
El error que la derecha todavía no entiende Por Carolina Restrepo Cañavera Estar hoy en la campaña de Abelardo y José Manuel no me hace ciega frente a una realidad política que considero peligrosamente evidente, al contrario, me obliga a decir algo que ciertos sectores de la derecha todavía no quieren mirar de frente: el verdadero riesgo no es solamente perder una elección. El verdadero riesgo es no entender a quién se fortalece mientras se pierde. Iván Cepeda no está donde está por carisma. Tampoco por una propuesta económica brillante, ni por una visión administrativa extraordinaria, ni porque despierte entusiasmo popular genuino. Cepeda llegó a convertirse en figura presidencial por una razón mucho más simple y mucho más poderosa, hizo de Álvaro Uribe Vélez el centro político de su existencia pública. Ese fue el hecho que lo convirtió en símbolo. Y hay que decirlo sin anestesia, Cepeda no representa solamente una corriente ideológica. Representa una causa emocional y política construida durante años alrededor de un antagonismo permanente frente a Uribe. Ese es su capital político. No una narrativa de crecimiento, no una discusión seria sobre productividad, no una visión institucional moderna, no un proyecto sólido de seguridad, infraestructura o competitividad. Su narrativa siempre ha tenido un eje mucho más sencillo: Uribe. Por eso me preocupa tanto la frivolidad con la que algunos manejan hoy las disputas internas. Pareciera que hay sectores más concentrados en impedir el crecimiento de Abelardo y José Manuel, que en medir las consecuencias reales de debilitar aún más a una derecha golpeada, fragmentada y exhausta. Ahí está el error estratégico. Porque si ciertos liderazgos creen que cerrarle el paso a Abelardo y José Manuel no tendrá efectos posteriores, están leyendo muy mal el momento político. Muy mal. En política, el vacío nunca queda vacío, alguien lo ocupa y a veces lo ocupa exactamente quien uno decía querer detener. Si la derecha sigue actuando con egoísmo, sectarismo y cálculos pequeños, quien puede terminar capitalizando ese desgaste es Iván Cepeda. Y ahí hay algo todavía más grave. Sería profundamente ingenuo pensar que una eventual presidencia de Cepeda sería una presidencia “normal” frente a Álvaro Uribe Vélez. No lo creo. Y honestamente no entiendo cómo algunos no logran verlo. Cepeda construyó su vida política alrededor del enfrentamiento con Uribe. Ese enfrentamiento no fue accidental, fue estructural, fue identitario, fue el motor de su relevancia pública. Por eso preocupa tanto darle aire político a un proyecto cuya cohesión depende, precisamente, de mantener vivo ese antagonismo histórico. No se puede decir que se defiende a Uribe mientras, por soberbia, cálculo o sectarismo, se le despeja el camino político al hombre que hizo de combatirlo su proyecto de vida. Esa contradicción no es estrategia. Es miopía. Yo he escrito mucho en defensa del presidente Uribe. Ojalá no tenga que seguir haciéndolo en circunstancias aún más difíciles, pero si toca, lo haré. No porque crea que una columna vaya a cambiar el rumbo de la historia. Sino porque hay momentos en los que el silencio deja de ser prudencia y empieza a convertirse en cobardía. La derecha todavía no entiende completamente lo que está en juego. Cree que está librando una pelea interna de liderazgos, candidaturas y egos. Pero no. Lo que realmente está en juego es si Colombia termina entregándole poder a un proyecto político construido durante décadas alrededor de la necesidad de derrotar simbólicamente a un solo hombre. Cuando una candidatura necesita un enemigo permanente para sostenerse, ya no estamos hablando simplemente de política. Estamos hablando de una cruzada. Y las cruzadas políticas rara vez llegan al poder para reconciliar. Llegan para terminar la tarea.






















