso las más controvertidas. El aborto, probablemente uno de los debates éticos más complejos de nuestro tiempo, admite posiciones profundamente distintas y todas ellas pueden ser defendidas con argumentos filosóficos, religiosos, científicos o jurídicos. Hay países que lo prohíben, otros que lo permiten libremente y otros, como Chile, que lo autorizan únicamente bajo tres causales excepcionales: riesgo vital de la madre, inviabilidad fetal y embarazo producto de una violación. Ese debate es legítimo. Lo que deja de ser legítimo es transformar el sufrimiento humano en un instrumento de castigo moral y psicológico. La iniciativa impulsada por el diputado Cristóbal Urruticoechea pretende obligar, en los hechos, a que una mujer escuche los latidos del feto antes de acceder a una interrupción legal del embarazo. Aunque la propuesta habla de un supuesto “ofrecimiento”, establece simultáneamente que, si la mujer no acepta, el procedimiento no puede realizarse. Es decir, el ofrecimiento desaparece y nace la obligación. Al final, siempre a la tortura la precede el chantaje. No estamos frente a una medida sanitaria. Tampoco ante un requisito médico. Ningún protocolo clínico la justifica. Los propios especialistas han señalado que la actividad cardíaca se constata técnicamente sin necesidad de convertirla en una experiencia auditiva. No existe beneficio terapéutico alguno. Su único objetivo es otro. Infligir una carga emocional adicional. Es una forma de escarmiento. Una penalización psicológica diseñada para quien ya enfrenta una de las decisiones más dolorosas de su vida. Resulta imposible no preguntarse qué clase de estructura mental considera aceptable agregar sufrimiento deliberadamente a una mujer cuyo hijo no sobrevivirá, que fue violada o cuya vida estuvo en riesgo. ¿Qué concepción del poder entiende que el Estado debe intervenir no para proteger, sino para intensificar el dolor? Las leyes existen para resolver conflictos sociales, no para administrar humillaciones. Cuando un legislador utiliza el aparato estatal para imponer un sufrimiento innecesario, abandona el terreno del derecho y entra en el de la crueldad. Y allí aparece un problema aún más profundo que el propio proyecto. ¿Qué perfil psicológico poseen algunas personas que alcanzan posiciones de poder? Porque una iniciativa de esta naturaleza no nace de un razonamiento sanitario ni jurídico. Surge desde una lógica donde el castigo adquiere valor por sí mismo. Donde el dolor del otro deja de ser una tragedia para convertirse en una herramienta política. La historia ofrece demasiados ejemplos de esa forma de pensar. Toda práctica autoritaria comparte un rasgo común: justificar el sufrimiento ajeno en nombre de una causa considerada superior. Cambian las ideologías, pero permanece intacta la convicción de que el fin autoriza métodos que degradan la dignidad humana. Eso siempre constituye un peligro. Nadie está obligado a compartir la existencia del aborto legal. Es perfectamente legítimo intentar modificar esa legislación mediante argumentos democráticos. Lo que resulta incompatible con cualquier sociedad civilizada es convertir la ley en un mecanismo de mortificación emocional. La verdadera grandeza del Estado no consiste en imponer una determinada moral, sino en impedir que quienes detentan el poder utilicen las instituciones para satisfacer impulsos de castigo, venganza o superioridad moral. Las democracias no sólo deben vigilar a quienes infringen las leyes. Deben vigilar también a quienes las redactan. Porque cuando un parlamentario propone institucionalizar el sufrimiento como requisito legal, el problema deja de ser únicamente el contenido del proyecto. El verdadero problema es que alguien con esa comprensión de la condición humana haya llegado a ejercer poder sobre los demás. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
14
102
144
8K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA CORTESÍA ESA INFRAESTRUCTURA INVISIBLE DE LA CIVILIZACIÓN La amabilidad, los buenos modales y el respeto cotidiano sostienen una sociedad libre, segura y democrática. Los buenos modales son mucho más que normas sociales: son una forma de reconocer la dignidad del otro. Hubo un tiempo en que decir “por favor”, “gracias”, “permiso” o “disculpe” no era un gesto extraordinario. Era simplemente la forma normal de convivir. Nadie recibía una medalla por ceder el asiento, saludar al entrar o responder con consideración. Eran conductas casi invisibles porque formaban parte de la vida diaria. Hoy, en cambio, la cortesía parece haberse convertido en una rareza. Cuando alguien sostiene una puerta, escucha sin interrumpir o pide algo con respeto, provoca sorpresa. Como si la buena educación hubiese dejado de ser la norma para transformarse en excentricidad. Se suele considerar la amabilidad y los buenos modales como formalidades superficiales, un maquillaje social heredado de otra época. Pero esa mirada confunde la forma con el fondo. La cortesía no consiste en seguir un protocolo. Consiste en reconocer al otro. Cada gesto educado transmite un mensaje silencioso: “te veo”, “reconozco tu dignidad”, “entiendo que compartimos este espacio”. Por eso las buenas maneras tienen menos que ver con saber qué cubierto usar en una mesa que con aprender a convivir entre personas diferentes. Los modales son, en realidad, tecnología social. Reducen conflictos antes de que aparezcan, disminuyen la agresividad cotidiana, generan confianza y vuelven más predecibles las interacciones humanas. En términos económicos, reducen costos de transacción; en términos psicológicos, disminuyen la ansiedad social; y en términos políticos, fortalecen la convivencia democrática. Porque la democracia no empieza el día de una elección. Empieza cuando aceptamos que el otro merece el mismo respeto que exigimos para nosotros, incluso cuando piensa, vota o vive distinto. La amabilidad también desactiva la lógica de la amenaza. Nuestro cerebro evalúa si el entorno es seguro o peligroso. Una sonrisa, un saludo cordial o una disculpa sincera reducen la alerta y comunican que no somos un enemigo. La cortesía no es debilidad. Es seguridad. Solo quien se siente seguro de sí mismo puede tratar bien a los demás sin creer que pierde estatus. La grosería suele disfrazarse de fortaleza, pero muchas veces no es más que inseguridad vociferada con volumen alto. Existe el prejuicio de que ser amable equivale a ser ingenuo. Nada más lejos de la realidad. La amabilidad es compatible con la firmeza. Se puede decir “no” con educación, disentir con respeto y defender una convicción sin humillar a quien piensa distinto. Confundir respeto con sumisión es uno de los grandes errores de nuestro tiempo. Los buenos modales son además profundamente democráticos. No distinguen riqueza, profesión, ideología ni nivel educacional. Saludar cuesta lo mismo al millonario que al obrero. Dar las gracias no requiere patrimonio. Pedir permiso no depende del cargo. La cortesía es una de las pocas formas de igualdad absoluta que existen. Su deterioro no es un asunto menor. Cuando desaparecen las pequeñas muestras de consideración, comienza a erosionarse el tejido invisible que mantiene unida a una comunidad. La violencia rara vez aparece de golpe; muchas veces comienza con la pérdida del respeto cotidiano. Al final los buenos modales no hablan de protocolos. Hablan del carácter. Reflejan autocontrol, empatía, inteligencia emocional y una comprensión profunda de la libertad. Porque la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que uno quiere, sino en ejercerla sin convertir la vida de los demás en un campo de batalla. La civilización no se sostiene sólo sobre constituciones, tribunales o policías. También descansa sobre millones de personas que deciden tratar al otro con la misma dignidad que esperan recibir. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
18
51
103
2.3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL DILEMA DEL CRECIMIENTO Para hablar de crecimiento económico, se requiere mucho más que ideología. Esta semana, el FMI pronosticó para el actual gobierno apenas un 1,8% de crecimiento, los mismos que criticaron al gobierno anterior por crecer un 2,5% el año 2025 y un 2,8% el 2024. Y ese 1.8% podría incluso ser menor aún con políticas mal diseñadas y un plan erróneo y carente de sustento técnico serio. La economía tiene una mala costumbre: castiga los eslóganes y premia los datos. Sin embargo, cada cierto tiempo el debate político insiste en ignorar esa regla elemental. Basta con que aparezca una cifra de crecimiento para que surja el coro de siempre: “en los años noventa Chile crecía al 7% y hoy apenas supera el 2,5%”. La comparación suena contundente, pero económicamente es tan impropia como comparar el crecimiento de un niño de un año con el de un adulto. En 1990, Chile era una economía de apenas 34.000 millones de dólares. El PIB per cápita rondaba los 2.500 dólares y el país recién recuperaba la democracia. Partíamos desde una base extraordinariamente baja. En ese contexto, abrir la economía, atraer inversión y expandir exportaciones generaba un efecto multiplicador enorme. No porque existiera una fórmula mágica, sino porque los rendimientos iniciales eran naturalmente elevados y la situación de partida era extremadamente baja. Una década después, el año 2000, el PIB alcanzaba 77.000 millones de dólares y el ingreso per cápita bordeaba los USD 5.000. Fue la convergencia propia de una economía que comenzaba a integrarse plenamente al mundo. Treinta y cinco años después, la realidad es otra. Chile produce cerca de 360.000 millones de dólares al año y el PIB per cápita se aproxima a los USD 20.000. Hoy, un crecimiento de 2,5% ocurre sobre una economía once veces mayor que la de 1990. Mientras el PIB se expandió cerca de un 1.100%, la población aumentó alrededor de un 50%. Quienes comparan ambas épocas omiten un principio básico: las economías maduras crecen a tasas menores que aquellas que recién comienzan su convergencia. No es resignación; es evidencia empírica. La propia OCDE creció, en promedio, un 1,7% durante 2025, muy por debajo de Chile. ¿Debemos conformarnos?, por supuesto que no. Significa que el diagnóstico debe hacerse con parámetros comparables y no mediante analogías históricas descontextualizadas. El verdadero problema chileno no es cuánto crecemos, sino cómo crecemos. Seguimos siendo una economía extractiva. Exportamos cobre, litio, celulosa, fruta y salmón con escaso procesamiento industrial. Mientras esa estructura no cambie, el crecimiento seguirá dependiendo de los precios internacionales y tendrá un techo difícil de romper. El desafío no consiste en extraer más cobre, sino por ejemplo, en fabricar cables. No basta con exportar litio; debemos producir baterías, componentes tecnológicos y conocimiento. El desarrollo aparece cuando aumenta el valor agregado. También es un error comparar a Chile con otras economías latinoamericanas como por ejemplo la peruana, usando sólo la tasa de crecimiento. Perú posee un PIB per cápita cercano a 6.700 dólares, similar al que Chile tenía hace unos 25 años. Son etapas distintas de desarrollo. Todos queremos que Chile crezca más. Pero ese objetivo no se alcanza con nostalgia ni con comparaciones atemporales. Se logra con estabilidad institucional, inversión, productividad y una política decidida de investigación, desarrollo e innovación que transforme recursos naturales en productos de alto valor. Seguir exportando cobre para importar cables, sería como vender uvas para comprar vino elaborado, difícilmente puede llamarse estrategia de desarrollo. Por eso sorprende escuchar al senador Matías Walker comparar el crecimiento actual con el de hace 36 años, como si la economía chilena fuera la misma. No lo es. La historia económica tiene etapas, y entenderlas es el primer requisito para debatir con seriedad. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
12
90
125
3.4K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
PSICÓPATAS Si reúne a cien personas en una sala, es probable que una de ellas padezca psicopatía clínica y varias más exhiban rasgos psicopáticos. La mala noticia es que probablemente no podrá identificarla. No es el delincuente que el cine nos enseñó a temer. Puede ser el ejecutivo más admirado, el jefe más carismático, el vecino más amable o el político que mejor domina el arte de seducir a las masas con metáforas. La psicopatía es uno de los trastornos de personalidad más estudiados y peligrosos de la psiquiatría. No consiste en una violencia explosiva ni en una pérdida de contacto con la realidad. El psicópata suele ser racional, calculador, encantador y funcional. Comprende las emociones ajenas, pero no las experimenta. Sabe qué produce dolor, culpa o miedo; pero carece del freno moral que esas emociones generan en la mayoría. La neurociencia ha permitido comprender parte de este fenómeno. Estudios de neuroimagen muestran alteraciones en la comunicación entre la corteza prefrontal y la amígdala, estructura clave para procesar el miedo y la empatía. En muchos psicópatas esta última presenta un 18% menos volumen y una menor activación. El resultado es un cerebro que reconoce el sufrimiento ajeno como información, no como una experiencia emocional. Como resume el psicólogo forense Diego Quijada: el cerebro es el arma; el entorno es el gatillo. Conviene distinguir conceptos. El narcisista necesita admiración permanente y suele reaccionar con ira cuando se siente humillado. El sociópata desarrolla conductas antisociales principalmente por factores ambientales. El psicópata, en cambio, manipula con serenidad. No pierde el control: lo ejerce. No busca afecto; busca ventajas. Las personas son medios, nunca fines. ¿Cómo reconocerlo? No existe una prueba infalible, pero sí patrones repetidos: encanto superficial, facilidad para mentir, manipulación constante, ausencia de culpa, incapacidad para asumir responsabilidades, escasa empatía, impulsividad controlada cuando conviene y una extraordinaria capacidad para adaptarse al interlocutor. Suelen causar excelentes primeras impresiones y dejar, con el tiempo, una estela de relaciones destruidas y personas utilizadas. Un aspecto inquietante es que poseen una buena empatía cognitiva: entienden lo que otros sienten. Lo que les falta es empatía emocional. Comprenden el dolor; simplemente no lo comparten. Esa diferencia explica por qué pueden manipular con tanta eficacia. ¿Por qué aparecen con frecuencia en posiciones de poder? Porque ciertos ambientes premian rasgos que, llevados al extremo, se parecen a la psicopatía: ambición, tolerancia al riesgo, capacidad de persuasión, sangre fría y disposición para tomar decisiones sin culpa. Esto no significa que la mayoría de los políticos o empresarios sean psicópatas, pero sí que la política, las grandes organizaciones y otros espacios altamente competitivos constituyen ecosistemas especialmente atractivos para quienes buscan poder, control e influencia. La política añade un ingrediente decisivo: la capacidad de manipular no a una persona, sino a millones. El psicópata no necesita recurrir a la violencia física. Puede gobernar mediante: el carisma, la mentira, la desinformación y la explotación sistemática de los miedos colectivos. ¿Tiene tratamiento? La evidencia es cauta. En adultos, la psicopatía presenta una elevada resistencia terapéutica. Sin embargo, la detección precoz de rasgos de insensibilidad emocional en niños y adolescentes permite intervenciones que mejoran el pronóstico antes de que la personalidad quede completamente consolidada. Los psicópatas no representan un peligro porque parezcan monstruos. Lo representan porque rara vez lo parecen. Se disfrazan de liderazgo, seguridad y éxito. Tal vez por eso la verdadera pregunta no sea cuántos psicópatas existen, sino cuántas veces hemos confundido el carisma con la bondad, la ambición con el liderazgo y la ausencia de escrúpulos con fortaleza de carácter. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
27
161
312
6.2K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
POEMA AL CABLE CON CONECTOR TIPO “C” Hubo un tiempo, caminante, de conectores sin paz, cada aparato exigía su propia identidad. Mini USB por un lado, Micro USB detrás, Lightning con sus privilegios, clavijas a todo dar. Era un reino de adaptadores, de cajones por llenar, de preguntas en la oficina, ¿Cuál me sirve esta vez más? Y entre cables enredados, con vocación de mandar, la industria buscó un lenguaje que pudiera unificar. Entonces nació un pequeño de figura singular, ovalado, humilde, simple, sin derecho ni revés. Se llamó USB Tipo C, nombre frío en realidad, mas llevaba entre sus hilos una enorme novedad. No me importa cómo llegues, puedes darme vuelta y ya; mis contactos son simétricos, no hay un lado principal. Cuántas luchas terminaron por tan mínima bondad, desapareció el incierto intento de acertarle al orientar. No era sólo la apariencia lo que vino a transformar. Bajo aquella piel discreta comenzó a multiplicar las funciones que otros puertos repartían sin cesar, energía, voz e imagen, todo quiso transportar. Si la batería llora, él la sabe alimentar; si un monitor espera, él lo puede despertar. Discos, cámaras, teclados, redes listas para andar, memorias y micrófonos aprendieron a charlar. Pero el cable, compañero, guarda una curiosidad, no todos son exactamente iguales en capacidad. Aunque luzcan semejantes al momento de mirar, unos llevan sólo carga, otros datos sin parar. Hay quien mueve pocos megas, hay quien cruza un vendaval; unos rozan gigabits, otros vuelan mucho más. Y algunos, con electrónica que los ayuda a pensar, negocian cuánta potencia podrán intercambiar. Porque antes de dar la fuerza, sin apuro ni ansiedad, fuente y equipo dialogan con elegante lealtad. ¿Cuánto voltaje precisas? ¿Cuánta corriente vendrá? Y si ambos están de acuerdo, comienza la electricidad. Ese pacto inteligente, que negocia lealtad llamado Power Delivery, evita improvisar. No se entrega más energía de la que puedan usar; es un trato entre dos partes que se saben escuchar. También dicta convenciones la familia universal. No basta el mismo conector para poder asegurar que cada función exista con idéntica calidad. Conviene leer los símbolos que acompañan el metal. Un rayo suele anunciarte que alta potencia habrá; una cifra te revela qué velocidad tendrás. Y si aparece un monitor, tal vez indique además que las señales de video podrán ser en 4K. Así aprendimos, despacio, una sencilla verdad, la forma nunca garantiza todo aquello que hará. Dos cables casi gemelos pueden mucho diferir; la apariencia engaña a veces, la energía se hace sentir. Hoy descansa en computadores, en teléfonos igual, en consolas, en tabletas, en auriculares y más. Las cámaras lo saludan, los discos le abren el portal, y hasta los cargadores nuevos lo prefieren de par en par. No llegó para la gloria ni buscó inmortalidad; vino a resolver pequeños problemas de la humanidad. Y quizá su mayor triunfo, más allá de la velocidad, fue enseñarnos que lo simple también puede unificar. Cuando el tiempo siga andando y otro puerto llegue ya, quedará este humilde invento como ejemplo singular, que el progreso, muchas veces, no consiste en complicar, sino en lograr que lo difícil parezca simple al final. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
5
20
52
1.6K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA MENTIRA EN LA POLÍTICA La mentira ya no paga costos, genera dividendos. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la mentira era un pasivo político. Quien prometía lo imposible o era sorprendido acomodando la verdad debía enfrentar un juicio implacable: el de las urnas. La credibilidad era un patrimonio que tardaba años en construirse y apenas un instante en derrumbarse. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Mentir ya no cuesta. Rinde. Genera titulares, viraliza videos, moviliza fanáticos y, con algo de fortuna, hasta gana elecciones. La política descubrió que la verdad es una inversión de largo plazo, mientras la mentira entrega utilidades inmediatas. Y en un mundo dominado por la ansiedad del siguiente clic, nadie parece dispuesto a esperar. No es un fenómeno nuevo. Julio César cruzó el Rubicón diciendo que defendía la República mientras la conducía hacia el poder absoluto. Napoleón se presentó como heredero de la Revolución Francesa para terminar coronándose emperador. Hitler prometió devolver la dignidad a Alemania y la condujo al mayor desastre de su historia. Stalin hablaba en nombre del pueblo mientras eliminaba al propio pueblo. La historia jamás sufrió escasez de embusteros; lo novedoso es que antes la mentira debía esconderse. Hoy desfila con banda presidencial. Vivimos la era donde las promesas ya no necesitan ser posibles; basta con que sean compartibles. Donald Trump convirtió la exageración en un método de gobierno. Javier Milei prometió que la motosierra resolvería décadas de distorsiones económicas. José Antonio Kast promete soluciones rápidas para problemas extraordinariamente complejos. Cada uno representa proyectos distintos, pero todos juegan bajo la misma regla: la emoción derrota a la evidencia. No importa quién tenga razón. Importa quién domina la narrativa. Las redes sociales terminaron de perfeccionar este ecosistema. El algoritmo no recompensa al más riguroso, sino al más estridente. Una rectificación jamás alcanzará la velocidad de una falsedad bien diseñada. Un informe técnico pierde por goleada frente a un video de treinta segundos. Si la verdad camina; la mentira viaja en avión supersónico. Y nosotros, ciudadanos orgullosos de nuestra racionalidad, hemos terminado convertidos en consumidores compulsivos de relatos. Ya no elegimos programas; elegimos personajes. No votamos proyectos; votamos emociones. Exigimos soluciones instantáneas para problemas construidos durante décadas y luego nos indignamos cuando la realidad se niega a obedecer los eslóganes. La política comprendió que el costo de mentir desapareció el día en que dejamos de castigar la mentira y comenzamos a premiar el espectáculo. Hoy una falsedad desmentida no destruye una carrera; alimenta otra polémica, genera más entrevistas, más seguidores y más protagonismo. La indignación también cotiza en bolsa. Quizás el problema nunca fueron los políticos. Ellos simplemente ofrecen aquello que el mercado electoral compra con entusiasmo. Si la verdad otorgara votos, abundarían los estadistas. Si la prudencia llenara plazas, sobrarían los responsables. Pero el aplauso suele reservarse para quien promete bajar impuestos, controlar el gasto, eliminar la delincuencia, multiplicar los empleos y resolver, antes del próximo verano, todo aquello que la humanidad no ha conseguido resolver en siglos. La mentira dejó de ser un pecado político. Se transformó en estrategia comunicacional. Y mientras el público siga premiando al mejor vendedor de ilusiones, no habrá campaña electoral: habrá temporadas de circo. Con una diferencia. En el circo, al menos, todos saben que los magos no hacen desaparecer la realidad. En política, demasiados siguen convencidos de que el conejo realmente salió del sombrero. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
13
70
106
2.2K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA A LA SENADORA VANESSA KAISER. Senadora @vanessakaiser22 Hay errores que nacen de la ignorancia y otros que brotan de la conveniencia. Los primeros pueden corregirse estudiando; los segundos sólo cambian cuando la honestidad intelectual derrota al interés político. Su afirmación de que el estallido social del 18 de octubre de 2019 constituyó un golpe de Estado parece oscilar entre ambas categorías. Las palabras importan. Y cuando quien las pronuncia es una senadora de la República, importan todavía más. Porque el lenguaje no sólo comunica: también construye memoria, moldea la historia y educa —o deseduca— a una sociedad. Un golpe de Estado no es una metáfora. Tampoco una opinión. Es un concepto político y jurídico bastante preciso. Consiste en la toma ilegal del poder mediante la fuerza, con el propósito de destituir al gobierno y sustituir el orden constitucional. Supone el control efectivo de las instituciones del Estado, la captura de los poderes públicos, la subordinación de las Fuerzas Armadas o de parte de ellas y el reemplazo de la autoridad legítimamente constituida. Eso ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973. Ese día los militares bombardearon el palacio presidencial, derrocaron al Presidente de la República, disolvieron el Congreso Nacional, suspendieron la Constitución, proscribieron partidos políticos, censuraron la prensa y establecieron una dictadura que se prolongó durante diecisiete años. Una dictadura reconocida internacionalmente por miles de violaciones a los derechos humanos: ejecuciones, desapariciones forzadas, torturas, exilios y crímenes de lesa humanidad. Eso, senadora, fue un golpe de Estado. El 18 de octubre de 2019 ocurrió otra cosa. Hubo una explosión social de enorme magnitud, acompañada de actos delictuales, incendios, saqueos y violencia que deben ser condenados sin ambigüedad. También hubo millones de ciudadanos que salieron a las calles para expresar un profundo malestar frente a abusos, desigualdades y una sensación de abandono acumulada durante décadas. Podrá discutirse si aquella movilización fue espontánea, parcialmente organizada, aprovechada por grupos violentistas o instrumentalizada por determinados sectores políticos. Ese debate es legítimo. Lo que no resiste análisis serio es convertir esa crisis en un golpe de Estado simplemente porque resulta útil para una determinada narrativa. Porque durante esos días el Presidente siguió ejerciendo el mando. El Congreso continuó legislando. La Corte Suprema mantuvo sus funciones. Ninguna rama del Estado fue reemplazada. Ninguna junta asumió el poder. Ninguna Constitución fue abolida. Ningún gobierno cayó producto de una insurrección triunfante. Si todo episodio de violencia social pasa a llamarse golpe de Estado, entonces las palabras dejan de tener significado. Y cuando el lenguaje pierde precisión, la verdad termina convertida en rehén de la propaganda. Resulta especialmente llamativo que esa banalización provenga de alguien cuya familia ha reivindicado reiteradamente aspectos del régimen nacido precisamente de un verdadero golpe de Estado. Pareciera que la historia sólo merece exactitud cuando favorece determinadas convicciones y elasticidad cuando las incomoda. No es una cuestión ideológica. Es una cuestión de rigor. Confundir una revuelta social —por grave y violenta que haya sido— con un golpe de Estado, equivale a confundir una tormenta con un terremoto porque ambas producen daños. El resultado puede parecer similar para quien sólo observa los escombros, pero sus causas, naturaleza y consecuencias son radicalmente distintas. La democracia necesita debates intensos. Lo que no necesita es que quienes tienen la responsabilidad de legislar deformen deliberadamente los conceptos fundamentales de la ciencia política para acomodarlos al relato del momento. Porque cuando todo es un golpe de Estado, al final nada lo es. Y ese día habremos perdido algo más importante que una discusión semántica. @MisColumnas
Vanessa Kaiser Barents@vanessakaiser22

El indulto general reconoce el intento de golpe de Estado tras el 18 de octubre y por tanto, justifica la actuación de carabineros y desmantela la persecución judicial. Además restablece la confianza con el poder político. El indulto particular no logra estos objetivos.

Español
59
297
479
12.7K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
UNA LIGA CON VISA DE TURISTA El fútbol chileno siempre ha sido un laboratorio creativo. Por décadas hemos visto clubes quebrados que compiten, otros sin estadio, dirigentes que sobreviven a todos los fracasos, árbitros que encuentran penales invisibles y estadios donde el principal rival del espectáculo es el propio espectáculo. Pero ahora la industria ha logrado una innovación administrativa digna de exportación: contratar trabajadores extranjeros con visa de turista. Porque eso es exactamente lo que revela el informe del Servicio Nacional de Migraciones. De 267 futbolistas extranjeros, 114 no cuentan con autorización para trabajar. Es decir, el 42,7% juega profesionalmente mientras, en términos migratorios, oficialmente estaría haciendo turismo. Es maravilloso. Uno imaginaba que el turista venía a recorrer San Pedro de Atacama, las Torres del Paine o los viñedos del Valle de Colchagua. Resulta que también podía recorrer la banda izquierda, ejecutar un tiro libre o disputar el clásico del fin de semana. Quizás por eso algunos rendían tan poco. No eran malos futbolistas; simplemente estaban haciendo turismo deportivo. Lo verdaderamente fascinante es que nadie pareció darse cuenta. Ni los clubes, ni los dirigentes, ni las gerencias, ni quienes firman los contratos. Todos descubrieron simultáneamente que contratar a un trabajador extranjero requiere, curiosamente, autorización para trabajar. Una exigencia absolutamente extravagante. Ahora 36 clubes enfrentan procesos sancionatorios. Las multas pueden llegar hasta 200 UTM. Seguramente muchos dirigentes reaccionarán con indignación, como si el Estado hubiese inventado esta obligación la semana pasada y la recibieron por un grupo de WhatsApp. En Chile solemos exigir un cumplimiento implacable de la ley… pero hacia los demás. Al pequeño comerciante se le fiscaliza hasta el último papel. Al emprendedor se le exige una montaña de formularios. Al ciudadano común se le recuerda permanentemente que la ignorancia de la ley no lo exime de cumplirla. Pero cuando se trata del fútbol profesional, parece existir una jurisdicción paralela donde las normas son simples recomendaciones. No deja de ser curioso que una actividad cuya principal obsesión es revisar reglamentos, interpretar artículos, reclamar tarjetas y discutir offside al milímetro, sea tan relajada respecto de la legislación laboral y migratoria. La ironía alcanza niveles sublimes cuando se observa que las categorías más afectadas son precisamente las más vulnerables: la Segunda División y el fútbol femenino. Justamente donde los salarios son menores y las condiciones laborales más precarias. Es decir, quienes menos respaldo tienen son también quienes cargan con la mayor informalidad. Después nos preguntamos por qué cuesta profesionalizar el fútbol chileno y por qué no vamos al mundial. La profesionalización no comienza comprando mejores delanteros ni contratando entrenadores europeos. Comienza cumpliendo la ley. Porque abrir una cuenta bancaria, cotizar, acceder a salud o tener un contrato plenamente válido no son privilegios. Son requisitos básicos de cualquier empleo civilizado. Pero quizá estamos siendo demasiado severos. Tal vez los clubes entendieron mal el concepto de “mercado de pases”. Creyeron que bastaba con cruzar la frontera y ponerse la camiseta. Lo realmente preocupante es que este episodio confirma una vieja costumbre nacional: en Chile muchas instituciones funcionan bajo el principio de que las normas existen hasta que alguien decide fiscalizarlas. Sólo entonces aparecen el arrepentimiento, las apelaciones y, por supuesto, las promesas de capacitación. Porque esa fue la solución anunciada: capacitaciones, el símil futbolero de las clases de ética. Nada corrige años de desidia administrativa mejor que un PowerPoint de dos horas, un coffee break y un diploma de asistencia. El verdadero campeonato del fútbol chileno nunca estuvo sólo en la cancha, también debió jugarse en extranjería. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
5
28
59
2.3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
Y LA PELOTA SE MANCHÓ… En el fascinante teatro de lo absurdo que es la política contemporánea, hemos asistido a un nuevo milagro, uno que ni el mismísimo Pelé habría osado imaginar. No se trata de un gol de chilena en el último minuto, sino de algo mucho más potente: una llamada telefónica. El protagonista, ese "buen atleta" autoproclamado, llamado Donald Trump, ha decidido que las reglas del fútbol son meras sugerencias cuando interfieren con los intereses del espectáculo estadounidense. La escena es digna de una tragicomedia shakesperiana, pero con menos poesía y más olor a hamburguesa. Folarin Balogun, la estrella de la selección de las barras y las estrellas, se encontraba fuera de los cuartos de final tras una tarjeta roja contra Bosnia-Herzegovina. Pero, ¡oh, sorpresa!, el árbitro, esa figura antaño sagrada, resultó ser menos infalible que el criterio de un magnate que confiesa no saber mucho de fútbol, pero sí de "negocios". Trump, en un alarde de modestia, llamó a su "viejo amigo" Gianni Infantino para explicarle que lo que todo el mundo vio como falta, para él no era ni una infracción, y la FIFA, esa institución de "neutralidad" inquebrantable, dobló la rodilla con una genuflexión elegante que envidiaría un mayordomo victoriano. Resulta conmovedor ver cómo el Artículo 27 del Código Disciplinario, ese rincón polvoriento del reglamento que nadie usaba en un Mundial, se convirtió de repente en el bálsamo milagroso para limpiar el expediente de Balogun. Es la primera vez en el fútbol moderno, que se suspende una sanción así, pero claro, las "facilidades" que la FIFA necesita para organizar un evento de 13.000 millones de dólares no se pagan con justicia deportiva, sino con obediencia política. Como bien señalaron analistas, parece que los reglamentos de la FIFA valen tanto como papel higiénico cuando la Casa Blanca levanta el auricular. La relación entre Infantino y Trump es, para usar un término futbolístico, una dupla letal. No contentos con estrechar lazos, se han inventado trofeos como el "Premio FIFA por la Paz" justo después de que a Trump le negaran el Nobel, un detalle de una sutileza encantadora. Incluso Ivanka Trump ha encontrado su vocación en el fútbol —aunque jamás haya pateado un balón— integrando una junta directiva financiada con el sudor (y el dinero) de los aficionados. "Haremos que el mundo sea grande de nuevo", susurró Infantino al oído del César americano, mientras la independencia del deporte se desvanecía entre réplicas de la Copa del Mundo llevadas directamente al Salón Oval. Lo que presenciamos no es sólo una "majadería" presidencial; es el entierro de la equidad deportiva. Si en 1934 Mussolini usó el Mundial para su propaganda, o Videla hizo lo propio en Argentina el 78, Trump ha decidido hacerlo "de frente", sin los rumores del pasado, validando que el poder político es el verdadero VAR de la historia. Para un presidente con la aprobación por los suelos, el fútbol es el opio perfecto, el circo necesario para distraer de las guerras y el costo de vida. Hasta Pinochet prometía estadios y se declaraba hincha del club más popular, aunque todo era un engaño, le era útil. El fútbol ha dejado de ser el deporte de las multitudes para convertirse en un espectáculo de élite, donde las entradas de miles de dólares sólo permiten que los estadios se llenen de influencers y políticos, mientras el aficionado de a pie mira desde lejos cómo se mancha la pelota. Con pausas de hidratación diseñadas para meter publicidad y un Mundial 2030 que promete ser un caos de seis países y tres inauguraciones, la esencia del juego agoniza en nombre del "negocio". Al final, queda una duda ácida: ¿Para qué sirven los árbitros si cualquier mandatario puede anular un penal con una llamada? El precedente es aterrador: el fútbol ya no se gana en la cancha, se negocia en los despachos de quienes tienen el poder suficiente para que la FIFA agache la cabeza y pida perdón por intentar aplicar las reglas. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
2
45
87
2.6K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
GEOMETRÍA & POLÍTICA La geometría posee una elegancia que la política rara vez alcanza. En ella, las cosas son lo que son. Un punto no necesita una comisión para existir, una recta no cambia su pendiente según las encuestas y un triángulo jamás promete tener cuatro lados para conquistar al electorado. Euclides construyó un universo donde la lógica era soberana. La política, en cambio, suele demostrar que incluso la lógica puede someterse a votación. Los ángulos ofrecen una de las metáforas más sugerentes. El ángulo agudo es preciso, concentrado y penetrante. Su nombre trascendió la geometría para convertirse en sinónimo de inteligencia. Una observación aguda atraviesa las apariencias. Una persona aguda no necesita levantar la voz; simplemente ve más lejos. El ángulo obtuso carga una condena etimológica imposible de ignorar. Proviene del latín obtusus: romo, despuntado, embotado. Es aquello que perdió el filo a fuerza de golpes. No corta. No penetra. Apenas empuja. Resulta fascinante que la geometría y el lenguaje hayan coincidido con tanta precisión. Lo agudo ilumina; lo obtuso aplana. Lo primero distingue matices; lo segundo reduce la realidad a un bloque uniforme donde pensar parece un esfuerzo innecesario. Quizás por eso la política contemporánea parece haberse convertido en una auténtica convención de ángulos obtusos. El político obtuso jamás duda. La duda exige inteligencia suficiente para sospechar que uno puede estar equivocado. Él vive encerrado en la cómoda prisión de sus certezas. La realidad tiene la obligación de coincidir con sus prejuicios y, cuando no lo hace, tanto peor para la realidad. Su razonamiento sigue una geometría singular: parte de una premisa falsa, recorre un camino impecablemente equivocado y con puntualidad admirable, llega a una conclusión absurda. Luego exige reconocimiento por la consistencia del recorrido. La obtusidad tampoco depende del coeficiente intelectual. Hay personas brillantísimas que son profundamente obtusas. Acumulan títulos y posgrados, pero son incapaces de medir el ángulo que separa la convicción del fanatismo. El obtuso no conversa; rebota. Todo argumento que llega hasta él experimenta el mismo fenómeno que la luz sobre una superficie opaca: no penetra. Regresa exactamente por donde vino. No escucha para comprender, sino para esperar el momento de repetir aquello que ya pensaba antes de iniciar la conversación. En geometría, un ángulo obtuso es mayor que noventa grados, pero menor que ciento ochenta. Nunca alcanza a ser una línea recta. Vive permanentemente desviado. Hay personas exactamente así. Conservan apenas suficiente lógica para parecer razonables y suficiente cerrazón para impedir cualquier aprendizaje. Habitan ese incómodo territorio donde la inteligencia deja de avanzar, pero el dogma continúa sonriendo. Las redes sociales transformaron esa condición en un modelo de negocios. El algoritmo descubrió que la agudeza invita a reflexionar, mientras la obtusidad garantiza interacción. Pensar requiere tiempo; indignarse apenas necesita un pulgar. El político agudo comprende que gobernar consiste en administrar complejidades. El obtuso necesita reducirlo todo hasta volverlo infantil. Divide el mundo entre buenos y malos, patriotas y traidores. Los matices le resultan insoportables porque obligan a pensar. Tal vez el verdadero progreso de una sociedad no deba medirse por su crecimiento económico ni por su desarrollo tecnológico, sino por la proporción entre ciudadanos agudos y ciudadanos obtusos que es capaz de formar. Porque una democracia no muere cuando escasean los inteligentes. Muere cuando abundan los obtusos convencidos de ser genios. Existe una frase, probablemente apócrifa, que atribuye a Euclides haber inspirado los ángulos agudos en los filósofos y los obtusos en la política ateniense. Difícil saber si alguna vez la dijo. Lo verdaderamente inquietante es que, más de dos mil años después, siga pareciendo perfectamente verosímil. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
13
49
96
4.2K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL TRANSHUMANISMO Durante miles de años la humanidad luchó contra los límites impuestos por la naturaleza. Inventó herramientas para multiplicar la fuerza, desarrolló la medicina para combatir enfermedades, creó la agricultura para vencer el hambre y construyó máquinas para superar las barreras del tiempo y la distancia. El transhumanismo sostiene que el siguiente paso ya no consiste en modificar el entorno, sino en modificarnos a nosotros mismos. Es una corriente filosófica, científica y tecnológica que propone utilizar la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la nanotecnología, las neurociencias, la robótica y la biotecnología para ampliar las capacidades humanas. En otras palabras, dejar de aceptar a nuestra especie como un producto terminado. La idea fue planteada por Julian Huxley en 1957 y adquirió fuerza con pensadores como Nick Bostrom. Su premisa es simple y disruptiva: la naturaleza humana no constituye un destino, sino una plataforma susceptible de ser mejorada, una escala en el viaje. Los ejemplos ya existen. Prótesis neuronales que permiten recuperar movilidad, implantes cocleares que devuelven la audición, interfaces cerebro-computador capaces de traducir pensamientos en comandos digitales y herramientas como CRISPR, que prometen corregir enfermedades hereditarias. La frontera entre curar y mejorar comienza a desdibujarse. Pero el transhumanismo no pretende únicamente sanar. Aspira a optimizar. Imagina una memoria prácticamente perfecta, capacidades cognitivas potenciadas, órganos fabricados mediante bioingeniería, envejecimiento retrasado y una expectativa de vida muy superior a la actual. Algunos incluso plantean transferir la conciencia humana a soportes digitales —el mind uploading— para alcanzar una forma de inmortalidad informática. Aquí surge la primera gran pregunta: ¿seguirá siendo humano quien reemplace progresivamente sus componentes biológicos por tecnología? Desde una perspectiva ingenieril, el planteamiento parece lógico. Toda tecnología busca eliminar restricciones. Si podemos reemplazar un corazón, restaurar la visión o recuperar una médula dañada, ¿por qué detenernos allí? La ingeniería rara vez distingue entre reparar y optimizar; busca soluciones más eficientes. Sin embargo, la sociología incorpora una variable que la tecnología suele subestimar: toda innovación altera las relaciones de poder. La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas nunca distribuyen sus beneficios de manera homogénea. Si mejorar la inteligencia, la salud o la longevidad depende del poder adquisitivo, el riesgo ya no será solo una desigualdad económica, sino una desigualdad biológica. Podrían coexistir seres humanos mejorados y no mejorados, separados por una brecha más profunda que cualquier diferencia social conocida. La segunda interrogante resulta aún más inquietante. Muchas de nuestras virtudes nacen precisamente de nuestras limitaciones. La empatía surge porque conocemos el dolor; la solidaridad, porque somos vulnerables; la creatividad, por la escasez; y el sentido de urgencia, porque sabemos que la vida termina. Paradójicamente, podríamos resolver problemas médicos extraordinarios mientras abrimos dilemas existenciales nuevos. La discusión ya no consiste en determinar si esta transformación ocurrirá. Ya comenzó. La verdadera pregunta es quién establecerá sus límites: ¿los científicos, las empresas tecnológicas, los gobiernos, los mercados o la propia sociedad? Porque toda capacidad tecnológica termina convirtiéndose, tarde o temprano, en una decisión política. Quizá el error sea creer que el transhumanismo trata sólo de chips o genética. En realidad, nos obliga a responder una pregunta mucho más antigua que cualquier algoritmo: ¿qué significa ser humano? Tal vez el mayor desafío del siglo XXI no sea construir una inteligencia artificial superior, sino conservar nuestra inteligencia moral mientras adquirimos poderes que ninguna generación anterior imaginó. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
9
29
51
1.7K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
GRACIAS POR SU SERVICIO… AHORA RETÍRESE SIN MOLESTAR Hay una sinceridad brutal en ciertos lapsus del poder. Un momento en que el maquillaje tecnocrático se corre, el PowerPoint se cae al suelo y aparece, desnuda, la verdadera concepción que algunos tienen de las personas. Esto ocurrió cuando el economista David Bravo, al explicar los costos de despido desde la mirada empresarial, terminó diciendo que “cada persona es un cacho”. Y aunque después llegaron las explicaciones y los “no quise decir eso”, la frase ya había cumplido su función: revelar lo que muchos piensan cuando creen que nadie los escucha. En la liturgia empresarial contemporánea el trabajador es celebrado mientras produce. Ahí sí aparecen las campañas motivacionales, los discursos sobre “capital humano”, las fotos sonrientes en redes y las charlas sobre liderazgo empático con coffee break incluido. El trabajador es “parte de la familia”, “el motor de la empresa”, “el corazón de la organización”. Hasta que envejece, se enferma, exige derechos o simplemente deja de ser rentable. En ese instante, se transforma en pasivo laboral. La familia pasa a ser un costo. Y el trabajador, un cacho. La paradoja es grotesca. Los sectores que se llenan la boca hablando de mérito, esfuerzo y cultura del trabajo, son capaces de reducir una persona a una molestia contable cuando llega el momento de despedirla. Como si el trabajador fuera un insumo desechable. Como si detrás de cada contrato no hubiera una vida completa: hijos, deudas, sueños, enfermedades, estudios y décadas de esfuerzo levantando precisamente las utilidades que hoy permiten a algunos dar entrevistas sobre “flexibilización”. Resulta fascinante escuchar a economistas hablar del empleo con la misma sensibilidad emocional con que un frigorífico explica la temperatura del hielo. Hablan de personas como piezas intercambiables de LEGO. Si pudieran, medirían el alma en indicadores trimestrales y pondrían a licitación la dignidad humana para mejorar la productividad. Y después preguntan por qué existe desconfianza hacia las élites empresariales. El problema no es solamente una frase desafortunada. Es la concepción del mundo. Una donde el trabajador vale mientras sirve y sobra cuando reclama. Una lógica utilitaria donde los derechos laborales aparecen como obstáculos contra la eficiencia, y no como conquistas civilizatorias construidas tras décadas de abusos y desigualdad. Porque conviene recordar algo elemental: el trabajo no es únicamente una variable económica. Es identidad, integración social, estabilidad familiar y dignidad humana. El empleo sostiene barrios completos, financia estudios, cuida adultos mayores y permite construir comunidad. Detrás de cada sueldo hay familias enteras dependiendo de ese ingreso. Reducir todo a un “cacho” no es tecnocracia; es deshumanización con corbata y lenguaje académico. Y hay algo todavía más irónico: muchos de quienes hoy consideran un estorbo indemnizar trabajadores son exactamente quienes construyeron fortunas gracias a esos mismos trabajadores. Ningún empresario levanta una empresa solo. La riqueza la producen miles de personas levantándose temprano, viajando horas, soportando estrés y sosteniendo el funcionamiento cotidiano del país. Pero cuando llega la hora de repartir dignidad, algunos prefieren quedarse únicamente con las utilidades. Quizás el verdadero “cacho” para ciertos sectores no sean los trabajadores, sino la idea misma de que las personas tengan derechos. Que exista legislación laboral. Que la sociedad todavía conserve la peligrosa costumbre de considerar a los seres humanos más importantes que los balances trimestrales. Lo más ofensivo de todo esto, es lo que se transmite a quienes hoy estudian y sueñan con aportar al país. Se les dice, en el fondo, que su valor humano depende exclusivamente de su rentabilidad. Que mientras produzcan serán celebrados, pero que cuando dejen de servir pasarán a ser un problema administrativo. Una carga. Un cacho. @MisColumnas
Español
51
609
688
17.4K