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Me da risa cuando dicen que Iván Cepeda solo quiere vengarse de Uribe, que en su programa lo nombra 97 veces y no sé cuántas cosas más. Desde mi perspectiva, Cepeda es un defensor de la paz a ultranza. Evita el conflicto de todas las formas posibles. En cientos de debates en el Senado no se le escucha gritando ni usando un lenguaje energúmeno. La mayoría de veces evita caer en ataques personales contra otros candidatos porque simplemente no encaja con el odio, la grosería y el show mediático en el que convirtieron la política.
Muchos dicen que le falta ser más confrontativo, “dar más de qué hablar”, pero precisamente eso parece no interesarle. Es una persona tranquila, una víctima del terrorismo de Estado, de montajes judiciales y de una persecución política constante. Nunca han podido sacarle nada judicialmente sólido: ni siquiera una imputación seria por corrupción, despojo de tierras, apropiación de baldíos o escándalos similares a los que sí rodean a otros sectores políticos.
A Cepeda se le castiga por defender la paz. Y eso, tristemente, es entendible en una sociedad que muchas veces premia más el plomo que el diálogo; una sociedad donde algunos se creen muy “frenteros”, groseros y radicales desde la comodidad de sus casas, pero esperan que la guerra la pongan los pobres, los jóvenes sin oportunidades y las regiones abandonadas. Que se maten entre ellos, pero nunca los hijos de quienes piden bala desde un sofá.
En algo tiene razón Cepeda en su conversación con @MJDuzan: el debate no es solamente entre tres candidatos, sino entre dos visiones de sociedad. Una que pretende profundizar el conflicto repartiendo plomo a diestra y siniestra, y otra que entiende que Colombia no aguanta más guerra.
El conflicto armado colombiano ha dejado más de 10 millones de víctimas registradas. Esa cifra debería bastar para entender que el país no necesita más discursos de muerte, sino una apuesta seria por la paz. Y no, la paz no se logra únicamente con un acuerdo; mucho menos cuando hay sectores dedicados a sabotearlo, estigmatizarlo y hacerlo ver como la causa de todos los males.
También hay que decirlo: el Estado colombiano, pese a su evolución institucional, ha tenido una responsabilidad histórica enorme en la violencia. Antes de hablar con tanta ligereza de “orden”, conviene recordar fenómenos como los pájaros, los chulavitas, la violencia bipartidista y las estructuras armadas amparadas o toleradas desde el poder. La historia de Colombia no empezó ayer ni se explica con frases de campaña.
Por eso defino totalmente mi apoyo a Iván Cepeda: porque defiende la paz, porque no entra en ese espectáculo bochornoso en el que quieren convertir la política. Ni periodicazos, ni bailes ridículos, ni gritos, ni amenazas de muerte, ni discursos de destripación, ni bala, ni plomo, ni “soy la hija de…”.
También admiro que sea crítico con el Gobierno cuando debe serlo y que, a diferencia de Petro, no parezca dispuesto a abrirle la puerta a todo el mundo solo por ganar. La paz no puede ser un eslogan electoral ni una bolsa donde cabe cualquiera. Tiene que ser una convicción.
La paz es mucho más difícil que la guerra. La guerra es el reflejo más básico del poder; la paz exige carácter, inteligencia y humanidad. Por eso admiro y apoyo a Iván Cepeda, y por eso quiero que sea presidente de una nueva Colombia
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