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¿Cerrar la Plaza de Toros? El riesgo de destruir una red de conservación que no vemos
Cerrar la Plaza de Toros México no es solo una decisión cultural o ética. Es una medida que tendría impactos estructurales en una red de conservación ambiental que ha operado por siglos en México sin subsidios ni reconocimiento formal. Detrás del espectáculo hay una cadena productiva que conserva territorios, tradiciones y biodiversidad.
Actualmente, cerca de 170,000 hectáreas están dedicadas a ganaderías de toros bravos. Esa superficie, mayor que todo el estado de Tlaxcala o que varias capitales europeas juntas, es cuidada por apenas 269 familias. Estos ranchos no son monocultivos: son ecosistemas vivos, ricos en flora y fauna, donde se permite el libre desarrollo de especies silvestres, lejos de la urbanización, la fragmentación del hábitat y la contaminación industrial. Sin fondos públicos. Sin apoyos presupuestales. Sin contratos con el Estado.
En contraste, la zona conurbada del Valle de México, con sus 6,000 km², es habitada y “cuidada” por más de 4 millones de familias, con servicios urbanos que dependen de altos niveles de gasto público. Mientras en la ciudad la conservación se paga con impuestos, en el campo la conservación es parte del modo de vida y no recibe nada a cambio.
Este desequilibrio evidencia un doble rasero: en el mundo urbano, todo se justifica si es “moderno”, “progresista” o “tecnológico”; en el mundo rural, las prácticas tradicionales son vistas como “atrasadas” o “crueles”, incluso si preservan territorios y sustentan familias enteras.
La conservación no siempre lleva uniforme
En países como España, ganaderías como Miura, Victorino Martín o Domecq han sido reconocidas no solo como parte del patrimonio cultural, sino como agentes de conservación rural. En Francia, la región de la Camarga protege al toro y al caballo camargués como parte de su identidad biocultural. Colombia y Perú han defendido ante cortes constitucionales el valor cultural y ecológico de la tauromaquia frente a prohibiciones. En Portugal, la ley reconoce a las ganaderías como custodios del paisaje y la biodiversidad.
Más allá de la tauromaquia, la conservación activa hecha por comunidades rurales ha sido reconocida en foros internacionales como el Convenio sobre la Diversidad Biológica de la ONU. Reservas voluntarias como las de los Masái en Kenia o las estancias de criadores de caballos criollos en Argentina son hoy modelos de gestión sostenible sin intervención estatal.
¿Por qué en México no podemos ver esto con claridad?
Cultura, campo y biodiversidad: una ecuación indivisible
Las ganaderías bravas cumplen tres funciones:
1. Ecológica: protegen ecosistemas semiáridos y templados, evitan la fragmentación territorial y conservan especies nativas.
2. Cultural: sostienen una tradición que ha dado identidad, literatura, música y arquitectura a regiones enteras.
3. Económica: emplean familias, dinamizan el turismo y permiten una convivencia entre la producción y la conservación.
Eliminar la Plaza de Toros México sería romper el circuito entre lo urbano y lo rural, entre lo simbólico y lo territorial. Sería apagar el faro que aún da visibilidad a esta cadena de valor. La ciudad no tiene el derecho moral de desconocer aquello que no quiere ver. Menos aún si no está dispuesta a asumir los costos de conservar ese territorio por otros medios.
Un cierre no es una solución: es un abandono
Cerrar la plaza no eliminará el sufrimiento animal. Pero sí pondrá en riesgo el sustento de cientos de familias, la conservación de miles de hectáreas, y la memoria cultural de generaciones. Se abriría un vacío que, como ha ocurrido en otras partes del mundo, sería rápidamente llenado por la especulación inmobiliaria, la ganadería extensiva sin control o el abandono del campo.
En un país con tantas crisis simultáneas, es legítimo preguntarse: ¿de verdad esta es la batalla más urgente?

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