
Clara Campoamor: "Al principio se persiguió a los elementos fascistas. Luego la distinción se hizo borrosa. Se detenía y se fusilaba a personas pertenecientes a la derecha, luego a sus simpatizantes, más tarde a los miembros del partido radical del Sr. Lerroux, y luego –error trágico o venganza de clase– se incluyó a personas de la izquierda republicana como el infeliz director de un colegio para muchachos, el Sr. Susaeta, hijo de un exdiputado radical-socialista… Cuando se comprobaban aquellos errores, se echaba la culpa de los asesinatos a los fascistas y se continuaba. Los muros y tapias de la Casa de Campo, cuartel general de las milicias, pudieron sentir, apretados contra ellos, los míseros y trémulos cuerpos de gente aterrorizada para la cual fueron el último contacto con la vida. Tras espeluznantes ejecuciones en masa efectuadas en la Casa de Campo, el gobierno, incapaz de impedirlas, cerró aquel enorme parque imposible de vigilar. Las ejecuciones de personas detenidas prosiguieron, con la única diferencia de alargar un poco la agonía del «paseo». Llevaban a la gente al depósito del cementerio municipal o a la Pradera de San Isidro, o bien a las carreteras que rodeaban la capital. El gobierno hallaba todos los días sesenta, ochenta o cien muertos tumbados en los alrededores de la ciudad. Iban a buscar a la gente en pleno día a su casa, a su trabajo o en la calle. Si no encontraban al que buscaban se llevaban a algún miembro de su familia. Para las familias privadas de uno de sus miembros empezaba entonces un largo calvario, que iba desde la Dirección General de Seguridad, donde no encontraban nunca a la persona detenida hasta las carreteras conocidas como depósitos de gente asesinada, a la que con frecuencia sólo se podía reconocer por la ropa." Traducción de Luis Español



























