Patricia retweetledi

El día de José Antonio
Pedro se levanta a las 5:30 para llegar a la hora a su trabajo. Adelanta el desayuno de sus hijos como puede, mientras mira el reloj con ansiedad: la micro ya no pasa con la frecuencia de antes. Cada minuto pesa.
José Antonio vive en su lugar de trabajo. No conoce de atrasos ni de combinaciones imposibles. El desayuno aparece servido, sin esfuerzo, sin cálculo. Él no se preocupa de eso.
Pedro no alcanza a comer y sale. La economía familiar ya no da para todos; la bencina subió y con eso todo lo demás. Aprendieron a achicar, a saltarse comidas, a hacer rendir lo que ya no rinde.
José Antonio hojea el diario con calma. Luego va a su walking class, elige uno de sus trajes millonarios, se mira al espejo y sonríe. El día recién comienza, pero ya está resuelto.
Pedro lleva 30 minutos intentando subir al metro. Es imposible. Va lleno, desbordado. Desde que subió la bencina, más gente depende del transporte público. Más cuerpos, menos espacio. Más espera.
Pedro llega tarde al trabajo. Su jefe le descontará dinero. Dinero que ya estaba destinado: cuentas, comida, colegio. Dinero que ya no existe.
El hijo mayor de Pedro lo llama. No le dieron la gratuidad completa, solo un 50%. Recortes, le dicen. Pedro se queda en silencio. No sabe cómo pagar un arancel que roza el millón de pesos. No sabe cómo decirle que no puede.
José Antonio, en cambio, planifica la visita de sus ex compañeros de la Católica en su lugar de trabajo. Agenda, confirma, sonríe. Todo fluye.
A Pedro y a sus compañeros los llaman a reunión. Nadie habla mucho en el pasillo. Ya saben. Van a despedir gente.
José Antonio conversa con sus asesores. Pide una merienda. Hablan de recortes. Para él son cifras, ajustes, proyecciones. No entiende del todo por qué la gente está tan molesta si ya esta construyendo la zanja.
Al mediodía, su familia llega al casino de su trabajo. Tienen un plato asegurado. Se sientan, conversan, comen.
Pedro, en cambio, se compra una marraqueta con dos mortadelas. Un amigo le comparte un poco de té. Comen en silencio, apurados, como si incluso ese momento fuera un lujo.
La tarde sigue.
Pedro vuelve a su puesto con la incertidumbre clavada en el pecho. Piensa en sus hijos, en la llamada, en la reunión, en lo que puede pasar mañana.
José Antonio cierra el día revisando números y viendo redes sociales. Todo cuadra. Se va tranquilo, convencido de que hizo lo correcto.
Pedro vuelve a casa tarde. Sus hijos lo esperan. Preguntan. Él responde como puede. Sonríe, aunque no alcanza.
Y en otro lugar, esa misma noche, las luces están encendidas.
José Antonio recibe a sus compañeros de la Católica. Risas, copas que chocan, platos que se suceden uno tras otro. Hablan de tiempos pasados, de negocios, de decisiones importantes. Brindan.
La mesa es larga, abundante, generosa. Nada falta.
Afuera, la ciudad sigue.
Adentro, celebran.
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