Hecthor retweetledi

Andrés Manuel López Obrador es el narco-delincuente más exitoso que ha parido México en la era moderna. Un populista mentiroso, resentido y autoritario que convirtió la presidencia en un circo personal de odio, corrupción y destrucción sistemática del país.
Con su estúpida consigna de «abrazos, no balazos», desató la peor ola de violencia en la historia contemporánea mexicana, entregando regiones enteras a los cárteles mientras el Ejército se dedicaba a bailar, plantar árboles y hacer propaganda en TikTok. Una tendencia que le enseñó muy bien a su discípula sucesora. Esto no se puede esconder: más de 200 mil personas fueron asesinadas durante su sexenio al frente del país. ¿Y el desarrollo económico? Bueno, tiene el «honor» de haber legado un vergonzoso promedio anual de solo 0,7 %.
Este payaso con cara de abuelo bonachón es un inepto monumental que hundió la economía, arrasó con las instituciones, saqueó Pemex y la CFE, disparó la inflación, multiplicó la pobreza y la emigración, y todo mientras presumía de ser «el presidente más honesto de la historia». A la par, su familia, sus amigos y sus más allegados se llenaban los bolsillos.
Su relación vomitiva con los hermanos Castro y con el tirano Díaz-Canel es de asco puro. Lamebotas servil de la dictadura cubana más longeva y fracasada del continente, a la que mandó millones de dólares, petróleo y apoyo incondicional mientras el pueblo cubano se muere de hambre, represión y miseria. Besó las manos ensangrentadas de Fidel y Raúl Castro, invitó a Díaz-Canel a desfiles y le rindió pleitesía como si fuera un faro moral, traicionando a México y a todo principio democrático solo para alimentar su ego de izquierdista trasnochado y su culto a la personalidad tercermundista.
Sí, es un charlatán mediocre, vengativo y peligrosamente idiota que dejó México más pobre, más violento, más dividido y más humillado que nunca, todo envuelto en discursos mañaneros llenos de mentiras y odio de clase. Un delincuente de cuello blanco con banda presidencial que pasará a la historia como el mayor destructor que haya ocupado el Palacio Nacional. No lo digo yo, lo dice la historia. Las verdades duelen, molestan, pero no dejan de ser verdades solo porque a ti te incomoden.

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