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Protejamos la Laguna del Sapo en #Sevilla Este
La urbanizacion sobre las llanuras aluviales en Sevilla tuvo efectos dramáticos en el pasado y aún provoca el desbordamiento del Tamarguillo. En Sevilla Este ha sido necesaria una fuerte inversion para construir un enorme colector…

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@Ayto_Sevilla @tussamoficial Tiempos de espera de los autobuses. No digan luego que la #FeriadeSevilla es todo una maravilla.

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El Ayuntamiento ha quitado de la noche a la mañana y sin avisar el pipicán de la calle Médicos sin fronteras, en Sevilla Este.
Cientos de perros se han quedado sin su parque de juegos. Haremos todo lo posible para que este espacio vuelva a ser de los vecinos y sus animales.
@JuanToAragon
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Hace ochenta y dos años, en Niza, una chica de dieciséis años terminaba su examen final de secundaria como cualquier otra joven que sueña con el futuro, aferrándose a una normalidad que ya estaba resquebrajándose bajo el peso de la ocupación nazi, y apenas veinticuatro horas después, esa misma normalidad se rompía de forma irreversible cuando dos hombres la detuvieron en la calle, revisaron sus documentos y la arrastraron hacia una realidad de la que muy pocos regresaban; su nombre era Simone Veil, aunque entonces todavía era Simone Jacob, una adolescente que aún no sabía que su vida quedaría marcada para siempre.
Había crecido en una familia que creía profundamente en Francia, en sus valores, en la idea de que pertenecer a ese país era una garantía de dignidad y protección, pero la historia tenía otros planes, y en cuestión de horas fue separada de todo lo que conocía, enviada primero al campo de Drancy y después deportada a Auschwitz-Birkenau, donde dejó de ser una persona para convertirse en un número, donde el hambre, el frío y el miedo no eran episodios aislados, sino el paisaje cotidiano que definía cada día. Allí, junto a su madre y su hermana, aprendió que sobrevivir no era una cuestión de fuerza física, sino de vínculo, de resistencia interior y de una voluntad que se negaba a apagarse incluso cuando todo alrededor parecía diseñado para destruirla.
Perdió a su padre, a su hermano y, poco antes de la liberación, también a su madre, que resistió lo suficiente para mantenerlas con vida y luego desapareció en medio de la enfermedad y el agotamiento, dejando a Simone con apenas diecisiete años, sin hogar, sin familia completa y con un dolor que no podía explicarse con palabras, pero que tampoco logró detenerla. Porque cuando regresó a Francia, no eligió quedarse en ese lugar de pérdida, sino que decidió reconstruirse desde dentro, estudiar Derecho, convertirse en magistrada y dedicar su vida a algo que muchos habrían considerado imposible después de todo lo vivido: mejorar el mundo.
Años más tarde, como ministra de Salud, se enfrentó a un Parlamento hostil para defender una ley que cambiaría la vida de millones de mujeres, soportando insultos que intentaban reducirla, pero sin apartarse ni un centímetro de lo que creía justo, y ganó, dejando su nombre unido para siempre a una de las transformaciones sociales más importantes de Francia. Más adelante se convertiría en la primera mujer en presidir el Parlamento Europeo y, finalmente, en una de las pocas figuras honradas en el Panteón de París, no como símbolo de poder, sino como testimonio de lo que significa levantarse después de haberlo perdido casi todo.
Simone Veil no respondió a la pregunta de cómo seguir adelante con palabras.
Respondió con una vida entera.
Una vida que demuestra que incluso desde el lugar más oscuro… se puede volver a construir la luz.

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La escena se repite y aumenta cada año más: paso en la calle… y, delante, una selva de móviles. No es anecdótico. Es estructural. Y es un problema. Quien levanta el brazo no solo graba: tapa. Quien enciende la luz no solo ilumina: rompe la atmósfera. Quien planta un trípode no solo registra: invade. La tecnología no es el enemigo. El uso sin medida, sí. Las cofradías cuidan cada detalle durante meses. Lo mínimo exigible es que el espectador cuide su comportamiento durante unos minutos. Porque esto ya no va de libertad individual. Va de respeto colectivo.
Víctor D. Regalado González-Serna@VictorDRGS
No hay derecho a esto. En serio.
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El gorrión no solo es una especie que llena de vida nuestras ciudades, sino que además es un indicador de calidad ambiental y de nuestro bienestar. Su declive es una noticia terrible que nos recuerda la necesidad de entornos urbanos más verdes.
#DíaMundialDelGorrión

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Esta es la Laguna del Sapo en Sevilla Este. Escucha a quienes también viven en #SevillaHoy
El @Ayto_Sevilla quiere acabar con este enclave de tranquilidad y vida, quiere matar a su fauna para especular con sus sueños. Cada vez más gente la conoce, la disfruta y la defiende.
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LA HOSTELERÍA QUE EXPLOTA TU CIUDAD SE QUEJA.
Los hosteleros andaluces dicen que la presión fiscal y el absentismo laboral están asfixiando sus márgenes de beneficio, mientras su sector bate récord tras récord. Pero la asfixia en nuestros pueblos y ciudades tiene otros rostros.
Asfixia es no poder pagar el alquiler porque tu barrio se ha convertido en escaparate. Asfixia es trabajar en turismo con jornadas interminables, salarios al límite y contratos que nunca acaban de ser estables. Asfixia es ver cómo tu ciudad deja de pertenecer a quienes la habitan para convertirse en decorado.
Mientras tanto, los edificios cambian de manos, las calles se colonizan mesa a mesa y el espacio público se diluye como extensión del negocio privado. No es una invasión cultural: es económica. El modelo es maximizar la rentabilidad, externalizar costes y socializar las consecuencias.
Y aun así, vuelve el gran problema para ellos: el absentismo. Cuando se precariza el trabajo hasta el extremo, cualquier baja médica incomoda. Cuando el margen es dios, los derechos laborales parecen herejía. Hablan de esfuerzo, pero rara vez mencionan el salario. Hablan de competitividad, pero esquivan los derechos.
Lo más revelador: quienes hoy claman contra los impuestos saben encontrar, con precisión quirúrgica, la puerta de las ayudas públicas cuando no sopla el viento a su favor. Liberales en la bonanza; subsidiados en la tormenta.
Nuestros pueblos y ciudades bajo el turismo masivo: produce, sirve, sonríe, cobra… y poco a poco dejan de pertenecer a quienes los habitan y pasan a quienes los explotan.

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