
BRILLANTE SPOT DEL DÍA DEL NIÑO DEL GOBIERNO DE @JMilei. Se puso fin en Argentina al engaño y la confusión sexual promovida por el Estado contra los niños, que lleva el nombre de “ideología de género”. La historia del Estado moderno es la historia de la colonización de los más variados ámbitos de la vida social, privada y hasta íntima de las personas por parte de la autoridad política. En los últimos años, por vía de compromisos impuestos desde la ONU (ver Cuarta Conferencia de la Mujer en Beijing de 1994 y, más recientemente, la Agenda 2030), el Estado avanzó sobre la dimensión sexual de las personas, bajo la promesa de “liberarlas” del yugo sociocultural inscrito en el sexo. Para esto, hubo que decirles, en primer lugar, que la identidad sexual no tenía vínculo alguno con la realidad corpórea de la persona humana; hubo que insistirles con la disparatada idea de que, si los órganos sexuales (masculinos y femeninos) y, más aún, la configuración cromosómica (XY, XX) determinaban categorías identitarias sexuales (varones y mujeres), eso se debía a una arbitrariedad opresiva de carácter sociocultural. Seguidamente, hubo que hacerles creer que la identidad humana se determinaba con arreglo a la mera voluntad personal; que, como una plastilina, el ser humano se moldea a sí mismo sin límite alguno; y, lo más absurdo de todo, que el acto de moldearse sería sencillamente el acto de autopercibirse de tal o cual manera. De esta forma, el poder político y sus esbirros (intelectuales, periodistas, burócratas, etc.) se postulaban a sí mismos como los liberadores de una absurda trama que ellos mismos inventaron para expandir su poder. De repente, la estructura binaria de la sexualidad de nuestra especie (varón/mujer) se convirtió en el lugar de una opresión que requería de la intervención del Estado. La dialéctica opresor/oprimido, siempre impulsada por el mismo poder que se agiganta en cada promesa de “liberación” que esboza, tomaba ahora al sexo como su campo de batalla. De inmediato, empresarios inmorales se dieron cuenta de que todo este desquicio ideológico multiplicaba sus ventas de hormonas sintéticas y cirugías de mutilación de órganos sanos (“cambio de género”, en la neolengua en boga). La confusión llegaba, sobre todo, a los más chicos, quienes ya habían sido adoctrinados en la materia: como un dogma de fe, debían creer sin cuestionar que la realidad de su cuerpo no determinaba su identidad sexual y que, si su cuerpo estorbaba, aunque estuviera sano, debían autoagredirse y provocarse daños irreversibles. La ideología de género no es la ideología de las minorías, sino la del poder. Un poder que, desde luego, se escuda en minorías conflictuadas consigo mismas, minorías que sienten algún tipo de alivio cuando el poderoso de turno convenientemente las utiliza. El gobierno de Milei le pone freno a esto de inmediato, y lo hace precisamente en el Día del Niño. Todos esos desquiciados, pervertidos y obsesionados con el sexo de los niños, que convenientemente han promovido la ideología de género, hoy lloriquean y maldicen a quien les ha arrebatado a sus víctimas para protegerlas de su maldad. Solo pensar en cómo se regocijaban todos esos políticos, periodistas y activistas con cada niñito confundido en su identidad, con cada niñito sometido a terribles terapias de hormonización cruzada, con cada niñito sexualmente mutilado, hierve la sangre. Luchar contra la ideología de género es luchar a favor de los niños. Bien por el gobierno de Milei. ¡Feliz Día del Niño!










