Noah Higón Bellver@nh487
Mi padre es un lector voraz. De esos que leen con hambre, con paciencia y con una honestidad casi feroz. Por eso, cada vez que escribo algo, sé que tarde o temprano pasará por su criba. Y siempre lo ha hecho como lector, no como padre. Con la distancia necesaria para decirme la verdad, incluso cuando la verdad no es cómoda.
Pero el otro día ocurrió algo distinto.
Mientras hablábamos de lo último que había escrito, dejó de analizar el texto y me miró a mí. No como lector. Como padre.
Me dijo que había algo que se repetía en todo lo que escribo.
Un mismo génesis.
Un mismo lugar de partida.
Y también de llegada.
El dolor.
Según él, todo lo que escribo acaba convergiendo ahí, como si mis palabras recorrieran muchos caminos distintos solo para volver siempre al mismo sitio.
Me quedé pensando.
No porque no supiera que tenía razón, sino porque no encontraba una respuesta que pudiera aliviarle. Hay verdades que no se pueden maquillar para hacerlas más amables.
Al final le dije lo único que podía decirle con honestidad: que esa es mi vida.
Que no puedo huir de lo que soy ni de lo que me ha atravesado. Que lo único que he aprendido a hacer es transformarlo. Convertirlo en algo que respire fuera de mí para que no me asfixie dentro.
Supongo que en el fondo él ya lo sabía. Los padres suelen saber más de lo que dicen. Pero también imagino que debe de ser duro aceptar que el mapa emocional de una hija tenga ese territorio marcado con tanta tinta.
Intenté tranquilizarle.
Le dije que no se preocupara, que he aprendido a transitar el dolor en todas sus formas. Que he aprendido a caminarlo, a nombrarlo, incluso a sentarme a su lado cuando decide quedarse un rato más de la cuenta.
Y que, aunque a veces ha podido conmigo, aquí seguimos.
Conviviendo.
Al final el dolor y yo hemos terminado desarrollando una especie de pacto silencioso. No es exactamente amistad, pero sí algo parecido a un matrimonio bastante bien avenido.
Hoy he abierto Instagram y me ha recordado que es el Día Mundial del Riñón. O de la salud renal. Ya no sé muy bien cómo lo llaman.
A este paso, pensé, no me van a quedar días en el calendario para celebrar.
Y aun así me hizo gracia.
Porque cuando la vida se empeña en recordarte ciertas cosas con tanta insistencia, el humor termina siendo la forma más digna de contestarle.
Así que nada.
Feliz jueves.
Y, sobre todo, feliz vida.
Noah Higón