
La educación occidental, pese a su avance, ha sido infiltrada por narrativas izquierdistas que enfatizan victimismo y culpan al capitalismo por fallos humanos inherentes, ignorando éxitos empíricos del libre mercado. No es un declive intelectual general, sino un sesgo selectivo: emociones como envidia y empatía sesgada eclipsan datos sobre pobreza reducida vía capitalismo. La manipulabilidad crece porque instituciones premian la virtud señalada sobre análisis crítico, haciendo que utopías socialistas parezcan compasivas pese a sus fracasos repetidos.





















