Periche retweetledi

Hace un tiempo, un amigo me comentó que una tía de su mujer, le había preguntado que qué plan tenía para el día siguiente, día en que habíamos quedado él y yo para jugar una partida a un wargame. Trató de explicárselo a la señora, pero esta al final con cierta sorna le dijo que entendía que iba a echar el día jugando a los soldaditos y a los barquitos. Esta es desgraciadamente una percepción generalizada del hobby.
Reducir el wargame a “jugar a los soldaditos y los barquitos” es una simplificación tan fácil como injusta. El wargame tiene, por supuesto, un componente lúdico evidente: se juega, se disfruta, se compite y se comparte mesa con otros. Pero despacharlo como una simple distracción infantil revela una gran desconocimiento. El wargame, aunque sea un juego, no es “solo un juego”.
De hecho, su origen está muy lejos de cualquier frivolidad. El wargame moderno no nace como entretenimiento, sino como herramienta de análisis, planificación y formación militar. Su antecedente más directo es el Kriegsspiel prusiano del siglo XIX, inventado por von Reisswitz y desarrollado como instrumento para entrenar oficiales, estudiar maniobras y ensayar decisiones tácticas en un entorno controlado. No era un pasatiempo, sino una forma de aprender a pensar antes de actuar. Aquellos tableros con bloques y mapas no servían para “matar el rato”, sino para formar cuadros de mando capaces de tomar decisiones complejas bajo presión, con información incompleta y consecuencias reales.
Ese principio sigue vigente hoy. Los ejércitos modernos continúan empleando wargames —analógicos y digitales— para entrenamiento, simulación operativa, análisis estratégico y planificación. Se utilizan para estudiar escenarios, anticipar respuestas, evaluar riesgos y explorar cursos de acción. Cambia el contexto, cambian las herramientas, pero permanece la lógica de fondo: el wargame es una forma estructurada de pensar problemas complejos.
Y eso es precisamente lo que distingue al wargame como hobby de otros juegos de mesa. No se trata únicamente de jugar por jugar, ni solo de dominar unas reglas para optimizar una victoria. En muchos juegos de mesa el objetivo principal es aprender el sistema y jugarlo cada vez mejor; el aprendizaje se agota, en gran medida, en el propio juego. En el wargame, en cambio, el juego es también un vehículo para aprender cosas que están fuera de él.
Un buen wargame obliga a comprender contexto histórico, geografía, logística, tecnología, organización militar, doctrina, economía y política. Para jugar con criterio no basta con saber qué hace cada ficha: hay que entender por qué esa unidad está ahí, qué función cumple, qué limitaciones tiene y qué condicionantes operaban sobre ella. No es lo mismo mover fichas en un tablero que comprender por qué una línea de suministro decide una campaña, por qué un río cambia una ofensiva o por qué una retirada a tiempo puede ser más inteligente que una victoria táctica.
El jugador de wargames desarrolla, casi sin darse cuenta, habilidades que van mucho más allá del tablero. Aprende a analizar sistemas complejos, a valorar costes de oportunidad, a gestionar recursos limitados, a tomar decisiones con información incompleta y a asumir que toda decisión implica renuncias. Aprende a pensar en términos de segundo y tercer orden: no solo qué ocurre si hago esto, sino qué ocurre después. Es un ejercicio constante de planificación, previsión y adaptación.
También hay un componente intelectual poco habitual en otros hobbies lúdicos: el estudio. Quien juega wargames suele leer historia, consulta mapas, contrasta fuentes, se interesa por campañas, armamento, doctrinas y procesos políticos. El juego empuja a investigar, a contextualizar y a comprender. Muchas veces uno llega al tablero por curiosidad histórica y sale de él con ganas de abrir un libro. No es raro que un wargame bien diseñado despierte más interés por entender una batalla, una guerra o una época que muchas clases académicas.
A eso se suma otro valor frecuentemente ignorado: el social. El wargame no es una actividad aislada de alguien encerrado “jugando solo con soldaditos”, sino una práctica profundamente social. Exige diálogo, acuerdo, interpretación de reglas, debate, paciencia y tiempo compartido. Obliga a mantener la atención, a argumentar, a discrepar con educación y a convivir intelectualmente con otro durante horas. En un entorno cada vez más dominado por estímulos rápidos, inmediatez y consumo pasivo, sentarse una tarde entera a pensar, conversar y sostener una partida compleja con otra persona es casi un acto contracultural.
Y sí, también es ocio. Pero conviene recordar que no todo ocio valioso tiene que producir beneficios económicos para ser legítimo. Medir el valor de una actividad humana solo por su rentabilidad es una forma muy pobre de entender la vida. Hay actividades que no “producen” dinero y, sin embargo, cultivan criterio, disciplina mental, memoria, capacidad analítica, conocimiento histórico y vínculos sociales. El wargame pertenece claramente a esa categoría.
No se trata de defender que jugar wargames sea una actividad superior, ni de revestirla de una solemnidad artificial. Se trata simplemente de reconocer lo evidente: es un hobby que entretiene, sí, pero que además enseña, exige y forma. Tiene una dimensión lúdica, pero también intelectual, histórica y analítica. No consiste en “perder el tiempo jugando a los soldaditos”, sino en emplearlo en una forma de ocio que, además de divertir, obliga a pensar.
Y en tiempos en los que abundan formas de entretenimiento cada vez más pasivas, más inmediatas y más vacías, dedicar una tarde a estudiar un problema, analizar un escenario, tomar decisiones y aprender algo en el proceso quizá no sea una pérdida de tiempo. Quizá sea, precisamente, una de las mejores maneras de aprovecharlo.
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