Ernesto Ponsot B. retweetledi

Principio de Peter
En las oficinas impersonales de la educación norteamericana de los años 70, un educador canadiense llamado Laurence J. Peter observaba con ironía clínica cómo las jerarquías devoraban talento. Vio ascensos sistemáticos: el maestro excelente se convertía en director mediocre, el director competente en burócrata torpe, el burócrata en funcionario desastroso. De esa observación surgió el Principio de Peter, publicado en 1969: «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia». La promoción se basa en el éxito previo, no en la aptitud para el nuevo puesto. El resultado es que las organizaciones terminan llenas de personas que ya no dominan lo que hacen, pero que ya no pueden ser bajadas de categoría sin romper el sistema.
La incompetencia no es un accidente; es el destino natural de toda estructura jerárquica que premia lealtad y resultados pasados en lugar de competencia actual. Peter lo ilustró con ejemplos mordaces: el ingeniero brillante que diseña puentes perfectos pero como gerente de proyecto genera caos presupuestario; el cirujano hábil que termina administrando un hospital y lo lleva a la ruina financiera. El principio no predice que todos sean ineptos, sino que cada uno alcanzará, tarde o temprano, el escalón donde su contribución neta sea nula o muy negativa.
Este mecanismo, aparentemente neutro, se vuelve letal cuando se aplica a los experimentos colectivistas. Las burocracias socialistas e infladas de izquierda son fábricas de Peter a escala industrial. Los «cuadros del Partido» no ascienden por mérito técnico, sino por lealtad ideológica, por repetir consignas con fervor y por no cuestionar jamás la línea oficial. El Gosplan soviético estaba repleto de estos zombis competenciales: economistas que jamás habían gestionado ni un puesto de viandas y vegetales dirigiendo la planificación de toda una nación. Los ministerios venezolanos bajo Chávez y Maduro repitieron la misma tragicomedia: militantes del PSUV colocados en cargos petroleros, agrícolas y sanitarios sin la menor idea de cómo extraer, sembrar o vacunar. El resultado fue previsible. Colapso de producción, hambre planificada y excusas eternas sobre algún «sabotaje imperialista».
En Occidente, las administraciones «progresistas» también han perfeccionado la variante DEI del Principio de Peter. Se promueve a oficiales de diversidad, equidad e inclusión no por capacidad gerencial, sino por su fervor en la causa identitaria. Universidades que antes producían conocimiento ahora producen informes sobre «microagresiones». Ejércitos que antes ganaban guerras ahora pierden ante la obesidad y el adoctrinamiento. Empresas que antes innovaban ahora dedican recursos a talleres de privilegio blanco. La incompetencia se acumula porque no existe mecanismo corrector: ni quiebra de mercado, ni despido fácil, ni competencia real.
Mientras tanto, el capitalismo de mercado actúa como un implacable podador de Peters. El empresario incompetente quiebra rápido; el directivo torpe es reemplazado o la empresa pierde sus cuotas. La propiedad privada y la competencia crean un feedbackbrutal pero eficiente: o produces valor o desapareces. No hay gulag para sostener al inepto; hay bancarrota que libera recursos para quien sí sabe.
Los ingenieros sociales de izquierda, eternos soñadores de paraísos planificados, responden al desastre que ellos mismos generan exigiendo más jerarquía, másEstado, más cargos para sus fieles. Cuando la máquina se atasca de incompetentes, la solución nunca es reducir el tamaño del monstruo; es inyectarle más militantes y más presupuesto. El ciclo es inexorable. Lealtad por encima de competencia, fracaso por encima de corrección, excusas por encima de realidad. Y al final, como siempre, la factura la pagan los de abajo, mientras los Peter rojos siguen ascendiendo, con sonrisas beatíficas, hacia su próximo nivel de catástrofe.

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