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«Diablo, andamos en los motores metidos en el monte, con la familia, estamos cerca del Río Jimenoa, maldita, ¿te recuerdas? ¿cuando vuelves?» …te escribo después que ando con la mujer.
Ese mensaje me llegó hoy a la pantalla. Lo leo desde el norte y me devuelve de golpe a la mañana exacta en que empezó mi huida:
Como si no fuera suficiente el silencio de aquel momento, las tres nos amontonamos sobre el celular a escuchar las instrucciones que papi dictaba a través del altavoz. La noticia partió la tranquilidad de la mañana y los plátanos con huevo de aquel día quedaron huérfanos sobre el legendario mantel “amarilloso” de plástico que cubría la mesa cerca del fogón.
Entre las tablas de la cocina se veía la neblina y cómo el verde nos rodeaba. Mami anotaba todo, paso a paso, las instrucciones que papi enumeraba. Mi abuela, con la insistencia de la gente vieja, repetía lo mismo:
—Ricaidito, dile a la vieja Fefa que Maigarita la de lo Montone’ le manda saluuuuuuuuudo… ¡Diablo, pero ese de’graciao como que no oye!
Y yo en shock.
Año 2018. Jarabacoa; República Dominicana.
Lo que tantos años había deseado, luego de escuchar a mi papá y sus planes, ahora me provocaba una ansiedad que se enredaba en mi cuerpo e intentaba dejarme anclada para siempre a mi lugar. Ya a las diez de la mañana toda la familia lo sabía, incluyendo las tías de España. Mientras todo el mundo estaba muy feliz por “mi salvación” y mi huida hacia la tierra prometida, yo, desde el balcón, veía cómo para los demás era el comienzo de un fin de semana largo. Desde arriba miraba pasar a los visitantes y a los dueños de villas en sus four wheels, llegaban de todos lados del país con la misma intención de siempre: beber sin parar y el típico fin de querer cogerse a todas las que vamos al parque por las noches. Justo a esa hora, mientras veía pasar un par de trofeítos arriba de sus motores con las esposas rodeándoles la cintura con sus manos, yo ya tenía asegurada mi entrada al norte: la certeza de la residencia permanente, un trabajo fijo, un “supuesto” apartamento solo para mí y la promesa de un carrito de mil quinientos dólares. Un buen comienzo para llegar al gran imperio.
El “qué dirán” a mí nunca me importó. Pero lo que dijeron, lo que me dio la gana de hacer, vivir en mi pueblo, en una que otra villa o entre el monte, arriba o recostada de esos mismos four wheels, sin que nadie lo supiera, comenzaba a volverse cada vez más abstracto. Luego de la llamada de papi, comenzaba a convertirme en una frase llena de deseo, machismo y melancolía: “¡Diablo!, se fue pa’ USA la mala de ahí arriba”.
continuará.
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