Mis Columnas

597 posts

Mis Columnas banner
Mis Columnas

Mis Columnas

@MisColumnas

Aquí encuentras el resumen de mis columnas… @Eneatipo7

Algún lugar Katılım Ocak 2025
1 Takip Edilen2.5K Takipçiler
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL COLUSIONADOR DE LADRONES…el otro CERN. Cuando los apóstoles de la competencia pactan en secreto, el mercado deja de ser libre y se convierte en un cartel con relato. Hay delitos que se cometen con violencia explícita y otros —más sofisticados, más pulcros— que se ejecutan con corbata, planilla Excel y sonrisa institucional. La colusión pertenece a esta segunda categoría: no deja vidrios rotos, pero sí bolsillos vacíos, y un deterioro persistente en la confianza social. Es, en esencia, un pacto entre quienes debían competir para exprimir, sin ruido, a quienes no tienen alternativa. En Chile, la colusión no ha sido un accidente: ha sido una práctica sistemática, casi pedagógica. Pollos, farmacias, papel, navieras… mercados completos convertidos en clubes privados donde el precio no lo fija la competencia, sino la complicidad. Y mientras el ciudadano común compara ofertas creyendo ejercer su libertad, en realidad participa de una obra teatral cuidadosamente escrita. La libre competencia, en estos casos, no es más que utilería. Lo verdaderamente irónico —y por momentos grotesco— es que muchos de los protagonistas de estas prácticas son los mismos que han hecho del libre mercado una bandera doctrinaria. Se declaran defensores del neoliberalismo, predican las virtudes de la competencia y advierten contra la intervención estatal… mientras, en paralelo, la desactivan en la práctica. «Porque —nada es más opuesto a la libre competencia que la colusión—. Es su negación más pura: un acto gánsteril, un modo francamente delincuencial de concebir el mercado» Aquí no hay contradicción ingenua, sino hipocresía estructural. El discurso es competitivo; la práctica, cartelizada. El relato es meritocrático; el mecanismo, extractivo. Se celebra el riesgo empresarial, pero se eliminan sus consecuencias mediante acuerdos bajo la mesa. Es el libre mercado, sí, pero sólo para la galería. El caso del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, tensiona este punto hasta lo incómodo. Su vinculación con algunos de los episodios más deleznables de colusión en la economía chilena no es un detalle menor: es un símbolo. No hablamos de un actor marginal, sino de alguien asociado a la ingeniería de estos arreglos. Un tecnócrata que entiende perfectamente cómo funciona el mercado y cómo torcerlo sin que parezca que se está rompiendo, el mismo Quiroz que ahora es el dueño de la billetera fiscal… Podría decirse, con amarga ironía, que ahí opera una suerte de “CERN alternativo”: no el laboratorio que descubre partículas fundamentales llamado: “Gran Colisionador de Hadrones”, sino uno que estudia —y perfecciona— no la colisión, sino la colusión de intereses para maximizar rentas a costa de millones. Un “Gran Colusionador de Ladrones”, donde la innovación no está en crear valor, sino en coordinar su captura. Porque la colusión no es simplemente acordar precios. Es una forma de impuesto privado, regresivo y clandestino. Es trasladar riqueza desde millones de consumidores hacia unos pocos actores, sin innovación, sin mérito, sin riesgo real. Y como todo sistema bien diseñado, sus costos se diluyen. No hay una víctima clara que pueda señalar el momento exacto del abuso. El sobreprecio se fragmenta en cada compra, en cada boleta, en cada gesto cotidiano. Así, el daño se vuelve estructural: erosiona el poder adquisitivo, profundiza la desigualdad y, quizás lo más grave, corroe la legitimidad del sistema económico. Lo obsceno es la historia de estos hechos con discursos grandilocuentes sobre crecimiento y bienestar. Se habla de productividad cuando se manipularon mercados. Se invoca la competencia mientras se la neutralizó en privado. Es un doble estándar que no sólo indigna, sino que revela una fractura ética profunda. La colusión no es un error del mercado: es su traición. Y quienes la diseñan o la justifican, hoy y en el pasado, no son meros participantes, sino arquitectos de un sistema que funciona mejor para unos pocos a costa de todos. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
14
229
230
2.6K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA PICHANGA EN LA MONEDA Hay gobiernos que se construyen como un club serio: con divisiones inferiores, un esquema táctico claro, refuerzos probados y una idea de juego que trasciende los nombres. Y hay otros —como el actual— que parecen más bien un equipo improvisado para la pichanga del domingo a las once, cuando falta uno, llega otro como galleta, y nadie tiene claro en qué posición juega. Este no es un equipo: es una convocatoria por WhatsApp. No se conocen entre ellos, no han entrenado juntos, y lo único que comparten es el entusiasmo inicial, esa energía ingenua del que cree que con ganas basta. Pero el fútbol —como gobernar— no se juega con ganas, se juega con oficio. Y aquí el oficio brilla por su ausencia. No paran la pelota, no la pisan, no cabecean, no tienen estado físico y no leen el partido. Corren, sí, pero corren desordenados, como niños detrás de un balón en el recreo. La metáfora no es casual. Porque en esta pichanga, además, ni siquiera hay camisetas iguales. Cada uno llegó con la suya, con su propia agenda, su propio relato, su propio libreto. Y así es difícil siquiera reconocerse dentro de la cancha, menos aún coordinar una jugada colectiva. El resultado es predecible: pases al vacío, choques entre compañeros, y una sensación permanente de que nadie sabe bien qué está haciendo ahí. Lo más preocupante no es la falta de talento —eso se puede trabajar—, sino la ausencia total de estrategia. No hay sistema, no hay estructura, no hay una idea de juego. Es puro impulso. Y cuando el rival —la realidad— aprieta un poco, el equipo se desarma. Aparecen los offside absurdos, las faltas innecesarias, las amarillas evitables. Apenas va comenzando el primer tiempo y ya hay varios ministros condicionados, jugando con miedo, midiendo cada paso para no salir expulsados. Los cambios tampoco ayudan. Algunos seremis salen lesionados a los pocos minutos, otros simplemente desaparecen del partido sin que nadie los extrañe demasiado. El banco es corto, y los recambios no ofrecen ninguna garantía de mejora. Es más de lo mismo, pero con menos aire. Mientras tanto, la ciudadanía —ese árbitro paciente pero cada vez más escéptico— empieza a darse cuenta de que algo no cuadra. Que este equipo no domina el balón. Que no entiende el reglamento. Que confunde intensidad con dirección. Y lo más grave: que parece haber olvidado que la cancha no le pertenece. Porque ahí está el punto de quiebre de esta pichanga: algunos jugadores actúan como si hubieran venido a llevarse la pelota para la casa. Como si el partido fuera un trámite personal, una excusa, un escenario pasajero. Pero no. La cancha tiene dueños, y no son los que están dentro, sino los que miran desde fuera, los que pagan la entrada todos los días con paciencia, impuestos y expectativas. El director técnico, por su parte, prometió en campaña un juego vistoso, ofensivo, casi revolucionario. Habló de un cambio de paradigma, de una nueva forma de entender el fútbol. Pero lo que vemos en la cancha es otra cosa: desorden, improvisación y una preocupante desconexión con la realidad del partido. No hace falta VAR para darse cuenta. Porque cuando un equipo no sabe a qué juega, el resultado termina siendo irrelevante. Puede empatar por accidente, incluso ganar alguna vez por un rebote fortuito. Pero a la larga, el desenlace es inevitable: volver a los potreros. Y no como una injusticia, sino como una consecuencia natural de nunca haber estado realmente preparados para salir de donde jamás debieron. Cosas del fútbol… @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
25
175
274
4.7K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA TRAMPA DEL PLENO EMPLEO La frase del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, tiene la virtud —si es que cabe llamarla así— de condensar en pocas palabras una visión completa de sociedad. Sostener que el pleno empleo es la mejor política pública puede parecer, en una primera lectura, una afirmación sensata, incluso deseable. Pero agregar, con liviandad doctrinaria, que ojalá algún día sea la única política pública, no es una simplificación: es una renuncia. Renuncia a comprender que las sociedades modernas no se sostienen únicamente sobre la base del trabajo, sino sobre un entramado institucional mucho más complejo, donde el bienestar no es un subproducto automático del empleo, sino una construcción deliberada. La idea de que basta con que todos trabajen para que todo lo demás se ordene revela una fe casi religiosa en los mecanismos del mercado, una confianza que la evidencia empírica —porfiada como pocas— se ha encargado de desmentir una y otra vez. Porque no, ministro, el empleo por sí solo no educa, no cura, no transporta, no jubila dignamente. Tampoco corrige las asimetrías de origen ni nivela una cancha que, desde antes de empezar el partido, ya está inclinada. El pleno empleo, incluso si fuese alcanzable en términos estrictos, no garantiza ni equidad ni justicia social. Puede, de hecho, coexistir con salarios precarios, informalidad estructural y desigualdades obscenas. La omisión no es trivial. Al reducir la política pública a la generación de empleo, se desdibuja el rol esencial del Estado en una economía social de derecho: garantizar condiciones mínimas de dignidad que no dependan exclusivamente de la capacidad individual de insertarse en el mercado laboral. Porque hay etapas de la vida —la infancia, la vejez, la enfermedad— donde el empleo simplemente no es una variable disponible. Pretender lo contrario no es audacia intelectual; es negligencia conceptual. Más aún, la afirmación sugiere una peligrosa deriva hacia un modelo donde el bienestar se privatiza y la responsabilidad se individualiza. Bajo esta lógica, quien no logra prosperar en el mercado no enfrenta un problema sistémico, sino un fracaso personal. Es el credo clásico del neoliberalismo más ortodoxo: el mercado como árbitro moral, el Estado como espectador austero. Resulta, por decir lo menos, inquietante que esta visión emane desde el corazón de la política fiscal. Porque implica entender los impuestos no como un instrumento de redistribución y cohesión social, sino casi como una molestia necesaria para financiar lo mínimo indispensable. Sin embargo, en cualquier economía avanzada, el gasto público no es un residuo: es una inversión en capital humano, en estabilidad social y, paradójicamente, en crecimiento sostenible. La evidencia es clara: las sociedades que han logrado mayores niveles de desarrollo no son aquellas que abandonaron la política social en favor del mercado, sino las que construyeron Estados robustos, capaces de equilibrar eficiencia económica con justicia distributiva. Educación de calidad, sistemas de salud accesibles, pensiones dignas y redes de protección social, no son lujos ideológicos; son condiciones estructurales para el desarrollo. Por supuesto, el empleo importa. Y mucho. Es fuente de ingresos, de identidad, de dignidad. Pero precisamente por eso, reducirlo a una cifra o a una consigna es empobrecer su significado. El desafío no es sólo crear empleos, sino crear buenos empleos: con remuneraciones justas, estabilidad y proyección. Quizás lo más revelador de la frase del ministro no sea su contenido, sino su convicción implícita. Porque quien la enuncia no parece dudar. Y ahí radica el problema: cuando la complejidad social se enfrenta con certezas simplistas, el resultado rara vez es virtuoso. Aspirar a que el pleno empleo sea —la única política pública— no es una meta ambiciosa. Es, en rigor, una forma elegante de abdicar de todas las demás. @MisColumnas
Español
34
302
378
13K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA BENÉVOLA TIRANÍA DE LA COMA Cómo un signo minúsculo gobierna el sentido, la intención y el ritmo de lo que escribimos. Hay signos que apenas ocupan espacio en la página, pero ejercen un dominio desproporcionado sobre el pensamiento. La coma es uno de ellos. No posee la rotundidad del punto ni la teatralidad de la exclamación; sin embargo, su poder es más sutil y decisivo. La coma no sólo ordena, interpreta, separa y por cierto, también sugiere. Es, en rigor, una partitura mínima que regula el aliento del lenguaje y, con ello, el sentido. Desde una perspectiva prosódica, introduce una pausa breve que modula el ritmo. Pero reducirla a un recurso respiratorio sería empobrecer su naturaleza. En el plano sintáctico, delimita incisos, jerarquiza información, distingue subordinaciones y evita ambigüedades. En el plano semántico, puede alterar radicalmente la interpretación de una frase. Es aquí donde su dimensión casi jurídica se vuelve evidente: una coma mal puesta puede condenar a un texto a la confusión; bien empleada, lo absuelve. Los ejemplos son tan elocuentes como inquietantes. Considérese: “Vamos a comer, amigos.” no significa lo mismo que “Vamos a comer amigos.” En el primer caso, la coma vocativa convoca a los amigos a la mesa; en el segundo, la omisión convierte la invitación en un acto de antropofagia. La diferencia no es estilística: es ontológica. Otro caso clásico: “No, quiero que lo hagas.” frente a “No quiero que lo hagas.” Una sola coma transforma la negación en afirmación enfática. En la primera, el “no” opera como réplica; en la segunda, niega el deseo. El lector, sin esa mínima señal, queda a merced de la ambigüedad. La coma también delimita incisos explicativos: “Mi hermano, que vive en Valdivia, vendrá mañana.” Aquí se presume un único hermano; la información es accesoria. En cambio: “Mi hermano que vive en Valdivia vendrá mañana.” sin comas, introduce restricción: de entre varios, solo aquel que reside en Valdivia llegará. La puntuación no adorna: clasifica la realidad. Más aún, la combinatoria de comas permite construir significados divergentes con el mismo léxico. Por ejemplo: “Si el hombre supiera lo que vale la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda.” Según su puntuación, el sentido fluctúa: “Si el hombre supiera lo que vale la mujer, andaría a cuatro patas en su búsqueda.” (elogio) “Si el hombre supiera lo que vale, la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda.” (ironía invertida) En textos normativos, esta precisión tiene consecuencias tangibles. En contratos y leyes, una coma puede alterar el alcance de una cláusula, incluir o excluir sujetos, modificar responsabilidades. No es casual que los manuales jurídicos dediquen páginas a su uso: donde hay ambigüedad, hay litigio. Pero la coma no es sólo instrumento de exactitud; también es recurso de estilo. Un escritor hábil o experto puede ralentizar el tempo narrativo con incisos, o precipitarlo mediante su omisión. Puede sugerir vacilación, enumerar con cadencia clásica, o introducir un matiz irónico casi imperceptible. En tiempos de escritura apresurada —mensajería instantánea , correos urgentes, publicaciones efímeras— la coma suele ser la primera víctima. Se la considera prescindible. Sin embargo, prescindir de ella es renunciar a la precisión del pensamiento. Escribir sin comas no es escribir más rápido: es pensar con menor fineza. Conviene, entonces, rehabilitar su prestigio. Entender que cada coma es una decisión cognitiva, una toma de postura frente al sentido. Que su correcta colocación no responde a caprichos normativos, sino a la lógica interna del lenguaje. Y que, en última instancia, la coma no es un signo menor, sino el lugar donde la lengua respira y el significado se decide. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
20
97
238
4.3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
1º DE MAYO El día en que el trabajo se hizo digno. Hay fechas que no se celebran: se conmemoran. El 1° de mayo es una de ellas. No nació de un decreto ni de una estrategia comunicacional bien diseñada; nació del ruido áspero de la historia, de ese punto exacto en que la dignidad deja de ser una idea y se transforma en una exigencia irrenunciable. En la segunda mitad del siglo XIX, trabajar no era una condición: era una condena. Jornadas de 12, 14 o incluso 16 horas eran parte de una normalidad brutal que hoy cuesta imaginar sin un leve estremecimiento. El progreso industrial, tan celebrado en los libros de economía, tenía una letra chica escrita con cansancio, enfermedad y vidas consumidas antes de tiempo. Fue en Chicago donde esa tensión acumulada decidió romperse. El 1° de mayo de 1886, miles de trabajadores salieron a la calle con una consigna simple, casi modesta: ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar y ocho horas para vivir. No pedían privilegios; pedían equilibrio. Nadie exigía riqueza, sólo reclamaban humanidad. Lo que siguió es conocido, pero no siempre comprendido en su profundidad. Días después, una manifestación en la plaza Haymarket derivó en violencia, en confusión, en muerte. La historia la registra como la Revuelta de Haymarket, pero reducirla a un episodio es una forma elegante de esquivar su significado. Porque lo que ocurrió allí no fue sólo un enfrentamiento: fue el momento en que el poder entendió que el trabajo organizado podía incomodar, cuestionar y, eventualmente, transformar. Los juicios que siguieron fueron más políticos que jurídicos. Las condenas, más ejemplificadoras que justas. Y, sin embargo, en esa aparente derrota se incubó una victoria de largo plazo. Los llamados “mártires de Chicago” no cambiaron el mundo en vida, pero lo hicieron inevitablemente en sus ausencias. Tres años después, la Segunda Internacional tomó una decisión que parecía simbólica, pero que terminaría siendo estructural: declarar el 1° de mayo como el día de los trabajadores en todo el mundo. No como una fiesta, sino como una memoria activa. No como un descanso, sino como un recordatorio. Desde entonces, el Día del Trabajo simboliza: • La lucha por condiciones laborales dignas. • La conquista de derechos como la jornada de 8 horas. • La organización sindical y social. Sin embargo, aquí conviene detenerse un segundo. Porque el riesgo de las conmemoraciones es su domesticación. Convertimos en feriado lo que alguna vez fue conflicto. Simplificamos en el calendario lo que fue tensión social. Y, en ese proceso, corremos el peligro de olvidar que los derechos laborales no son un punto de llegada, sino un equilibrio siempre inestable. Hoy hablamos de jornadas flexibles, de trabajo remoto, de inteligencia artificial, de productividad medida en algoritmos. El contexto cambió, sin duda. Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a entregar a cambio de trabajar? El 1° de mayo no responde esa pregunta. Pero nos recuerda que hubo un tiempo en que ni siquiera podíamos formularla. Quizás por eso incomoda. Porque no es sólo una fecha histórica: es un espejo. Uno que nos obliga a mirar cuánto hemos avanzado… y cuánto estamos dispuestos a retroceder sin darnos cuenta. Celebrar el Día del Trabajo, entonces, no es levantar una consigna heredada. Es entender su origen. Es reconocer que cada derecho que hoy parece obvio fue, en algún momento, una provocación. Y es, sobre todo, asumir que la dignidad —como la historia— nunca se hereda por completo: siempre se vuelve a conquistar. Curiosamente, en Estados Unidos —donde ocurrieron los hechos— no se celebra ese día, sino en septiembre (Labor Day), en parte para evitar la carga política y simbólica asociada a Haymarket. En síntesis: el 1° de mayo no es una fecha arbitraria, sino el recuerdo de una confrontación clave que redefinió la relación entre trabajo, derechos y poder en la sociedad moderna. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
5
40
79
1.5K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
IGNORANCIA CON BANDA PRESIDENCIAL El arte de gobernar sin saber y sin entender. Manual práctico para extraviar la realidad. Cuando la ignorancia se vuelve política pública y la retórica reemplaza al conocimiento. Hay declaraciones que revelan más que mil programas de gobierno. No por su profundidad, sino por su involuntaria transparencia. En el caso de José Antonio Kast, algunas de sus intervenciones públicas han logrado ese raro mérito: desnudar una relación problemática —por decirlo con elegancia— entre poder y conocimiento. La célebre preocupación por los ríos que “botan agua al mar” no fue simplemente un lapsus. Fue, más bien, una metáfora perfecta. La idea de que el agua que llega al océano se “pierde” no sólo desconoce el ciclo hidrológico —ese pequeño detalle que sostiene la vida en el planeta—, sino que además evidencia una lógica utilitarista que mide la naturaleza en función de su rentabilidad inmediata. Como si el mar fuese un vertedero y no el corazón regulador del clima y la biodiversidad. Pero el episodio no es aislado. En su reciente crítica a la ley de humedales urbanos, el problema vuelve a aparecer, esta vez con otro disfraz: el del pragmatismo mal entendido. La insinuación de que estos ecosistemas son obstáculos prescindibles para el desarrollo habitacional revela una comprensión precaria de su función. Los humedales no son caprichos ecológicos ni lujos de países ricos; son infraestructuras naturales que previenen inundaciones, filtran agua y sostienen vida. Eliminarlos para “ganar terreno” es, en rigor, hipotecar el futuro con una eficiencia digna de manual… pero de errores. A esto se suma un repertorio discursivo donde la evidencia científica parece negociable. Desde calificar la píldora del día después con categorías morales antes que médicas, hasta reinterpretar episodios históricos ampliamente documentados, el patrón se repite: cuando los hechos incomodan, se los reemplaza. No con mejores argumentos, sino con convicción. Y la convicción, cuando no está respaldada por conocimiento, suele ser apenas una forma sofisticada de ignorancia. Lo verdaderamente preocupante no es el error puntual —errar es humano, incluso en política—, sino su sistematicidad. Un mandatario no está obligado a saberlo todo, pero sí a comprender los límites de su propio entendimiento y rodearse de quienes sí saben. Gobernar no es improvisar con certezas frágiles, sino tomar decisiones informadas en contextos complejos. La ignorancia, cuando se vuelve recurrente, deja de ser una debilidad personal para transformarse en un riesgo institucional. Hay, además, un problema estético en todo esto. La política también es lenguaje, y el lenguaje construye realidad. Cuando las palabras pierden rigor, la confianza se erosiona. No basta con hablar fuerte o con seguridad; es necesario hablar con sentido. La credibilidad no se impone, se construye, y se construye —inevitablemente— sobre una base mínima de cultura, conocimiento y coherencia. Quizás el mayor desacierto no esté en las frases mismas, sino en la convicción de que pueden sostenerse sin costo. Como si la realidad fuese opcional y el electorado, indulgente. Pero la realidad tiene una obstinación incómoda: insiste en existir, incluso cuando se la ignora. En ese sentido, el problema no es que un presidente se equivoque. Es que parezca no notar la diferencia entre una opinión y un hecho. Y en política, esa diferencia —aunque algunos intenten diluirla— sigue siendo, afortunadamente, decisiva. No puede dirigir un país quien no se documenta sobre lo que habla, quien cree que el aplauso fácil de quienes le rodean configura la aprobación de su sabiduría. No puede gobernar quien cada día insiste en seguir dando un discurso de candidato, y menos ganar el respeto de un electorado que cada vez se distancia más, y cuya confusión y decepción terminarán en altas cifras de desaprobación, en esas recurrentes encuestas que dicen no mirar, pero que sabemos les quitan el sueño. @MisColumnas
Español
69
762
1.1K
16.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
ENERGÍA ELÉCTRICA El termómetro del desarrollo. Consumo eléctrico per cápita, productividad y brechas estructurales en América Latina. Existe una correlación robusta —aunque no lineal— entre el consumo energético per cápita y el nivel de desarrollo económico. Dentro de ese agregado, la electricidad ocupa un lugar singular: es el vector energético más versátil, limpio en el punto de uso y directamente vinculado a la productividad de los factores. En términos macroeconómicos, el consumo eléctrico per cápita (kWh/hab·año) funciona como un proxy operativo del grado de electrificación, complejidad productiva y capitalización tecnológica de una economía. Las cifras son elocuentes. El promedio de los países desarrollados se sitúa en torno a 7.800 kWh/hab·año, mientras que economías de alto consumo como Estados Unidos superan los 12.000 kWh/hab·año. En contraste, América Latina presenta un rango significativamente inferior, con heterogeneidad marcada: desde niveles cercanos a los 75–700 kWh/hab·año en economías rezagadas, hasta valores en torno a los 4.300 kWh/hab·año en su mejor desempeño regional. CONSUMO LATAM kWh/hab·año Chile — 4.323 Uruguay — 3.590 Brasil — 2.916 Argentina — 2.822 México — 2.609 Panamá — 2.546 Paraguay — 2.389 Costa Rica — 2.206 Venezuela — 1.989 Rep. Dominicana — 1.717 Perú — 1.589 Bolivia — 1.588 Colombia — 1.553 Ecuador — 1.553 Cuba — 1.102 El Salvador — 752 Honduras — 682 Guatemala — 670 Nicaragua — 110 Haití — 75 Chile lidera América Latina en consumo eléctrico per cápita. Este dato no es trivial ni meramente descriptivo: revela una estructura económica con mayor intensidad energética en sectores productivos, una red eléctrica más extensa y confiable, y una penetración tecnológica superior en hogares y servicios. La minería, intensiva en electricidad, actúa como ancla estructural; pero no explica por sí sola el fenómeno. El crecimiento del consumo residencial, la digitalización de servicios y la electrificación progresiva de procesos industriales también contribuyen. Sin embargo, el liderazgo regional convive con una brecha significativa respecto de la OCDE. Chile consume aproximadamente 45%–55% del promedio de los países desarrollados, lo que sugiere que aún existe un espacio considerable para expandir la electrificación en transporte, calefacción y procesos industriales. Desde una perspectiva de ingeniería económica, esta brecha puede interpretarse como capacidad instalada latente para crecimiento, siempre que se acompañe de inversión en generación, transmisión y almacenamiento. El vínculo entre electricidad y desarrollo se explica por varios mecanismos. Primero, la electricidad reduce costos marginales en producción al permitir automatización y control de procesos. Segundo, habilita economías de escala en sectores intensivos en capital. Tercero, mejora la calidad de vida, elevando el capital humano a través de educación, salud y acceso a información. En suma, no es solo consumo: es capacidad de transformación económica. Ahora bien, el indicador debe leerse con matices. No todo aumento en consumo implica eficiencia ni progreso sostenible. La elasticidad ingreso-consumo eléctrico tiende a disminuir en economías maduras, donde la eficiencia energética y la descarbonización comienzan a desacoplar crecimiento y consumo. En ese sentido, el desafío para Chile no es únicamente cerrar la brecha cuantitativa, sino hacerlo bajo un paradigma de eficiencia y transición energética, donde las energías renovables y la gestión inteligente de la demanda jueguen un rol central. En perspectiva, el consumo eléctrico per cápita no es un destino, sino un indicador adelantado del camino recorrido y del que resta por recorrer. Chile ha avanzado más que sus pares regionales, pero aún orbita por debajo del umbral de las economías plenamente desarrolladas. La pregunta estratégica no es si debe consumir más electricidad, sino cómo, para qué y con qué matriz. Ahí se juega, en rigor, la calidad del desarrollo. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
3
13
24
872
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL PERFUME Aromas que dejan huella: la memoria invisible del perfume. La historia del perfume no comienza en un frasco, sino en el humo. En el gesto primitivo de arrojar resinas y maderas al fuego para que su aroma ascendiera hacia lo sagrado. La expresión latina «per fumum» —“a través del humo”— no es sólo parte de su etimología: es una clave interpretativa. El perfume nació como lenguaje, como mediación entre lo humano y lo divino, como una forma de comunicación invisible que no requería palabras. En las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, hace más de cuatro milenios, los aceites aromáticos no eran un lujo, sino una herramienta ritual, médica y simbólica. Ungir el cuerpo era protegerlo, honrarlo, prepararlo para la vida… o para la muerte. En ese contexto emerge la figura de Tapputi-Belatekallim, (Mesopotamia Babilónica), considerada la primera perfumista de la historia: una mujer que, ya en el 1200 A.C., experimentaba con flores, aceites y técnicas rudimentarias de destilación. No se trataba solo de mezclar aromas, sino de construir identidad. La Antigüedad clásica expandió esta práctica. En Grecia, el perfume se integró a la vida cotidiana: atletas, filósofos y ciudadanos compartían el uso de fragancias como extensión del cuidado personal y la estética. Roma, fiel a su vocación de exceso, llevó esta costumbre a niveles casi teatrales, importando esencias como el kyphi egipcio y convirtiendo el aroma en signo de estatus. Sin embargo, el verdadero salto técnico se produce en el mundo islámico medieval. La destilación de flores —especialmente el agua de rosas— perfeccionó la extracción de esencias, permitiendo una mayor pureza y complejidad aromática. Este conocimiento viajaría luego a Europa, donde durante el Renacimiento encontraría terreno fértil. Francia, y en particular Grasse, se consolidaría como el epicentro de la perfumería moderna, transformando el arte en industria. El siglo XVIII introduce el —Eau de Cologne—, más ligero, más accesible, más cotidiano. Pero es en el tránsito al siglo XX cuando la perfumería se redefine por completo. François Coty irrumpe con una visión disruptiva: democratiza el perfume, integra compuestos sintéticos y comprende que la fragancia no es solo contenido, sino también narrativa, diseño, marca. El perfume deja de ser exclusivamente elitista para convertirse en una forma de expresión personal. Hoy, el perfume opera en una dimensión que trasciende lo estético. Es, en esencia, un código emocional. Los olores tienen una conexión directa con el sistema límbico, esa región del cerebro donde residen la memoria y las emociones. A diferencia de otros sentidos, el olfato no pasa por filtros racionales: impacta, evoca, transporta. Un aroma puede reconstruir un momento perdido, traer de vuelta una voz, una piel, una ausencia. Oler bien, en este contexto, ya no es sólo una señal de higiene o cuidado. Es una forma de inscripción en la memoria de los otros. Es dejar una huella intangible pero persistente. Cada fragancia es una firma volátil, una identidad que se desplaza en el aire y se deposita —casi imperceptiblemente— en quienes nos rodean. Por eso regalamos perfumes. Porque en ese gesto hay una intuición profunda: no se entrega sólo un objeto, sino una experiencia futura, una posibilidad de recuerdo. Se obsequia presencia diferida, una forma de permanecer incluso en la ausencia. El perfume es, en definitiva, una tecnología emocional. Partículas atomizadas que viajan, se adhieren, se transforman en impulsos eléctricos y se convierten en sensaciones. En un mundo saturado de imágenes y palabras, el aroma conserva un poder singular: el de lo invisible que permanece. El perfume no se ve, pero define. No se toca, pero marca. No habla, pero dice. Es, en última instancia, el aroma que nos representa. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
10
22
59
1.5K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
UN GOBIERNO SIN BRÚJULA Un país a la deriva, es un país sin esperanza. Hay momentos en la historia de un país en que no se necesita el paso del tiempo para comprender la magnitud del extravío. Basta con unas pocas semanas —ocho, en este caso— para advertir que algo esencial se ha quebrado. No se trata de un error puntual ni de una torpeza aislada, sino de una suma persistente de señales que, como pequeñas grietas, terminan por comprometer toda la estructura. Nunca antes, en tan breve lapso, una administración había mostrado con tanta claridad su desorientación. No es sólo la falta de rumbo: es la precariedad del lenguaje, la pobreza del argumento, la fragilidad de quienes están llamados a conducir. Hay en ello una especie de intemperie intelectual, un vacío que no logra disimularse ni con discursos ni con gestos. Todo parece improvisado, como si gobernar fuese apenas una contingencia y no una responsabilidad histórica. Durante 36 años, Chile avanzó —con tropiezos, sin duda— en la construcción de un espacio democrático que, más allá de sus imperfecciones, ofrecía ciertos consensos básicos: la importancia del diálogo, el valor de lo público, la necesidad de equilibrar crecimiento con cohesión social. Hoy, ese delicado tejido parece tensarse hasta el límite, amenazado por una lógica que reduce lo humano a lo transaccional, lo social a lo accesorio, lo colectivo a un estorbo. No es la crítica ideológica la que aflora con mayor fuerza, sino una inquietud más profunda, casi existencial. La sensación de que el país ha comenzado a deslizarse hacia una forma de administración donde el mercado no es una herramienta, sino un dogma; donde el Estado no corrige, sino que se repliega; donde las asimetrías no se enfrentan, sino que se naturalizan. Un neoliberalismo sin contrapesos, un capitalismo descarnado, que avanza como una maquinaria eficiente pero ciega, incapaz de reconocer los rostros que va dejando atrás. Y en ese tránsito, lo que emerge no es sólo desigualdad material, sino una erosión más sutil y más peligrosa: la del vínculo social. Porque cuando la política pierde densidad, cuando el lenguaje se empobrece y la empatía se ausenta, lo que se resiente no es únicamente la economía o la institucionalidad, sino la confianza misma que sostiene a una comunidad. No hay aquí sorpresa, pero sí una tristeza honda. No es la decepción de quien esperaba algo distinto, porque nada esperaba, sino la melancolía de quien observa cómo se deshace, con inquietante rapidez, aquello que tomó décadas construir. La democracia no es sólo un sistema de reglas; es también una cultura, una forma de entender al otro, un esfuerzo constante por equilibrar intereses y dignidades. Cuando ese equilibrio se rompe, lo que queda es un país más áspero, más distante, más solo. Cuatro años pueden parecer un suspiro en la escala de la historia, pero son más que suficientes para alterar el curso de una nación. Para desmontar avances, para debilitar instituciones, para instalar una lógica que, una vez arraigada, resulta difícil de revertir. Esa es, quizás, la mayor fuente de angustia: no lo inmediato, sino lo que comienza a sedimentarse silenciosamente. Un gobierno sin brújula no sólo se pierde a sí mismo. Arrastra consigo a todo un país hacia aguas inciertas. Y en esa deriva, lo que se extravía no es únicamente el rumbo, sino también la esperanza. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
46
320
463
6.9K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA MENTIRA COMO POLÍTICA DE ESTADO Hay gobiernos que administran recursos, y expectativas. Y están aquellos —más sofisticados en su precariedad— que administran la verdad como si fuese un insumo flexible, maleable y prescindible. No la consideran un pilar, sino una variable de ajuste. En ese punto, la política deja de ser conducción y se convierte en una técnica de ficción. Cuando Jorge Quiroz niega recortes en educación mientras circula un documento oficial firmado por él mismo que indica lo contrario, no estamos frente a un lapsus comunicacional. Es algo más estructural: una disociación deliberada entre lo que se dice y lo que se hace. No es torpeza; es método, es diseño y está lejos de ser un error. La escena se repite con precisión, la vocera afirma que el almuerzo en La Moneda del presidente con sus excompañeros fue financiado de manera privada. Horas más tarde, José Antonio Kast reconoce que se utilizaron fondos públicos. ¿Contradicción? No exactamente. Más bien una coreografía donde la verdad entra tarde, cuando el daño ya cumplió su función: instalar confusión, diluir responsabilidades y desgastar la capacidad de discernimiento ciudadano. Pero el patrón no se agota en los voceros. Se origina y se valida desde la cúspide. El propio José Antonio Kast, en campaña, prometió reducir su salario y el de sus ministros como señal de austeridad. Ya en el poder, no sólo incumplió: los sueldos se incrementaron. La austeridad era consigna; no compromiso. El fenómeno, sin embargo, excede a un gobierno y empieza a parecerse a una cultura transversal. La diputada Pamela Jiles, en televisión, renegó de su pasado, negando haber sido de izquierda. Abundan, sin embargo, registros de su participación en el Partido Comunista y publicaciones donde reivindicaba esa identidad. Ayer era motivo de orgullo; hoy, es negación. La memoria, en política, se ha vuelto selectiva… o derechamente descartable. Cuando la mentira deja de ser un recurso ocasional y pasa a constituir un patrón, se institucionaliza. Se convierte en política de Estado. Y allí el problema deja de ser sólo moral para transformarse en sistémico. La confianza pública, ese activo invisible que sostiene la arquitectura democrática, comienza a erosionarse con una velocidad que ningún programa fiscal logra revertir. Hay algo particularmente corrosivo en esta práctica: su vocación de normalidad. No se miente con culpa, sino con rutina. No se corrige con pudor, sino con desparpajo. La negación ya no es defensa, es estrategia comunicacional. Se instala así una paradoja inquietante: mientras más evidencia existe, más vehemente es la negación. Como si la realidad fuese apenas una versión discutible. En términos lexicográficos, podríamos hablar de falacia. En términos políticos, de descomposición. Porque un sistema que borra con el codo lo que firmó de puño y letra no sólo compromete su credibilidad; compromete la lógica misma del contrato social. La ciudadanía deja de evaluar decisiones y comienza a cuestionar intenciones. Y cuando eso ocurre, la sospecha se convierte en idioma dominante. La consecuencia es conocida: la desconfianza deja de ser síntoma y pasa a ser mecanismo de defensa. Ya no es el ciudadano quien debe creer; es la autoridad quien debe demostrar, una y otra vez, que no falsea la realidad. Un desgaste infinito, improductivo y profundamente dañino. Destruir la confianza es fácil. Reconstruirla, en cambio, es tarea generacional. Porque la confianza no se decreta; se construye con consistencia, con coherencia, con esa virtud escasa de decir lo mismo cuando las cámaras están encendidas y cuando no lo están. Cuando la mentira se instala como política de Estado, la democracia no cae de golpe. Se vacía lentamente. Y en ese teatro, lo verdaderamente peligroso no es que el poder mienta. Es que la sociedad se acostumbre. Porque el día en que la mentira deja de escandalizar, deja también de importar, y entonces, lo que se pierde es la credibilidad. @MisColumnas
Español
20
169
203
3.3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
¿QUIÉN GOBIERNA CHILE? Cuando el poder no habita en quien gobierna, sino en quienes lo sostienen desde las sombras. Hay algo inquietante —y profundamente revelador— cuando la figura que encarna el poder no logra sostenerlo con densidad propia. No se trata sólo de liderazgo débil o de errores de gestión; se trata de una disociación más estructural: la distancia entre quien ocupa el cargo y quien realmente lo ejerce. Conozco hace décadas a José Antonio Kast, (nadie es perfecto), desde aquellos años en la Pontificia Universidad Católica, en los ochenta, donde ya se perfilaban caracteres, capacidades y límites de muchos que hoy permanecen en la política en los distintos colores del abanico ideológico. Algunos evolucionaron, otros se sofisticaron, varios quedaron con suerte donde estaban o incluso menos. Kast, en lo esencial, pertenece a este último grupo. No por falta de oportunidades, sino por falta de espesor. Su trayectoria política —incluido su paso por la UDI— no destaca por construcción intelectual ni por liderazgo doctrinario. Más bien, ha sido periférica, subordinada, funcional a estructuras más densas que él mismo. Incluso y a pesar de haber pertenecido al círculo íntimo del mismísimo Jaime Guzmán. Nunca fue un articulador de ideas complejas ni un diseñador de estrategias de largo plazo. Y eso, que podría ser anecdótico en un parlamentario, se vuelve crítico en un jefe de Estado. Lo que hoy observamos no es simplemente un presidente con limitaciones. Es algo más delicado: un presidente que no parece ser el autor de su propio gobierno. Sus discursos carecen de profundidad conceptual; sus intervenciones públicas son previsibles, lineales, casi rudimentarias en su construcción. No hay en ellas la complejidad que exige gobernar un país moderno, ni la comprensión sistémica de los problemas estructurales. Y sin embargo, las políticas que se intentan impulsar —con independencia de su valoración ideológica— sugieren niveles de pensamiento, diseño intelectual, coordinación y propósito que no calzan con ese perfil. Ahí emerge la pregunta incómoda, pero inevitable: ¿quién gobierna realmente? Chile tiene una larga tradición —no siempre explícita— de núcleos de poder que operan más allá de la visibilidad institucional. Redes políticas, grupos económicos, círculos ideológicos que no necesitan del protagonismo público para incidir decisivamente. El poder, en estos casos, no se exhibe: se administra. Cuando el titular del Ejecutivo no logra ser consistente con la complejidad de las decisiones que emanan de su gobierno, la hipótesis del “poder detrás del trono” deja de ser una metáfora literaria y empieza a adquirir contornos reales. No es necesario recurrir a teorías conspirativas para entender este fenómeno. Basta observar la asimetría entre forma y fondo: entre la simpleza del mensajero y la sofisticación —o al menos la intencionalidad estratégica— del mensaje. Esa brecha no es trivial. Es estructural. El problema de fondo no es sólo quién toma las decisiones, sino la opacidad con que se hace. La democracia descansa en la trazabilidad del poder: saber quién decide, por qué decide y bajo qué legitimidad. Cuando esa trazabilidad se diluye, lo que queda no es gobernabilidad, sino administración delegada. Kast, en este cuadro, aparece más como una figura instrumental que como un conductor. Un rostro visible que otorga formalidad a decisiones que probablemente se gestan en otros espacios, con otros actores y bajo otras lógicas. Y eso debería preocupar —más allá de simpatías o antipatías políticas— porque tensiona un principio básico: en democracia, el poder no sólo debe ejercerse, debe también poder identificarse. Hoy, esa identificación no es clara. Y cuando el poder se vuelve difuso, lo que se erosiona no es sólo un gobierno, sino la confianza en el sistema que lo sostiene. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
47
330
454
8.5K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
RECORTES EN EDUCACIÓN A partir de los documentos adjuntos, se identifican dos categorías críticas: programas sujetos a ajuste presupuestario y programas que se proponen descontinuar. A) PROGRAMA CON AJUSTE PRESUPUESTARIO Estos programas continúan operando, pero con reducción o redefinición de recursos, lo que normalmente implica menor cobertura, focalización o eficiencia forzada. Educación Escolar y Políticas Transversales Red Maestros de Maestros: sistema de docentes destacados que apoyan a otros profesores mediante mentorías. Educación Intercultural Bilingüe: promueve enseñanza en contextos indígenas, integrando lengua y cultura. Bienestar Socioemocional y Educación Integral: apoyo psicológico y desarrollo integral de estudiantes. Fortalecimiento de la Innovación Educativa: impulsa nuevas metodologías pedagógicas. Modernización de Textos Escolares: actualización y distribución de materiales educativos. Liderazgo Escolar: desarrollo de capacidades directivas en establecimientos. Aprendizaje del Inglés: mejora de competencias en idioma extranjero. Subvención Pro-retención: incentiva permanencia de estudiantes vulnerables. Educación Rural: apoyo a escuelas en zonas aisladas. EPJA (Educación de Jóvenes y Adultos): nivelación de estudios para adultos. Liceos Bicentenario de Excelencia: red de liceos con foco en alto rendimiento. Subvención de Gratuidad: financiamiento para educación gratuita. Retención Escolar: medidas para evitar deserción. Educación Superior y Apoyo Estudiantil Hogares y Residencias Estudiantiles: alojamiento para estudiantes vulnerables. Beca Aysén: apoyo a estudiantes de esa región. Prácticas Técnico-Profesionales: incentivo a formación dual. Beca de Mantención Educación Superior: apoyo económico directo. Beca Universidad del Mar (afectados): reparación a estudiantes perjudicados. Beca Indígena: apoyo a estudiantes de pueblos originarios. Apoyo Escolar Complementario Escuelas Saludables: promoción de hábitos saludables. Útiles Escolares: entrega de materiales básicos. Educación Parvularia Programa Alternativo de Atención del Párvulo: modalidades no tradicionales de educación inicial. Programa Educativo para la Familia: apoyo a crianza y estimulación temprana. Educación Pública (Infraestructura) Fondo Reactivación Educativa: recuperación post crisis. Infraestructura Siglo XXI: modernización de establecimientos. Salud y Apoyo Estudiantil Servicios Médicos JUNAEB: atención médica preventiva y básica. B) PROGRAMAS A DESCONTINUAR. Estos programas dejarían de existir, lo que implica eliminación total de su financiamiento y operación. Educación Escolar Sistema Nacional de Inducción y Mentoría: acompañamiento a docentes nuevos. Programa Nacional de Lectura: fomento lector a nivel país. Promoción de Talentos en Escuelas y Liceos: desarrollo de estudiantes con alto potencial. Alimentación y Apoyo Docente. Programa de Alimentación Escolar (PAE): entrega de alimentación a estudiantes (uno de los más críticos por su alcance masivo). Beca de Vocación de Profesor: incentivo a estudiar pedagogía. Educación Parvularia Jardín Infantil Transitorio - Estacional: cobertura flexible en periodos específicos. Educación Pública Fondo de Apoyo a la Educación Pública (FAEP): financiamiento clave para sostenedores públicos. Lectura estratégica El patrón es claro: Se ajustan programas estructurales (subvenciones, becas, innovación), lo que sugiere una lógica de contención sin desmantelamiento. Se eliminan programas de desarrollo cualitativo (lectura, talentos, mentoría) y algunos de soporte crítico (alimentación, FAEP), lo que puede tener efectos de largo plazo en equidad y calidad. En términos de política pública, esto refleja un giro hacia: Priorización fiscal de corto plazo. Reducción de programas “blandos” (capital humano, cultura, acompañamiento). Riesgo de deterioro en indicadores estructurales (deserción, calidad, equidad). Esto, es sólo el comienzo… @MisColumnas
ReneX tweet mediaReneX tweet mediaReneX tweet mediaReneX tweet media
Español
10
138
111
3.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
ALI BABÁ Y LAS 40 MEDIDAS Hay algo profundamente inquietante en esa pulsión casi romántica por “reconstruir” países que, con todos sus defectos, llevan décadas construyéndose. Chile, al parecer, se habría convertido de pronto en una suerte de edificio en llamas, una economía colapsada, una sociedad al borde del abismo. Y claro, frente a semejante catástrofe —cuidadosamente relatada más que efectivamente vivida— aparece el salvador de turno con su manual de demolición en una mano y su plan de “reconstrucción nacional” en la otra. El libreto no es original. Basta mirar al otro lado de la cordillera para reconocer la coreografía: shock, urgencia, sobrerreacción, y una batería de reformas empaquetadas como inevitables. Allá se llamó “Ley Bases”. Aquí, con un toque más épico, se bautiza como Plan de Reconstrucción. Cambia el nombre, no la intención. Porque cuando se rasca la superficie de estas “40 medidas”, lo que emerge no es precisamente un proyecto de país, sino una transferencia bastante prolija de riesgos hacia abajo y beneficios hacia arriba. Una economía que se “dinamiza” bajando impuestos a las grandes empresas, mientras se ajusta el cinturón —una vez más— en la cintura de quienes ya no tienen dónde apretar. Curiosa forma de reconstruir: debilitando los cimientos sociales para embellecer la fachada corporativa. La rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23% se presenta como un acto de racionalidad económica, casi de sentido común. Pero ese “sentido común” tiene destinatarios claros: el gran empresariado y la élite. Porque cada punto que se reduce en recaudación no desaparece por arte de magia; se traduce en menos capacidad estatal para sostener políticas públicas, menos inversión social, menos red de protección. Es decir, más precariedad. Pero con crecimiento, eso sí. O al menos con la promesa de él. El argumento es conocido: el Estado es ineficiente, el mercado es virtuoso, y si se le deja actuar sin trabas, derramará prosperidad. El problema es que ese derrame se parece cada vez más a una filtración: constante, silenciosa y siempre hacia los mismos bolsillos. Mientras tanto, el empleo se “flexibiliza”, los salarios se contienen y la estabilidad laboral pasa a ser un lujo de otra época. Basta leer la propuesta de subsidio a la contratación de personal de bajo sueldo, es una oda a la renta mínima. Lo más notable no es la medida en sí, sino el relato que la envuelve. Esa insistencia casi obsesiva en que Chile estaba al borde del colapso. Que había que intervenir rápido, fuerte, sin demasiadas preguntas. Porque cuando se instala la sensación de crisis, cualquier cirugía —por invasiva que sea— parece justificable. Incluso si el paciente ya estaba caminando. Y aquí aparece el punto más delicado: la construcción deliberada de una narrativa de decadencia para habilitar un programa ideológico. No es reconstrucción; es un vulgar rediseño. No es urgencia; es la oportunidad de pocos. Una oportunidad para reimpulsar, con renovado entusiasmo, ese viejo principio de subsidiariedad que convierte al Estado en espectador y al mercado en protagonista excluyente. Chile no necesita ser reconstruido. Necesita ser mejorado, corregido, perfeccionado. Pero eso exige algo más complejo que recortes y desregulación: exige inteligencia, equilibrio y, sobre todo, honestidad intelectual. Esa que reconoce que el crecimiento de las últimas décadas no fue casualidad, y que la expansión de la clase media no ocurrió por generación espontánea. Insistir en este camino —el de reducir lo público para engrandecer lo privado— no es innovación. Es nostalgia. Una nostalgia peligrosa, porque no mira al futuro, sino que intenta reinstalar un pasado donde el progreso era privilegio y no proyecto colectivo. Pero claro, todo esto se hace en nombre de la libertad. Esa palabra que, convenientemente, siempre parece significar lo mismo: libertad para unos pocos y resignación para el resto…y todo esto, en menos de mil y una noches. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
6
91
124
2K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
Cuento. MÁS VIEJO QUE EL HILO NEGRO La hebra que ya existía. Corría el siglo XV en Sevilla, cuando la ciudad era un hervidero de comercio, ideas y vanidades. Los barcos llegaban cargados de especias, sedas y rumores, y en los talleres de artesanos se disputaba algo más valioso que el oro: el capital simbólico del prestigio…. En una calle angosta, cerca de la catedral, trabajaba un viejo maestro sastre llamado Tomás de la Vega. Sus manos, endurecidas por los años, cosían con una precisión casi invisible. Decían que podía reparar una capa rasgada sin que nadie encontrara la costura. Un día llegó a la ciudad un joven italiano, discípulo lejano de los círculos de Leonardo da Vinci. Se hacía llamar Giovanni Bellini, y traía consigo aires de genio y discursos sobre innovación. Anunciaba que había desarrollado una “nueva técnica revolucionaria” para coser telas finas sin que la unión se notara. Los comerciantes, siempre sedientos de novedades, lo invitaron a demostrar su arte en la plaza. Giovanni desplegó telas traídas de Florencia, tomó aguja e hilo… y comenzó a coser. El público murmuraba. La puntada era fina, casi invisible. El italiano sonreía con orgullo. He aquí —dijo al terminar— la costura perfecta. Un secreto traído de los talleres más avanzados de Italia. Entre la multitud, el viejo Tomás observaba en silencio. Cuando todos aplaudieron, pidió la palabra. ¿Puedo ver el hilo?, preguntó con calma. Giovanni, confiado, se lo entregó. Tomás lo sostuvo entre sus dedos, lo acercó a la luz del mediodía… y sonrió apenas. Buen trabajo, muchacho —dijo—. Pero esto no es ningún secreto. Se giró hacia el público, levantando el hilo. Esto —sentenció— es hilo negro. El mismo que usamos aquí desde hace generaciones para ocultar las costuras en telas oscuras. No has descubierto nada nuevo… sólo has aprendido bien lo antiguo, has dominado la tradición, agregó. El murmullo cambió de tono. Ya no era admiración, sino esa risa leve que acompaña al descubrimiento de una verdad incómoda. Uno de los mercaderes, entre divertido y mordaz, soltó la frase que quedaría flotando en el aire: ¡Pero si esto es más viejo que el hilo negro! La risa fue general. Giovanni, ruborizado, entendió entonces que no había sido derrotado por ignorancia, sino por algo más profundo: la memoria de un oficio. Epílogo Con los años, la expresión se extendió por toda España y luego por América. Cada vez que alguien pretendía presentar como novedad lo que era evidente o antiguo, surgía la frase, cargada de ironía y sabiduría popular: “Más viejo que el hilo negro.” Porque el verdadero conocimiento no siempre está en descubrir algo nuevo, sino en reconocer lo que siempre ha estado ahí. Y porque, a veces, lo más simple, como un hilo oscuro entre telas, es también lo más difícil de ver... @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
2
31
68
1.7K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
AJUSTE DE CUENTAS Cuando el resentimiento gobierna la política exterior. Un "ajuste de cuentas" es un término polisémico que generalmente describe la resolución violenta de conflictos en contextos criminales o la venganza personal. En política, esa venganza se aplica al revanchismo histórico, a la sangre en el ojo, a la vendetta ideológica. Hay decisiones políticas que se explican por estrategia, otras por convicción, y las más incómodas por rencor y desquite. La negativa del gobierno de José Antonio Kast a respaldar la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU parece inscribirse, con notable precisión, en esta última categoría, la del resentimiento y la revancha, la tirria ideológica. Esto es simple y claro: no estamos frente a una candidata improvisada ni a un capricho personal. Bachelet es, objetivamente, una figura con un currículum que pocos pueden siquiera intentar igualar en el circuito multilateral. Dos veces presidenta, directora de ONU Mujeres y Alta Comisionada de Derechos Humanos. Si esto no califica como “carta competitiva”, entonces el estándar no es técnico, es ideológico. El 24 de marzo de 2026, el gobierno decidió retirar el apoyo oficial, calificando la candidatura como “inviable”. Una palabra elegante para disfrazar una decisión incómodamente política. Más aún cuando, en paralelo, Brasil y México optaron por respaldarla, evidenciando que la supuesta inviabilidad parece ser un diagnóstico exclusivamente chileno. Curiosa forma de evaluar la realidad internacional: Chile dice “no se puede”, el resto responde lo contrario. Pero el episodio no se detiene en el retiro del apoyo. La Cancillería, en un gesto que roza —la disciplina moral doctrinaria—, ordenó sumarios contra funcionarios diplomáticos que habrían seguido apoyando la candidatura. Correos, gestiones, reuniones: actos que, en otro contexto, serían simplemente parte del trabajo diplomático. Hoy, en cambio, parecen configurar una suerte de herejía burocrática. Aquí el problema deja de ser político y pasa a ser institucional. Porque castigar a funcionarios por sostener una candidatura chilena, más allá de las diferencias del gobierno de turno, instala una señal peligrosa: la política exterior deja de ser política de Estado para transformarse en extensión emocional del Ejecutivo. Y eso, en diplomacia, no es solo torpe; es caro. La comparación es inevitable. Cuando Andrés Allamand fue respaldado internacionalmente, el gobierno de Gabriel Boric no dudó en apoyarlo, pese a las diferencias ideológicas evidentes. No era un acto de simpatía personal, sino de comprensión estratégica. Cuando un chileno compite en el escenario global, el país entero está en juego. Hoy ocurre lo contrario. Chile no sólo se resta, sino que además parece incomodarse con su propia candidata. Es como si, en plena competencia internacional, un equipo decidiera sabotear a su propio jugador por no gustarle su estilo de juego. Y aquí emerge la pregunta incómoda: ¿Qué ocurre si Bachelet gana? El escenario no es imposible. De hecho, el respaldo de potencias regionales sugiere que su candidatura sigue viva. Si eso sucede, Chile habrá protagonizado una rareza diplomática: ver a una compatriota alcanzar uno de los cargos más relevantes del mundo… sin el apoyo de su propio país. El resultado sería más que un error; sería un bochorno. Un ridículo de escala global. No por la victoria de Bachelet, sino por la pequeñez previa. Porque en política internacional, las señales importan. Y la señal que hoy emite Chile no es de firmeza ni de convicción, sino de resentimiento. Al final, esta historia no trata sobre Bachelet. Trata sobre la incapacidad de separar Estado de gobierno, interés nacional de animadversión personal. Trata sobre una diplomacia que, en lugar de proyectar al país, parece empeñada en ajustar cuentas. Y eso, más que una estrategia, es una renuncia. Una renuncia a la altura, a la inteligencia política y, sobre todo, al sentido de Estado. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
47
441
684
37.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
SE SIGUEN DISPARANDO EN LOS PIES Hay errores políticos, que, por su torpeza, trascienden el error mismo y se convierten en una forma de autoboicot sistemático. El eventual nombramiento de Ricardo Rincón como embajador de Chile en Panamá parece inscribirse, con incómoda precisión, en esta categoría. El gobierno de J. A. Kast —que prometía prolijidad, criterio y un estándar superior en la toma de decisiones— da señales contradictorias al considerar esta designación. No sólo por el nombre en cuestión, sino por el contexto que lo rodea, que lejos de ser neutro, está cargado de símbolos, sospechas y antecedentes difíciles de ignorar. Panamá no es un destino cualquiera. Es, además de un punto estratégico en términos diplomáticos y comerciales, un territorio históricamente vinculado a estructuras financieras opacas, a la ingeniería tributaria sofisticada y —se quiera o no— a la noción de “paraíso fiscal”. Que el propio Presidente chileno mantenga su patrimonio en ese país introduce, como mínimo, una variable de sensibilidad política que exigiría extrema prudencia en cualquier nombramiento. Sin embargo, lo que se observa es lo contrario: una aparente disposición a instalar a —un emisario de confianza— en una plaza donde la transparencia debiese ser prioridad absoluta. Pero el problema no se agota en lo geopolítico ni en lo financiero. Es, ante todo, un tema ético. En abril de 2017 se hizo público un antecedente que, en cualquier democracia que aspire a estándares básicos de decencia, debiese ser suficiente para descartar de plano cualquier cargo de representación internacional. Ricardo Rincón fue objeto de un proceso por violencia intrafamiliar ante el 16° Juzgado Civil de Santiago, por hechos ocurridos el 22 de julio de 2002. La denuncia, presentada por quien fuera su pareja, la relacionadora pública Carolina Hidalgo, describe una secuencia de agresiones físicas y verbales: empujones, golpes, patadas, y un nivel de violencia que culminó con lesiones constatables. No se trata de un detalle menor, ni de un episodio anecdótico susceptible de relativización política. Es una mancha indeleble en la trayectoria de cualquier figura pública. Y pretender que puede ser ignorada —o peor aún, administrada— es una señal de desconexión con estándares mínimos de responsabilidad institucional. El cuadro se vuelve aún más complejo al observar las redes de poder que orbitan en torno a este nombramiento. Rincón es hermano de la actual ministra de Energía, Ximena Rincón, cuyo itinerario político ha sido, por decirlo suavemente, errático: de la Democracia Cristiana a Amarillos, de ahí a la fundación de Demócratas, luego su apoyo a Evelyn Matthei en Chile Vamos, y finalmente su aterrizaje en el mundo republicano, desde donde hoy ejerce como ministra. Más que evolución, lo que se percibe es una plasticidad ideológica que debilita cualquier pretensión de coherencia. Y cuando parecía que el costo político era un asunto interno, emerge un elemento aún más delicado: el rechazo explícito desde el propio país de destino. En Panamá, la diputada Paulette Thomas ha hecho público el malestar del parlamento panameño ante la posibilidad de recibir a Ricardo Rincón como embajador de Chile. Es decir, no sólo se compromete la señal interna, sino también la imagen externa del país. Nombrar a un embajador cuestionado es, en sí mismo, problemático. Nombrarlo en un país sensible, con vínculos económicos directos del propio Presidente, y además enfrentando rechazo anticipado del poder legislativo local, no es un error: es una acumulación de imprudencias. Si la política es, en esencia, el arte de leer correctamente los contextos, aquí estamos frente a una lectura defectuosa. Y lo preocupante no es sólo el tropiezo, sino la insistencia en avanzar pese a todas las señales en contra. Porque cuando un gobierno comienza a dispararse en los pies, lo grave no es la herida inicial. Es la incapacidad de dejar de apretar el gatillo. @MisColumnas
Español
16
189
288
7.4K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA, TECNOLOGÍA CONOCIMIENTO E INNOVACIÓN. Ximena Lincolao. @Ximenatech Señora Ministra: Hay frases que, por su ligereza, se desvanecen en el aire. Y hay otras —como la suya— que, por su torpeza, merecen ser detenidas, observadas y, si es necesario, desarmadas pieza por pieza. Usted ha señalado que: “uno de los mejores regalos que recibió en su vida fue haber sido pobre”. Permítame decirle, con toda franqueza y respeto, que no es una frase inspiradora; es una afirmación profundamente equivocada y absolutamente errada. La pobreza no es un regalo. No lo ha sido nunca. No lo es en la literatura, ni en la estadística, ni en la experiencia concreta de millones de personas que no pueden darse el lujo de reinterpretarla como una metáfora edificante. La pobreza es carencia: de oportunidades, de acceso, de tiempo, de dignidad. Es restricción acumulativa, no una escuela de virtudes. Cuando una autoridad pública decide romantizarla, lo que hace no es dignificar la adversidad, sino trivializarla. Transforma una condición estructural que el Estado debe combatir en una suerte de anécdota formativa, casi pedagógica. Como si la escasez fuera un curso intensivo de carácter. Como si el hambre tuviera valor didáctico. Como si la precariedad fuese, en el fondo, una bendición mal comprendida. ¿Se da cuenta de la paradoja que encierra su afirmación? Si la pobreza fuese realmente un “regalo”, entonces el esfuerzo institucional por erradicarla carecería de sentido. Bastaría con distribuirla. Convertirla en política pública. Democratizar ese supuesto beneficio. Pero no lo hacemos —y usted lo sabe— porque la pobreza no fortalece: limita y condiciona, en definitiva, reduce horizontes. Hay, además, un error de razonamiento que resulta particularmente inquietante en alguien que encabeza una cartera vinculada al conocimiento. Haber desarrollado resiliencia o disciplina a pesar de la pobreza, no convierte a la pobreza en una causa virtuosa. Confundir ambas cosas es caer en una trampa elemental: atribuirle al obstáculo el mérito del que logra superarlo. Es como elogiar la enfermedad por haber producido un sobreviviente. Pero quizá lo más delicado de su frase no es su debilidad lógica, sino su trasfondo moral. Porque en ella se percibe una forma sutil de autocelebración: una narrativa donde la biografía personal se eleva a categoría de ejemplo universal. Usted salió adelante, y eso es valioso. Pero de ahí a concluir que la condición que es en sí misma una limitante, fue en realidad, un “regalo”, es una conjetura que no resiste el menor análisis. Mientras usted resignifica su pasado, hay miles —millones— que no pueden hacerlo. Que no encuentran en la pobreza ni épica ni redención. Que no la recuerdan como un peldaño, sino como un peso. Y para ellos, escuchar a una ministra hablar de “regalos” en medio de la carencia no es inspirador, es, francamente, ofensivo. Señora ministra, el lenguaje importa. Y más aún cuando se ejerce desde el poder. No se trata de censurar su historia personal, sino de exigirle rigor al momento de interpretarla en público. Si su intención era destacar la resiliencia, bastaba con decirlo. Si quería subrayar el valor del esfuerzo, había caminos mucho más precisos. Pero elegir la pobreza como metáfora positiva no es valentía discursiva, es un descuido intelectual imperdonable. Porque, al final, lo que está en juego no es una frase aislada, sino la manera en que entendemos los problemas que decimos querer resolver. Y en eso, conviene ser precisos y categóricos: la pobreza no es un regalo. Es un problema. Y tratarla como lo primero es olvidar —o peor aún, ignorar— la urgencia de lo segundo. Atentamente, Un ciudadano que espera más rigor, y bastante más lucidez, de sus autoridades. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
160
1.1K
1.7K
37.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL RELOJ EL ARTE DE CAPTURAR LO INASIBLE La evolución del reloj como reflejo del progreso científico y la conciencia humana. Pretender resumir la historia del reloj resulta pretencioso y de gran ambición, pero vale la pena intentarlo. La palabra reloj proviene del latín medieval horologium, y este a su vez del griego ὡρολόγιον (hōrológion), que significa —listado o instrumento de las horas—, compuesto por hṓra (hora), y lógion (instrumento). Evolucionando luego al castellano a través del catalán relotge. Medir el tiempo ha sido, desde los albores de la civilización, un intento profundamente humano de domesticar lo inasible. Antes de comprenderlo, lo sentimos: en la alternancia del día y la noche, en las estaciones, en el latido del propio cuerpo. El reloj, en cualquiera de sus formas, no es sólo un instrumento; es una declaración cultural: el tiempo importa. Los primeros dispositivos para capturarlo fueron rudimentarios pero ingeniosos. El reloj de sol tradujo el movimiento aparente del Sol en sombras que avanzaban sobre superficies marcadas. Más tarde, las clepsidras —o relojes de agua— permitieron independizarse parcialmente del cielo, midiendo el flujo constante de un líquido. En estas primeras soluciones ya se percibe una obsesión: transformar lo continuo en unidades discretas, convertir el devenir en medida. La gran revolución llegó en la Europa medieval con los relojes mecánicos. Basados en sistemas de engranajes y reguladores, estos dispositivos introdujeron una precisión inédita para la época. Las torres de las ciudades comenzaron a marcar las horas comunes, sincronizando la vida social. El tiempo dejó de ser una experiencia individual para convertirse en una convención colectiva. La aparición del péndulo, impulsada por los estudios de Galileo Galilei y perfeccionada por Christiaan Huygens, elevó aún más la exactitud, consolidando el reloj como instrumento científico. Con la Revolución Industrial, el reloj adquirió una dimensión disciplinaria. Las fábricas exigían puntualidad; los ferrocarriles requerían sincronización precisa entre ciudades. El tiempo se estandarizó. Nacieron los husos horarios, y el mundo comenzó a latir bajo un mismo sistema temporal. El reloj de bolsillo primero, y luego el de pulsera, personalizaron esa relación: cada individuo llevaba consigo su propio fragmento de tiempo. El siglo XX introdujo una transformación silenciosa pero radical: el reloj atómico. Basado en la frecuencia de transición de átomos como el cesio, este dispositivo redefinió el segundo con una precisión casi absoluta. La medición del tiempo dejó de depender de fenómenos macroscópicos para anclarse en la física cuántica. Hoy, sistemas como el GPS serían imposibles sin esta exactitud extrema, donde errores de nanosegundos implican desviaciones de metros. En la actualidad, el reloj ha mutado nuevamente. Los dispositivos digitales y los llamados “relojes inteligentes” no sólo miden el tiempo, sino que monitorizan el cuerpo, gestionan información y median nuestra interacción con el entorno. Paradójicamente, cuanto más exactos son, más difusa parece nuestra experiencia del tiempo. Vivimos en una simultaneidad constante, donde el presente se fragmenta en notificaciones y estímulos. Sin embargo, la relevancia de medir el tiempo permanece intacta. En física, es una variable fundamental; en economía, un recurso escaso; en biología, un ritmo interno; en la vida humana, una conciencia inevitable de finitud. El reloj no sólo organiza nuestras agendas: estructura nuestra percepción del mundo. Quizás la mayor ironía sea esta: mientras más hemos perfeccionado la medición del tiempo, menos lo comprendemos en su dimensión existencial. Sabemos medirlo con precisión atómica, pero seguimos sin poder detenerlo, expandirlo o revivirlo. El reloj, en su tic-tac —o en su silenciosa vibración digital—, no sólo marca las horas: nos recuerda, con elegancia implacable, que somos pasajeros de aquello que intentamos medir. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
5
14
35
1.1K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
LA INTELIGENCIA FRENTE A LA NECEDAD Cuando el pensamiento crítico es una virtud individual. Hay una tensión silenciosa, pero constante, en la convivencia humana: la relación entre la inteligencia y la necedad. No es una tensión nueva, ni propia de nuestra era digital; es, más bien, una constante antropológica que pensadores como Schopenhauer observaron con una lucidez casi incómoda. En algunos de sus textos recoge precisamente esa mirada cruda: cómo los individuos más lúcidos enfrentan —o sobreviven— a la omnipresencia de la estupidez. El punto de partida es provocador, pero difícil de refutar: la estupidez no es una anomalía, sino una condición ampliamente distribuida. No se trata simplemente de ignorancia —que puede corregirse—, sino de una limitación estructural en la capacidad de comprender, procesar o cuestionar la realidad. Y frente a ello, la inteligencia no siempre triunfa; muchas veces, apenas resiste. El error más común del individuo inteligente es suponer que la razón tiene poder persuasivo universal. Cree que un buen argumento basta. Que la evidencia es suficiente. Que la lógica, finalmente, se impondrá. Pero la experiencia —y la filosofía— enseñan lo contrario: la necedad no dialoga, reacciona, se ofende sin analizar y afirma sin dudar. En ese terreno, la inteligencia pierde su principal ventaja: el lenguaje compartido de la razón. De ahí surge una de las ideas más inquietantes del planteamiento: discutir con personas necias no solo es inútil, sino contraproducente. No porque el argumento sea débil, sino porque el receptor carece de las herramientas cognitivas o disposicionales para procesarlo. El resultado no es aprendizaje, sino escalada: frustración, agresividad y polarización. En ese contexto, el comportamiento del individuo inteligente no debería orientarse a convencer, sino a gestionar. Gestionar su energía, su tiempo, su exposición. Elegir cuidadosamente las batallas intelectuales. Entender que no toda discusión merece ser sostenida, ni toda opinión merece ser refutada. Esto no implica elitismo ni desprecio, sino una forma de higiene mental. Porque el verdadero riesgo no es sólo perder una discusión, sino degradar el propio nivel de pensamiento al intentar adaptarlo a un interlocutor que no busca comprender, sino imponerse. En palabras implícitas del enfoque schopenhaueriano: quien desciende demasiado para ser entendido, termina por diluirse. Hay también una dimensión estratégica, la inteligencia efectiva no es sólo capacidad analítica, sino también prudencia conductual. Saber cuándo hablar y cuándo callar. Cuándo explicar y cuándo retirarse. Cuándo insistir… y cuándo abandonar. No por derrota, sino por lucidez, por tranquilidad, y porque no, por salud mental. En el fondo, el planteamiento es incómodo porque desmonta una ilusión profundamente arraigada: la de que el mundo es un espacio donde la razón compite en igualdad de condiciones. No lo es. La inteligencia, paradójicamente, suele operar en desventaja frente a la simplificación, el ruido y la certeza infundada. Y sin embargo, hay una forma de dignidad en esa posición. La inteligencia no necesita imponerse para validarse. Su valor no está en ganar discusiones, sino en comprender mejor la realidad, incluso cuando esa comprensión incluye aceptar los límites del otro. Quizás la verdadera sabiduría, entonces, no consista en corregir la estupidez ajena, sino en no dejarse arrastrar por ella. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
5
22
55
1.3K
Mis Columnas retweetledi
ReneX
ReneX@Eneatipo7·
EL PENSAMIENTO CONFINADO Un breve relato de la palabra violenta. Cuando la ideología deja de ser pensamiento y se convierte en reflejo. Hay un punto —difuso, pero reconocible— en que la ideología política deja de ser una herramienta para comprender el mundo y pasa a ser un mecanismo de clausura cognitiva. En ese instante, el individuo ya no piensa: reacciona, y no argumenta: repite. Y, en su forma más degradada, ya no dialoga: insulta, pero no me refiero al insulto criollo o a un fácil improperio coloquial, sino, a ese que evidencia la total enajenación de la razón. El problema no es que la ideología influya —eso es inevitable—, sino que capture por completo la estructura mental. Cuando disentir se percibe como traición, el pensamiento crítico comienza a erosionarse. No desaparece de golpe; se atrofia, como un músculo abandonado. Desde la neurociencia, no se trata de que el neocórtex “se apague”, sino de un desplazamiento funcional. El razonamiento deliberativo cede frente a circuitos más primitivos asociados a la amenaza y la pertenencia. El desacuerdo deja de ser una diferencia de ideas y se procesa como un ataque. Y frente al ataque, emerge la respuesta más antigua: la agresión. En ese contexto, el insulto no es un exceso: es un síntoma. Quien insulta no defiende una idea, defiende su identidad. Por eso el lenguaje se empobrece, la sintaxis se desmorona y el pensamiento se reduce a consignas. La ortografía, por cierto, suele ser la primera baja en combate. Las redes sociales amplifican este fenómeno con precisión quirúrgica. Funcionan como cámaras de eco donde la validación sustituye a la reflexión. El algoritmo no premia la verdad, sino la intensidad. Así, el fanático no es corregido: es reforzado. Cada interacción confirma su pertenencia y endurece su posición. Se configura entonces una correlación incómoda: a mayor rigidez ideológica, menor sofisticación discursiva. No es una ley universal, pero sí una tendencia observable. El pensamiento complejo exige matices y duda; el fanatismo exige certezas. Y las certezas absolutas son cognitivamente baratas: no requieren análisis, sólo adhesión. Conviene precisar: no toda convicción firme es fanatismo. La diferencia está en la permeabilidad. El fanático no escucha ni revisa; su sistema cognitivo, opera en circuito cerrado. Toda disonancia es descartada o reinterpretada como agresión. ¿Y qué hacer frente a esto? La tentación es responder en el mismo tono, descender al barro. Sin embargo es un error. Discutir con quien ha renunciado al pensamiento crítico es como jugar ajedrez con una paloma: tirará las piezas, ensuciará el tablero y se irá convencida de haber ganado. La respuesta eficaz es más sobria: no conceder el marco emocional. Elegir cuándo y con quién dialogar es una forma superior de inteligencia. No todo interlocutor merece argumento; algunos apenas califican como estruendo y ruido. Además, conviene entender que el fanático no es fuerte, sino frágil. Su agresividad es proporcional a la inseguridad de sus certezas. Necesita del conflicto para sostenerse. Privarlo de ese combustible es, en sí mismo, una estrategia. En el fondo, el fanatismo político en redes no es sólo un problema ideológico: es un déficit de alfabetización cognitiva. Una incapacidad para sostener la duda, procesar la complejidad y tolerar la contradicción. Ahí se traza la línea divisoria: algunos usan la política para pensar mejor; otros, para dejar de pensar. Los primeros construyen argumentos. Los segundos —en su versión más básica— apenas logran construir una frase sin tropezar con ella. Y es en ese tropiezo donde queda expuesta, sin disimulo, la verdadera derrota: no la del adversario, sino la de la inteligencia misma. @MisColumnas
ReneX tweet media
Español
2
19
34
1.1K