Superbritánico
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Welcome, British lover, you are among friends 🇬🇧 Libros y regalos para amantes de la lengua inglesa y la cultura británica.
Sevilla Katılım Haziran 2012
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Billy Elliot no es solo la historia de un niño que quiere bailar.
La película tiene varias capas.
Billy crece en un entorno donde se espera que sea duro, que boxee, que encaje en un modelo muy concreto de masculinidad; el baile se ve como algo prohibido y casi ridiculizado.
Ambientada durante la huelga minera en el Reino Unido, muestra cómo el talento no siempre es suficiente. El contexto importa.
Billy no solo lucha contra prejuicios, sino contra la falta de recursos. Aquí hay un mensaje claro: el acceso a oportunidades sigue siendo desigual.
Pero, para Billy, bailar no es solo una afición; es una forma de entenderse a sí mismo y de escapar de la realidad.
El arte aparece como algo transformador, casi necesario para sobrevivir emocionalmente.
El padre y el hermano representan esa resistencia inicial al cambio pero lo bonito es ver cómo evolucionan; pasan del rechazo al apoyo. No de una forma instantánea ni perfecta, pero refleja que las mentalidades pueden moverse.
Billy no es un héroe épico. No da grandes discursos. Su valentía está en insistir, en seguir yendo a clase, en no rendirse aunque todo le empuje de una u otra forma a hacerlo.
La película también toca, de forma sutil, temas como la identidad y la libertad de ser uno mismo sin necesidad de ser etiquetado.
En esencia, Billy Elliot refleja esa tensión entre lo que somos y lo que se espera que seamos.

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Mr Darcy no existe y, cuanto antes lo aceptemos, mejor.
No sé si hay tíos que empiecen siendo bordes, te traten regular y luego, de repente, se conviertan en el hombre perfecto.
Eso en los libros funciona; en la vida real creo que no tanto.
Y mejor que sea así porque, quien te quiere bien, te lo debe poner fácil desde el principio.
Sin estrategias ni juegos raros, sin orgullo, sin tener que descifrar nada.
Quizás haya que dejar de idealizar lo complicado y empezar a fijarse en quien no te hace dudar.
Que no será tan intenso, ni tan de película, pero es bastante más fácil y, sobre todo, más sano.

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En Matilda, Roald Dahl no solo presenta a una niña extraordinariamente inteligente, sino a una lectora voraz que encuentra un refugio en los libros 📚
Desde pequeña, Matilda desarrolla una relación casi instintiva con la lectura, como si entendiera que las historias son resistencia, escape y descubrimiento personal.
En una casa donde no la escuchan y donde su curiosidad es minimizada, los libros se convierten en su verdadera familia.
Entre las primeras lecturas que la marcan están grandes clásicos de la literatura inglesa.
Matilda devora obras como Great Expectations, Nicholas Nickleby y Oliver Twist, de Charles Dickens, que le muestran mundos de injusticia, desigualdad y dureza, pero también de esperanza, dignidad y cambio.
A través de Dickens, Matilda aprende que el mundo no es necesariamente justo, pero sí puede ser comprendido y, en cierta forma, enfrentado.
Su curiosidad la lleva a explorar a Charlotte Brontë con Jane Eyre, una historia que refuerza su sentido de independencia y de integridad personal.
Jane es una niña huérfana de diez años que vive una infancia difícil, maltratada bajo el cuidado de su tía Reed pero que se aferra a su inteligencia y tesón para sobrevivir.
En ese espejo, Matilda empieza a entender que la fortaleza no siempre es física, sino emocional y mental. Y que la voz propia, aunque pequeña, puede ser firme.
Jane Austen forma parte de su universo lector, especialmente con Pride and Prejudice, donde descubre la agudeza social, la ironía y la importancia del pensamiento crítico.
Estos son algunos ejemplos de libros que no solo amplían su cultura, sino que moldean su forma de mirar el mundo: con atención, con sensibilidad y con una sorprendente madurez para su edad.
Matilda no solo lee para entretenerse; lee para comprender, para ordenar lo que siente y para encontrar sentido en lo que vive.
La señorita Phelps, la bibliotecaria, juega un papel fundamental en este proceso: ella la escucha, la guía y le abre la puerta a nuevos títulos sin imponerle límites.
En ese espacio silencioso y seguro de la biblioteca, Matilda descubre que leer también es estar acompañada.
Aquellos libros le dieron a Matilda un reconfortante y esperanzador mensaje: No estás sola 💙


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@Superbritanico sobre todo porque en abril de 1981 no estaban casados aun
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Tal día como hoy, en 1981, los Príncipes de Gales visitaron por primera y única vez el Real de la Feria de Sevilla, un hito que quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de la ciudad.
Os cuento todos los detalles de aquella jornada tan especial.
Carlos y Diana aterrizaron a media mañana en el aeropuerto de San Pablo.
Se hospedaron en el céntrico Hotel Colón, donde decenas de curiosos y admiradores se agolpaban en las puertas para vislumbrar a la pareja más mediática del momento.
Sobre las siete de la tarde, un precioso coche de caballos, engalanado con cascabeles y madroños, recogió a los príncipes y los dirigió hacia una portada que, por primera vez y tal y como la conocemos ahora, justo enfrente de la calle Asunción.
Al entrar al recinto, un equipo policial especializado tuvo que abrir paso entre la marea de viandantes y curiosos que querían ver de cerca a Diana.
Se dirigieron hacia la calle Pepe Luis Vázquez, donde se encontraba la caseta en la que la pareja cenaría junto a representantes de distintas instituciones y miembros destacados del Ayuntamiento de Sevilla.
Cuando la pareja descendió finalmente del carruaje, una nube de fotógrafos trató de romper el cordón de seguridad; la pareja acababa de anunciar su compromiso oficial apenas meses antes y este representaba uno de los primeros eventos internacionales en los que se les podía ver juntos, jóvenes y aparentemente felices.
La anfitriona de la caseta no podía ser otra que la duquesa de Alba, amiga íntima de la infancia de la reina Isabel II.
Cayetana, junto con su hija Eugenia, que apenas tenía 13 años y lucía un precioso traje de flamenca, recibieron a un elegante príncipe Carlos, vestido con un esmoquin de corte perfecto, y a una Diana que deslumbró a todos los presentes con un vestido negro palabra de honor diseñado por Elizabeth and David Emanuel, los mismos creadores que posteriormente confeccionarían el icónico vestido de boda de la princesa.
Durante la cena, los invitados, que brindaron en repetidas ocasiones con manzanilla de Sanlúcar, degustaron un menú puramente andaluz: jamón ibérico de bellota cortado al momento, queso viejo curado en aceite de oliva y gambas blancas de Isla Cristina de aperitivo.
Siguió el tradicional surtido de pescaíto frito, pluma ibérica macerada al whisky y, de postre, un exquisito tocino de cielo con crema de amontillado que fascinó a los Windsor.
Minutos antes de la medianoche, los príncipes salieron a la puerta de la caseta para disfrutar del alumbrao que marcaría el inicio oficial de la Feria.
It must cost a fortune se oyó decir a un acalorado Carlos al ver las miles de bombillas encenderse simultáneamente.
Dentro de la caseta la fiesta no cesaba; mientras los camareros servían jarras de rebujito, el grupo Amigos de Gines cantaba en directo su repertorio más famoso.
La sevillana de El adiós emocionó visiblemente a una jovencísima Diana que, por sus gestos y su eterna sonrisa, pareció disfrutar de lo lindo de la gran noche sevillana.
Aunque me habría encantado, nada de esto es real; solo es un sueño que tuve hace varias primaveras y que aún recuerdo con nitidez.

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