Ángel Cruz Jiménez
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Ángel Cruz Jiménez
@AngelCruzLIBROS
Periodista toda la vida. Leo unos 100 libros al año. Alumno del Premio Goncourt Vintila Horia. Finalista del concurso literario de Desperta Ferro Ediciones









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En 1844, El conde de Montecristo comenzó a publicarse por entregas, y acabó convirtiéndose en una de las novelas más influyentes de la historia. Venganza, traición, prisión, tesoros ocultos y una transformación inolvidable. Abro hilo 🧵














Tenía 17 años. Un fusil al hombro. Y una mirada que parecía desafiar a todo un siglo. La fotografía fue tomada en la azotea del Hotel Colón de Barcelona, en julio de 1936, apenas unos días después del inicio de la Guerra Civil Española. Y aunque el tiempo convirtió aquella imagen en uno de los símbolos más famosos del antifascismo, la historia real de la joven que aparece en ella fue mucho más compleja, humana y dolorosa de lo que mucha gente imagina. Su nombre era Marina Ginestà. Había nacido en Toulouse, Francia, en una familia obrera exiliada y creció en una Barcelona donde la política se respiraba en las calles, en las fábricas y hasta en las conversaciones familiares. Sus padres eran militantes de izquierdas y ella, siendo todavía adolescente, ya formaba parte de las juventudes socialistas unificadas. Pero hay algo que casi nadie sabe cuando mira aquella fotografía: Marina no era realmente una combatiente. Era periodista y traductora. Y aquel fusil apenas lo había sostenido unas horas antes. La imagen fue tomada por el fotógrafo alemán Hans Gutmann, conocido en España como Juan Guzmán, el 21 de julio de 1936, en plena euforia revolucionaria tras el fracaso parcial del levantamiento militar en Barcelona. El Hotel Colón había sido ocupado por las juventudes comunistas y convertido en centro de reclutamiento. Barcelona hervía. Había humo en algunas calles. Cristales rotos. Milicianos corriendo de un lado a otro. Y una sensación colectiva extraña, como si el mundo viejo estuviera derrumbándose delante de todos. Décadas más tarde, Marina recordaría aquellos días diciendo: “Había euforia. Creíamos que el mundo estaba cambiando.” Y eso es exactamente lo que transmite la fotografía. No parece miedo. Parece juventud creyéndose invencible. El fotógrafo le pidió posar con un fusil Mauser español apoyado sobre el hombro. Marina aceptó. Ella misma reconocería años después que aquella imagen era “pura propaganda” y que apenas sabía usar un arma. Incluso contó que el único disparo que hizo en su vida fue accidental y casi hiere a otro miliciano. Pero el símbolo ya había nacido. Con el pelo corto, el mono de miliciana y aquella mezcla de belleza, desafío y juventud, Marina terminó representando algo mucho más grande que ella misma: la imagen de una generación que creyó poder detener el fascismo y reinventar el mundo. La realidad, sin embargo, fue brutal. La guerra avanzó. Llegaron las derrotas. El hambre. Los bombardeos. El exilio. Marina trabajó como periodista y traductora para medios republicanos y colaboró con corresponsales soviéticos durante el conflicto. Resultó herida antes del final de la guerra y tuvo que huir de Europa cuando los nazis ocuparon Francia. Terminó viviendo en República Dominicana, Venezuela y más tarde París. Y quizá lo más increíble de todo sea esto: Durante muchísimos años, ella ni siquiera supo que aquella fotografía se había convertido en una imagen histórica. Mientras el mundo utilizaba su rostro como símbolo de revolución, antifascismo y resistencia, Marina simplemente intentaba sobrevivir lejos de la guerra que había marcado toda su vida. Hoy, casi noventa años después, aquella joven sigue mirándonos desde la azotea del Hotel Colón. Con 17 años. Con un fusil que apenas sabía usar. Y con una mirada que todavía parece preguntarnos si alguna vez aprendimos algo de todo aquello.



@Lleng7 Lo mismo me pasa a mí. Esta es mi colección de novelas o cuentos del Oeste de @ed_valdemar. Son magníficos y muy bien editados.












