

Luis Correa
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@ControlSocial23
Economista. Docente universitario. Asesor económico. Hincha del futbol. Aquí solo se vulgariza. Todo por el Centro, si no le gusta lo que escribo tenga pacienci





Impresionante imagen de los mineros bolivianos protestando contra el gobierno de extrema derecha de Rodrigo Paz títere de los EEUU y los oligarcas de Bolivia.



Lo peor es que su pensión por invalidez corresponde al 100 %, prestación que precisamente se reconoce cuando existe una incapacidad absoluta para trabajar. Aun así, los mismos magistrados de la CSJ que la eligieron hicieron caso omiso de esa situación, permitiendo que hoy cobre simultáneamente dos ingresos completos del Estado: uno por pensión de invalidez y otro salario del 100 % como magistrada en ejercicio. Y mientras tanto, ninguna institución hace valer la ley ni la Constitución. Ni el Ministro de Justicia, ni la Secretaría de Transparencia de la Presidencia, ni la Agencia Jurídica del Estado, ni los organismos de control y justicia parecen tener interés en intervenir. Un país donde las instituciones guardan silencio frente a semejante contradicción es, sencillamente, un país acéfalo.

Soy médico y, como muchos de ustedes, sin importar quién gane las elecciones, al día siguiente tendré que seguir trabajando, pagando las cuotas del colegio privado de mis hijos, la medicina prepagada, el mercado y las deudas con el banco. Probablemente mi vida no cambie demasiado dependiendo de quién llegue al poder. Pero después de recorrer Colombia como médico forense, funcionario de la Fiscalía, rescatista voluntario, médico de cuidados intensivos y parte de equipos de protección a dignatarios, entendí algo que muchas veces olvidamos desde el privilegio: para millones de colombianos sí cambia todo. Cuando vives a pocos minutos de una gran clínica y cuentas con ambulancia privada, terminas creyendo que esa realidad es igual para todos. Pero no lo es. Durante años, cientos de municipios en Colombia no tuvieron acceso digno a servicios básicos de salud. Lo mismo ocurre con las vías, el internet, los colegios, las universidades y hasta el agua potable. Cuando el contacto más cercano con el campo es la sección de frutas y verduras del supermercado, es difícil comprender lo que significa para una familia campesina recuperar su tierra después del desplazamiento, recibir apoyo para producir alimentos o tener una vía que les permita sacar sus cosechas sin perderlas en el camino. Cuando nuestros hijos estudian en colegios y universidades que cuestan miles de dólares al año, a veces olvidamos que para cientos de miles de jóvenes acceder gratuitamente a la educación no es un privilegio ideológico: es la diferencia entre repetir el ciclo de pobreza o tener una oportunidad de cambiar su vida. ¿Qué puede representar para nosotros un aumento del salario mínimo? Tal vez un mayor gasto mensual. Pero para otros significa poder comer mejor, pagar transporte, comprar útiles escolares o ayudar a sostener una familia. El privilegio muchas veces nos encierra en una burbuja. Y desde esa burbuja es fácil caer en discursos que nos llenan de miedo: miedo a perder, miedo al otro, miedo a quienes viven una realidad distinta a la nuestra. Así nacen la xenofobia, la aporafobia y el racismo; así terminamos viendo como amenaza a quienes solo reclaman oportunidades y dignidad. Y entonces, movidos por el miedo, renunciamos incluso a nuestras propias libertades a cambio de una sensación de seguridad vendida por quienes necesitan mantenernos divididos. Ninguna religión enseña a odiar al prójimo. Todas, sin excepción, hablan de empatía, compasión y justicia. Amar al prójimo no significa amar únicamente a quienes viven dentro de nuestra burbuja, sino entender que nuestros privilegios deberían convertirse en derechos para todos.

Soy médico y, como muchos de ustedes, sin importar quién gane las elecciones, al día siguiente tendré que seguir trabajando, pagando las cuotas del colegio privado de mis hijos, la medicina prepagada, el mercado y las deudas con el banco. Probablemente mi vida no cambie demasiado dependiendo de quién llegue al poder. Pero después de recorrer Colombia como médico forense, funcionario de la Fiscalía, rescatista voluntario, médico de cuidados intensivos y parte de equipos de protección a dignatarios, entendí algo que muchas veces olvidamos desde el privilegio: para millones de colombianos sí cambia todo. Cuando vives a pocos minutos de una gran clínica y cuentas con ambulancia privada, terminas creyendo que esa realidad es igual para todos. Pero no lo es. Durante años, cientos de municipios en Colombia no tuvieron acceso digno a servicios básicos de salud. Lo mismo ocurre con las vías, el internet, los colegios, las universidades y hasta el agua potable. Cuando el contacto más cercano con el campo es la sección de frutas y verduras del supermercado, es difícil comprender lo que significa para una familia campesina recuperar su tierra después del desplazamiento, recibir apoyo para producir alimentos o tener una vía que les permita sacar sus cosechas sin perderlas en el camino. Cuando nuestros hijos estudian en colegios y universidades que cuestan miles de dólares al año, a veces olvidamos que para cientos de miles de jóvenes acceder gratuitamente a la educación no es un privilegio ideológico: es la diferencia entre repetir el ciclo de pobreza o tener una oportunidad de cambiar su vida. ¿Qué puede representar para nosotros un aumento del salario mínimo? Tal vez un mayor gasto mensual. Pero para otros significa poder comer mejor, pagar transporte, comprar útiles escolares o ayudar a sostener una familia. El privilegio muchas veces nos encierra en una burbuja. Y desde esa burbuja es fácil caer en discursos que nos llenan de miedo: miedo a perder, miedo al otro, miedo a quienes viven una realidad distinta a la nuestra. Así nacen la xenofobia, la aporafobia y el racismo; así terminamos viendo como amenaza a quienes solo reclaman oportunidades y dignidad. Y entonces, movidos por el miedo, renunciamos incluso a nuestras propias libertades a cambio de una sensación de seguridad vendida por quienes necesitan mantenernos divididos. Ninguna religión enseña a odiar al prójimo. Todas, sin excepción, hablan de empatía, compasión y justicia. Amar al prójimo no significa amar únicamente a quienes viven dentro de nuestra burbuja, sino entender que nuestros privilegios deberían convertirse en derechos para todos.


“El conocimiento de la Corte Suprema de Justicia de elementos básicos del derecho agrario es precario”: Rodrigo Uprimny 🔗👇 trib.al/IZiimne

Hussam Ebu Safieh, "İsrail'in rehineler için ölüm cezası" ile öldürülecek olan Filistinli doktorlardan biridir (diğer 95 doktor arasında). Onu öldürmelerine izin verme. Bunu yeniden yayınlayın.



A propósito de la solicitud de un grupo de personalidades para que se realice una auditoría técnica al software utilizado por la Registraduría en las elecciones, los in ito a ver los vídeos de mis auditorías forenses realizadas sobre el Sistema Electoral Colombiano. Con base en mis auditorías les puedo decir que la Registraduría de Colombia no tiene la capacidad técnica para garantizar unas elecciones transparentes, lo que nos pde la Registraduría es un acto de fe: que confiemos en el proceso electoral, pero no nos da las pruebas de por qué debemos tener esa confianza. No se pierdan mis vídeos!! Los pueden ver en mi canal de Youtube: @RafaelGarciaTorres-das