Mihura@XMihura
Día 1 en Soto del Real
No he pegado ojo. Ni una puta cabezada.
Koldo ronca en la litera de abajo como un camión de mudanzas viejo, de esos Pegaso que lleva dos décadas sin pasar la ITV. Ronca como si estuviera subiendo el puerto de Pajares en tercera. Arranca, tose, se ahoga, escupe gasoil y vuelve a vibrar.
Yo estoy arriba, mirando una mancha de humedad en el techo que se parece sospechosamente al mapa de España, pero una España podrida, desconchada. Huele a humanidad rancia aquí dentro.
A mi derecha, en la celda contigua, hay un tipo que lleva una hora cascándosela. Se oye el ritmo, clac-clac-clac, lento, sin ganas, como el que ficha en una oficina a las ocho de la mañana. Desde el fondo del pasillo, alguien ha gritado antes: "¡Ábalos, hijo de puta, aquí las mordidas en la polla!". Y luego risas. Esas risas huecas, metálicas, de hienas enjauladas.
Solo. Estoy jodidamente solo.
La única que tuvo los ovarios de aparecer aye fue Andrea. La vi hace unas horas, ahí fuera. Entre los flashes de la COPE y los buitres esperando la carroña, estaba ella. Se despidió con una mirada rápida, seca, de las que duelen más que un puñetazo. De las que dicen: "Qué jodido lo tienes, José Luis, y qué solos nos quedamos". Qué ironía. Me han llamado golfo, me han acusado de todo con las mujeres... y al final, la única lealtad real viene de una exnovia a la que ya no tengo nada que ofrecer salvo vergüenza.
Los otros... los otros se han borrado. Ni Pedro ni ninguno de los palmeros que me reían las gracias mientras yo me manchaba las manos de grasa para que la maquinaria funcionara. Ni una llamada. Ni un mensaje de "aguanta, José Luis". Nada. Me han dejado tirado en la cuneta como a un perro atropellado, esperando que pase el basurero y me recoja. Han desaparecido más rápido que el historial del WhatsApp de García Ortiz. ¡Jé! Si yo hablara...
Y mira que pienso en la venganza. Joder si pienso en ella. La saboreo más que el último ducados que me fumé en libertad. Podría quemar Ferraz mañana mismo. Podría sentarme delante del juez y cantar La Traviata. Tengo los nombres, tengo las fechas. Podría hacerlo. Podría arder Roma.
Pero no lo haré.
Nací creyendo en causas, en banderas, en unas siglas y en esas ideas grandes que te hacen sentir que tu vida significa algo. Me enamoré de ellas. Y cuando las ideas me fallaron (o yo les fallé a ellas) busqué el mismo fuego en las mujeres. En cada una pensé que encontraría salvación. Pero uno no puede amar bien cuando se odia tanto. Y ahora, en esta celda que huele a humanidad rancia, solo puedo pensar en ese olor a sal y perfume caro. Eso es lo único que me queda: recuerdos de sábanas de hotel y promesas que nunca cumplí.
Un funcionario se ha acercado a la reja. No ha dicho nada, solo me ha pasado un MP3 viejo por la rejilla, como quien le da una aspirina a un moribundo. Le doy al play. Suena Willie Nelson, y su voz rasgada parece la única cosa honesta en kilómetros a la redonda:
"Cruel, cruel world, must I go on?
Cruel, cruel world, I'm moving on
I've been living too fast
And I've been living too wrong
Cruel, cruel world, I'm gone."