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Una jueza penal electa que, al mismo tiempo, aparece como dirigente de Morena no es una anécdota ni un descuido menor. Es una postal del problema completo: la justicia empieza a verse menos como contrapeso y más como una extensión organizada del poder político.
Porque el punto no es si mañana dictará una sentencia parcial. El punto es otro, mucho más grave: ¿cómo confiar en un tribunal cuando quien debe juzgar también forma parte de la estructura del partido que gobierna, moviliza, decide candidaturas y disputa poder?
La independencia judicial no se defiende en discursos; se defiende con distancia, prudencia, límites y renuncias. Si los jueces ya no sienten la necesidad de separarse de los partidos, entonces el daño no está solo en una persona: está en el mensaje que manda todo el sistema.

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