
Descansa en paz, querido amigo, padrino. Me ha conmocionado tu muerte repentina aquí, en Ginebra, hoy, hace unas horas, sumido en este exilio voluntario, pero también impuesto, dictado por quien todo lo puede. Me lo comunicó mi hermano. Las lágrimas afloraron en mitad de una reunión de trabajo. Una fuente espontánea de cariño sincero. Nos quedaban tareas pendientes, cosas por hacer.
Viniste a Pamplona cuando yo tenía veinte años y me pediste que me fuera contigo. Y te seguí a Madrid. Me convertí en adjunto a tu presidencia. Asististe a mi tesis doctoral, en primera fila, orgulloso de cómo defendía que la hacienda confiscatoria solo acarrea miseria. Me enseñaste con tu ejemplo diario acerca de un mundo que yo desconocía absolutamente.
Al cabo de un tiempo, te dije que quería volar solo. Lo entendiste con generosidad y me ayudaste en años de una gran expansión que no fue precisamente un camino de rosas, sino una guerra fatigosa donde hubo veintitrés puñaladas. Cuando nos encontrábamos, solías afearme la conducta. Solo tú me decías según qué cosas. Pero la frase más bonita que han dicho de mí en mi ausencia es tuya también: «Jaime hace de sus sueños realidades».
En nuestro último encuentro: «¡No puedes enfrentarte al regulador! Es un suicidio». Te referías a los burócratas de Bruselas. Y yo me recordaba sentado al otro lado de tu escritorio diez, veinte, treinta años atrás, con mi cuaderno, tomando apuntes. O callado, atento a tus conversaciones telefónicas. Me confortaste cuando sufrí mal de amores. Varias veces.
Nuestra correspondencia de estos últimos meses ha sido la más profunda, humana y cercana que hemos tenido nunca. Ya no hablábamos de negocios, sino de nuestras respectivas infancias, del recuerdo de nuestros padres entonces y de las enseñanzas que nos dieron, de la amistad o de cómo el tiempo y el respeto habían logrado olvidar nuestras diferencias.
Fuiste un hombre íntegro en un mundo deshonesto. El único que he conocido en la farsa gigantesca que es el sector financiero. Hubieras sido el mejor presidente del Banco de España, el mejor ministro de Economía. Siempre lo dije. Pero nunca te nombraron porque los mediocres quieren a otros más mediocres a su cargo, van entrelazando eslabones de mediocres en una cadena de mediocridad que parece que no acabar nunca.
Me hiciste comprender desde el comienzo el significado del capitalismo humanista. Defendías la empresa familiar por encima de todo, el verdadero sostén de cualquier economía de mercado que se precie. Y lograste que los gerifaltes del Ibex aceptaran unas reglas de buena praxis corporativa que no se estilaban en España.
En mi agenda, que hago cada domingo, en la de este último había apuntado llamarte mañana, día 4, al regresar a Londres. Era demasiado tiempo sin verte. Y, como siempre, quería pedirte un consejo.
Gracias por cruzarte en mi camino. Tu recuerdo perdurará en cuantos te quisimos y admiramos. La muerte triunfante es la que deja a los vivos sembrados de la persona que uno fue. Así me dejas a mí.
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