Martin Varsavsky@martinvars
Argentina acaba de registrar la cosecha más grande de su historia. Ciento sesenta y tres millones de toneladas de granos en la campaña 2025/2026, veinte millones más que el ciclo anterior y veintiún por ciento por encima del récord previo de 2018/2019. Maíz récord absoluto con setenta millones de toneladas. Trigo récord con casi veintiocho millones. Girasol récord con 7,4 millones. Soja muy cerca de máximos históricos.
Hace pocos años el kirchnerismo discutía si Argentina podía alcanzar los cien millones de toneladas. Los lock outs, las retenciones móviles, las restricciones a la exportación, la Resolución 125, todo construido sobre la idea de que el campo era un enemigo al que había que castigar. El resultado fue previsible. Producción estancada, inversión paralizada, salida masiva de capital y una sequía en 2022/2023 que encontró al sector sin reservas para resistir.
Después llegó Milei. Bajaron las retenciones a la soja del 33 al 24 por ciento, al maíz al 8,5, al trigo y la cebada al 5,5. Las economías regionales, los lácteos, los porcinos y la carne vacuna quedaron en cero. Se levantó el cepo para personas físicas y jurídicas, se ordenó el tipo de cambio dentro de un esquema de bandas, se devolvió previsibilidad. Por el Decreto 273/2025 se liberó la importación de maquinaria agrícola usada eliminando el certificado CIBU que durante treinta años funcionó como una prohibición de facto, y el productor pudo finalmente acceder a tractores, cosechadoras y sembradoras a precios competitivos. El productor respondió como responde siempre cuando lo dejan trabajar: sembrando más, invirtiendo más, produciendo más.
Esto es lo que pasa cuando liberás al campo del socialismo. El agro argentino aportará más de 36 mil millones de dólares en exportaciones este año, seis de cada diez dólares que ingresan al país vienen del sector agroexportador. No hay plan social que genere esa cantidad de divisas. No hay subsidio que reemplace esa productividad. Solo hace falta sacarle al Estado las manos de encima al que produce.
La lección es vieja y se repite en cada país que la aplica. Cuando el Estado deja de robarle al campo, el campo alimenta al país. Cuando deja de castigar al productor, el productor genera la riqueza que paga los hospitales, las escuelas y las rutas. Ciento sesenta y tres millones de toneladas no son una casualidad climática. Son la consecuencia directa de un cambio de modelo.
Argentina vuelve a ser el granero del mundo porque finalmente entendió que la prosperidad no se decreta, se libera.