Patri.- retweetledi

Las investigaciones muestran que las quejas repetidas reconfiguran físicamente el cerebro para priorizar el estrés y la negatividad.
La forma en que hablamos de nuestros desafíos diarios hace más que simplemente expresar frustración: altera físicamente la arquitectura del cerebro.
Cuando nos quejamos crónicamente, activamos repetidamente redes neuronales responsables de detectar amenazas y procesar el estrés.
Mediante el proceso biológico de la neuroplasticidad, estos circuitos se fortalecen y se vuelven más eficientes con cada uso. En esencia, el cerebro aprende a ser más hábil para encontrar motivos de infelicidad, convirtiendo un estado de ánimo temporal en una predisposición biológica permanente a la negatividad y al pensamiento basado en el miedo.
A medida que estas vías negativas se convierten en la configuración predeterminada del cerebro, las personas suelen experimentar un aumento medible en los niveles basales de estrés y volatilidad emocional. Esta mayor sensibilidad significa que incluso los inconvenientes más pequeños pueden desencadenar una intensa respuesta al estrés, ya que el cerebro ha sido condicionado a interpretar el mundo a través de una lente de amenaza. Los hallazgos analizados por la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford enfatizan que, si bien este mecanismo es poderoso, comprender la neurociencia afectiva es el primer paso para redirigir conscientemente esas vías hacia patrones emocionales más resilientes.
Fuente: Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. (2023). Plasticidad neuronal y el impacto de los patrones de pensamiento negativos en la regulación emocional. Stanford Medicine News.

Español





















