
Malena, mi hermana mayor, nuestra Malena, ha cruzado ese umbral donde la vida deja de ser visible para volverse misterio. María Magdalena ha vuelto a la Casa Eterna y, sin embargo, lo que hoy nos desarma no es sólo su partida, sino la manera en que su presencia había tejido nuestras certezas más íntimas. Crecimos creyendo, casi sin saberlo, que personas como ella eran eternas, inquebrantables, que su lugar en nuestra vida estaba a salvo del tiempo. Malena no cabe en la palabra ausencia. Ella permanece en nosotros de una manera distinta, más profunda. Gracias por siempre haber estado. Descansa en paz, querida hermana.

