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EL COLUSIONADOR DE LADRONES…el otro CERN.
Cuando los apóstoles de la competencia pactan en secreto, el mercado deja de ser libre y se convierte en un cartel con relato.
Hay delitos que se cometen con violencia explícita y otros —más sofisticados, más pulcros— que se ejecutan con corbata, planilla Excel y sonrisa institucional. La colusión pertenece a esta segunda categoría: no deja vidrios rotos, pero sí bolsillos vacíos, y un deterioro persistente en la confianza social. Es, en esencia, un pacto entre quienes debían competir para exprimir, sin ruido, a quienes no tienen alternativa.
En Chile, la colusión no ha sido un accidente: ha sido una práctica sistemática, casi pedagógica. Pollos, farmacias, papel, navieras… mercados completos convertidos en clubes privados donde el precio no lo fija la competencia, sino la complicidad. Y mientras el ciudadano común compara ofertas creyendo ejercer su libertad, en realidad participa de una obra teatral cuidadosamente escrita.
La libre competencia, en estos casos, no es más que utilería.
Lo verdaderamente irónico —y por momentos grotesco— es que muchos de los protagonistas de estas prácticas son los mismos que han hecho del libre mercado una bandera doctrinaria. Se declaran defensores del neoliberalismo, predican las virtudes de la competencia y advierten contra la intervención estatal… mientras, en paralelo, la desactivan en la práctica.
«Porque —nada es más opuesto a la libre competencia que la colusión—. Es su negación más pura: un acto gánsteril, un modo francamente delincuencial de concebir el mercado»
Aquí no hay contradicción ingenua, sino hipocresía estructural. El discurso es competitivo; la práctica, cartelizada. El relato es meritocrático; el mecanismo, extractivo. Se celebra el riesgo empresarial, pero se eliminan sus consecuencias mediante acuerdos bajo la mesa. Es el libre mercado, sí, pero sólo para la galería.
El caso del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, tensiona este punto hasta lo incómodo. Su vinculación con algunos de los episodios más deleznables de colusión en la economía chilena no es un detalle menor: es un símbolo.
No hablamos de un actor marginal, sino de alguien asociado a la ingeniería de estos arreglos. Un tecnócrata que entiende perfectamente cómo funciona el mercado y cómo torcerlo sin que parezca que se está rompiendo, el mismo Quiroz que ahora es el dueño de la billetera fiscal…
Podría decirse, con amarga ironía, que ahí opera una suerte de “CERN alternativo”: no el laboratorio que descubre partículas fundamentales llamado: “Gran Colisionador de Hadrones”, sino uno que estudia —y perfecciona— no la colisión, sino la colusión de intereses para maximizar rentas a costa de millones. Un “Gran Colusionador de Ladrones”, donde la innovación no está en crear valor, sino en coordinar su captura.
Porque la colusión no es simplemente acordar precios. Es una forma de impuesto privado, regresivo y clandestino. Es trasladar riqueza desde millones de consumidores hacia unos pocos actores, sin innovación, sin mérito, sin riesgo real.
Y como todo sistema bien diseñado, sus costos se diluyen. No hay una víctima clara que pueda señalar el momento exacto del abuso. El sobreprecio se fragmenta en cada compra, en cada boleta, en cada gesto cotidiano. Así, el daño se vuelve estructural: erosiona el poder adquisitivo, profundiza la desigualdad y, quizás lo más grave, corroe la legitimidad del sistema económico.
Lo obsceno es la historia de estos hechos con discursos grandilocuentes sobre crecimiento y bienestar. Se habla de productividad cuando se manipularon mercados. Se invoca la competencia mientras se la neutralizó en privado. Es un doble estándar que no sólo indigna, sino que revela una fractura ética profunda.
La colusión no es un error del mercado: es su traición. Y quienes la diseñan o la justifican, hoy y en el pasado, no son meros participantes, sino arquitectos de un sistema que funciona mejor para unos pocos a costa de todos. @MisColumnas

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