Rodrigo Marquez me-retweet

La «liberación sexual» es uno de los elementos fundamentales de esta época posmoderna y se define como la independencia del sexo respecto de la moral y propende a desarrollarse sin limitaciones ni tabúes.
De alguna manera podemos decir que los placeres se han «democratizado». Antes había una «jerarquía» de placeres: los espirituales tenían la primacía y los corporales eran moralmente buenos en la medida en que éstos se veían determinados y ordenados según la recta razón.
Sin embargo, hoy todos los placeres están en el mismo plano de igualdad y la prioridad de uno por encima de otro depende de la decisión arbitraria del sujeto o, como mucho, de la pirámide de «valores» que éste tenga, aunque dichos valores, especialmente el que esté situado en el vértice, contradigan una vida buena y virtuosa.
Por lo que vemos, la sexualidad sin «orden» ni limitaciones naturales y sobrenaturales, o sea, sin criterios racionales y morales rectos, conduce al hombre hodierno al desenfreno y al furor que «atomizan» la misma sociedad, pues ésta está hoy configurada mediante parámetros hedonistas. Es más, el mismo individuo, arrastrado por los excesos y siempre insatisfecho, termina experimentándose en su vacuidad y, existencialmente, fuera de quicio.
Finalmente, la propia Iglesia, de hecho, está afectada, en su mundanización manifiesta, por esta dinámica deletérea, pero no sólo en el plano práctico, con los escándalos sexuales de algunos que han avergonzado a todos, sino también a nivel teórico. Concretamente, encontramos algunas pseudoteologías inficionadas por esta apabullante pansexualización, de tal manera que leemos y escuchamos sentencias escandalosas y sacrílegas que «mistifican» el sexo o que pretenden «sexualizar» la mística o, lo que es más grave, incluso el sacramento de la eucaristía, como si ésta pudiera comprenderse a la luz de la sexualidad; así lo profieren algunos insensatos.

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