
La Biblia en Dos Años
Un Devocional Diario
Por Joselo Mercado
1 de mayo del 2026
Lectura: Levítico 1–2 · Romanos 1
La gloria de Dios, el pecado del hombre y la gracia del evangelio
Levítico comienza con una realidad que muchas veces olvidamos: acercarse a Dios no es algo liviano. Dios llama a Moisés desde el tabernáculo y le da instrucciones sobre las ofrendas. El pueblo no podía acercarse a Dios según sus propias ideas, emociones o preferencias. Tenía que acercarse conforme a la provisión que Dios mismo establecía.
En Levítico 1 vemos el holocausto: un sacrificio completamente ofrecido al Señor. El animal debía ser sin defecto, y el adorador ponía su mano sobre la cabeza de la víctima. Esa imagen es profunda: el culpable se identifica con el inocente, y el inocente muere en lugar del culpable. Desde el inicio, Dios está enseñando que la comunión con Él requiere expiación, sustitución y entrega total.
En Levítico 2 vemos la ofrenda de cereal, una expresión de gratitud, consagración y dependencia. El pueblo ofrecía al Señor lo primero y lo mejor de su trabajo. No era simplemente un ritual externo; era una manera de decir: “Todo lo que tengo viene de ti y todo lo que soy pertenece a ti”.
Pero cuando llegamos a Romanos 1, Pablo nos muestra por qué necesitamos un sacrificio. La humanidad no es neutral delante de Dios. Aunque Dios se ha revelado claramente en la creación, el ser humano suprime la verdad con injusticia. Conocemos suficiente de Dios para adorarlo, pero por causa del pecado cambiamos su gloria por ídolos. El problema del hombre no es falta de información, sino rebelión del corazón.
Romanos 1 es una radiografía seria de nuestra condición. Cuando el hombre rechaza a Dios, no se vuelve libre; se vuelve esclavo de deseos desordenados, pensamientos entenebrecidos y adoraciones falsas. El pecado siempre promete autonomía, pero termina produciendo degradación. Cuando sacamos a Dios del centro, no quedamos vacíos; ponemos algo creado en su lugar.
Y en medio de ese diagnóstico oscuro, Pablo anuncia la luz del evangelio: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Esa es nuestra esperanza. No somos salvos por ofrecer sacrificios perfectos, porque no podríamos. Somos salvos porque Cristo se ofreció a sí mismo como el sacrificio perfecto.
Cristo en el texto
Los sacrificios de Levítico apuntan a Jesús. Él es el Cordero sin defecto. Él es el sustituto que carga con nuestra culpa. Él es la ofrenda completamente agradable al Padre. Y Romanos nos muestra por qué su sacrificio era necesario: la ira de Dios se revela contra el pecado, pero en Cristo se revela la justicia de Dios para salvación.
En Jesús, Dios no ignora nuestro pecado; lo juzga. Pero lo juzga en el cuerpo de su Hijo para que todo aquel que cree sea perdonado, justificado y reconciliado con Dios.
Aplicación para hoy
Hoy debemos acercarnos a Dios con reverencia, pero también con confianza. No venimos por nuestros méritos, sino por la sangre de Cristo. No ofrecemos animales, pero sí ofrecemos nuestra vida entera como sacrificio vivo. El evangelio no solo nos perdona; también nos reordena. Nos libra de los ídolos y nos devuelve al Dios verdadero.
Preguntémonos: ¿qué cosas creadas han comenzado a ocupar el lugar del Creador en mi corazón? ¿Estoy viviendo avergonzado del evangelio o confiando en que sigue siendo poder de Dios para salvación? ¿Mi vida expresa gratitud y consagración al Señor?
Preguntas de reflexión
¿Qué me enseña Levítico 1–2 sobre la santidad de Dios y la manera correcta de acercarme a Él?
¿Qué ídolos o deseos pueden estar compitiendo con la gloria de Dios en mi corazón?
¿Cómo me anima Romanos 1:16 a vivir sin avergonzarme del evangelio?
¿De qué manera puedo ofrecer hoy mi vida al Señor con gratitud, obediencia y dependencia?
Oración
Señor, gracias porque no nos dejaste sin camino para acercarnos a ti. Reconocemos que nuestro pecado es serio y que muchas veces hemos cambiado tu gloria por cosas creadas. Gracias por Jesucristo, el sacrificio perfecto, quien murió en nuestro lugar y nos reconcilió contigo. Líbranos de nuestros ídolos, renueva nuestro corazón y ayúdanos a vivir sin avergonzarnos del evangelio, ofreciendo toda nuestra vida para tu gloria. Amén.
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