Justo Serna

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@JustoSerna

…Catedrático de Historia Contemporánea…

Valencia Katılım Eylül 2009
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Justo Serna@JustoSerna·
Sergio del Molino. Historias laterales Los escritores anuncian novedades cuando aparece un libro suyo recién editado. Pero, además, los buenos escritores regresan a un punto que parecía haber quedado suspendido tiempo atrás. Sergio del Molino siempre regresa. Cuando publica un nuevo título, uno tiene la sensación —al menos yo la tengo— de que algo intermitente se reanuda: una conversación, una curiosidad, una indagación que viene de atrás. El autor la retoma. Y el lector hace memoria y se las ingenia para retomar la conversación precisamente en el punto en que quedó. A Del Molino lo leo desde hace tiempo. Lo he comentado en redes, en mi blog, también en la @revistamakma y, por supuesto, en la Llibreria Ramon Llull, en conversaciones que me resultaron muy instructivas. No siempre coincidimos: sería monótono o sospechoso coincidir en todo momento. Pero siempre me interesa lo que dice, lo que hace, lo que finalmente escribe. Tiene una cualidad poco frecuente: la de escribir libros que son preguntas que no siempre nos habíamos planteado. No me refiero a preguntas abstractas, sino a cuestiones concretas y situadas. Esto es, preguntas sobre España, sobre su memoria, sobre sus mitologías culturales. Sobre los relatos que nos contamos para entendernos. Todo ello, sin metafísicas nacionales, dolorosas o compensatorias. Cuando apareció ‘La España vacía’ (2016) muchos creyeron que aquello era simplemente una etiqueta brillante. Lo era, claro —las buenas etiquetas lo son—, pero también era otra cosa más inteligente: una manera de mirar el país desde los huecos, desde las ausencias, desde esos territorios donde el relato nacional parece debilitarse. A Del Molino le interesan mucho esas zonas vacías, aparentemente inertes o deslocalizadas, fuera de sitio. En los márgenes. Podríamos decir que practica una especie de arqueología narrativa: escarba en la memoria reciente, en las biografías, en los paisajes culturales, buscando algo que nos ayude a guiarnos en el incierto presente: ese del que pisamos su dudosa luz. A veces, Del Molino lo hace como reportero, otras como escritor de no ficción, otras como novelista. Las fronteras entre esos oficios y prácticas no parecen preocuparle demasiado. Citaré alguno de sus libros, pocos para lo que ya es una biblioteca de volúmenes imprescindibles. Recuerdo, por ejemplo, el impacto de ‘La hora violeta’ (2013). Es un libro que no puede leerse sin quedar sería o severamente afectado, conmocionado. Ahí la literatura se convierte en duelo, en memoria íntima, en tentativa de comprensión. O recuerdo ‘Un tal González’, dedicado al expresidente del Gobierno español, personaje antipático por diversas razones. La figura de González le sirve para recorrer una época entera de la política española. El expresidente recibe su merecido. Que cada cual sopese. En este caso aparece algo que Del Molino maneja con gran habilidad: la mezcla de investigación, memoria y relato. Y recuerdo también ‘Los alemanes’ (2024). Allí, en sus páginas, Del Molino vuelve a hacer algo que resuelve con maestría: tomar un episodio histórico poco conocido —la presencia de colonias alemanas en España, sus resonancias culturales, sus ecos políticos— para convertirlo en una historia mayor. ‘Los alemanes‘ es una novela que resulta, al mismo tiempo, investigación, evocación y reflexión sobre la memoria. Ahora publica ‘La hija’ (2026). Sigue aquí: open.substack.com/pub/justoserna…
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‘Masters of War’. De Eisenhower a Trump, pasando por Dylan En 1963, Bob Dylan escribió ‘Masters of War’. No era una canción agradable. Era, más bien, una invectiva con guitarra. Dylan no cantaba contra la guerra en abstracto —ese territorio donde se refugian los discursos morales—, sino contra quienes la fabrican, la planifican y la rentabilizan. Dos años antes, el presidente Eisenhower había formulado la advertencia que acabaría convirtiéndose en una de las frases políticas más citadas del siglo XX. En su discurso de despedida habló del complejo militar-industrial: la alianza cada vez más estrecha entre industria armamentística, aparato militar y poder político. Conviene recordar quién hablaba. No un viejo profesor pacifista, sino el general que había dirigido a los Aliados en Europa. Eisenhower conocía el engranaje y sospechaba que aquel mecanismo, una vez engrasado con suficiente dinero y poder, podría terminar necesitando guerras del mismo modo que una fábrica necesita pedidos. Bob Dylan, desde la cultura popular, llegó a la misma conclusión con bastante menos diplomacia. ¿Qué conclusión? Entre un general prudente y un cantante de veintipocos años se dibuja una intuición común: la guerra es un fenómeno antropológico universal; es también una serie de accidentes históricos; y es una fuente económica ahora ya de proporciones colosales. Sesenta años después, el paisaje resulta inquietantemente reconocible. La guerra como negocio es una fuente que se multiplicado hasta lo indecible. Marzo de 2026. Estados Unidos e Israel bombardean Irán. Los comunicados oficiales hablan de “objetivos estratégicos”. Esta expresión pertenece a ese curioso lenguaje burocrático con el que las guerras modernas evitan mencionar algo gravísimo y bastante menos abstracto: los muertos. Porque muertos hay. Y civiles en su mayoría, como casi siempre ocurre. Mientras tanto, el gasto militar, la caja de ingresos, avanza con una frialdad casi contable: cerca de mil millones de dólares al día. A ese ritmo, la guerra adquiere una cierta rutina presupuestaria que nos resulta impensable. Y en medio de todo esto aparece Donald Trump, cuya relación con la política exterior tiene mucho de negocio, de trato inmobiliario trasladado al tablero geopolítico. Amenaza, rectifica, vuelve a amenazar. Un día promete acabar con las guerras interminables; al poco celebra demostraciones de fuerza que alimentan —con notable eficacia— el mismo complejo militar-industrial sobre el que Eisenhower advertía. La ciudadanía observa la escena con un desconcierto comprensible. No está claro cuál es el objetivo final. ¿Acaso forzar un cambio de régimen? ¿Demostrar un poder apabullante? ¿O sencillamente mantener en funcionamiento una maquinaria que, una vez creada, necesita conflictos periódicos para justificarse? Las guerras modernas suelen empezar con objetivos estratégicos muy definidos para terminar dejando algo bastante menos definido: un vacío. Irak lo ilustra con claridad. El régimen cayó rápidamente, pero con él desapareció también el entramado institucional que sostenía el Estado. El resultado fue un desierto político en donde prosperaron insurgencias, milicias y nuevas violencias… ¿que nadie había previsto? Destruir instituciones es una tarea rápida. Construirlas exige décadas y una paciencia que rara vez figura en los planes militares. Por eso, ‘Masters of War’ suena incómodamente actual. Dylan no estaba haciendo poesía política en sentido noble. Estaba señalando una lógica. Cuando la guerra se vuelve rentable, deja de ser excepcional. Eisenhower lo advirtió con la prudencia de un alto mando ya retirado. Dylan lo gritó con una guitarra. Y nosotros seguimos aquí. Estamos intentando entender si estamos ante una crisis excepcional… o simplemente ante el funcionamiento normal de un sistema que periódicamente destruye para volver a empezar. Ah, y la parte edilicia, propiamente inmobiliaria del tema, no será asunto menor. youtu.be/JEmI_FT4YHU?is…
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Trump como ficción 
(2 de octubre de 2020)  He leído el libro escrito por la sobrina de Donald Trump, en este caso Mary L. Trump, sobre su pariente. Lo he leído de un tirón y dos veces. Dos veces. Principalmente para convencerme de que estaba leyendo una obra de calidad y no un mero libro de circunstancias. Y, en fin, para convencerme de que estaba conociendo de manera clínica —y no cínica— a un personaje necesitado de terapia. ‘Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man’ (2020). Así se titula el volumen de la sobrina. Tiene su punto estridente, sí. Quizás sin saberlo, o conscientemente, Mary L. Trump, la autora, encarna para su tío lo peor o casi lo peor que podría encarnar un enemigo. Mary L. Trump es lesbiana, es madre, está separada y, para más inri, forma parte de su familia, justamente el núcleo de parientes que deberían guardar silencio ante la obra magna del presidente. Lo leí —el libro— en castellano, en la edición de Urano, y a pesar de algunos defectos formales, tal vez provocados por la urgencia de la edición, es un volumen interesante. Permite ver a Trump como epítome, como epifenómeno (perdón por los terminachos). Permite verlo como efecto de las masas que en principio lo apoyaban por su incorrección. Permite ver el comportamiento patológico de un individuo que está al frente de numerosos poderes y que cuenta con recursos de todo tipo para saciar su voluntad de eso, de poder. En algún otro momento y en algún otro libro he abordado la figura de Trump a partir de las lecturas, creo que abundantes, que he hecho sobre el personaje. El payaso, el vendedor, el comediante, el pícaro, el hijo de papá, etcétera, son sólo algunas de las figuras que encarna y que en su imagen se solapan. En el libro de Mary L. Trump, el actual presidente de los Estados Unidos es sobre todo y principalmente un depredador, un tipo carente de sentimientos o de afectos duraderos. Un depredador. Es un individuo que ha debido crearse una ficción de sí mismo convenciéndose de sus cualidades cuando en el fondo ha sido eso, un hijo de papá, dependiente de los recursos y apoyos de su padre, Fred. Me refiero al descendiente del alemán emigrado, aquel que juzgó tan severamente a sus descendientes, sobre todo a las personas que no eran duras, crueles, dispuestas a sacrificar al oponente. Mary se salta las reglas. Se salta el pacto de silencio o de confidencialidad que ciñe a sus miembros. Ella no se siente concernida. O, al menos, ya no se siente concernida. “Espero que este libro termine con la práctica de referirse a las «estrategias» o «agendas» de Donald, como si él operara de acuerdo a cualquier principio organizativo. No lo hace”. No hay tal principio organizativo. Aparte de ser sobrina, Mary L. Trump ejerce de psicóloga. Sobre este asunto tiene estudios de postín. Pero la autora se contiene. En absoluto pretende diagnosticar su tío a trote cochinero y sólo a partir de los pocos datos personales, privados e íntimos que de él ha podido reunir. Ahora bien, como experta en la materia, sabe interpretar el comportamiento, la conducta, las tendencias y las prevalencias del actual presidente norteamericano. “El ego de Donald ha sido, y es, una barrera frágil e inadecuada entre él y el mundo real, que, gracias al dinero y el poder de su padre, nunca tuvo que negociar por sí mismo”, dice Mary L. “Donald siempre ha necesitado perpetuar la ficción que empezó mi abuelo de que es fuerte, inteligente y, por lo demás, extraordinario, porque enfrentarse a la verdad —que no es ninguna de esas cosas— es demasiado aterrador para que él lo contemple…” conversacionsobrehistoria.info/2024/11/10/don…
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Historia 21
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"La historia no es únicamente cosa de coleccionistas, anticuarios, de esas gentes que reúnen trastos y piezas del pasado. La historia tampoco es exclusivamente objeto de curiosos, de tipos que van tras las rarezas materiales y excepcionales de otros tiempos". @JustoSerna
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Umberto Eco. Lecciones póstumas El 19 de febrero de 2026 se cumplieron diez años de la muerte de Umberto Eco. Una década después, sus reflexiones sobre la interpretación siguen siendo una de las herramientas intelectuales más precisas para pensar el arte, la literatura y, en general, cualquier forma de creación. ¿Cómo interpretamos una obra? ¿Cuenta la intención del autor? ¿Y la del destinatario? ¿Existe algo así como las intenciones de la obra? ¿Todas las interpretaciones son posibles? ¿Hay algunas interpretaciones mejores que otras? Todo son preguntas. Para introducir estas cuestiones, tan características de Umberto Eco, permítaseme recurrir a una pequeña paradoja que me es muy querida y que podría llamar el misterio del destornillador. Me valgo de las propias cavilaciones del Professore. Veamos. ¿Qué es un destornillador? Un destornillador es, en principio, un instrumento utilitario: sirve para atornillar y desatornillar. ¿Y ya está? No, hay más. Fuera de su contexto, esa herramienta utilitaria puede adquirir otros usos y, por tanto, otros significados. Por ejemplo, puede exhibirse como un objeto técnico, como muestra del ingenio humano. Más aún, podría exponerse incluso como pieza digna de contemplación estética. Si la ‘Fuente’ (1917), de Marcel Duchamp, pudo alcanzar un estatus estético no veo por qué no podría ocurrir lo mismo con un destornillador. ¿Se imaginan? Punto y aparte. Que algo pueda usarse e interpretarse de muchas maneras no significa que todos los usos y todas las interpretaciones sean igualmente plausibles. Eco ya nos lo advirtió en ‘La estructura ausente’, libro publicado originariamente en 1968. Más adelante volvió sobre estas cuestiones replanteándolas con fina ironía: un destornillador puede servir, en teoría, para hurgarse el oído, pero sería una pertinencia absurda y hasta peligrosa, nada recomendable; y aunque un vaso de papel podría usarse como cenicero, nunca funcionará como destornillador. Con ejemplos como este, aparentemente triviales, Eco nos recordaba algo esencial: interpretar no es lo mismo que sobreinterpretar. Las obras admiten lecturas, pero también imponen límites. Con motivo de este décimo aniversario he escrito para MAKMA, para los amigos de MAKMA, un artículo. Lo titulo “Umberto Eco. Lecciones póstumas”. En dicha pieza reviso algunas de sus ideas más fértiles sobre la interpretación, sobre el sentido de las obras y sobre la responsabilidad del lector y espectador en una época saturada de signos. Si me hacen la caridad de leerme, pueden hacerlo en la revista, en una publicación a la que se le concedió el Premio Nacional a la Excelencia en Comunicación (2024). Aquí: makma.net/umberto-eco-le… ———- #UmbertoEco #Interpretación #Semiótica #MAKMA
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La guerra, otra vez No saldremos mejores. Que caiga un tirano siempre es una buena noticia. El ignominioso régimen de Irán, con un desprecio absoluto por los derechos humanos, merecía ser destruido sin falta por quienes principalmente lo han padecido durante décadas. ¿Justifica esa meta, si es que meta es, la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra dicho régimen? No parece que una transición a la democracia sea el móvil principal, ni siquiera el secundario, que mueva a ambas potencias bélicas. El bombardeo de Teherán y otros enclaves del país, con cuantiosos daños materiales y pérdidas humanas, es un instrumento para dominar geopolíticamente la zona, para debilitar su poderío y, a la postre, liquidar su hegemonía regional. Además, sus abundantes recursos —desde el petróleo hasta el uranio— constituyen una razón añadida para acabar de una vez por todas con la amenaza que representa el régimen de los ayatolás. Pero, si este es el móvil, ¿por qué no se hizo antes? ¿Acaso porque no hubo en Estados Unidos e Israel —y a la vez— mandatarios dispuestos a saltarse completamente y sin ningún tipo de escrúpulos la legalidad y el orden internacionales? Por tanto, con Donald Trump y Benjamin Netanyahu al frente de sus respectivos países, habría llegado el momento óptimo para actuar. Es más: buenas y poderosas razones internas alentarían el acto de guerra. Pensemos que no es secundario buscar y, con suerte, conseguir el respaldo de las respectivas poblaciones. Al final, estas poblaciones son masas electorales. Como tales, mientras haya un conflicto armado o cuando haya acabado la contienda con una derrota del enemigo, siempre se las puede enaltecer a conveniencia para así reforzar el patriotismo, doblemente armado. Si la lucha contra el desprecio a los derechos humanos fuera el móvil de esta intervención, entonces las guerras estarían muy justificadas contra Afganistán y otros Estados que someten a sus poblaciones a una persecución inhumana, cruel y sanguinaria. Esto es particularmente repugnante en el caso de las mujeres. Se las veja hasta extremos indecibles. Sin embargo, Estados Unidos, Israel y otros países europeos optaron por abandonar a su suerte a las mujeres afganas. Por supuesto, todo lo anterior lo digo sin profesar angelismo alguno ni practicar el “buenismo” que la derecha extrema y montaraz diagnostica y denuncia en sus adversarios. No me hago ilusiones acerca del porvenir de la humanidad. No saldremos mejores de este envite, de esta colisión y colusión de intereses. Pero salvaguardar los derechos humanos y fijar unas reglas mínimas para todos, por encima de la fuerza bruta, seguirán siendo metas dignas por las que batirse. Y ello aunque sepamos que son objetivos, en buena medida, inalcanzables. Sigmund Freud y Albert Einstein se cruzan en 1932 unas misivas acerca de la guerra que saben venidera. Coinciden en que solo una autoridad mundial con capacidad jurídica y ejecutiva real podría resolver los conflictos antes de que derivasen en contienda. Y, en aquel momento, la Sociedad de Naciones no tenía esa capacidad. Por eso concluyen que solo puede frenar una guerra el temor real a la destrucción total. En términos de Freud, “el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura”. O, más precisamente, “la eliminación de uno o quizá de ambos enemigos, debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción”. Al afirmar lo anterior, Freud anticipa, sin poder llegar a verla, la destrucción mutua asegurada que mantendrá la paz armada de la Guerra Fría. Pero Einstein y Freud no se engañan: saben que la primera meta —una autoridad mundial con capacidad jurídica y ejecutiva real— resulta inalcanzable, entre otras cosas por implicar una renuncia de soberanía y de poder militar-industrial por parte de los Estados. ¿Habrá alguna vez algo parecido a esto?, podríamos preguntarnos con estos gigantes, a cuyos hombros nos aupamos con un pesimismo equivalente.
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Cómo conocí a Jaime Milans del Bosch A pesar de haberlo anunciado en otra parte aún no he revelado cómo conocí a Jaime Milans del Bosch y Ussía. Casi me da pereza contarlo. E incluso algo de miedo. Algo de miedo me queda, sí. Durante años sólo a muy pocas personas relaté la inquietante anécdota: eso sí, más de una vez. Uno puede convertirse en un tipo pesado, fastidioso, cuando cree haber sido testigo mudo de un episodio histórico. Vale, de acuerdo: un episodio minúsculo, pero histórico. Al final lo revelo aquí y ahora sin adornos, sin añadidos, sin fantasías en el escrito que sigue. Revelo, sí, públicamente un secreto oficial. Es modesto, pero desconcertante y efectivamente reservado, máximo secreto. Este asunto menor dice mucho de lo que era la España castrense de 1981 y 1982. Primero proporcionaré unos datos archiconocidos por si alguien los ignora. De hecho no estoy seguro de que los más jóvenes de la plaza sepan quién fue Jaime Milans del Bosch. El teniente general Milans del Bosch era el jefe máximo de la III Región Militar en febrero de 1981. Las regiones militares ya no existen. Era una subdivisión administrativa, territorial, dentro del ejército español con sede en una capital. En este caso, la de la III Región era Valencia. En la tarde del 23 de aquel mes y de aquel año, el capitán general Milans del Bosch publicó un Bando por el que declaraba el Estado de Excepción con su preceptivo toque de queda, que empezaba a las 21 horas, si no recuerdo mal. Por entonces, yo era un joven de veintipocos años que estaba a punto de acabar la carrera universitaria. Tenía todo el porvenir por delante y una eternidad de muchas décadas por vivir. Aquella tarde, aquella noche, que un golpe de Estado pudiera quebrar la recientísima democracia de que disfrutábamos me derrumbó. Y más cosas. Me aturdió, me enervó y me irritó hasta extremos indecibles. Y me atemorizó, claro. Como a tantos otros jóvenes y no tan jóvenes que no teníamos madera de héroes. Un familiar, primo hermano mío, militar de carrera, era esa noche el oficial de la guardia dispuesta a la entrada de Capitanía, en Valencia. Según me reveló días después, mi pariente había recibido una sola orden directa de Milans del Bosch. —Si vienen a detenerme, dispara —le espetó. Al cabo del tiempo, no sé cuánto, mi primo abandonaría el ejército y, por tanto, la carrera. Según me detalló entonces, la causa era el malestar general y la úlcera en particular que circunstancia tan extrema le había ocasionado. Eso es lo que él me dijo. Punto y aparte. En octubre de 1982, una noche, dos soldados de la Capitanía General de la II Región Militar con sede en Sevilla debían realizar un servicio. Era lo que se llama una guardia de Estado Mayor, una obligación fastidiosa y frecuente. Se trataba de pasar la noche en vela, o parte de la noche. Los soldados no debían permanecer en posición de firmes o de descanso. No debían cumplir en una garita, sino en la planta de Estado Mayor. Durante las horas que les correspondían debían permanecer sentados en una pequeña dependencia adosada a la sala noble portando sus respectivos subfusiles: eso sí, descargados. Uno de esos soldados era yo. Las horas no pasaban veloces y para matar el aburrimiento leía. Recuerdo que por entonces llevaba, con las tapas forradas de papel de periódico, la ‘Antología’, de Antonio Gramsci, editada por Manuel Sacristán. Lo habitual en una guardia de Estado Mayor era que el jefe dejara abierta la puerta de esa dependencia tan angosta. Sin embargo, aquella noche de octubre, el comandante nos advirtió a gritos. Con severidad y con mucho aspaviento. —Voy a cerrar la puerta. Nosotros permanecíamos mudos, expectantes y con un miedo cerval, al menos en mi caso. —Por supuesto no vais a ver nada ni oír nada —añadió—. Si contáis lo que pasa en la sala —dijo refiriéndose al salón noble— os empuro, os meto un Consejo de Guerra del que no salís vivos. Sigue aquí: justoserna.com/2026/02/26/com… ——- Foto: EFE
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‘Espanya triomfant’. La posguerra de Eduardo Mendoza Historia 21 (Nueva Tribuna), 23 de febrero de 2026 En una página de ‘¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés?’ (2007), Eduardo Mendoza afirma: “para quien ama los libros solo existe un placer superior al de la lectura, y es el de la discusión sobre lo leído y lo por leer”. Ese espíritu recorre toda la obra del escritor barcelonés: incorporar y valerse de los hallazgos de novelistas meritorios, a veces olvidados, que supieron expresar los deseos y frustraciones de su tiempo mediante la ficción. Entre ellos destacan Galdós, Baroja y Valle-Inclán, autores que Mendoza lee y relee con afecto y lucidez, y cuya huella resulta visible en su propia obra narrativa. Sus personajes (los de Mendoza, pero también los de Galdós, Baroja y Valle-Inclán) no tienen por qué ser “figuras rígidas ni reliquias del pasado”, señala. “Al contrario, pueden ser releídos hoy reconociendo hasta qué punto compartían con nosotros preocupaciones, miedos, obsesiones y manías”, concluye. En las obras de Mendoza siempre hay un rendimiento posible: sus novelas recrean e inventan con eficacia un pasado poco heroico, convulso o sucio, que a menudo preferimos no recordar, pero que sigue operando en nuestra memoria cultural. Un ejemplo especialmente revelador de esto mismo es ‘Una comedia ligera’ (1996), novela singular dentro de la producción de Mendoza. Bajo su apariencia amable y su tono deliberadamente menor, articula una de sus reflexiones más finas sobre la cultura, la mediocridad funcional y la relación entre arte y sociedad en la posguerra española. Lejos de la épica o de la denuncia explícita, la novela describe una Barcelona de horizontes chatos, marcada por la adaptación, la prudencia y el miedo, donde la escasez es también simbólica y la cultura se vuelve cautelosa y previsible. En ese contexto, Eduardo Mendoza crea una figura destacada y mediocre a la vez: Carlos Prullàs, comediógrafo burgués. Es, y no es, un artista frustrado, porque al tiempo se desempeña como profesional competente y satisfecho. Escribe comedias eficaces para un público de expectativas reducidas, sin aspirar al genio ni a la trascendencia. Su mediocridad no es patológica, sino frecuente: la mayor parte de la producción cultural no está hecha por genios ni por rebeldes, sino por figuras adaptadas a un sistema que no pide demasiado. El arte se convierte así en servicio, y el kitsch —más que un defecto— es el lenguaje dominante de una época. El humor, discreto y estructural, permite a Mendoza reproducir ese mundo sin crueldad ni sátira devastadoras. No busca la carcajada, sino la lucidez. Bajo su liviandad, ‘Una comedia ligera’ demuestra que el humor y el kitsch pueden servir para construir una de las radiografías más precisas del empobrecimiento simbólico de la posguerra española y de la normalización de existencias y artes sin épica, sin vida. De esto y de muchas cosas más hablo en “Espanya triomfant. La posguerra de Eduardo Mendoza”, un artículo escrito para Historia 21 y publicado por cortesía de José Luis Ibáñez Salas (@ibanezsalas). ——— Pueden leer el artículo aquí (si me hacen la caridad): nuevatribuna.es/articulo/cultu… —- #EspanyaTriomfant #EduardoMendoza #Historia21 #Historia #Historiacontemporánea #España #Franquismo #Propaganda #Memoriahistórica #NuevaTribuna #Identidad ——— Fotografía: Nueva Tribuna
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El último hombre en pie, 3 Jordi Amat y Pablo Guimón hacen bien en no interrumpir: basta con escuchar —o leer— para comprobar que el personaje está completo, cerrado, blindado. Y quizá ahí residan su fuerza y su límite. Cuando todo está ya decidido de antemano —la historia, el presente, los culpables, incluso los lectores—, la conversación se vuelve innecesaria. Queda el monólogo, la épica personal y una literatura cada vez más cómoda en la certeza de no tener que discutir. ————————- Entrevista: elpais.com/cultura/2026-0… —— Mi reseña de Misión en París (2025), de Arturo Pérez-Reverte: elpais.com/babelia/2025-0… ——- Fotografía: MOEH ATITAR (El País)
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El último hombre en pie, 2 Cuando Pérez-Reverte habla de la Guerra Civil como tragedia perdida por todos, parece decir algo obvio o razonable. El problema no es tanto la afirmación, como su uso. Cierra el debate desde arriba. Quien insiste hoy en la memoria, según la lógica de Pérez-Reverte, no reflexiona: instrumentaliza. No examina: manipula. El antimaniqueísmo proclamado acaba funcionando como un maniqueísmo de segundo grado, no muy sofisticado, e igual de tajante: los lúcidos frente a los crédulos. Y Pérez-Reverte está con los lúcidos. Esta lógica no es nueva. Es la misma que recorre buena parte de su narrativa. Tenemos personajes concebidos y construidos como figuras morales cerradas. Tenemos reflexiones históricas que no se plantean, sino que se imponen. Tenemos una visión de España entendida como destino malhadado, antes que como problema histórico. De ahí que la historia aparezca siempre como fatalidad, no como campo de discusión. España como tragedia cíclica, el presente como decadencia inevitable, el futuro como una ruina anunciada. Es una visión coherente, cerrada y reiterada, salvo que él intervenga. Uno de los momentos más significativos de la entrevista es cuando define la cultura como analgésico. Leer para no gritar cuando se nos cae el avión. Saber para soportar el caos. Parece una imagen sensata. Pero conviene leerla con cuidado. En esa concepción, la cultura no sirve para revisar las propias certezas ni para comprender mejor al otro, sino para soportar el derrumbe con serenidad estoica o aristocrática. Vamos a ver: quien ha leído no grita y quien grita no ha leído. La línea no pasa por el argumento, sino por el pedigrí. Guimón y Amat preguntan: “¿La cultura como resistencia?”. Y se detienen. Dejan que la respuesta se despliegue sola. La cultura aparece entonces no como herramienta crítica, sino como marca de distinción, como salvoconducto moral frente a un mundo que se desmorona y en el que el entrevistado se presenta como heredero último y legítimo. Hay momentos muy llamativos en la entrevista como, por ejemplo, cuando se despacha con una retahíla de despectivos para censurar a la extrema izquierda presuntamente censora, supuesta antesala de la extrema derecha que vendrá. Punto y aparte. El momento más revelador para mí llega casi de pasada. Una mención despectiva a las malas críticas, a las reseñas no complacientes. “¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en EL PAÍS cuando sale el Alatriste?”, se pregunta. “Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?”, añade. La alusión basta para confirmar algo esencial: pese a su pose, la crítica importa y duele. Si fuera irrelevante, no aparecería. Si no doliera, no merecería malgastar una ironía. El antagonista es necesario para que la épica funcione. Sin enemigo, no hay combate; sin combate, no hay personaje. Hay, aun así, un instante de verdad involuntaria. Cuando Pérez-Reverte se pregunta cuántos libros le quedan, cuándo dejará de importar, quién se lo dirá. Amat y Guimón no interrumpen. Permanecen en silencio. Y en ese silencio asoma algo distinto: el miedo al ocaso. Es breve, casi imperceptible, pero real. Y se tapa enseguida con una nueva afirmación de fuerza, una nueva pelea, una nueva certeza. Pelear no es solo una inclinación personal: es una estrategia contra la irrelevancia. Mientras haya riña, hay escenario. Mientras haya derrotados, hay épica. El problema es que ese combate permanente termina por devorarlo todo, incluida la posibilidad de una conversación genuina y de una literatura menos condicionada por el personaje que la sobrevuela. Al final, lo que deja esta entrevista no es tanto una tesis como una confirmación. Pérez-Reverte no discute porque no lo necesita: ya ha estado allí. La historia no se piensa, se evoca; la crítica no se responde, se desactiva; el desacuerdo no se argumenta, se descalifica. Sigue…
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Justo Serna
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El último hombre en pie, 1 Domingo, 22 de febrero de 2026. El País publica una entrevista a Arturo Pérez-Reverte realizada por Pablo Guimon y Jordi Amat. La lectura de la misma revela los agudos interlocutores que son ambos: sacan un retrato al natural, sin retoques, del entrevistado. Con resuelta eficacia. Basta con hacer las preguntas adecuadas para inmediatamente retirarse medio paso. Al hacerlo así, el personaje se autorretrata voluntaria e involuntariamente. A Guimón y Amat no les hace falta polemizar, ni corregir, ni tensar la cuerda. Pérez-Reverte se basta a sí mismo. Habla, avanza, se expresa, se afirma. Y al hacerlo, deja ver con nitidez las costuras y los engranajes de una figura pública cuidadosamente elaborada durante décadas. El escenario inicial no es anecdótico, como bien nos advierte el entrevistador. ¿Qué hay? Una biblioteca de nobles encuadernaciones y de grandes proporciones, sables, recuerdos de guerra, imágenes, documentos o huellas de Joseph Conrad, Patrick O’Brian. ¿Qué más? Pues, por ejemplo, Tintín con casco de guerra, un kaláshnikov balcánico: todo cumple una función narrativa y ornamental muy precisa. Antes de que el escritor diga una palabra, el lector ya ha sido advertido. Aquí no habla un novelista. Aquí tenemos una biografía acreditada materialmente en un mundo que desaparece. Estamos en presencia del último testigo cualificado. Ese es el primer gesto de autoridad. El segundo llega enseguida. Pérez-Reverte se vale de un discurso previsible, que le es característico: la experiencia sustituye al argumento. Sé, entiendo, tengo razón. ¿Por qué? Porque he estado en guerras, he leído mucho, envejezco. No se trata de un recurso ocasional, sino de una elaboración completa del yo. El escritor no contempla el desacuerdo como interpretación alternativa, sino como deficiencia vital ajena. A este o a aquel le faltan libros, memoria, mundo. No rebato la crítica, pues ya de entrada queda invalidada. Aquí, quienes entrevistan demuestran perspicacia. No discuten lo indiscutible —la experiencia vivida—, sino que pregunta por sus consecuencias. ¿Qué riesgos tiene el supuesto antimaniqueísmo que profesa Pérez-Reverte en un mundo actual en donde algunos jóvenes flirtean con el autoritarismo? La pregunta es limpia, pertinente, imposible de despachar con una ‘boutade’. La respuesta, sin embargo, es reveladora: no hay matiz, no hay duda, no hay apertura. Hay, por supuesto y otra vez, una autoridad biográfica. “He visto matar prisioneros”. El yo blindado queda así expuesto con toda claridad. Un yo impermeable, autosuficiente: no necesita discutir porque él ya ha estado allí. La historia no es un campo de problemas; es un territorio recorrido. El pasado no se interpreta: se constata. En ese blindaje discursivo, el insulto no es un accidente del carácter, sino un recurso técnico perfectamente engrasado. Cuando Pérez-Reverte introduce “cabrones”, “hijos de puta” o equivalentes, no se desborda: adopta una posición o una pose. El exabrupto cumple varias funciones a la vez. Establece jerarquía, pues solo insulta sin coste quien se sabe inmune. Por otra parte, sustituye el razonamiento, dado que la descalificación ahorra el esfuerzo del argumento. Y, en fin, simula una franqueza viril que convierte la grosería en coartada de verdad. A veces, el insulto denigra; otras, finge cercanía mediante una camaradería masculina de barra o de cubierta que promete igualdad mientras la niega. En todos los casos produce el mismo efecto: devolver la conversación a un terreno de fuerza donde él controla las reglas. El lenguaje soez no rebaja el discurso. Al contrario, lo fortifica. Y así cualquier respuesta —la risa cómplice o el reparo moral— queda neutralizada de antemano, convertida en prueba de que el mecanismo funciona. Sigue… ———————- Entrevista: elpais.com/cultura/2026-0… —— Mi reseña de Misión en París (2025), de Arturo Pérez-Reverte: elpais.com/babelia/2025-0… ——- Fotografía: MOEH ATITAR (El País)
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Justo Serna
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Donald Trump o la disolución del discurso político, y 3 …Las referencias sexuales, los comentarios sobre cuerpos o el atractivo físico no son lapsus linguae. Son gestos de poder aparentemente informales, propios de quien se presenta como espontáneo y sin sofisticaciones. Romper el decoro descoloca al oyente. A partir de ahí, la grosería se convierte en impunidad. El mensaje es sencillo: puedo decir esto aquí porque mando. El decoro ha sido históricamente un límite. Al destruirlo, el discurso elimina uno de los últimos frenos simbólicos del dominio. ¿Qué hacer ante este tipo de oratoria? Ridiculizarla es tentador, pero insuficiente. Trump no es ridículo a pesar de su poder; es ridículo con poder, y eso lo vuelve históricamente relevante. Condenarla moralmente tampoco basta. La indignación es comprensible, pero necesitamos algo más: analizar las condiciones de posibilidad del discurso, quién lo acepta, quién lo aplaude y quién se beneficia de él. Pero normalizar estos modos expresivos equivaldría a aceptar que las formas ya no importan. Y las formas, incluso vacías, siguen siendo históricamente decisivas. Quizá lo único que cabe sea leer este tipo de discursos como síntomas y como estrategias, no como programas racionales. Leerlos por lo que revelan del mundo que los produce, los tolera y los consume como espectáculo político. Conviene recordar, con sobriedad, que no siempre se habló así. Y que, precisamente por eso, no hay ninguna razón histórica para pensar que deba ser así para siempre. Punto y aparte. Lo que arriba he dicho empecé a analizarlo y escribirlo antes de conocer la resolución del Tribunal Supremo de los Estados Unidos sobre los aranceles y, por tanto, antes de la respuesta agraviada e iracunda de Trump: un nuevo discurso que agudiza todo lo anterior, pero en esas primeras palabras ya no hay el sarcasmo que Trump gasta cuando se sabe en la cúspide e intocable.
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Donald Trump o la disolución del discurso político, 1 La estrategia es bien conocida y, de momento, mientras conserve el poder, no hay recurso o remedio eficaz con el que hacerle frente. Me refiero a la oratoria de Donald Trump. Steve Bannon, uno de sus primeros asesores, designó esta estrategia como flood the zone: literalmente, inundar la zona. ¿Y eso qué implica?  Abrumar a tu interlocutor o público con palabras, anuncios o asuntos varios e inconexos. Esto es: producir un torrente verbal que el espectador u oyente no puede contener ni ordenar. Se trata de avasallar, impidiendo una respuesta coherente. En efecto, cuando intentamos centrarnos en alguna de las cuestiones sobre las que Trump discursea, ya no hay posibilidad: él está en otra cosa (o en dos más allá). Hay discursos políticos que pretenden convencer y otros que se limitan a ocupar el espacio, a hacer callar mediante la verborragia. En los primeros, el hablante todavía cree —o finge creer— en la mediación del lenguaje. En los segundos, quien perora lo hace sin necesidad de ese instrumento. El discurso pronunciado por Trump ante el llamado ‘Board of Peace’ pertenece sin ambigüedades a esta segunda categoría. No busca exactamente persuadir: el chorro de voz se expande, inundando la sala, las pantallas y el tiempo disponible. No estamos ante un discurso político en el sentido clásico, ni siquiera ante una pieza propagandística. Lo que se ofrece es algo más tosco, pero no menos revelador: una demostración de facundia torrencial. El motivo original es reconstruir Gaza. ¿Acaso nos lo explica? Trump no habla para ordenar el mundo, sino para mostrar que puede hablar del mundo sin necesidad de ordenarlo, ni en el discurso ni en la realidad. Durante mucho tiempo, incluso los parlamentos más cínicos respetaron una mínima estructura. Había introducción, desarrollo y cierre. Había un hilo —aunque fuera falso— que guiaba al oyente. Aquí no. El discurso avanza por acumulación, no por progresión. No conduce a tesis alguna. Acumulación, pues: cifras del Dow Jones, guerras resueltas “en una hora”, elogios a la “dureza” de dirigentes asiáticos, amenazas comerciales del 200%, anécdotas visuales o íntimas. Todo aparece mezclado, sin jerarquía ni transición. El efecto no es el caos, sino la saturación. El oyente no está llamado a comprender, sino a resistir la embestida de datos, muchos inverosímiles y casi todos autorreferenciales. Giran, en efecto, sobre sí mismo. Ese exceso no es un fallo del discurso. Es una técnica. Cuando el discurso lo dice todo sin orden ni concierto, nada puede ser debatido con precisión. La incoherencia protege al hablante y el caos verbal desactiva toda crítica. No hay tesis que refutar, porque no hay tesis estable. Cuando alguien cree haber entendido, el discurso ya está en otra fase. Así ocurre, por ejemplo, cuando Trump aborda la cuestión de Irán. El tono es inicialmente grave: se habla de bombarderos estratégicos, de la destrucción del potencial nuclear, de decisiones militares que afectan al equilibrio de Oriente Medio. Apenas instalado en ese registro, el discurso se desvía. Trump confiesa que nunca ha entendido del todo esos aviones B-2, que solo tienen “un ala voladora”, que los ha mirado muchas veces sin comprender cómo pueden volar, aunque le parecen “magníficos”. La amenaza geopolítica se diluye en una perplejidad casi infantil ante la aerodinámica. El arma estratégica se convierte en objeto estético. No hay jerarquía entre lo que se dice: todo sirve para mantener el flujo verbal, incluso la confesión de no entender aquello mismo que se ordena utilizar. Pero la incoherencia no afecta solo a los temas tratados; alcanza también a la forma de dirigirse a los presentes. Otro rasgo llamativo del discurso es la frecuencia con la que Trump interrumpe su monólogo para interpelar directamente a mandatarios, representantes o dirigentes sentados en la sala. Los nombra, los señala, los elogia o los describe… Sigue… ——— Imagen: France 24
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