
Hace 13 años, com @mauriciomacri, inaugurábamos el Metrobus de la 9 de Julio. En ese momento parecía una locura. Nos decían que era imposible, que iba a colapsar el tránsito, que estábamos arruinando la avenida más emblemática del país, que estábamos matando miles de árboles. Incluso dentro del propio gobierno de la ciudad, había dudas. Pero había algo que nos convencía de seguir adelante: sabíamos que millones de personas iban a vivir mejor. Y con un equipo extraordinario, profesional y comprometido, transformamos en tiempo récord una de las avenidas más importantes del mundo. Y el tiempo terminó haciendo su trabajo para que darnos la razón. Hoy el Metrobus no es una obra del pasado. Es un ícono de Buenos Aires. Es parte del paisaje de la ciudad. Es uno de esos lugares que aparecen en las postales, en las publicidades, en las películas y hasta en los festejos más importantes de los argentinos. Ahí estuvo el metrobus cuando salimos ganamos partidos, salimos a festejar durante el mundial y miles de personas se subieron a sus estaciones para celebrar. El metrobus se convirtió, literalmente, en un escenario de nuestra alegría colectiva. Eso es lo que pasa cuando una obra pública está bien pensada y bien ejecutada: no sólo deja de pertenecer a un gobierno y pasa a pertenecer a la gente sino que perdura en el tiempo, cumpliendo siempre su función. Me acuerdo de las discusiones, de las críticas y de las noches sin dormir. Pero, sobre todo, me acuerdo de un equipo que nunca dejó de creer. El Metrobus me sigue recordando una de las lecciones más importantes que aprendí en la gestión pública: cuando hay un propósito claro, convicción para sostenerlo y equipos de excelencia, se pueden hacer transformaciones en serio, aunque muchos digan que son imposibles. Y con el tiempo, esas transformaciones dejan de ser una obra para convertirse en parte de la identidad de una ciudad.
























