Ross@enricross1964
Estos dos pájaros están a punto que el Karma les de en todos los morros: el lotero de A Coruña y su hermanísimo, que casualmente calentaba silla en Loterías del Estado.
Corría junio de 2012 cuando un boleto de la Primitiva valía 4,7 millones de euros.
El boleto apareció en la administración número 2, donde Manuel Reija, el lotero con más cara que espalda, afirmó haberlo encontrado "abandonado" sobre el mostrador.
Según su versión, al percatarse de que el papelito era una mina de oro, lo entregó siguiendo el protocolo de objetos perdidos.
Durante años, el relato oficial nos lo vendió como un héroe de honestidad.
Sin embargo, la policía empezó a oler el chamusquina cuando el "altruista" Reija, en lugar de buscar al dueño, reclamó el premio para su bolsillo alegando que, tras dos años sin dueño, la ley decía que aquello era suyo.
El tipo intentó cobrar el botín de inmediato, ayudado por su hermano, el Delegado Provincial de Loterías, quien aceleró el expediente para declarar el boleto como res nullius (cosa de nadie) y cerrar el trámite sin hacer demasiadas preguntas.
El Ayuntamiento incluso publicó edictos y aparecieron más de 300 "dueños" con historias delirantes, pero ninguno dio la talla.
Todo cambió en septiembre de 2019. Una magistrada, menos ingenua que el resto, detectó grietas en el cuento y ordenó a la UDEF investigar de verdad, mientras Loterías seguía comprando la versión del hallazgo fortuito.
La policía analizó los registros de la máquina y descubrió que el boleto se comprobó exactamente a las 11:22:42 de un lunes.
Segundos antes y después, la misma máquina validó otros boletos. Al pasarse todos "en bloque", la deducción fue elemental: pertenecían a la misma persona.
Los sabuesos de la UDEF desmenuzaron las combinaciones de esos otros boletos y, ¡sorpresa!, no eran números al azar, sino fechas de nacimiento y aniversarios.
Al rastrear la base de datos, vieron que esa "combinación familiar" se jugaba religiosamente desde hacía años en apenas un par de administraciones.
Cruzaron horarios de cajeros, movimientos bancarios y tarjetas de crédito cerca de la zona en esa franja horaria.
Mientras descartaban a cientos de farsantes, dieron con la familia de otro Manuel (el legítimo dueño), cuyos datos encajaban.
Manuel solía hacer gestiones por esa zona y siempre pasaba por allí.
Su familia confirmó que jugaba exactamente esos números que la policía había rescatado del limbo digital.
Pero el destino tiene un humor muy negro: para cuando la policía confirmó la verdad, Manuel llevaba cinco años muerto.
Se fue a la tumba creyendo a su "lotero de confianza", quien aquel lunes de 2012 le dijo a la cara que sus boletos no tenían premio mientras se guardaba el de los 5 millones.
Al final, la mentira del boleto "tirado en el mostrador" se desmoronó por una cadena de indicios lógicos y huellas digitales.
Era estadísticamente imposible encontrar ese premio por casualidad justo segundos después de que el dueño real pasara el resto de sus boletos.
Gracias a la tenacidad de la jueza y a una investigación policial digna de Netflix, se ha demostrado que el lotero no encontró nada: se lo quedó con toda la alevosía del mundo.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, habrá que aplaudir a los de Delincuencia Económica.
Lo más triste es que, según la investigación, Manuel era un jugador tan fiel que incluso después del día del engaño, siguió yendo a esa misma administración a jugar sus números de siempre, sin sospechar que el hombre que le atendía estaba intentando cobrar su premio millonario a sus espaldas.
Menuda historia.