JUAN P
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@MADRIDPICA3
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Mi particular Cenicienta para despertar conciencias #DíamundialELA [QUE CORRA] CinderELA y el baile de los cuidados Érase una vez, en un reino muy moderno, muy justo, muy social y muy dado a poner palabras bonitas en los pergaminos, una muchacha llamada CinderELA. CinderELA vivía en una casucha pequeña, con goteras en invierno, calor en verano y facturas todo el año. No era perezosa, ni caprichosa, ni de esas princesas que se desmayan porque una abeja les roza el mentón. No. CinderELA era fuerte por obligación, paciente por cansancio y valiente porque no le quedaba otro remedio. Tenía una enfermedad cruel, de ésas que no piden permiso para entrar y que, cuando entran, se sientan en la mesa, se comen el pan, apagan la lumbre y encima preguntan qué hay de postre. CinderELA necesitaba cuidados. Muchos cuidados. Para levantarse, para asearse, para respirar, para comer, para seguir viva sin convertir cada día en una escalera imposible. No era un día cualquiera. En aquel reino se había anunciado un gran baile en palacio. —¡El príncipe Cuidador ha abierto sus puertas! —gritaban los heraldos por las plazas—¡Quien lo necesite podrá aspirar a recibir ayuda, atención y compañía! El príncipe Cuidador —que debía su nombre a su padre y antes que a éste a su abuelo— era muy nombrado en canciones, discursos y promesas. Decían que tenía manos firmes, mirada limpia y una extraña costumbre: ayudar a quienes no podían más. CinderELA escuchó la noticia con el corazón encendido. —Tal vez —susurró—. Tal vez esta vez sí. Así que, con las pocas fuerzas que tenía, se cosió un vestido. No era de seda. No era de encaje. No llevaba perlas ni diamantes. Estaba hecho con retales de esperanza, puntadas de paciencia y un dobladillo de fe e ilusión remendada. En el pecho llevaba bordada una palabra pequeñita: dignidad. Pero en aquella casa mandaba GovernILLA, una señora muy solemne, muy peinada, muy amiga de las declaraciones institucionales y muy partidaria de abrazar a los pobres siempre que éstos no hicieran alarde de la fea costumbre de pedir algo concreto. La madrastra tenía dos hijas predilectas: Estel Ada y Empoderada. A Estel Ada le encantaban los pactos sobre fondo amarillo, las promesas con letra pequeña y los silencios bien colocados. Empoderada, por su parte, llevaba siempre una cesta llena de buenas intenciones, pero cada vez que alguien le pedía pan, sacaba un manifiesto en su lugar. —Madre —dijo Estel Ada—, CinderELA quiere ir al baile. —¿Al baile? —repitió Empoderada, llevándose una mano al pecho—. Qué bonito. Qué inclusivo. Qué transformador. GovernILLA miró a CinderELA de arriba abajo. —Claro que puedes ir, querida. En este reino de las personas, de todas y para todos nadie se queda atrás. CinderELA sonrió. Pero la sonrisa le duró poco. —Solo tienes que pagarme cinco maravedíes de plata—añadió la madrastra. CinderELA palideció. —¿Cinco maravedíes? Pero si son casi todo lo que tengo. —No exageres, CinderELA —dijo GovernILLA, con esa voz de quien nunca ha tenido que elegir entre pagar el alquiler o comprar medicinas—. No es nada. —Para vos quizá no. —Además —continuó la madrastra—, si te ganas las atenciones del príncipe tendrás los mejores cuidados. Te lavarán, te vestirán, te alimentarán, te moverán, te acompañarán. Ya verás qué bien. —Precisamente por eso necesito ir —respondió CinderELA—. Pero si os doy esos cinco maravedíes perderé la casa, no podré subsistir y de nada me servirán los cuidados. GovernILLA suspiró, como suspiran los poderosos cuando los débiles tienen la mala educación de explicar la realidad salpicando sus miserias sobre sus lustrados zapatos. —Ay, hija, qué dramática eres. —No es drama. Es contabilidad de necesitada. CinderELA sacó una bolsita gastada y mostró sus escasas monedas. —Con estos maravedíes pago al casero para no perder mi casa. Compro comida para mis mascotas, que son como mis hijos. Pago al mozo que trae alfalfa para mi viejo corcel. Compro aceite para los candiles, leña para el fuego y medicinas para respirar. Si os doy cinco maravedíes, no me quedará aire, ni techo, ni luz, ni calor. ¿Acaso no me veis? Mi cuerpo ya ha ahorrado en carne por las privaciones. ¿Qué más puedo hacer? Estel Ada miró hacia otro lado. Empoderada murmuró algo sobre crear una comisión de seguimiento o de seguimiente, aún no había decidido cómo llamarla. La madrastra, en cambio, sonrió con la ternura del recaudador de impuestos que se relame al ver la opulencia de un contribuyente. —Querida CinderELA, debes entender que el reino tiene normas y que estamos obligados a cumplirlas. —¿Y las normas entienden que yo me ahogo? —Las normas no están para entender. Están para aplicarse. Entonces GovernILLA agarró el vestido de CinderELA. —Este traje está lleno de expectativas indebidas. —Está lleno de ilusiones —replicó la joven— —Eso mismo. Muy peligroso. Y, zas, rasgó una manga. —Esto por confiar demasiado. Zas, arrancó el dobladillo. —Esto por creer que un derecho sirve de algo si no puedes pagarlo. Zas, tiró del bordado donde ponía dignidad. —Y esto porque en palacio esa palabra queda muy bien en los discursos, pero mancha mucho los presupuestos. CinderELA recogió del suelo los pedazos de su vestido. Allí estaban, mezcladas, sus esperanzas, sus planes, sus pequeños futuros. Todo hecho trizas. —No llores —dijo Empoderada—. Estamos contigo si deseas hacer una sentada reivindicativa. —¿Me ayudáis entonces? —Estamos contigo emocionalmente, en espíritu. —¿Y materialmente? Empoderada miró a Estel Ada. Estel Ada, silbando, miró a su madre. GovernILLA miró el reloj. —Se hace tarde para el baile. Y las tres se marcharon en una carroza oficial, tirada por caballos alimentados con partidas presupuestarias, mientras CinderELA volvía a su casucha con el vestido roto entre los brazos. Aquella noche, el frío entró por las rendijas como un cobrador impaciente. CinderELA intentó encender el candil, pero quedaba poco aceite. Intentó avivar la lumbre, pero quedaba poca leña. Intentó respirar hondo, pero el pecho le respondió con un crujido. El disgusto hizo mella en su cuerpo frágil. No era solo tristeza. Era cansancio acumulado remando para llegar a una costa que, siempre que se acercaba, se acababa alejando de nuevo. Era rabia tragada. Era ese tipo de agotamiento que no sale en los folletos, porque queda feo al lado de los logos institucionales. CinderELA cayó en la cama sin fuerzas. —Solo quería ir al baile —susurró—. Solo quería cuidados. Entonces, entre sollozos, ocurrió algo extraño. El quicio de la puerta se iluminó de golpe. Primero fue una línea dorada. Luego un resplandor suave. Después, toda la habitación quedó bañada por una luz blanca y silenciosa. CinderELA, casi sin poder abrir los ojos, vio una figura junto a la puerta. —¿Sois mi hada madrina? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Venís a llevarme al baile? La figura se acercó despacio. —Sí, vengo a llevarte conmigo. CinderELA intentó incorporarse. No pudo. —Pero no tengo vestido. Lo hice con todas mis ilusiones y la poca esperanza que me quedaba, pero mi madrastra lo rompió en mil pedazos. —No te preocupes —respondió la figura—. No te va a hacer falta. —Pero no puedo ir al baile con estos harapos mugrientos. —No vamos al baile. CinderELA sintió que el ambiente se tornaba más frío y vio cómo una nube de vaho se formaba al exhalar el poco aire que sus maltrechos pulmones podían albergar. —¿Y adónde me lleváis, hada? La figura guardó silencio un instante. —Tampoco soy tu hada. Soy la muerte y vengo a llevarte conmigo. CinderELA abrió los ojos cuanto pudo. —¿La muerte? Pero aún no es mi hora. Me quedan cosas por hacer. Me queda gente que me quiere. Ni siquiera he podido despedirme. La muerte se sentó a su lado. No llevaba guadaña. No hacía falta. A veces la muerte no viene con filo, sino con expedientes, demoras, deducciones y silencios. —Lo sé —dijo—. Sé que aún no es tu hora. —Entonces no me llevéis. —No creas que no he intentado ayudarte para evitarlo. CinderELA la miró, confundida. —¿Vos? —Yo misma. Aquella vez que el rey Sanchillo vino a esta mansión para ver a tu madrastra, te hice desvanecerte ante sus ojos para que comprendiera la urgencia. Pensé: “Ahora lo verá. Ahora entenderá que no se gobierna la vida de los frágiles con promesas de sobremesa”. —¿Y lo entendió? La muerte bajó la mirada. —Vio. Eso sí. Ver, vio. Pero algunos miran el dolor como quien mira la lluvia desde un balcón cubierto. ¡Qué pena!, dicen, viendo cómo otros se mojan mientras a ellos no les roza ni una gota de agua. CinderELA cerró los ojos. —También te hice toser delante de tu madrastra en no pocas ocasiones —continuó la muerte—. Quise despertar su compasión. Pensé que, al verte sin aire, recordaría que gobernar no consiste en encontrar obstáculos, sino en retirarlos. —¿Y la despertasteis? —Desperté su agenda. Su compasión siguió durmiendo a pierna suelta. O fue así, o simplemente carece de ella. La habitación quedó en silencio. Fuera, desde algún lugar lejano llegaba la música de palacio. Se oían las risas de los invitados y los brindis de los cortesanos. El príncipe Cuidador, mientras tanto, esperaba sin saber que a muchas CinderELAs les habían querido cobrar la entrada a precios impeditivos antes de dejarlas llegar. —No quiero irme —dijo CinderELA—. —Lo sé. A mí tampoco me apetece llevarte conmigo. —No quiero que digan que la enfermedad me venció. La muerte apretó los labios. —Entonces habrá que decir la verdad. —¿Cuál? —Que no siempre mata solo la enfermedad. A veces mata también la demora. Mata la letra pequeña. Mata el cálculo frío. Matan el copago y las deducciones disfrazados de gestión y de obligación inexcusable. Mata esa costumbre de convertir una ayuda en una carrera de obstáculos para quienes ya no pueden correr y aún menos saltar. CinderELA respiró con dificultad. —¿Y mi madrastra? —GovernILLA dirá que hizo lo que marcaban las normas y apuntará su dedo acusador al rey Sanchillo. —¿Y qué dirá éste? —Lamentará profundamente tu pérdida, señalará a GovernILLA lavándose las manos y se despedirá de los presentes diciendo solemnemente: “son las cinco y no he comido”. —¿Y sus opositores en la corte? —Alzarán el grito al cielo, se rasgarán las vestiduras y pedirán responsabilidades mientras se frotan las manos y se relamen secretamente. —¿Y Estel Ada? —Dirá que si la solución hubiese dependido enteramente de ellas, como ya hace tiempo que reclaman… Y devolverá así la pelota a la capital del reino. —¿Y Empoderada? —Dirá que hay que abrir un debate profundo para alcanzar el consenso. CinderELA soltó una risilla nerviosa, quebrada y dijo casi en susurro: —Tanto nadar salvando temporales para acabar muriendo en la orilla. ¿No te parece que nos ha quedado un cuento con un final muy feo? —Todos lo tienen cuando quien gobierna cuida más sus arcas que las personas. Cuando derrocha en nimiedades y regatea hasta el último céntimo a quien llama desesperado a su puerta. La muerte se levantó. —Ven, CinderELA. —¿Me dolerá? —Mucho menos que tener que pedir ayuda y descubrir que también te cobran por necesitarla. CinderELA bajó la mirada hacia su vestido roto. En el suelo había quedado un pedacito de tela. Aún podía leerse una palabra: dignidad. No estaba entera, pero seguía allí. A la mañana siguiente, GovernILLA ordenó publicar un bando. “Lamentamos profundamente lo ocurrido. Este gobierno está comprometido con las personas vulnerables. Seguiremos trabajando para que nadie se quede atrás.” Estel Ada añadió una frase sobre responsabilidad institucional. Empoderada propuso una mesa de diálogo con mantel inclusivo. Y en palacio, el príncipe Cuidador siguió esperando a muchas CinderELAs que nunca llegaron. No porque no quisieran bailar, sino porque alguien les había cobrado la esperanza en la puerta. Desde entonces, aquel reino celebra el Día de la Vergüenza cada día 31, en honor al artículo nefasto que para unos era una muralla y para otros una simple zanja que podían saltar sin mojarse los zapatos. Un párrafo pequeño, gris, administrativo, pero escrito lo bastante alto como para separar territorios, derechos y vidas. Y cada vez que un reino lo aplique, su nombre aparecerá escrito en aquella pared tan infame como invisible. No con tinta. Con vidas. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado. Porque mientras haya una CinderELA encerrada en su casucha, contando maravedíes para poder respirar, ningún reino podrá llamarse justo sin que se le caiga la corona de vergüenza. Javier Gámez Martín














