
El periodista estadounidense Leland Vittert contó en una entrevista una historia que cambió completamente su visión sobre el conflicto israelí-palestino. Antes de trabajar en Jerusalén, él, como muchos otros, creía en una “imagen simple”, donde todo podía explicarse en categorías de blanco y negro. Pero la realidad con la que se encontró resultó ser mucho más aterradora y compleja. Se trataba de Wafa al-Biss, una joven de Gaza que sufrió graves quemaduras en un accidente por la explosión de una cocina de gas mientras preparaba comida. Fue llevada a un hospital israelí, donde los médicos la trataron durante años, le realizaron operaciones y prácticamente le salvaron la vida. Durante años recibió una atención que en Gaza simplemente no podía obtener. Después de eso, Wafa regresó a su hogar. Le otorgaron un permiso especial que le permitía cruzar la frontera para recibir tratamiento; en aquella época, esos permisos eran muy raros. Parecía que esta historia debía convertirse en un ejemplo de bondad humana y salvación. Pero ocurrió lo contrario. La reclutaron. A la joven a la que le salvaron la vida la prepararon como atacante suicida. Militantes de las “Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa”, brazo armado vinculado a Fatah, le dieron tres objetivos: un autobús, un café y el mismo hospital donde había sido tratada. Y de esas tres opciones, ella misma eligió el hospital, el lugar donde alguna vez le habían salvado la vida. En un puesto de control descubrieron el explosivo que llevaba. Intentó activarlo, pero la bomba no funcionó. Fue arrestada. Fue condenada a prisión y más tarde liberada en el intercambio de prisioneros entre Israel y Hamás por el soldado Gilad Shalit. E incluso después de eso, los israelíes volvieron a tratar sus quemaduras, ayudaron en su rehabilitación y le dieron educación. Más tarde, tras el intercambio de Shalit, regresó a Gaza. Cuando el periodista se reunió con ella años después, le mostró el video de aquel intento de atentado y le preguntó qué sentía al verlo. La respuesta fue estremecedora: “Casi probé el paraíso”. Cuando le preguntó si lo volvería a hacer, respondió sin dudar: “Sí. En cualquier momento. Ese es mi propósito”. Fue en ese momento cuando él comprendió realmente con qué está lidiando Israel. Con una realidad en la que incluso una vida salvada no siempre genera gratitud. Con una realidad donde la humanidad y el terrorismo pueden existir lado a lado. Y con una realidad imposible de entender si se observa desde Occidente. -Diana Kleimerman-




















