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@ROSE1O1DM
Placebo,Depeche Mode,Linkin Park,30Seconds to Mars...Oasis....Beady Eye.....entre los màs destacados llenan a diario mi vida!!!!!!!!!!!
España Katılım Mart 2011
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A mi todo esto me parece innecesario, humillante, inmisericorde, un trato inhumano a un ex presidente, a un servidor público, algo que nunca veríamos en el caso de otro ex presidente, no veríamos las joyas de Ana Botella ni las pulseras que heredó Elvi de su abuela. Triste país!!
EL PAÍS@el_pais
🔴 ÚLTIMA HORA | La policía encontró en la caja fuerte del despacho de Zapatero collares, pulseras, relojes y pendientes social.elpais.com/affuj9
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No hay irregularidad en la gestión de la cátedra.
No hay enriquecimiento ilícito.
No hay movimientos sospechosos en sus cuentas.
Lo que hay es una persona honesta a la que quieren destruir su vida y atacar al Gobierno.
Dos años de persecución y acoso que deben terminar cuanto antes. La verdad se abrirá paso.
elpais.com/espana/2026-05…
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Acabamos de poner en marcha esta web encargada de desmentir bulos. Encontrarás algunos de los que se han publicado desde el accidente de Adamuz. Si quieres información de verdad, pulsa el enlace. transportes.gob.es/ministerio/com…
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Que a Zapatero le han encontrado joyas de su familia…
Y?🙄
Otros han vendido cuadros de Goya, intentando estafar a sus hermanos y ahí están, en las 📺
Un juez condena al marido de Esperanza Aguirre a pagar 853.732 euros a su hermano por vender un Goya rtve.es/n/16830835/
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7.291: NO ES UN MUNDO PARA VIEJOS
Los protocolos de la vergüenza de Ayuso representaron una condena a muerte para los ancianos de las residencias sin seguro médico privado
El pasado miércoles 20 de mayo tuve el privilegio de presentar en el Centro Cultural Blas de Otero el cómic 7291, un trabajo de Raúl Cordero (guionista y editor) y Boris Ramírez Barba (dibujante) publicado por la editorial Maldragón. Nos acompañó Carmen Martín García, de la asociación 7.291. Verdad y Justicia. Fue un acto emotivo y necesario, pues sirvió para recordar a esos ancianos que murieron de forma indigna en las residencias de la Comunidad de Madrid por culpa de unos infames protocolos. Durante la epidemia del covid-19, un equipo de expertos elaboró un procedimiento inhumano para evitar que los residentes con discapacidad o deterioro cognitivo fueran trasladados a hospitales. Se excluyó de esta norma a los que disponían de un seguro médico privado. Evidentemente, esta medida no se adoptó sin el conocimiento de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Eso sí, no estampó su firma en ningún documento. Carlos Mur, director general de Coordinación Sociosanitaria, asumió ese papel. Eso explica que ahora sea uno de los cuatro imputados por denegación discriminatoria de asistencia sanitaria y prevaricación. Los otros tres son Francisco Javier Martínez Peromingo, médico geriatra y sucesor de Carlos Mur; Pablo Busca Ostolaza, exdirector general del Servicio de Urgencias Médicas de Madrid (SUMMA 112) y Antonio Burgueño Torijano, médico y asesor externo contratado para el diseño del plan de contingencia y la medicalización de las residencias. Una medicalización nunca se llevó a cabo, supuestamente por falta de recursos. Peromingo fue el redactor y el principal arquitecto de los protocolos.
Aunque la responsabilidad última apunta de forma inequívoca a Díaz Ayuso, Almudena Lastra, Fiscal Superior de la Comunidad de Madrid, exculpó públicamente a la administración autonómica, asegurando que se habían realizado muchos traslados. Cierto. Los ancianos con seguro médico privado disfrutaron de un ingreso hospitalario porque sus pólizas cubrieron todos los gastos. El 65% de ese grupo de privilegiados se salvó. A partir de ese dato, la Comisión Ciudadana por la Verdad en las Residencias de Madrid, presidida por el magistrado emérito del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín y compuesta por reconocidos especialistas en salud pública, epidemiología y derecho, llegó a la conclusión de que 4.739 personas habrían sobrevivido si hubieran recibido atención médica en un hospital.
Ayuso ha respondido con insultos a las exigencias de justicia y reparación de las familias de las víctimas, dedicándoles expresiones como “plataforma de frustrados”, “marea de rebotados” y “chiringuitos con políticos venidos a menos”. En un debate en la Asamblea de Madrid, soltó un exabrupto particularmente grosero: “Siempre nos están llevando por las mismas mierdas”. Nada nuevo bajo el sol. Ya sabíamos que Díaz Ayuso es una desalmada y que la justicia española funciona como un golpe de estado permanente contra la democracia.
7.291 es una cifra inexacta, pues según nos explicó Carmen Martín García el número real es muy superior. En algunas residencias, los cadáveres se apilaban en sótanos y pasillos. Las estimaciones de esta naturaleza siempre son imprecisas. En el genocidio perpetrado en Gaza por el gobierno de Netanyahu, se han contabilizado más de 70.000 víctimas, la mayoría mujeres y niños. Sin embargo, Francesca Albanese, Relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos, ha aventurado que las víctimas podrían ascender a más de 500.000. No está de más recordar que Ayuso ha apoyado los crímenes de Israel, afirmando que solo han constituido “un acto de legítima defensa contra el terror”. Nunca sabremos el número real de víctimas de los protocolos de la vergüenza, pero gracias a un cómic como 7.291podemos ponernos en la piel de los ancianos abandonados en las residencias.
Cordero y Ramírez narra la tragedia desde la perspectiva de Rosa, Esther y Marta, tres auxiliares de geriatría en una residencia de la Comunidad de Madrid. Sensibles, humanas y comprometidas, soportan la doble presión de cuidar en sus centros de trabajo y en sus hogares. Casi todos los auxiliares son mujeres. Los avances contra el machismo no han logrado que los hombres abandonen su resistencia a realizar este tipo de actividades. Cuando estalla la pandemia, Rosa, Esther y Marta, lejos de recibir el apoyo de sus superiores, tienen que recurrir al ingenio y el coraje para protegerse y atender a los ancianos a su cargo. Al principio, el director de la residencia no les deja utilizar mascarillas con el pretexto de que es una medida innecesaria y alarmista, pero cuando los contagios se disparan, abandona su despacho y se desentiende del sufrimiento de los ancianos y sus cuidadoras. Es la misma actitud frívola y egoísta de Ayuso, que aparece brevemente, prometiendo la medicalización de las residencias, poco antes de comerse una paella en un restaurante. Cuando le preguntan si su promesa es realista, se encoge de hombros y contesta que se ha limitado a decir lo que han indicado.
Borís Ramírez reconoce la influencia del ilustrador británico David McKean, un artista multifacético, pues también trabaja como fotógrafo, diseñador, pianista y director de cine. McKean cultiva un estilo surrealista, oscuro y onírico. Su forma de reproducir la realidad evoca los contrastes del expresionismo, que deforma la anatomía humana para atrapar las turbulencias más íntimas. Lo espectral, nocturno y simbólico salpica unas ilustraciones que eluden deliberadamente el realismo. McKean y Ramírez poseen la mirada de un espejo cóncavo. Distorsionan sistemáticamente para acercarse a la verdad oculta de las cosas. La portada, que muestra a un anciano en sillas de ruedas observando desde una ventana un cielo cortado por la silueta de los altos edificios de la gran urbe, refleja el desamparo y la soledad de los que afrontaron la muerte sin más consuelo que la compañía de sus cuidadoras. Una viñeta que ocupa toda la página muestra la impotencia de las auxiliares, incapaces de atender a todas las voces que suplican ayuda. Las viñetas en blanco, gris y azul evocan las pesadillas de Tim Burton. Todo parece terroríficamente irreal, pero sabemos que es real, dolorosamente real.
El guion de Raúl Cordero impulsa la historia con eficacia y convicción. Nada es afectado o inverosímil. Las tres auxiliares son personajes de carne y hueso, con problemas similares a los de miles de mujeres trabajadoras. Aunque los hechos se narran de forma retrospectiva, se aprecia que el dolor sigue muy vivo. No se trata solo de un trauma individual, sino de una catástrofe que ha dejado una huella devastadora en la memoria colectiva. El testimonio de Carmen Martín García añadió al acto el valor de la experiencia. Su madre sobrevivió al covid-19, pero Carmen considera que tiene una deuda con ella. Los ancianos de esa generación trabajaron duramente para crear una sociedad más justa y solidaria, pero su esfuerzo fue escarnecido con unos protocolos que los condenaron a morir de mala manera o a presenciar horrorizados cómo morían sus compañeros de habitación. Carmen nos recordó que todos somos vulnerables, que todos envejeceremos y que en cualquier momento podemos transformarnos en personas dependientes. No le falta razón, pero lo que sucedió en las residencias de Madrid solo pone de manifiesto algo que ya sabíamos y que intentamos olvidar. Nuestro mundo no es un mundo para viejos. Vivimos en una sociedad que rinde culto a la salud, la juventud y la prosperidad. La búsqueda incansable de beneficios está mermando la sanidad pública. Díaz Ayuso ordenó transferir 61 millones de euros originalmente presupuestados para las residencias públicas de mayores. Este gesto solo confirma que el capitalismo salvaje está destruyendo desde dentro el Estado del bienestar para implantar una especie de darwinismo social, donde los más débiles son descartados y marginados.
Afortunadamente, voces como las de Carmen, Raúl y Boris nos hacen sentir que la ternura y la compasión aún no han desaparecido. El porvenir puede ser distópico, pero está en nuestras manos evitarlo. Y el primer paso para conseguirlo es homenajear la memoria de las víctimas. El olvido es una segunda muerte. No permitamos que ocurra.
RAFAEL NARBONA
Publicado en la página de la Asociación Cultural Pilar Bardem instagram.com/labardem/?hl=es


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