
La decisión asumida por la selección venezolana de béisbol de no asistir al Palacio de Miraflores, después de haber ganado el Campeonato Mundial de béisbol, es una manifestación de coherencia y dignidad que debe ser tenida en cuenta y con el debido rigor. El hecho de que solamente se envíe el trofeo que los distingue como campeones pone muy clara la separación que existe entre la victoria deportiva y la narrativa política del momento. Esa decisión es la demostración de que el deporte puede y debe servir para el encuentro y no como una mercancía exportable en pro de las posiciones del régimen. Los jugadores están muy conscientes de que la victoria es un patrimonio de todos los venezolanos; por consiguiente, fueron cuidadosos para que la gesta atlética pueda tener un destino por encima de propaganda política. Son grandes no solo por su desempeño en “el diamante”; son grandes porque son grandes “fuera del diamante”.






















