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Lo que Colombia puede aprender de Singapur.
Colombia acaba de elegir presidente. Abelardo de la Espriella empieza a armar el equipo con el que gobernará y, en ese momento, un gobierno revela su idea más íntima del Estado: a quién llama, cuánto le exige y qué está dispuesto a tolerar. Si el próximo gobierno quiere hacer algo más que cambiar de discurso, debería mirar las lecciones de uno de los casos de éxito más asombrosos de la historia: Singapur.
Singapur no nació como una historia de independencia gloriosa. Era una pequeña isla tan miserable que, en 1965, Malasia la expulsó de su federación. La sacó de su mapa. La escupió. La nueva república quedó sola, sin recursos naturales, con un mercado interno minúsculo, desempleo, tugurios y problemas sanitarios. Básicamente, era un pantano lleno de malaria.
Pero en poco tiempo se convirtió en una de las sociedades más ricas, seguras y limpias del mundo. Más rica por habitante que el Reino Unido. El método de Lee Kuan Yew, fundador de Singapur y el hombre que la sacó del lodo, era brutalmente pragmático: averiguar qué funciona y replicarlo. Probar las políticas y conservar, adaptar o desechar según los resultados. Menos ideología, menos excusas, menos teatro y menos pelea de izquierda contra derecha. Más mérito, más ejecución y más resultados.
La lección no pasó inadvertida. En 1978, Deng Xiaoping, el arquitecto de la China moderna, viajó a Singapur a reunirse con Lee, vio de cerca lo que una isla sin recursos había logrado con apertura, disciplina y pragmatismo, y poco después China emprendió su propia reforma. Un país no tiene que inventarlo todo. También puede aprender de quien ya encontró una forma mejor de hacerlo.
Las objeciones automáticas en contra de Lee siempre son que Singapur funciona porque es pequeño y que admirarlo equivale a querer una dictadura. Absurdo. Ambas son formas cómodas de no querer hacer nada. La lección no es copiar la escala de una ciudad-Estado ni el autoritarismo de Lee, sino los principios que sirven en cualquier país: escoger a los mejores, castigar la corrupción, hacer cumplir las leyes y los contratos, planear a largo plazo y lograr que el Estado funcione.
La lección para Colombia no es importar censura ni obediencia política, sino construir, dentro de nuestra democracia, un Estado funcional. Eso significa contratar a los mejores, que los funcionarios lleguen por mérito y no por rosca, y pagar lo suficiente para competir por talento con el sector privado. Significa que servir al país sea un honor y no un refugio ni una cuota burocrática. Que robarse los recursos públicos destruya carreras, en vez de ser una etapa más de la vida política. Y que el Gobierno deje de comprar mayorías en el Congreso con mermelada.
Está claro que Colombia no puede convertirse en una ciudad-Estado y que Lee Kuan Yew no es un modelo completo de demócrata liberal. Pero un país puede aprender de otro sin copiarlo por completo. Eso es lo que quiero copiar para Colombia: la ambición de dejar atrás la pobreza, la corrupción, el desorden y la resignación. Construir un Estado serio, donde se premie al capaz, se castigue al ladrón y las cosas funcionen de verdad.
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