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Mario Cobas
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Mario Cobas
@MarioCobas
Productor Audiovisual, intento de contador de historias y poeta de verso libre, sonidista, aprendiz de director y Paramédico por las noches.
Monterrey, N.L. - CDMX - GTO Katılım Haziran 2010
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En 1969, en el anexo de correos del centro de Los Ángeles, un empleado del turno de noche llamado Charles Bukowski recibió una carta. La firmaba John Martin, dueño de una pequeña editorial recién fundada llamada Black Sparrow Press. Le ofrecía cien dólares al mes de por vida si dejaba el trabajo y se ponía a escribir novelas.
Bukowski tenía cuarenta y nueve años. Llevaba once en ese edificio, sentado frente a casilleros, clasificando cartas durante ocho horas mientras los supervisores le gritaban que fuera más rápido. Antes había trabajado tres años repartiendo correo a pie por los barrios de Los Ángeles. Antes de eso, dos décadas de empleos sueltos: mozo de almacén, lavaplatos, ascensorista, ayudante de la Cruz Roja, peón en mataderos, dependiente en gasolineras, operario en fábricas de galletas. De algunos lo echaban. De otros se iba solo.
Había intentado ser escritor a los veintitantos. Publicó dos relatos en los años cuarenta y luego le rechazaron todo. Lo dejó. Pasó diez años bebiendo sin escribir una línea.
En 1955 lo llevaron al pabellón de caridad del County Hospital con una úlcera perforada. Estuvo a punto de morir desangrado. Le dijeron que si volvía a probar el alcohol se moría. Salió del hospital, se compró una máquina de escribir y empezó a beber otra vez. Esta vez escribía al volver de los trabajos de mierda.
Durante quince años vivió en pensiones cochambrosas del este de Hollywood, publicó poemas en revistas que nadie leía y firmó una columna titulada Escritos de un viejo indecente en un periódico underground. Era un cuarentón alcohólico con la cara marcada por el peor caso de acné que sus médicos habían visto, un padre que le había pegado con una correa de cuero cada día de su infancia y un matrimonio fallido a sus espaldas.
Aceptó la oferta de Martin. Dejó correos. Tres semanas después había escrito Cartero. Tenía cincuenta años y era su primera novela.
Después vinieron Factótum, Mujeres y La senda del perdedor. Todas escritas a partir de los cincuenta, todas sobre la misma materia: la vida que había tenido antes de que alguien le pagara por contarla.

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Vivo solo hace cinco años.
Tengo 34. No tengo pareja. No tengo hijos.
Escogí esto. O eso creía.
Los primeros años me encantó.
Mis tiempos. Mis reglas. Mis silencios.
Pero hace como un año empezó algo raro.
Llegaba a la casa y no había nadie.
Eso antes era paz.
Ahora a veces se sentía diferente.
No lo llamé soledad al principio.
Lo llamé cansancio. Lo llamé estrés. Lo llamé cualquier cosa.
Un domingo me invitaron a un almuerzo familiar de un amigo.
Fui sin muchas ganas.
Había niños corriendo. Abuelos sentados. Parejas discutiendo por nada.
El caos normal de una familia.
Yo estaba en un rincón con mi plato.
La mamá de mi amigo se sentó a mi lado.
Una señora de unos 65 años. No la conocía bien.
—¿Estás bien, mijo? —me preguntó.
—Sí, señora. ¿Por qué?
—No sé. Tienes cara de estar en otro lado.
Me reí.
—A veces me pierdo un poco —le dije.
—¿Vives solo?
—Sí.
—¿Y te gusta?
—Antes más.
Me miró un momento.
—La soledad es buena maestra —me dijo.
—Pero pésima compañera.
No dijo más.
Se paró a atender a sus nietos.
Yo me quedé con esa frase dando vueltas.
Manejé de vuelta a mi apartamento.
Entré. Prendí la luz.
El silencio era el mismo de siempre.
Pero esa noche lo sentí diferente.
No como paz.
Como una pregunta.
No tengo todavía la respuesta.
Pero al menos ya sé cuál es la pregunta.
Y eso, para alguien que vivía sin hacérsela, ya es algo.
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"¿En qué infierno acabaremos los equivocados, los que no fuimos genios, los que no fuimos dioses, los que sobrevivimos de prestado, que conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras?
¿Qué será de los vencidos ilesos?
¿Qué será de los que lloramos a escondidas?
¿Habrá piedad para los que escuchamos a todos y no entendimos a nadie; para los que la soledad no nos dio un jaque de muerte ni el amor nos dio un golpe de vida?"
"Obsesión de vivir", José Sbarra

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