Ankor Inclán@ankorinclan
A los 97 años, la voz de Noam Chomsky, que durante décadas fue una de las más incómodas y necesarias del mundo contemporáneo, se ha visto profundamente limitada. El hombre que convirtió el lenguaje en una herramienta para desmontar el poder, para cuestionar narrativas oficiales y para incomodar a quienes preferían no ser cuestionados, ya no puede expresarse como lo hacía antes. Sin embargo, lo que dejó dicho sigue vivo, como una especie de eco que no termina de apagarse.
Chomsky nunca fue un pensador fácil de digerir. Sus ideas no buscaban consolar ni simplificar, sino obligar a mirar donde normalmente no se mira. Insistía en que la pobreza no es un accidente ni una fatalidad inevitable, sino el resultado directo de estructuras diseñadas para concentrar poder y riqueza. Esa afirmación, por sí sola, desmonta muchos de los relatos que durante años se han presentado como inevitables.
También defendía que la verdad no llega sola, ni se recibe sin esfuerzo. Requiere trabajo, duda, pensamiento propio y una disposición constante a cuestionar lo que parece evidente. Para él, aceptar sin pensar era una forma de renunciar a la libertad, y por eso ponía tanto énfasis en la incomodidad intelectual como punto de partida para entender el mundo.
Una de sus ideas más persistentes era que el poder necesita fabricar enemigos, alimentar el miedo y luego presentarse como la única solución posible. Este mecanismo, que él analizó durante décadas, no era para él una teoría abstracta, sino algo visible en la historia reciente y en el funcionamiento cotidiano de los medios y la política.
Del mismo modo, recordaba que los derechos que hoy parecen normales no fueron concedidos por generosidad, sino conquistados por personas comunes que decidieron no aceptar lo establecido. Esa mirada devolvía el protagonismo a la gente, alejándolo de la idea de que solo las grandes figuras cambian el rumbo de la historia.
A lo largo de su vida, Chomsky mantuvo una coherencia poco habitual. No suavizó sus ideas para resultar más aceptable, ni buscó encajar en los espacios donde su pensamiento incomodaba. Eso le costó críticas, vigilancia y rechazo en ciertos ámbitos, pero nunca cambió el fondo de lo que defendía.
Hoy, su silencio no significa ausencia. Sus libros siguen leyéndose, sus conferencias siguen circulando y sus preguntas siguen abiertas. Porque más que ofrecer respuestas cerradas, su legado consiste en una forma de mirar el mundo que obliga a no conformarse.
Quizá por eso su influencia no desaparece con su voz. Permanece en cada persona que decide cuestionar lo que parece incuestionable, en cada duda que rompe una certeza cómoda y en cada intento de entender quién se beneficia realmente de las cosas tal y como son.
Al final, no dejó un monumento ni una verdad única, sino algo mucho más difícil de ignorar: una invitación constante a pensar por cuenta propia, incluso cuando hacerlo resulta incómodo.