Maxi - hago jamón@MaxiPortes
Mañana es el día del padre.
Y lo que me apetece hoy no es hablarte de jamón ni de nada que tenga que ver con esta casa. Me apetece hablarte de lo otro. De lo que no se cuenta cuando eres padre.
Del miedo.
Porque ser padre es tener miedo. Un miedo constante, sordo, que no se va nunca. Que cambia de forma pero que siempre está ahí.
Al principio es un miedo raro, miedo a lo desconocido. Te llevas a esa criatura del hospital y piensas que te has equivocado, que tú no estás preparado para esto, que alguien debería haberte hecho un examen antes de dejarte salir por la puerta con un ser humano en brazos.
Te levantas a cada raro solo para comprobar que respira. Cada fiebre te parece el fin del mundo. Cada llanto que no entiendes te hace sentir un inútil.
Y entonces se duerme encima de ti. Y pesa poco. Y respira despacio. Y en ese momento no existe nada más en el mundo. Nada. Solo eso. Ese peso ridículo encima de tu pecho que de alguna manera te pesa más que cualquier cosa que hayas cargado en tu vida.
Luego el miedo crece. Ya no es solo que se caiga o que enferme. Es si lo estás haciendo bien. Si le estás dando lo que necesita o lo que tú crees que necesita, que no siempre es lo mismo. Si esa voz que se te ha escapado, esa que te juraste que nunca ibas a usar, le va a dejar marca.
Si el cansancio y las prisas y el trabajo y todo lo demás te están convirtiendo en un padre que no querías ser.
Y entonces llega del cole y te abraza sin motivo, se alegra de verte. Sin que le pidas nada. Sin que hagas nada especial. Solo porque eres tú. Y se te pasa todo. El cansancio, la culpa, la duda. Todo se va un momento. Y piensas joder, algo estaré haciendo bien.
No puedes quejarte. Porque si te quejas alguien te suelta aquello de "pues haberlo pensado antes" o "disfruta que crecen muy rápido". Como si disfrutar y estar muerto de miedo fueran cosas que no pueden ir juntas.
Van juntas siempre.
Ese es el truco que nadie te cuenta. Que el miedo y lo bonito viven en el mismo sitio. Que la noche más larga con fiebre y la mañana en la que te dice "papá" como si fueras lo mejor del mundo están separadas por cuatro horas. Que puedes sentirte el peor padre del planeta a las ocho y el mejor a las nueve.
Yo de pequeño no veía miedo en mi padre. Le veía entero. Seguro. Como si supiera exactamente lo que hacía en cada momento.
Y ahora que estoy en su sitio me doy cuenta de que no. De que estaba tan cagado como yo. De que improvisaba igual que improviso yo. De que se levantaba cada mañana sin tener ni idea de si lo estaba haciendo bien y lo hacía igualmente.
Y nunca dijo nada. Nunca le vi dudar. O al menos nunca me dejó verlo. Eso es lo que más me gusta de mi padre. No que fuera perfecto, que no lo era. Sino que aguantó el miedo sin que nos enteráramos. Que nos hizo creer que todo estaba bajo control cuando probablemente por dentro estaba igual de perdido que estoy yo ahora.
Ahora le entiendo.
Silencios que antes me parecían raros ahora me parecen valientes. Cosas que hacía y yo no pillaba ahora las hago yo igual. Es raro cómo funciona eso.
Así que mañana, si eres padre, no esperes sentirte el mejor padre del mundo. Simplemente sigue ahí. Con el miedo y con lo bonito. Que van juntos, que es así y está bien.
Y si tu padre sigue vivo, llámale. No le mandes un whatsapp. Llámale. Cinco minutos. Que se le oiga la voz y que te oiga la tuya.
Que eso no tiene precio y tiene fecha de caducidad.
Creo que es todo.
Pasa buena tarde.
Maxi Portes // Hago jamón.