Àngels Ferragut retweetledi

La montaña más alta del mundo ya no es silencio, cruje bajo las botas caras, bajo el nylon rasgado, bajo la soberbia empaquetada en oxígeno embotellado. El Everest, que fue plegaria de roca y nieve, se ha convertido en un altar profanado donde los dioses observan cómo los hombres dejan sus restos y siguen subiendo.
Entre banderas deshilachadas y tiendas vencidas por el viento, yace la basura como una segunda capa geológica. No es tierra ni hielo: es plástico. No es fósil: es una bombona vacía. Cada objeto abandonado es una renuncia, una frase no dicha, una huida. Aquí no se tira basura por descuido, se tira por necesidad, por miedo, por supervivencia. Y aun así, la montaña recuerda.
Hay algo obsceno en dejar residuos a ocho mil metros. Como si el mundo, visto desde arriba, mereciera menos respeto. Como si el precio del permiso incluyera el derecho a ensuciar el cielo. El alpinista asciende buscando pureza, pero deja atrás lo que no quiere cargar: restos, cuerpos y promesas rotas. La cima no juzga, pero el camino sí.
Los cadáveres miran sin ojos, no reprochan nada. Son la verdad final: aquí arriba todo pesa, incluso la ambición. A su lado, una cuerda olvidada, una bota sola, un envoltorio de gel energético. El inventario del fracaso humano es largo y ligero, diseñado para ser abandonado.
Y abajo, muy abajo, alguien llamará a esto una hazaña. Publicará una foto limpia, recortada, sin el vertedero fuera de plano. Dirá que ha conquistado la montaña, sin entender que nadie conquista nada cuando deja cicatrices que no puede borrar.
El Everest no necesita más cumbres, necesita duelo, necesita silencio, necesita que alguien, por una vez, suba sin dejar nada atrás.

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