
Cuando se estrenó el primer Torrente, absolutamente el cien por cien de la población entendía que se trataba de una sátira. Que lo que pretendía hacer Santiago Segura era criticar desde el humor a un tipo de personaje abyecto. No hacía falta explicarlo: simplemente, era obvio. Hoy, demasiadas personas se acercan al personaje con reparos. Demasiadas personas preguntan y se preguntan si no va en serio. Aluden a la literalidad de lo que siempre se entendió como broma. Así, Torrente dejaría de ser una crítica y pasaría a ser una apología. Y esto es terrorífico y producto de dos o tres décadas de pensamiento cerril. Tan demoledora ha sido la ola puritana, que ha extraído de una parte importante de la población la capacidad de comprender la ironía. Nos han matado la broma, porque lo importante era la literalidad de un mensaje muchas veces delirante. Va a costar Dios y ayuda revertir esta situación.














