Sandra Cantalapiedra أُعيد تغريده

Vuelo de 1 simple hora.
2 de la noche.
Gente agotada intentando llegar viva al destino.
Detrás, dos salvajes de unos 5 años.
Patadas karatecas al asiento. Gritos. Bandeja arriba, bandeja abajo. Sin pausa.
Una madre de adorno en medio de las 2 criaturas.
Mirando al infinito. Como si el tema no fuera con ella.
10 minutos. 20, 30...
No decimos nada. Todos tragando.
En uno de los gritos, la madre reacciona tímidamente:
—Shhh... Habla más bajo, por favor.
Los veo a través de la ventana.
El niño se gira, la mira con desprecio y suelta:
—Mala. ¡Eres mala!
Y aquí viene lo fascinante de la escenita.
La madre se calla, no dice NADA.
Ni una corrección. Ni un límite. Ni una mirada seria.
Y los niños a reventar el respaldo:
patadas, gritos, circo.
Traducción: “Sé exactamente cómo manipularte para que te sientas una madre de mi3rda,
y como te da pánico decirme que no, hago lo que me da la gana"
Y funciona.
Porque hoy muchos padres no educan.
Negocian con terror a caerle mal a su propio hijo.
Prefieren criar pequeños tiranos antes que incomodarles 10 segundos.
Luego nos sorprendemos de que haya adultos incapaces de respetar nada ni a nadie.
No, los niños no están “llenos de energía”.
Están asalvajados.
Y no es culpa suya.
Es de los padres que han confundido amar con no poner límites,
y educar con pedir permiso.
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