Gary Berntsen
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𝐌𝐚𝐫𝐭𝐢́𝐧 𝐑𝐨𝐝𝐢𝐥 𝐞𝐧 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚 𝐋𝐚𝐭𝐞: ❞𝐄𝐬 𝐮𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐜𝐞𝐬𝐨 𝐢𝐧𝐝𝐞𝐭𝐞𝐧𝐢𝐛𝐥𝐞. 𝐕𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐥𝐚 𝐥𝐢𝐛𝐞𝐫𝐭𝐚𝐝 𝐚𝐛𝐬𝐨𝐥𝐮𝐭𝐚 𝐲 𝐥𝐚 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝𝐞𝐫𝐚❞
Por Elizabeth Sánchez Vegas | Venezuela Late
Ese domingo no entró por la puerta: irrumpió. Se coló como se cuela la noticia que llevas años rezando sin atreverte a pronunciar en voz alta, y cuando por fin sucede te deja la garganta rara, como si la alegría también fuera una forma de temblor. Desde México, con alarmas de sismo sonando y un “bueno… todo se vale” dicho con esa mezcla de nervio y risa que solo entiende quien vive lejos, Venezuela Late abrió el espacio con el pulso acelerado: rostros que vuelven a casa, abrazos que se reencuentran, nombres que por meses se dijeron como quien enciende una vela para que no se apague del todo la fe. Juan Pablo Guanipa, Dignora Hernández, María Oropesa, Catalina Ramos, Perkin Rocha, Henry Alviar… y otros más. Y los que faltan. Porque incluso en el júbilo, la conciencia no se anestesia: la lista todavía tiene sombras.
Carlota lo dijo sin rodeos: esa gente que sale del encierro con el ímpetu intacto, esa gente “inquebrantable”, es la que ella quiere para el país. No como consigna bonita, sino como criterio de futuro: que decidan los que ya pagaron, los que resistieron la maquinaria diseñada para quebrarte por dentro. Y allí, con el corazón en alto y sin maquillaje emocional, apareció el invitado anunciado “bajo el nombre de Falcón”: Martín Rodil.
La presentación que le dedicaron parecía una carta escrita con fuego lento: Barquisimeto, 1974, una Venezuela todavía llena de promesas; la Universidad Fermín Toro; el salto a Washington y al FMI; la investigación sobre corrupción como vocación, no como tema; el costo personal de hacer ese trabajo; el pasaporte negado, la difamación pública, la resiliencia como músculo moral. Pero lo primero que Martín hizo fue desmontar el pedestal con una frase íntima, de esas que cambian la temperatura del cuarto: ojalá su mamá hubiese escuchado ese resumen, dijo, porque ella ya no está. La llevaba en el corazón, también a su padre. Y allí, en esa grieta humana, dejó claro el tono de todo lo que vino después: lo que él ha hecho no es una hazaña individual, es, según su manera de verlo, lo que le tocaría a cualquier venezolano hacer para recuperar la libertad. Sin épica barata: deber. Y sin olvidar a quienes pagaron el precio más alto, los que dieron la vida y los presos que cargan el trauma y los vejámenes, incluso después de salir.
Cuando Devorah le preguntó qué sentía ante las liberaciones, Martín contestó con una alegría que no era ingenua: celebraba por ellos, por sus familias, por el país… pero se negó a endulzar la causa. Para él, aquello no era fruto de comunicados internacionales ni de “grupos de apoyo” ni de gestiones diplomáticas que se quedan en el aire; lo vinculó directamente con un hecho que repitió como punto de quiebre: la acción del 3 de enero, conducida, afirmó, por fuerzas armadas estadounidenses, un mensaje de “se acabó la tolerancia” a una mafia que no solo abusó dentro de Venezuela, sino fuera, afectando seguridad nacional de Estados Unidos. Lo dijo desde un lugar cargado de simbolismo: estaba en Pearl Harbor, en Hawái, y no lo mencionó como detalle turístico, sino como marco histórico, como recordatorio del peso que Estados Unidos ha tenido “en la libertad en el mundo” y de lo que él, exiliado involuntario durante 26 años, ha aprendido a ver con ojos menos románticos y más estratégicos.
No vendió una salida instantánea. Habló de proceso, de desgaste, de una cadena de derrotas para el régimen. Reconoció que mucha gente en Venezuela todavía miraba con angustia los “pedazos” que permanecían en el poder, pero insistió en que lo que se está dando, según su lectura, es indetenible y conduce “con absoluta certeza” a una libertad completa. Subrayó una diferencia que, en su boca, sonó como una frontera moral: no se trata de venganza, se trata de justicia. La justicia como arquitectura de un país libre, como condición para florecer. En su visión, Venezuela volvería “como el ave fénix”, desde las cenizas de 27 años de destrucción.
Ese fue el hilo emocional; luego vino el hilo duro. Carlota, con la euforia de quien reconoce a un personaje de película y se lo dice de frente (“tú eres Bond”), lo llevó a un tema que Martín convirtió en columna vertebral: elecciones, máquinas, control, fraude, reconstrucción de institucionalidad. Lo que él describió fue una narrativa de origen criminal: el chavismo como organización transnacional delictiva que, desde su génesis, mezcló poder y crimen; una historia que, en su versión, comienza con vínculos: mencionó entrevistas e investigaciones realizadas en Estados Unidos junto con agencias federales, DEA y otras y testimonios de miembros de carteles colombianos históricos. Según él, esos vínculos se remontan a 1985–1986, cuando Chávez era capitán en Apure, se relacionaba con carteles, levantaba dinero y financiaba el golpe del 4 de febrero de 1992. A partir de ahí planteó una secuencia: intentaron por la fuerza, fallaron, luego usaron la “arma democrática” para tomar el poder (1998) y, ya adentro, se aferraron “por los mecanismos que fuesen”.
En ese contexto ubicó a Smartmatic: como pieza de un sistema diseñado para “ganar elecciones” mediante software. Dijo que lo que muchos sospechaban en Venezuela, elecciones amañadas, artilugios, trucos, se perfeccionó y luego se exportó “como un virus”. Y se detuvo, con intención pedagógica, en el momento en que esa exportación tocó a Estados Unidos: allí, explicó, el tema se volvió explosivo por la polarización, porque a cualquiera que hablara de esto lo tildaban de conspiranoico. Su respuesta fue: investigación criminal, reclutar testigos, gente que participó en el CNE y en Smartmatic, rastrear construcción, distribución y diseminación del software. Habló de presencia en más de 70 países, de un negocio convertido en “megacorporación criminal de elecciones”, de la mitad de África usando ese sistema, de países tan disímiles como Brasil, Argentina, Bolivia, Pakistán y Filipinas. Y conectó esa explicación con un detalle coyuntural: mencionó un post del presidente Donald Trump promocionando la “Safe Act”, con requisitos como identificación, voto manual y restricciones al voto por correo salvo casos necesarios, además de pruebas de nacionalidad. Lo puso como ejemplo de hacia dónde se está moviendo la conversación en Estados Unidos, y llegó a decir que hoy hay investigaciones criminales en distintas jurisdicciones sobre esa estructura.
En su relato, el corazón operativo de ese entramado tenía nombres: Jorge Rodríguez como “cabeza” y Delcy Rodríguez como coautora y administradora. Cuando Devorah amarró el tema con la frase de Trump, [we got them all” / “lo tenemos todo”, Martín no se limitó a decir “sí”: sostuvo que no solo hay “todo”, sino testimonios, resultados e investigaciones criminales e inteligencia; que el involucramiento va “más allá de cualquier duda razonable”. Y cuando apareció la pregunta inevitable, si es así, ¿por qué siguen ahí?, contestó con una mezcla de cinismo y diagnóstico: siguen porque están comprando tiempo, intentando proteger activos financieros robados, buscando un “ticket” distinto al de Maduro, Cilia y, en su pronóstico, Diosdado Cabello.
Esa parte del espacio tuvo algo de radiografía institucional. Martín pintó el registro electoral como un territorio contaminado: “ficticio”, con muertos, identidades otorgadas a quienes no tendrían derecho, cédulas duplicadas y triplicadas. Nombró directamente a Carlos Quintero como figura clave del CNE y lo vinculó con estructuras de inteligencia y entrenamiento cubano en manipulación de procesos electorales. Y por eso insistió: si se quiere reconstruir democracia, la ruta pasa por elecciones manuales, transparentes, sin máquinas. Para ilustrarlo, citó el ejemplo de India: cientos de millones votando en un día, resultados el mismo día, sin drama. Y remató con una imagen venezolana que todos entienden sin explicación: cada vez que Tibisay y Lucena salían con “la foto de la baranda”, según él, lo que ocurría detrás era el arreglo tecnológico para cambiar resultados.
Dejó claro que esto no es magia ni cronograma de tres meses. Habló de una “fase intermedia” y de una transición que, en su visión, no puede quedar en manos de los mismos actores señalados, sino de venezolanos “de bien” con honestidad comprobable, en coordinación con Estados Unidos y comunidad internacional. Incluso admitió que tiene favorita, sin nombrarla allí, pero abrió el campo a que compita gente decente, y que sea la población quien decida.
Cuando la conversación giró hacia los “jugadores restantes”, Delcy, el “hermanito” Rodríguez, Padrino López, colectivos armados, Tren de Aragua, Martín describió 2026 como “año de limpieza” y “reestructuración”. Mencionó detenciones que el régimen no querría reconocer: Alex Saab y Raúl Gorrín. Dijo que esas detenciones forman parte de un proceso del sistema judicial estadounidense, de extradiciones paso a paso. Al mismo tiempo, advirtió contra la subestimación: si algo han demostrado, dijo, es capacidad de metamorfosis y acceso a dinero inimaginable, usado para comprar favores, conciencias y estructuras de lobby sofisticadas en Estados Unidos. En ese punto introdujo un nombre clave, casi como quien abre una ventana en una habitación cargada: Richard Grenell. Lo describió como enviado especial de Trump, pero, según su afirmación, vinculado a intereses de Chevron.
Chevron, dijo, es una empresa que permaneció en Venezuela por razones poco transparentes, construyendo influencia política en ambos partidos estadounidenses, y operando mucho más allá de lo meramente energético.
A partir de esa pregunta, Martín hizo algo poco común en un Space: dibujó un mapa de poder con palabras. Pidió imaginar a Delcy en el centro de un reloj y, alrededor, los círculos de influencia: Chevron; un exejecutivo llamado Ali Moshiri como alter ego de Rafael Ramírez; un mercader del petróleo, Harry Sürgen, cercano a Chevron y Wilmer Ruperti; el Estado de Qatar como receptor clave de fondos en banca de Doha; empresas como Vitol y Trafigura; bolichicos; y, de nuevo, Grenell. Ese círculo, insistió, pesca en río revuelto, intenta lavar el rostro de los Rodríguez como si fueran “light”, extender su permanencia para exprimir prebendas, mientras los “cerebros” se protegen mejor que otros acusados formalmente. Pero añadió un contrapeso: Marco Rubio, dijo, ve claro ese factor, y Trump, aunque habla con ese entorno, ejecutó el 3 de enero pese a intentos de frenarlo.
Carlota lo llevó a un punto de thriller judicial: Alex Saab. Martín respondió con un argumento técnico: Saab tendría un cargo criminal nuevo, separado del que se le indultó; y el perdón presidencial quedaría en entredicho por un decreto de Trump sobre el uso del “autopen”, una firma automática usada en tiempos de Biden incluso para documentos oficiales. Según Martín, eso abre la puerta a considerar sin efecto el perdón y coloca a Saab como fugitivo, además de enfrentar cargos nuevos en otra corte, sin el “colchón” de un indulto. Y allí lanzó una pregunta que dejó flotando como cuchillo en la mesa: ¿a cambio de qué Biden levantó sanciones? ¿a cambio de qué entregó a los sobrinos? ¿a cambio de qué fue “generoso” con el cartel de los soles?
Su respuesta fue una promesa de impacto: anunció como primicia que en “un período de dos semanas” el gobierno de Estados Unidos desclasificaría documentos de inteligencia para responder esa pregunta, ampliar comprensión del alcance Smartmatic, el mal uso de tecnologías y conexiones construidas dentro de Estados Unidos. Y aprovechó para su reproche más amargo, que sonó también como advertencia para la Venezuela que viene: el mayor pecado fue subestimar a esos monstruos. Hizo una analogía histórica “salvando distancias”, comparando el chavismo con el nazismo, por el patrón de subestimación y por el daño “incuantificable” a escala venezolana. Y luego, como quien quiere rescatar algo de luz sin volverse cursi, recordó la bendición brutal de Venezuela: recursos naturales capaces de convertirla en potencia si se hace el trabajo que toca.
En el segmento más visceral, Carlota preguntó si Maduro era colombiano. Martín respondió sin rodeos: no sabe si es colombiano, pero sí puede asegurar que “es un demonio”. Y contó una anécdota que, narrada así, parecía la escena de un expediente: durante investigaciones, dijo, el gobierno estadounidense podía ver cosas que el ciudadano común no. Afirmó que Chávez murió en diciembre de 2012 y no en marzo de 2013, como se anunció, y sostuvo que Maduro firmaba por Chávez “como si fuera Chávez” estando Chávez muerto. Y remató con una frase de lógica criminal: si hacían eso con un cadáver, no sorprendería que negaran una partida de nacimiento.
Elizabeth volvió a Diosdado Cabello, como quien regresa al cable suelto más peligroso de una instalación que nadie se atreve a tocar, pero que sigue chispeando en la oscuridad. Martín le puso dos caminos: acompañar a Maduro o acompañar a Qasem Soleimani (a quien describió como jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní muerto por dron en Bagdad). Dijo que Diosdado está políticamente desahuciado, que Delcy lo vendería, que su uniforme es disfraz, que ya no intimida, que su terrorismo psicológico en TV se acabó. Fue aún más lejos: lo vinculó con muertes en Estados Unidos por narcotráfico, cocaína, fentanilo y comparó cifras para subrayar gravedad. “Dead man walking”, concluyeron en la mesa, y él lo confirmó “literalmente”, augurando un abrazo judicial “de boa” y un destino tipo “hotel del Chapo”.
Cuando el micrófono pasó a la audiencia, el tono no bajó; se volvió coral. Un oyente desde Venezuela pidió investigar a Laura Carolina Guerra Angulo, presidenta del Banco Central, señalada extraoficialmente por saqueos. Martín respondió seco: no hace falta abrir investigación, “ya la tienen”. Otro preguntó si además del fraude electoral saldrían a la luz los fraudes de lobbies y la “oposición falsa”, mencionando Monómeros. Martín contestó con convicción: sí, ya hay pruebas en manos de fiscales federales sobre pagos del cartel de los soles a estructuras de lobby durante 27 años; hay investigaciones activas, culpables declarados y evidencias aportadas. Y dejó una frase que cayó como sentencia moral: si lo obligaran a escoger entre esa “mafia” que se llamó oposición y Diosdado, se quedaría con Diosdado porque al menos es honesto en su criminalidad; a los otros los retrató como impostores que vendieron lo que nunca debieron vender. Habló del horror de leer testimonios de tortura, se negó a describir por respeto, pero comparó su crueldad con ISIS, y afirmó que las cortes federales estadounidenses han sido, para muchas verdades, el único lugar posible.
Desde Caracas, una periodista preguntó lo que en el fondo todo el mundo estaba preguntando: ¿cómo confiar en Delcy y Jorge para conducir transición si se les atribuye un rol central en fraudes? ¿qué pasa con leyes represivas que siguen vigentes, aunque liberen presos? Martín respondió con una fórmula que no dejó espacio para ilusión: no se puede confiar “ni el Padre Nuestro frente a un altar”. Dijo que su “buena conducta” es producto de presión real, metáfora incluida: “una pistola en la cabeza”, y nombró un portaviones en aguas del Caribe como símbolo de esa coerción y aseguró que Estados Unidos no está confundido ni engañado; los está usando mientras arranca una transición “verdadera” que no contará con ellos, y que incorporará venezolanos honestos.
Apareció entonces la ley de amnistía, y Martín la desarmó con un argumento simple: propaganda. Un teatro de conciliación para ganar legitimidad y tiempo. “La verdadera amnistía”, dijo, fue la del 3 de enero; sin eso no soltaban “ni al gato”. Y remató lo esencial: ¿qué amnistía puede existir para gente que nunca debió estar presa? Devorah lo redondeó con la frase que corta el aire: con amnistía o sin amnistía, los presos políticos tienen que salir.
Otra pregunta apuntó a las conexiones internacionales: Cuba, Irán, Colombia, Tren de Aragua. Martín respondió con una caracterización de alto voltaje: el cartel de los soles como organización criminal “sui generis” por haber controlado un Estado con ejército, aviación, marina; por eso, desmantelarla es más complejo que matar a un capo. Y puso el centro donde, para él, siempre estuvo: el Estado cubano, la inteligencia cubana. “El cerebro”, dijo. Afirmó que la caída de Maduro sería apenas paso uno y que, para que cese del todo el cartel de los soles, debe caer lo que llamó “cartel de La Habana”. Citó incluso una noticia vista “con alegría”: Cuba avisando a aerolíneas que no tiene gasolina para aviones, y lo conectó con una expresión popular: matar la culebra por la cabeza.
La última pregunta pidió tiempos y nombres sobre Smartmatic. Martín contestó con precisión institucional: la investigación comenzó como esfuerzo privado; luego una jurisdicción del Departamento de Justicia, mencionó al US Attorney Stephen Muldrow de Puerto Rico, decidió abrir investigación criminal; se movió al Distrito Oeste de Missouri con jurisdicción nacional. Habló de dos líneas paralelas: la investigación criminal bajo la Fiscal General Pam Bondi, con jurisdicciones como el sur de Florida (mencionó a un US Attorney de apellido Quiñones) y el este de Missouri; y la investigación de inteligencia conducida por la directora de la Oficina del Director Nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard. Dijo que esa investigación toca complicidad dentro del sistema de inteligencia estadounidense bajo administraciones demócratas (Obama y Biden) y que, cuando salga a la luz, revelará nombres dentro de Smartmatic y del CNE conectados con una conspiración global. Citó además acciones recientes como la confiscación de cajas con boletas en el condado de Fulton, Georgia, por parte del FBI. Y cerró con plazos: semanas para lo que salga por ODNI; meses o años para lo que avance en tribunales con el DOJ, porque así funciona el calendario judicial estadounidense: lento, pero seguro.
Y entonces el espacio cambió de registro sin cambiar de verdad: se volvió despedida, duelo y promesa. Elizabeth le habló a Martín del exilio que roba regresos y de esa herida que es no poder dar el último abrazo. Martín respondió con una confesión que, por íntima, terminó siendo pública: de adolescente, su mamá ponía una canción cantada por Devorah, “La Hiedra”. Era uno de sus recuerdos más bonitos. Dijo que ese amor por el país, por sus ancestros, sus mejores recuerdos, fue lo que lo sostuvo 26 años lejos. Y Devorah, en una escena que parecía escrita por la vida con un pulso literario perfecto, le preguntó cuál debía ser el aporte de esa familia digital que se pasa el día entero sosteniendo espacios, redes, apoyo a María Corina Machado: ¿hacia dónde dirigir esfuerzos para llegar al final?
Martín no dio una lista; dio un mandato moral. La demanda, dijo, debe ser absoluta. Nada a medias. Nada “a cuentagotas”. Entender el proceso no es resignarse: es sostener una exigencia total. La libertad, el retorno a la democracia y la justicia son “innegociables”, ni siquiera “al 1%”. Porque ya se vivió demasiados años viendo gente vender lo que nunca debió vender. Y lanzó la frase que resume su tesis como llave y como sentencia: sin justicia, no habrá libertad.
El regalo final fue un gesto de ternura que no le quitó filo al discurso: Devorah le cantó, para él y para su mamá, “La Hiedra”. Y allí, en esa letra de apego que se aferra, el espacio cerró como cierran las cosas que importan: no con una despedida, sino con una promesa dicha como oración y como plan. “Nos vemos en libertad en Venezuela.”
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