

DE TERROR: La corrupción sigue carcomiendo al Estado boliviano en todos sus niveles, nacional, departamental y municipal. En aduanas, impuestos, policía, fiscalía y la justicia operan redes que parecen intocables, dedicadas a robar, extorsionar y garantizarse la impunidad de siempre. Pero el problema ya no es solo de individuos corruptos, es una deformación política e institucional incubada durante años, y agravada por el MAS, que normalizó estas prácticas hasta volverlas parte de la cultura cotidiana del poder. Cuando la corrupción deja de escandalizar y se convierte en costumbre, el Estado deja de servir a la gente, pierde legitimidad y empieza, poco a poco, a devorar lo ciudadano.


























